¿El genio matemático se cría entre campos de maíz?

Por David Foster Wallace


Cuando salí de mi pueblecito perdido en los campos de Illinois para asistir al alma máter de mi padre en las escarpadas y lúgubres montañas Berkshire al oeste de Massachusetts, de repente me empezaron a encantar las matemáticas.
Empiezo a entender por qué me pasó. Las matemáticas superiores suscitan y catartizan la morriña de los habitantes del Medio Oeste. Yo había crecido en el seno de vectores, líneas y más líneas trazadas de banda a banda, cuadrículas y, al nivel del horizonte, enormes curvas de fuerza geográfica, extraños remolinos de agua en el desagüe topográfico de una vasta extensión de tierra planchada por el hielo, asentada y girando sobre las placas tectónicas. El área que se extiende detrás y debajo de estas curvas amplias en la costura de la tierra con el cielo yo ya la podía dibujar a simple vista antes de conocer los infinitesimales como herramientas y las integrales como método. Las matemáticas en mi facultad montañosa del este fueron como un despertar; desmantelaron el recuerdo y lo sacaron a la luz. El análisis matemático me resultó, de forma bastante literal, un juego de niños.

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En los últimos años de mi infancia aprendí a jugar al tenis en las pistas asfaltadas de un pequeño parque público construido sobre unas tierras de labranza demasiado nitrogenadas para seguir cultivándolas. Aquello fue en mi pueblo natal de Philo, Illinois, una diminuta colección de maizales y casas Levittown de los tiempos de la guerra cuyos residentes nativos se dedicaban a poco más que vender seguros para las cosechas, fertilizante de nitrógeno y herbicida y cobrar impuestos sobre la propiedad a los jóvenes académicos de la vecina universidad de Champaign-Urbana, cuya plantilla había crecido lo bastante en los prósperos años sesenta como para hacer que resultara lógica una incongruencia tan evidente como “comunidad de granjas y dormitorios”.
Entre los 12 y los 15 años fui un jugador de tenis juvenil casi formidable. Eché el callo para la competición derrotando a hijos de abogados y dentistas en competencias celebradas en el pequeño Champaign and Urbana Country Club y pronto me pasé veranos enteros yendo en coche de madrugada a torneos disputados por todo Illinois, Indiana y Iowa.
A los 14 años llegué al puesto diecisiete en el ranking de la sección Oeste de la Asociación Americana de Tenis (“Oeste” era la designación chirriantemente anticuada de la AAT para el Medio Oeste; más al oeste todavía quedaban las secciones Sudoeste, Noroeste y Pacífico Noroeste). Mi coqueteo con la excelencia tenística debía mucho más a la población donde aprendí y me entrenaba y a una extraña propensión a las matemáticas intuitivas que al talento atlético. Incluso para los criterios de la competición juvenil, en donde todo el mundo es un brote de potencial puro, yo apenas tenía talento. Tenía una buena coordinación ojo-mano, pero no era corpulento ni rápido, tenía un pecho casi cóncavo, las muñecas tan estrechas que podía rodeármelas con el pulgar y el meñique, y no podía darle a la pelota con más fuerza ni aplomo que la mayoría de las chicas de mi edad. Lo único que sabía hacer era “dominar la pista”. Esto era una frase hecha del tenis que quería decir muchas cosas. En mi caso, significaba que yo conocía mis limitaciones y las limitaciones de mi posición, y me ajustaba a ellas de forma adecuada. Estaba en forma cuando las condiciones eran adversas.
Pues bien, las condiciones en el interior de Illinois son interesantes desde un punto de vista matemático y adversas desde un punto de vista tenístico. El calor estival y la humedad recalcitrante, el terreno grotescamente fértil que envía hierbas y hojarasca volando a través de la superficie, quironómidos que se alimentan de sudor y mosquitos que se crían en los surcos de los campos y en las zanjas inundadas de algas que rodean los campos de labranza, junto a los cuales es imposible jugar al tenis de noche porque las polillas y los jejenes de la mierda atraídos por las luces de sodio forman planetas en miniatura alrededor de las farolas y toda la superficie iluminada de la pista se llena de pequeñas sombras espasmódicas.
Pero sobre todo el viento. El factor más importante en la vida al aire libre en el interior de Illinois es el viento. Recuerdo muchos chistes locales sobre veletas dobladas y cobertizos inclinados, y más sobrenombres en el interior del estado para tipos de vientos de los que hay en Malamut para la nieve. El viento tenía personalidad, (mal) humor y, por lo visto, voluntad propia. El viento hacía volar las hojas secas en forma de líneas intercaladas y arcos de fuerza tan regulares que uno podía fotografiarlos para un libro de texto sobre la Regla de Cramer y los productos cruzados de las curvas en tres dimensiones. En invierno moldeaba la nieve en forma de cachiporras cegadoras que sepultaban los coches encallados y obligaba a los vecinos a desenterrar no solamente las entradas de las casas, sino también los costados. Una “tormenta de nieve” en el interior de Illinois solamente empezaba cuando dejaba de nevar y el viento se ponía a soplar. La mayoría de la gente de Philo no se peinaba porque era una pérdida de tiempo. Las señoras llevaban telas de plástico atadas por encima de sus peinados de peluquería tan a menudo, que yo creía que era obligatorio llevarlas en todo peinado realmente elegante. Las chicas de la Costa Este que salían con el pelo suelto y ondeando me parecían desnudas y licenciosas. Viento, viento, etcétera.
La gente que conozco que no es del Medio Oeste se lo imagina como extensiones desiertas, tierra oscura, campos de vegetación verde y hierba a medio crecer, montículos y depresiones suaves que convierten la topología en un ejercicio sádico de trazar ecuaciones de segundo grado, paisajes que contemplados desde la autopista parecen tan vacíos e idénticos que vuelven locos a los motoristas.
La gente de Indiana, Wisconsin y el norte de Illinois concibe su propia versión del Medio Oeste en términos de agronomía, bienes comercializados en el mercado de futuros, quitar las espiguillas del maíz, cosechar a mano y llevar gorras de empresas de semillas, tipos escandinavos de mejillas rubicundas, sidra, matanza del ganado y partidos de fútbol americano con penachos de vapor blanco saliendo de los cascos. Pero en ese extraño estancamiento central que abarca Champaign-Urbana, Rantoul, Philo, Mahomet-Seymour, Mattoon, Farmer City y Tolonom, la vida del Medio Oeste está conformada y deformada por el viento. En materia climática, nuestro pueblo está en la corriente ascendente oriental de lo que una vez oí a un meteorólogo con traje de tweed marrón llamar una Anomalía Térmica. Algo relacionado con ciertas rotaciones dirigidas al sur de aire frío procedente de los Grandes Lagos que se mezclan con corrientes bochornosas procedentes de Arkansas y Kentucky, más una extraña dosis de extraños céfiros del valle del Mississippi situado a tres horas al oeste.
Chicago se llama a sí misma la Ciudad del Viento, pero Chicago, un enorme cortavientos en sí misma, no ha conocido nunca un verdadero viento de dimensiones religiosas. Y los meteorólogos no tienen nada que decir a la gente de Philo, que saben perfectamente que lo que pasa en realidad es que al oeste, entre nosotros y las montañas Rocosas, no hay básicamente nada de altura, y que los extraños céfiros y revuelos se unen a las brisas, las ventolinas, las rachas y las corrientes ascendentes de aire caliente y a cualquier otra cosa que vuele por encima de Nebraska y Kansas, y se desplazan hacia el este como arroyos que afluyen a ríos, chorros de reacción y frentes militares que se juntan como avalanchas y rugen remontando las rutas ganaderas de los pioneros en dirección a nuestros pobres culos indefensos.
Lo peor era la primavera, la temporada tenística en el instituto de chicos, cuando las redes se inflaban como banderas orgullosas y cualquier pelota errática salía despedida hasta la verja situada más al este, interrumpiendo el juego en todas las pistas adyacentes. Durante una ventolera fuerte, uno de nosotros sacaba una cuerda y le decía a Rob Lord, que era nuestro quinto hombre en individuales y espectralmente flaco, que íbamos a tener que atarlo para evitar que se convirtiera en un proyectil. El otoño, que solía ser la mitad de malo que la primavera, era un rugido sordo y continuo y el crujido monstruoso de continentes enteros de hojas secas ordenándose en líneas de fuerza. No había oído ningún ruido remotamente parecido a ese megacrujido hasta que a los diecinueve años oí por primera vez en New Brunswick’s Fundy Bay cómo una ola alta rompía y era arrastrada de vuelta sobre una orilla de guijarros pulidos.
Los veranos eran ventosos y frenéticos y luego, en las inmediaciones de agosto, a menudo se volvían letalmente tranquilos. El viento amainaba unos días en agosto y no nos aliviaba del calor. Aquel parón nos volvía locos. Todos los agostos volvíamos a darnos cuenta de en qué medida el ruido del viento se había vuelto parte de la banda sonora de la vida en Philo. Para mí, el ruido del viento se había convertido en el silencio. Cuando el viento desaparecía, me quedaba a solas con el chirrido de la sangre en mi cabeza y el destello auditivo de todos los pelos del tímpano temblando como borrachos en retirada. Después de mudarme a Massachusetts necesité meses para poder dormir en medio del susurro gatuno del viento de Nueva Inglaterra.

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Para el forastero promedio, el interior de Illinois parece un sitio ideal para practicar deporte. Visto desde el aire, el terreno se parece muchísimo a un tablero de juego: cuadrados analmente precisos de tierra de cultivo parda o caqui cortada y dividida por carreteras asfaltadas tiradas a plomo (en toda zona de granjas, las carreteras parecen más bien impedimentos que vías de comunicación). En invierno, el terreno siempre parece un suelo de azulejos de baño Mannington, cuadriláteros blancos donde hay nieve (desnuda) y negros donde los árboles y la maleza se la han sacudido de encima gracias al viento. Desde los aviones, siempre me recuerda al Monopoly o al Life o a un laberinto para ratas de laboratorio.
Luego, al nivel del suelo, los campos alineados de maíz y de soja, los campos surcados de líneas tan rectas como solamente pueden trazarlas un tractor Allis Chalmers y un sextante, parecen recorridos por carriles como pistas de atletismo o piscinas olímpicas, divididos por líneas de yardas como un campo de fútbol o llenos de ángulos y pasillos de dobles como pistas de tenis. Mi parte del Medio Oeste siempre parece muy bien trazada, como si hubiera sido planificada.
Las ventajas del terreno son también sus debilidades. Debido a que la tierra parece tan llana, los diseñadores de clubes y parques casi nunca se molestan en aplanarla antes de poner el asfalto para las pistas de tenis. El resultado es normalmente una ligera inclinación que solamente puede notar un jugador que pase mucho tiempo en las pistas. Debido a que las pistas de tenis siempre se construyen en sentido longitudinal de norte a sur, por razones que tienen que ver con el sol y el campo visual, y debido a que el terreno en el interior de Illinois va ascendiendo de forma muy suave a medida que uno avanza hacia el este en dirección a Indiana y a la ligera elevación geográfica que hace que los ríos retrocedan hacia sus propios manantiales al este de ese estado, la mitad de la pista que se usa para los drives, en el caso de un diestro que mirara al norte, siempre parece psicológicamente elevada respecto a la mitad de los reveses; en un torneo en Richmond, Indiana, justo por encima de la frontera de Ohio, descubrí que la inclinación era la inversa.
Ese mismo suelo tan lleno de mantillo que hay que sobornar a los granjeros para que los mercados no se saturen hace que las pistas de tenis siempre estén inundadas de estramonio, cardos y maíz silvestre, y provoca que las pistas se agrieten debido a la presión emergente de las hierbas de hoja ancha cuyas semillas pioneras no se arredran ante una capa de medio centímetro de aislante y piedra. De forma que todas las pistas de tenis, salvo las mejor mantenidas en los distritos más prósperos de Illinois, son como pequeños paisajes rurales, con los terrones, las grietas y las filtraciones internas formando parte del suelo donde uno juega. Las grietas de las pistas siempre parecen salir del lado del cuadro de saque y avanzar serpenteando hacia la línea de saque. Llenas de brotes en los lugares donde se ensanchan, las grietas negras, en especial sobre el suelo de color verde intenso que contrasta con el rojo ladrillo del espacio exterior a la pista válida, le dan a las pistas un aspecto extraño como de zonas de Illinois irrigadas por ríos y vistas desde las alturas.

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Una cancha de tenis de 24 metros por ocho, vista desde arriba, con los rectángulos alargados de los pasillos de dobles flanqueando toda su longitud, parece un envase de cartón con las lengüetas dobladas hacia atrás. La red, con su metro y cinco de altura en los postes, divide la pista transversalmente en dos mitades; las líneas de servicio vuelven a dividir cada una de las mitades en cancha de fondo y cuadros de saque. Luego, las líneas que van de la base del centro de la red a las líneas de servicio dividen cada uno de los cuadros de saque en dos áreas de saque de seis metros y medio por cuatro. Las divisiones y los límites tan precisos, junto con el hecho de que —dejando de lado el viento y los giros exóticos que uno quiera darles— se puede hacer que las pelotas solamente vuelen en línea recta, hacen que los manuales de tenis sean pura geometría. Es un billar con bolas que no se quedan quietas. Es un ajedrez en movimiento. Es a la artillería y los ataques aéreos lo que el fútbol es a la infantería y la guerra de desgaste.
En materia de tenis, yo tenía dos dones naturales que compensaban la insuficiencia de talento físico. Digamos que eran tres. El primero era que siempre sudaba tanto que permanecía bastante bien ventilado fuesen cuales fuesen las condiciones climáticas. El exceso de sudor parece un don ambiguo, y no hacía exactamente maravillas por mi vida social en el instituto, pero significaba que podía jugar durante horas en un día de julio que recordaba a unos baños turcos y no desfallecer en absoluto siempre que bebiera agua y comiera cosas saladas entre partidos. Siempre parecía un ahogado ya en el cuarto juego, pero no tenía calambres ni vomitaba ni me desmayaba, a diferencia de los flamantes chicos de Peoria a quienes nunca se les deshacía la raya del pelo hasta que los ojos se les ponían en blanco y se desplomaban hacia delante sobre el cemento resplandeciente. Un don todavía mayor era que me sentía extremadamente cómodo dentro de las líneas rectas. No sufría en absoluto esa extraña claustrofobia geométrica que al cabo de un tiempo convierte a algunos jóvenes jugadores con talento en animales inquietos en un zoo. Descubrí que me siento en mejor forma cuando estoy rodeado de ángulos rectos, intersecciones abruptas y esquinas afiladas.
Era una cuestión ambiental. Philo, Illinois, es una cuadrícula escorada: nueve calles de norte a sur por seis de nordeste a sudoeste, cincuenta y una encantadoras esquinas cruciforme-sesgadas (¡las tangentes de los ángulos de las intersecciones este y oeste podían evaluarse íntegramente en términos de sus secantes!) y un terreno municipal de tres manzanas en el centro con un tanque cuya boca apuntaba al noroeste hacia Urbana, además de un nativo petrificado, esculpido en la playa de Salerno, cuya mano de bronce apuntaba exactamente al norte. A última hora de la mañana, la estatua del tipo de Salerno proyectaba un brazo de sombra negro y regordete sobre una hierba lo bastante densa para jugar al golf. Por las tardes el sol galvanizaba su perfil izquierdo y proyectaba la sombra acusadora de su brazo hacia la derecha, doblada en ángulo como un palo sobresaliendo de un estanque.
En la universidad se me ocurrió de pronto durante un test que el diferencial entre la dirección que señalaba la mano de la estatua y el arco de la rotación de su sombra era de primer orden. En todo caso, ahora yo era capaz de reconstruir a voluntad la mayoría de mis recuerdos de infancia —ya fueran de campos roturados, del turno de guardia de una cosechadora por la carretera rural 104 Oeste o del curso de las sombras angulosas sobre el crepúsculo del campo de softball— con una regla y un semicírculo graduado.
Me gustaba más el entrecruzamiento escarpado de las líneas rectas que a los demás chicos con los que crecí. Creo que esto se debe a que eran nativos, mientras que a mí me trasplantaron siendo niño desde Ithaca, donde mi padre se había doctorado. De forma que había conocido, aunque fuera horizontalmente y de forma semiconsciente como bebé, algo distinto: las colinas altas y las calles serpenteantes de un solo sentido del estado de Nueva York.
Estoy bastante seguro de que retuve el mejunje amorfo de curvas y promontorios en la parte antediluviana de mi cerebro, ya que los niños de Philo con los que jugaba y me peleaba, aquellos niños que no conocían ni habían conocido nada más, no veían nada agreste ni extraño en el diagrama plano del pueblo, no añoraban nada escarpado. (¿Y por qué me parece tan significativo el que muchos de ellos acabaran en el ejército, poniendo caras rígidas y severas y llevando uniformes azules impecablemente planchados?)

*Fragmento de Algo

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