Por Carmen Libertad Vera

Cualquier otra situación hubiera sido preferible a aquella horripilante escena. Sí. Ninguna monstruosidad la habría impactado tanto como esa casi fantasmal silueta. La trágica imagen que sorpresivamente encontró al trasponer aquella puerta.


Ella sabe ahora que el encuentro con su propia muerte hubiera sido menos espantoso que esa cruel experiencia. Aunque para ella, eso fue algo peor que vivir su propia muerte.


No quisiera recordar. Pero el memorioso y continuo repaso de esa imagen está ahí.

Imborrable en su mente. Volviendo a aparecer frente a sus ojos, una y otra vez, como el más sombrío suceso. Es recuerdo perpetuado en su memoria por el resto de sus días.


Dolorida, laceradamente revive cómo, al abrir aquella puerta y cual si fuera la visión de un espíritu, miró flotando a la menor de sus hijas colgada de un tragaluz del techo. En calidad de suicida. Con los ojos todavía abiertos. Como si al través de esa ya casi ausente mirada quisiera expresar, antes de cruzar la frontera al más allá, un mudo y enigmático adiós.


Todo lo demás fue una sucesión de hechos atropellados y confusos. Un grito espeluznante contenido dentro del pecho, mismo que no pudo articular sonoramente y quedó atrancado a media garganta. La desaforada salida de aquella estancia para ir a buscar alguna ayuda. El sentirse en medio de una vorágine de desesperación impotente.


No supo cómo logró llamar a sus otras dos hijas. Ni a su actual pareja. Ni cómo llegaría luego el auxilio de otros dos vecinos. Apenas logra asociar los esfuerzos de esos tres hombres intentando descender hasta el piso firme el femenino y joven cuerpo suicida. Fueron instantes dilatados donde nadie lograba encontrar a la mano unas tijeras o un cuchillo. Como si por mala suerte cualquier instrumento filoso hubiera desaparecido del entorno inmediato. ¡Y aquellos malditos lazos plásticos de tendedero que implacables seguían asfixiando la vida de su hija!


Cuando finalmente lograron bajar aquel exangüe organismo, los instantes parecieron adquirir una velocidad instigada.


Su hija mayor, médico de profesión, durante el corto trecho que hicieron para llegar a la camioneta Lobo en que llegarían al puesto de socorros más próximo, auscultaba los signos vitales de su hermana; sólo para constatar con desaliento que éstos estaban casi desaparecidos.


Un carril del macrobús fue, en sentido contrario, el camino elegido para arribar a toda velocidad a la Cruz Roja. Durante todo el trayecto, a manera de improvisada sirena, hicieron sonar constantemente el fuerte claxon mientras, de pie y arriba de la caja de la pick up, alguien iba exclamando repetidamente y a todo pulmón una sola palabra: “¡Emergencia, emergencia, emergencia!”.


A nadie a bordo de aquel vehículo pudo importar cualquier semáforo en rojo, o el apretado tráfico, o la molesta estupefacción de los otros automovilistas; mucho menos la existente prohibición vial de dar vuelta en cualquier sentido de la circulación.


Lo único significativo en ese trayecto era alcanzar a llegar al único lugar donde aquel casi cadáver podría ser revivido.


El estruendoso arribo del vehículo no pudo ser otro sino por el lado de urgencias. Porque en verdad urgía regresar el alma desertora al interior del cuerpo de aquella jovencita. De esa hija y hermana menor que apenas una semana antes había ido felizmente hasta Los Cabos para celebrar sus primeros, y finalmente únicos, veinte años.


“¡Desfibrilador, desfibrilador!”, fue la apresurada e imperativa voz de alerta que en la Cruz Roja resonó al colocar sobre una camilla aquel desfallecido cuerpo femenino. Al escuchar la exigencia de un resucitador cardiaco, la hermana doctora de la suicida supo que las esperanzas por revivir a la casi adolescente eran bastante remotas. Sólo entonces pudo mirar fugazmente los desencajados rostros de su madre y de su otra hermana. Pero no dijo una sola palabra. Apenas sintió que su propio rostro era un mero reflejo de la desbordada angustia advertida en aquellas otras dos mujeres.


No pudo detenerse a abrazarlas. Conteniendo sus propias lágrimas, decidió acompañar a su hermana. Aportando sus conocimientos profesionales junto a quienes aplicaban entonces un resucitador eléctrico sobre el detenido y joven corazón, maniobras que en un principio fueron parcialmente útiles y, finalmente, resultaron infructuosas.


Porque su hermana suicida, quien estudiaba el segundo año de medicina, supo utilizar el recurso perfecto. La asfixia directa. Inmediata e infalible. Supresora de la oxigenación y, por ende, de la vida entera. Aunque en su caso, la defunción fue paulatina. El primer e irreversible ataque ahogó sus neuronas, consiguiendo así una muerte cerebral expedita. Prosiguió luego, lentamente, el no funcionamiento de los demás órganos vitales. Éstos también sucumbieron.

No en la Cruz Roja, sino pocas horas después, luego de tres paros cardio-respiratorios. En el hospital a donde alcanzara a ser trasladada y atendida en una sala de terapia intensiva, sitio donde, inmersa en un desmayado estado de coma, sobrevivió por sólo veinticuatro horas más.


Durante todo ese tiempo, los doctores permitieron que la madre y las dos hermanas acompañaran a la moribunda. Ellas permanecieron ahí, junto a aquella desahuciada que ya no tenía los ojos abiertos; como cuando la encontraron recién ahorcada, pendiente de los travesaños del tragaluz. De tal forma, sus párpados ya estaban cerrados cuando dio su final respiro.


Dicen quienes la vieron, que de esos ocluidos ojos escapó mucho llanto. Que un sinfín inexplicable de lágrimas estuvo brotando de esos ojos que nunca más volvieron a abrirse.

Cuentan la madre y las hermanas que en esas últimas horas, cuando la suicida estuvo agonizante, constantemente le hablaron al oído. Diciendo a ella lo mucho que la amaban.

Rogándole que no se muriera. Solicitando su perdón si en algo la habían dañado u ofendido.


Creen que ella alcanzó a escucharlas. Que esas lágrimas al borde de su fallecimiento, en medio de la inmovilidad cerebral, fueron su silente respuesta a todas esas casi postreras muestras de cariño. Que quizá esa fue la única forma en que ella también pudo expresarles su amor. Con lágrimas instintivas. A manera de una despedida ante la total inexistencia de un mensaje póstumo.

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