¿Por qué y cómo surgió en Los Ángeles la Mara Salvatrucha?

Por Emma Friedland

Ilustración por Cristina Guerrero

 

 

A las personas pisoteadas les gusta la música pisoteada. El Ozzy Osborne que muerde murciélagos para provocar miedo mientras canta de sus propios miedos, su propia miseria. Por eso las melenas revoltosas, los jeans deshilachados allí por las rodillas, por eso siempre el color negro: para pintarse de poder y tapar las vulnerabilidades, como hacer una figura de papel maché. Una momia en vida. Alguien vendado en signos de poder en lugar de realmente tener alguno. Por eso el heavy metal.

 

Es por eso que hoy el estacionamiento afuera del Fórum de Los Ángeles está repleto de jóvenes pisoteados. Aunque nunca se describirían así. Y mucho menos durante esta noche de 1984, cuando están absolutamente inflados de euforia. Van a ver tocar a Van Halen, uno de sus héroes. Esperan la hora del toquín al lado de sus muscle cars: sus Mustangs y sus Thunderbirds y sus Dodge Mirada. Un pseudo-documentalista que camina entre la multitud de jóvenes blancos los capta con su cámara. Para el video granuloso, en entrevistas caóticas como el ambiente, los muchachos proclaman su fanatismo por la banda, su afán por el estilo de vida.

 

Pero el camarógrafo también capta otro grupo, uno diferente. De piel morena. Dos muchachos y una muchachita que hablan para la cámara animadamente, jubilosos, en un inglés marcado por el trópico, por el istmo, por Cuscatlán, Morazán y Sonsonate. Maynor Cienfuegos, Giovani Quijano y Gladys Martínez —todos de 17 o 18— se abrazan y ríen para la cámara. Traen camisas de distintos grupos de rock y el pelo largo. Por esta noche son las estrellas de su propio music video; hoy el mundo les presta atención. Es lo que el heavy metal les promete a todos, satisfacer su hambre por parecer exitosos. Ser alguien de respeto. A pesar de ser de El Salvador.

 

* * *

 

Dos años antes, Maynor Cienfuegos, de 15, está tendido bajo un enorme árbol. Uno de esos árboles que han presenciado la existencia entera de un pueblo, tanto las atoladas como las matanzas. Todavía con la cara cándida de un niño, Maynor se protege bajo el espeso follaje verde oscuro, debajo de la copa de flores microscópicas que los abuelos juran que se alumbran en la medianoche y sólo pueden ser vistas por el diablo. Maynor se recuesta entre las ramas onduladas del legendario amate, escondiéndose en la llamada “hamaca de la Siguanaba”. Vence su temor por el árbol misterioso porque lo que le espera afuera del escudo magnético de las hojas es algo peor, algo que no tiene que ver con los mitos.

 

Para este entonces, la guerra en El Salvador ya tiene sus años. Para este entonces, una película cincuentera con Charlton Heston sobre una plaga de hormigas, llamada Cuando ruge la marabunta en español, ya tiene su lugar en la cultura popular. Esta palabra, “marabunta”, fue adoptada por los jóvenes para referirse a los amigos, la gente, la banda. La mara. Como ahora, cuando Maynor escucha desde su escondite que una mujer joven dice: “La guerrilla se está llevando a toda la mara arriba de 13. Todos los chamacos. ¡Hijos de la gran puta!”.

 

Sigue Maynor en su universo alterno, verdoso y quizás embrujado. Mira hacia las ramas de arriba, hacia una fila de hormigas migrantes haciendo su largo recorrido a quién sabe dónde. Hasta que oscurece. Hasta que su mamá llega por él. Hasta que lo sube a un pequeño autobús dentro del cual el chofer está muy apurado por dejar este maldito pueblo muy atrás. Hasta que tienen que despedirse madre e hijo y la oscuridad de la noche traga al camión cuando se aleja.

 

* * *

 

El interior de la casa de su tía parece la célula de una monja; las paredes desnudas, casi sin ningún adorno, la luz tenue. Ella le enseña a Maynor el pequeño catre que será su cama, colocado debajo de una ventana en la reducida sala. Parada con la ventana y el contorno de la vegetación atrás, se ve diminuta y austera. Tiene el cabello agarrado rígidamente en un chongo, dejándose ver tanto las orejas que parece una pequeña chimpancé vestida de mujer de la Iglesia. Maynor le suelta miradas curiosas cuando ella está viendo para otro lado. Ella le dice dónde tendrá que caminar para comprar un desodorante o un cepillo de dientes, o para encontrar una pupusería. Se dirige a la puerta y se larga para el trabajo. Maynor mira cómo la figura de su tía va desapareciendo y luego, sin más que hacer, él también sale a la calle.

 

Sobre las veredas caminan personas parecidas a él. Mujeres y hombres con rasgos mayas, empujando carriolas, llevando bolsas de ropa a la lavandería, caminando apresuradamente para alcanzar el bus. Afuera de la tienda está pintada la bandera nacional y adentro el cajero le atiende con un acento de la capital o de Santa Ana. Las pupusas “revueltas” de la pupusería saben iguales que siempre; agarran el mismo color café por el chicharrón.

 

Juraría estar todavía allá, sólo que por otro rumbo. Al cabo, nunca antes había salido de su pueblo. Juraría estar todavía en El Salvador. Si no fuera por todas las tiendas mexicanas alrededor, como la “Oaxaca: Se visten Niños Dios” o la “Cemitas P”. Si no fuera por algunos coreanos caminando por la acera. O los blancos y los negros. Si no fuera por los nombres de las calles. Rampart. Hoover. La sexta. Si no fuera por toda esta enorme ciudad que se puede sentir al alrededor, no pensaría que está en Los Ángeles. En Estados Unidos.

 

De regreso en la casa, un reloj marca los segundos, el único ruido. La soledad del lugar pesa como el aire antes de una tormenta. Maynor camina por la casita. Busca rastros de su tía, con quien comparte sangre y nada más. Merodea sobre un altar dedicado al Monseñor Romero, un mártir ya. Le prende una vela. Es la única luz en la casa mientras va bajando el sol. Maynor se acuesta en su catre pero no cierra los ojos. Cuando escucha que su tía viene entrando a la casa, no se mueve, tampoco cuando ella va a la sala a buscarlo. Finge estar dormido y le sigue dando la espalda sobre el catre. Ella apaga la vela en el altar y la casa regresa a la oscuridad. Al silencio.

 

* * *

 

Unos días después, Maynor se mece despacio, envuelto en el capullo de una hamaca bajo la sombra del patio mientras la tía trabaja en el cuidado de sus plantas. La cara tranquila del Maynor durmiente empieza a retorcerse con la introducción de un sonido en particular: el machetear de la tía contra un arbusto desobediente, fuera de control. Los ojos cerrados de Maynor comienzan a brincar y los párpados revolotean al ritmo de los machetazos. Tiene la cara afligida, se está aguantando. Aguantando el zumbido del machete. Aguantando las recurrencias. Las imágenes que también zumban por su mente: uniformes de soldados, las boinas de un comando particular, mujeres mayas sollozando al lado de un camino montañoso, un campesino indignado. Sigue el azotar del machete. Maynor ya no puede resistir, se levanta de la hamaca de un brinco. Casi corre para la calle. Su tía lo mira ir, perpleja.

 

En la tienda de la esquina se compra un jugo y se lo toma todo de golpe. Aún así no regresa a su color normal. Se ve demacrado por el susto y no se le quita la palidez. Al salir de la tienda se topa con unos chicos mayores. “¿Viste una sombra, vos? ¿O sos una? ¡Qué blanco te mirás!”, le dice uno de ellos, entre risas. “Tené, mi Casper, pa’ bajar el susto”, y le pasa discretamente una cerveza a Maynor, a quien ya ha bautizado como el fantasma amable. Maynor guarda la lata debajo de su camisa después de darle la mano, agradecido, y se regresa a su casa.

 

* * *

 

En una clase que más bien parece un verdadero modelo de Naciones Unidas —con representantes de Vietnam, Corea, Guatemala, África, México y hasta de Aztlán—, Maynor está mirando de reojo a una chica muy guapa, perfectamente arreglada. La textura sumamente agradable de sus senos, cubiertos por la cachemira del suéter. El colgante de un crucifijo que se posa justo en medio. Los pantalones todavía acampanados que comen el suéter al nivel de la cintura y la hacen relucir así, pequeñita. “¡Cabalito que esa sí es una mujer!”, expresa la tímida mueca que a Maynor no se le puede quitar. La princesa renuentemente comparte una mesa con él, ya que por hoy la maestra la designó como intérprete personal de Maynor.

 

Pero en fin, a Maynor sí se le puede quitar aquella sonrisita de payaso: cuando la muchacha le habla.

 

¿Y qué tipo de nombre es Maynor? Dios mío, ustedes centroamericanos y sus nombres tan mas feos. Guanacos y nacos son”, dice la muchacha sin hacer parecer en su tono lo que realmente dice. Finge como si le estuviera explicando algo sobre la tarea. La boca de Maynor cae abierta. Se ruboriza. Se escucha un timbre y muchos estudiantes empiezan a levantarse, pero Maynor se queda congelado hasta que un muchacho se le acerca.

 

Calláte el asqueroso hocico, Brenda”, le dice Giovani Quijano a la chica que ahora está agarrando sus cosas para partir. “Y paráte, vos. Ya es hora de la siguiente clase”.

 

Maynor obedece y sigue a su compatriota de las melenas negras y un chaleco de mezclilla.

 

La siguiente clase es el taller: un templo de la masculinidad y la hombría, cuando todavía era políticamente aceptable dividir hombres y mujeres entre el taller y la clase de “economía del hogar”. Un profesor holgazán observa el rincón donde unos chavos hispanos martillean sus muebles rústicos y otros dan brochazos de pintura. Flexionan los músculos que resaltan sus camisas “golpea-esposas”. Limpian el sudor con los paliacates que cuelgan del bolsillo trasero de sus pantalones. Se ven intensos, aunque canturrean una melodía suave de doo wop que se escucha desde un reproductor de cassettes. Puros oldies para ellos: un arrullo que los amansa momentáneamente.

 

Se termina la canción y, sin tardar, el instructor aprieta un botón, parando el aparato. “Como acordamos, vamos a compartir el reproductor como la gente civilizada”, dice el instructor en inglés.

 

Estalla un quejido colectivo por parte de los chicanos y aclamaciones al otro extremo del aula. Luego el ruido del cambio de cassettes, el apretar del botón de play. DA- DA- DA- DA- DA, la inconfundible serie de acordes de “Iron Man”, de Black Sabbath. Ahora los canturreos vienen de la otra mesa, donde unos chicos rockeros también apañan sus proyectos. Los melenudos.

 

Arriba los salvatruchos, babosos”, dice Giovani entre dientes.

 

Maynor, agobiado, mira de reojo a todos los integrantes de la clase por igual. A los salvadoreños metaleros, los chicanos pachucos, hasta a los nerds asiáticos sentados a su lado, quienes con precisión y calma cambian el cableado eléctrico de unos aparatos.

 

* * *

 

Unas semanas después, el timbre anuncia de modo estridente el final del día escolar. Maynor sigue a Giovani por las calles contiguas a la escuela. Llegan a un viejo edificio de ladrillos con las escaleras de incendio zigzagueando por la fachada al antiguo estilo neoyorquino. Niños juegan en el pasillo de entrada y en cada descanso de la escalera. Los años se han comido el yeso de las paredes, quedaron totalmente cacarizas. El correr de los niños hace volar las partículas de polvo, una acumulación que tiene desde mucho antes de que llegaran salvadoreños a este barrio. Mientras los dos chicos van subiendo los escalones, escuchan desde un piso abajo los gritos de unos niños que han visto una rata; Giovani sacude la cabeza de pura lástima.

 

Entran al apartamento tipo estudio donde están viviendo varias personas y algunas otras familias, no sólo la de Giovani, aunque todos parecen estar fuera por el momento. Colchones, ropa de cama, posesiones personales: todo está organizado en pilas ordenadas que llenan el espacio. Los muchachos pisan con cuidado para cruzar la pieza y llegar a la cocina adyacente, donde el señor Quijano y su esposa, treintañeros, están comiendo y conversando. “En cualquier momento me van a correr, de eso no tengo duda”, dice el papá de Giovani sin reaccionar al ver a su hijo entrar con un amigo. En cambio, la mamá le sonríe a Maynor y mociona en dirección a la estufa para señalar que agarren algo de comer. Sigue escuchando a su esposo, quien no ha parado la boca.

 

No sé por qué sentí que debía mentirles y decir que yo soy de México como ellos. Tampoco sé por qué tuve que escoger Yucatán de entre todos los estados mexicanos. Tanta suerte que tengo que un hijueputa de la cocina es de allí. Seguramente me va a delatar”, continúa el papá. Los muchachos se sirven arroz blanco con verduras y muslos de pollo. Cuando llevan sus platos para la salida y de nuevo van cruzando el apartamento, todavía pueden escuchar el lamento del papá: “Aquí todo es México esto y México otro. Si quiero escuchar música en la radio, tiene que ser rancheras o norteño. Si quiero ver fútbol, sólo puede ser un partido del hijueputa Tricolor”.

 

Por suerte, en la azotea los muchachos ya no pueden escuchar el vociferar del señor. “¡Púchica que son cobardes los padres!”, exclama Giovani, otra vez sacudiendo la cabeza con pena. Algo pasa por el rostro de Maynor al escuchar la palabra “padre”, pero pronto es distraído por la vista, la dispersión urbana que se extiende para todos lados. Asombrado, explica que en su pueblo no había ni una estructura de más de dos pisos. Mientras comen sentados en el cemento, observan el latir y pulsar de la ciudad, de la avenida Wilshire, casi abajo de ellos, que serpentea hasta el extremo oeste, hasta topar con el mar escondido detrás de millas y millas de metrópoli.

 

A la puta que voy a dejar de ser salvadoreño sólo pa’ complacerlos”, escupe Giovani.

 

Que se jodan”, agrega Maynor con ojos enormes que no han dejado de asimilar cada detalle del panorama urbano. Siguen comiendo más o menos en silencio, contemplativos, mientras el sol comienza su descenso hacia el océano. Y el horizonte se pinta de naranja y rosita, las colinas y montañas aledañas de morado y las filas de palmeras de las calles cercanas en silueta se pintan de negro.

 

* * *

 

Ya totalmente caída la noche, cuando Maynor debe estar durmiendo en el catre donde su tía, el apartamento tipo estudio compartido por la familia de Giovani está repleto de personas. Todos los inquilinos han regresado y ahora están hechos bultos en el piso. Un poste afuera de la ventana brinda una luz fría e inquietante, sólo iluminando un poco los contornos de los cuerpos encobijados. Filas de encobijados, como en una fosa. Es eso lo que está soñando Giovani cuando se despierta abruptamente de la terrible pesadilla, bañado en un sudor frío. Se levanta del pequeño colchón que comparte con sus dos hermanos menores, tomando cuidado para no despertarlos. Cruza la pieza esquivando las personas dormidas y sus pertenencias. Llegando al baño, se limpia la cara con agua del lavabo y la seca con una toalla. Se dobla, la cara todavía cubierta por la toalla, e intenta respirar hondo. Busca regresar su corazón al pulso normal. Suspira y devuelve la toalla al estante. Entra otra vez a la recámara llena de gente.

 

Pisa con cuidado, y mientras está navegando su camino de regreso a la cama, escucha un lloriqueo. Baja la mirada. Una muchacha, Gladys Martínez, de 15, solloza lo más silenciosamente posible debajo del desaliño de su cabello negro, con unos mechones pegados a sus mejillas por las lágrimas. Giovani se queda parado arriba de donde está acostada la chica, paralizado, sin saber qué hacer, aunque ella se niega a abrir los ojos. Sintiendo que él está allí, Gladys se obliga a tranquilizarse. Giovani, inquieto, regresa sigilosamente a la cama.

 

* * *

 

Después de varios meses, unos chavos están reunidos en un lote baldío del barrio. El vagabundo que ha construido su campamento detrás de la cerca les permite pasar los días lentos como hoy allí platicando, siempre y cuando no toquen sus pertenencias amontonadas a un lado: un carrito de supermercado, cojines sucios, muebles rotos y otro tanto de cosas anodinas. Fue en otra ocasión que unos chicos del grupo jugaron a firmar en la pared blanca del lote. En negro rayaron todos sus nombres o apodos, así como también las palabras “Mara Salvatrucha Stoners”. El nombre de su pequeña pandilla.

 

Hoy Maynor y Giovani se encuentran tirados apoyándose contra aquella pared, sus cuerpos flojos en la postura de aburrición total. Pasan el tiempo con una navaja pequeña, grabando sus nombres y otros dibujos en las ramas de un enorme aloe. En la tierra sumamente seca del lote, los cactus abundan. También las latas de cerveza, los fragmentos de vidrio, bolsas de plástico. Es un vertedero, pero es más o menos su vertedero y quizás la única cosa de la que pueden reclamar el derecho.

 

Unos chicos mayores llegan al lote. Son aliados del grupo y vienen para platicar algo con algunos de los miembros principales. Al pasar por donde Giovani y Maynor están sentados, uno de ellos ubica a Maynor y le saluda: “¿Qué decís, mi Casper? ¿Más tranquilo ahora?”. Maynor se ríe y le regresa el saludo con algo de torpeza. Los chicos mayores silban de saludo a Giovani, quien ha quedado sorprendido de que conozcan a Maynor.

 

Mirá vos,” le dice burlonamente Giovani a Maynor, “¿y eso?”.

 

Maynor solo se ríe y encoge los hombros. Hasta le da flojera dar una explicación. Empieza a arrastrar un palo por el suelo, dibujando ahora en la tierra. Giovani también ya se ha distraído: está viendo para la calle, donde viene pasando Gladys al otro lado de la cerca. Giovani se pone de pie para que ella lo pueda ver y le habla a través del alambrado. Así, con la barricada en medio, le pregunta cómo sigue el apartamento que habían compartido, ya que Giovani y su familia cambiaron a otro edificio.

 

Gladys dice sentirse sofocada por el apartamento, por la vida en la ciudad. Extraña el campo. Giovani le cuenta de un gran parque donde uno siente que ha dejado la ciudad muy atrás, aunque en realidad está bastante cerca. Promete llevarla allí.

 

Eh, Casper, ¿querés un jalón a tu casa?”

 

Mientras Giovani termina de hablar con Gladys, los pandilleros llegan con Maynor una vez arreglado el asunto que vinieron a platicar con los otros.

 

¿Vivís por la Benton, verdad?”

 

Simón”, dice Maynor, poniéndose de pie. “Gracias”.

 

Se despide de Giovani y sigue a los otros chicos a la salida, a la calle. Se suben a un carro nuevo. “Está chivo tu carro,” dice Maynor, obviamente bastante impresionado. Parece que muy pocas veces en su vida ha estado en un carro, y probablemente nunca en uno nuevo.

 

Ponen la radio. Le pasan a Maynor una cerveza. Van rápido por las calles del barrio, calles estrechas, calles viejas. Maynor está contentísimo. Hasta que mira una muchacha esperando en la esquina para cruzar. Es Brenda, la chica de la escuela que lo insultó por ser salvadoreño. Pide al tipo que está manejando disminuir la velocidad. “Conozco a esta cipota”, explica. El carro pasa lentamente por donde ella está parada. Todos los chicos voltean a verla. Maynor saca la cabeza por la ventanilla, como si la fuera a saludar. Sorprende a todos cuando, en cambio, le tira toda la cerveza encima. La blusa blanca que lleva la muchacha se transparenta con el líquido y ella grita por el shock. El carro se llena de carcajadas.

 

¡Puya que sos un amante rencoroso, vos!”, dice el tipo que maneja.

 

Maynor no da explicaciones, sólo mira para adelante con una expresión de piedra y un vago centelleo de satisfacción en sus ojos.

 

* * *

 

En otra tarde, Gladys y Giovani caminan por una calle que deja la ciudad atrás y da paso al respiro que es el enorme Parque de Griffith: un paréntesis silvestre entre toda la urbanización. Siguen las curvas que esculpen un camino por el cañón, un camino pavimentado entre los peñascos y veredas, entre arbustos secos y tierra rojiza. Un refugio desértico poblado sólo por víboras de cascabel y coyotes, si acaso uno que otro búho.

 

Llegan a una apertura donde hay un corral, una pista y ponis galopando a lo largo del cercado. Encima de los ponis, en pequeñas sillas de montar, hay niños, también pequeños. Algunos chillan con terror, sus mechones rubios brincando con el muy movido galopar; otros están felices, sus mejillas blancas enrojecidas por la emoción. Giovani y Gladys se paran a un lado para observar. De su lado de la cerca hay varios adultos, mujeres negras y latinas en su mayoría.

 

Mirá todas las nanas”, dice Giovani.

 

¿Será este el futuro que me espera acá?”

 

Peor futuro te quedaba en El Salvador, ¿o no?”

 

Gladys se queda callada. Pero como si deliberadamente intentara mantener la conversación light, dice en un tono burlón: “O sea, ¿quién dejaría a mí a cargo de sus hijos? ¡Si no sé querer ni a un tiernito, ni a un cachorro!”.

 

“¡Púchica que en tu vida nadie te ha dado ni una pizca de cariño!”, dice Giovani mientras le hace cosquillas por la cintura y luego le abraza de atrás, por los hombros. De pronto han cruzado una barrera de la intimidad. Gladys retrocede con el contacto físico.

 

Siguen caminando por una senda que se entromete hacia los huecos en la ladera. Tallado en la cara de la montaña está el antiguo zoológico de Los Ángeles, ahora sólo cuevas abandonadas, escondidas en la falda de la ladera. Las jaulas de los animales han quedado intactas, así como los pasadizos siniestramente esculpidos en las rocas como cavernas de una civilización pasada. Parece más una cárcel abandonada que un lugar donde hace décadas las familias traían a sus niños en excursiones.

 

Gladys se alarma al ver las barras de metal, los recintos rústicos, las sombras y los recovecos oscuros. Giovani, observándola algo preocupado, prende un porro. El olor le llega a Gladys con la brisa y le hace regresar a la realidad por un momento. Le da la espalda a las jaulas espeluznantes y voltea hacia Giovani, quien le pasa el porro. Dejan el viejo zoológico atrás mientras caminan para otro lado, abrazados.

 

Llegan a una pradera. Se acuestan entre el pasto y la mala hierba para disfrutar los últimos rayos de sol. Gladys está tirada con la cabeza apoyada en el pecho de Giovani. Mira a los peñascos que rodean la pradera, al matorral que destella en la luz de la hora mágica. Con tranquilidad. Hasta que encuentra dos cuerpos femeninos, desnudos, colgando de unas ramas. Con nudos corredizos en los cuellos y cortes de cuchillo visibles en la piel arriba de sus senos. Gladys ni siquiera se encoge, ni jadea. Solo tiene la mirada perdida, entumecida. Las ha visto antes, pero esta vez no hay porque tenerles miedo. Las ha visto antes, pero esta vez no son de verdad. Cierra los ojos y respira profundo. Giovani, sin tener idea de lo que pasa por la cabeza de Gladys, acaricia sus rizos, sus mejillas, sus labios.

 

Ya caída la noche y de regreso en el barrio de Pico Union, Giovani acompaña a Gladys hasta la escalera de entrada del edificio donde ella, antes de meterse, voltea hacia él. Se para en un escalón. Ahora le saca un pedazo a Giovani, normalmente más alto que ella. Le da un beso, sensual y prolongado, y sin más, da la vuelta para desaparecer dentro del inmueble.

 

En la casa de Giovani, otro departamento tipo estudio, ahora compartido solo por los miembros de su propia familia, todo está oscuro excepto por una luz bajita que proviene de la cocina y el resplandor intermitente del televisor. Los hermanos de Giovani están dormidos en la cama que comparten y su papá ronca sobre un sillón con las sombras de la televisión parpadeando por su cara y una botella de tequila medio vacía en la mesa. En la pantalla, una plaga de hormigas amenaza una plantación sudamericana y una bella pelirroja pelea al lado del terco Charlton Heston para intentar acabar con la marabunta. Giovani se dirige a la cocina.

 

Su mamá está terminando de lavar los trastes. Giovani le da un beso en la mejilla y se sirve un plato de las sobras del día. La mamá aprovecha el momento a solas con su hijo mayor para intervenir, para expresar su desacuerdo con la ropa que trae, con sus melenas, con su decisión de andar siempre en la calle con los chicos “peludos”. “Actuás así porque te creés muy vergón”, dice la mamá y Giovani se ríe, “pero quedás mal. Quién sabe que hacés todo el día en la calle. Sólo Dios puede cuidar tus pasos”.

 

¿Dios o el diablo, ma?”, se burla Giovani haciendo con los dedos la seña de los metaleros para representar los cuernos del diablo, aunque su sonrisa desaparece cuando mira la cara grave de su madre.

 

El cachudo es de verdad; hay que creer. Con eso sí no juego”, regaña la mamá con toda seriedad. Empieza a contar la historia familiar que ella había escuchado de su suegra, la abuela paterna de Giovani, “que Dios en gloria la mantenga”. La leyenda familiar, tan salvadoreña, que dice que un día la abuela entró a su casa para encontrar su esposo con un libro negro de magia invocando al diablo y ofreciéndole su hijo pequeño (el papá de Giovani). “El cachudo es en serio. Si vos invocás, se te aparece”, advierte la madre mientras lava el último plato, el que Giovani acaba de ensuciar.

 

Apagan la luz y madre e hijo salen de la cocina. Ambos miran el señor Quijano durmiendo en su silla y se voltean a ver: el hombre que por poco fue sacrificado al diablo. Giovani va a la cama de sus hermanos y se acuesta en el apretado espacio que le han dejado. La mamá apaga el televisor y el apartamento se sume en la oscuridad.

 

* * *

 

Meses después, Giovani y Maynor pedalean en dos bicicletas viejas. Van a una tienda para hojear las revistas y así ocupar el tiempo. Pedalean más allá de la casa de Maynor y llegan a un cruce elevado que pasa por encima de la autopista. Como es la hora pico, todos los carros están prácticamente estacionados en los carriles, con filas de focos rojos y blancos en lados opuestos hasta donde llega la vista. En cambio, ellos van libres. Vuelan por la calle residencial. Sienten el viento acariciándoles la piel y batiendo su cabello, la icónica tarde californiana a la llamada hora mágica del atardecer. En un alto, dan vuelta a la izquierda y empiezan a bajar por una colina. Ahora sí que vuelan. Hasta que una patrulla aparece en la cima de la colina de enfrente y baja justo hasta donde ellos están. Les corta el camino. Giovani y Maynor no tienen otra opción que tirarse al piso con todo y bicicletas.

 

Los dos policías saltan del carro y cada uno agarra un muchacho por los brazos, lo levanta del piso y lo empuja contra la pared de cemento de la tienda. Un anciano mexicano con sombrero de vaquero se asoma por la entrada; un corrido suena bizarra y ominosamente desde dentro. Tan cerca estaban Maynor y Giovani de llegar a su destino, pero han sido emboscados. “¡Manos en la pared!”, grita el policía que iba al volante. Ponen los puños en las nucas de los muchachos, los codos forzados en sus espaldas. Los registran y les revisan los bolsillos. Simulan inspeccionar las tarjetas de identificación de la escuela. El policía gritón se queda con un dinerito que traía Maynor. Maynor se opone y el policía lo tira al piso. Y así, tan repentinamente como llegaron, los policías se van.

 

Los chicos se quedan en shock, viendo la patrulla desaparecer por la colina donde ellos habían bajado. Sus caras revelan una moral destruida, bochorno total, ira. Mientras levantan sus bicicletas y con paso vacilante las empiezan a montar, Maynor vocifera: “¿Qué nos ganamos al ser buenos si nos toman por malos de todos modos?”.

 

Como están demasiado alterados para ir a la tienda como planeaban, se regresan por donde vinieron, por el cruce elevado, por las palmeras, los aloes, las buganvillas. Las imágenes bellas de Los Ángeles ahora teñidas de amargura, ahora podridas. Ahora saben que la despreocupación y autonomía que sentían antes es sólo una libertad condicional.

 

Llegan a la casa de Maynor, pero en vez de que éste se despide de Giovani, le pide que lo espere afuera un momento. Camina por el jardín de la tía y regresa con su machete. Al ver el cuchillo grande, Giovani se opone, espantado. Maynor no le contesta, sólo monta de nuevo su bici. Como Maynor no le hace caso, Giovani decide seguirlo. Pedalean unas cuadras por una calle sin gente y se detienen cuando Maynor mira un coche nuevo estacionado a un lado. Deja su bici tirada en la acera y camina directo a la ventanilla del carro. Con el mango del machete golpea el vidrio, haciéndolo reventar en pedazos. De allí, se apura a meterse en el vehículo y Giovani hace lo mismo para poder ayudarlo. Con una pequeña navaja logran desconectar el estéreo del carro, y tan rápido como llegaron están de nuevo en sus bicicletas, huyendo. Maynor carga el machete, así que Giovani lleva el estéreo.

 

Dan una vuelta y llegan al taller mecánico donde trabajan los chicos que conocen a Maynor como “Casper”. Al verlo con el machete colgando de una mano, el chico que lo bautizó así exclama: “¡Puya, parecés psicópata vos con este machete!”, Maynor solo se ríe ligeramente. Viene a negociar, no a platicar. Le indica a Giovani que le vaya enseñando al tipo el estéreo robado. Negocian un precio, hay un intercambio y Maynor guarda el dinero. Pero antes de que se vaya, el tipo quiere decirle algo a Maynor en privado. Van a la oficina del taller y allí le pregunta si la casa de su tía está lo suficientemente sola como para poder esconder algo importante. Maynor dice que sí y entonces el tipo le pasa una pistola envuelta en un trapo, así como otro fajo de billetes, su recompensa. “Ni lo vayás a pensar usar, ¿okey, cherito? Está caliente”, dice el tipo. Maynor asiente con la cabeza mientras guarda la pistola en el pantalón. Regresa con Giovani y se marchan. A la vuelta, se paran en un callejón y dividen el dinero del estéreo. De lo demás, Maynor no le dice nada. Tampoco Giovani lo presiona. Se despiden y cada quien se aleja en su propio camino. A contemplar la tumultuosa tarde desde la soledad.

 

Al siguiente día, cuando escucha el cerrar de la puerta principal y los pasos de la tía alejándose, Maynor va a su catre y saca la pistola de debajo del colchón. En la penumbra del cuarto deja el trapo a un lado y siente la pistola, fría y pesada, en la palma de la mano. Luego la sujeta con los dedos y finge apuntar hacia un espejo que cuelga en la pared. Apunta a su propio reflejo.

 

* * *

 

Por su parte, Gladys está en un consultorio médico. Mientras espera la hora de su cita, puede ver por el muro divisor de cristal cómo el doctor es entrevistado por un periodista. El periodista acerca el micrófono de la grabadora al psicólogo. Para concluir la entrevista, el doctor pronostica: “Estos jóvenes son fáciles de ignorar por ahora, pero no será así cuando sean mayores”. El periodista oprime el botón que apaga el aparato y le da la mano al doctor. Sale del consultorio, no sin sonreírle a Gladys con una expresión de lástima. Gladys no le regresa el gesto, sólo voltea a ver el suelo.

 

Cuando el doctor le hace señas para entrar, ella pasa al otro lado de la partición. Toma asiento e incómodamente responde al saludo del psicólogo. Le pregunta cómo ha estado. Le pregunta otra vez cómo era diferente su vida en El Salvador antes de que su mamá la abandonara para ir a Estados Unidos. Y cómo era su vida sin ella, cuando Gladys pasó de un pariente a otro, de un pueblo a otro.

 

La primera vez que tuviste que ir a vivir con un pariente diferente, ¿fue por qué motivo?”

 

Porque el tío con quien vivía se desapareció”.

 

¿Y la segunda vez?”

 

Por lo mismo, porque mi otro tío también fue desaparecido”.

 

Y la última vez, cuando tu tía te mandó a Estados Unidos, ¿qué fue lo que pasó?”

 

A ella le dio un ataque de nervios. Por sus dos hermanos desaparecidos. Por la violencia que nos rodeaba. Ella andaba tan nerviosa que ya no me podía cuidar, ya no estaba bien de su mente. Entonces convenció a mi mamá de que me recibiera acá en Los Ángeles”.

 

El doctor le pregunta a Gladys sobre su vida actual con su mamá. Ella es parca en palabras, sólo cuenta de una distancia entre las dos. De otras prioridades que tiene la madre.

 

El doctor menciona unas letras en inglés, algún síndrome… “por la violencia que viviste”, dice. Gladys solo encoge los hombros.

 

* * *

 

Tiempo después, por la noche, Giovani y Maynor pasan por Gladys a su apartamento. Empiezan a caminar a una fiesta. Cuando dan una vuelta son interceptados por un pequeño grupo de pandilleros sentados en una escalera a la entrada de un edificio. Al ver a Gladys, el jefe se pone de pie y se le acerca; los secuaces siguen su ejemplo y preventivamente se acercan también para sujetar a Maynor y Giovani. Al cañón de sus pistolas.

 

¿Crees que me puedes ignorar para siempre, eh, chavala?”, dice el pandillero en inglés mientras se le acerca tanto a Gladys que su nariz casi roza la de ella. “Pues ahora vas a sentir mis dos pistolas para que vayas entendiendo que no”, susurra el hombre veinteañero con una risa malévola mientras con una mano la agarra de la cintura y la aprieta contra su entrepierna y con la otra mano levanta su camisa para exponer el arma que tiene metida en la cinturilla. Frotando su entrepierna contra la de Gladys, no hay duda sobre qué quiere decir con lo de las “dos pistolas”.

 

Ella se retuerce en vano; el agarre del hombre es demasiado fuerte. Giovani y Maynor gritan que la suelte, pero no pueden hacer nada más, y hasta tienen que callarse cuando los otros dos hombres —uno de ellos en realidad un adolescente más joven que ellos— apuntan sus pistolas hacia las cabezas de los chicos. El rostro de Maynor está consumido de ira; se ve que corren por su mente las ideas de qué hacer, infructuosamente. La cara de Giovani palidece y hace una mueca de dolor e impotencia cuando el pandillero de repente mete la mano por delante del pantalón de Gladys y la manosea. Ella suelta un quejido y baja la cabeza, apenada. En un instante, el pandillero saca su mano y la empuja a un lado, se deshace de ella. Todavía apuntando las pistolas hacia los muchachos, sus secuaces siguen al pandillero cuando se aleja, dando la vuelta en la esquina.

 

Los tres se han quedado solos, congelados, avergonzados. Giovani corre al lado de Gladys, pero ella no soporta que la toque. Como una zombi, Gladys empieza a caminar; continúa el rumbo a la fiesta. Las lágrimas escurren por sus mejillas, no hace ningún ruido. Los muchachos la siguen, otra vez sin saber qué hacer, otra vez impotentes.

 

Van a ver los hijueputa, un día pronto yo voy a andar con mi propia pistola”, jura Maynor.

 

Pasan por un lugar donde los ocupantes de un apartamento han dejado tirados sus muebles viejos en la acera. Giovani agarra una silla de madera y con toda su fuerza la tira contra la pared del inmueble. Cae en pedazos al pavimento. Gladys ni siquiera voltea al escuchar el estruendo, no reconoce el gesto de desesperación y disculpa de Giovani. Sigue caminando. Los muchachos van detrás de ella, agachando las cabezas.

 

Llegan a su destino. Bajan por una escalera y empujan una puerta para entrar al sótano del edificio. El espacio oscuro y rústico está lleno de muchos de sus conocidos y otras gentes. Al fondo, una banda de rock toca covers. Casi a la entrada, Gladys se topa con una amiga que mira su cara afligida y le pregunta qué pasa. Gladys se niega a explicar, sólo deja que la amiga la abrace fuerte y le pase una pastilla. Cada chica apura una y un trago de vodka directo de la botella. Giovani intenta quedar cerca de Gladys, preocupado, pero tampoco rechaza el hachís que los amigos les ofrecen a él y a Maynor. Pega tragos a una botella de 40 onzas de Budweiser. Empieza a sudar. Varias veces intenta hablar con Gladys. Está desesperado por hablar con ella. Pero ella no quiere; lo ignora. Gladys ahora se porta como si no pasara nada, como si no compartieran nada él y ella, y Giovani comienza a molestarse.

 

Maynor está donde toca la banda, bailando alocadamente con una chica. Giovani, después de haber dicho varias veces el nombre de Gladys y después de que ella le dijera que se largara, distraídamente habla con unos amigos. Sigue dando sus caladas al hachís, sus tragos a la cerveza. Sigue con la mirada quemando la espalda de Gladys. Un rockero veinteañero se acerca a Gladys y la abraza por la cintura, murmura en su oído. Ella sonríe. Se deja. Giovani empuja sus amigos a un lado y camina hacia Gladys. Tira la botella de cerveza al piso, el vidrio se destroza a los pies de ella. Él la sujeta del hombro, obligándola a verlo a la cara. Muestra saliva en la lengua como si se estuviera preparando para escupirle a Gladys en la cara. En cambio, escupe al piso y luego le escupe las palabras: “¡A la gran puta con vos!”. Empuja a los espectadores para hacer un camino a la salida. Maynor, quien tomó una pausa en sus besuqueos con una muchacha cuando se empezó a escuchar la conmoción, lo sigue a la puerta y los dos salen a la calle.

 

Caminan de regreso bruscamente, caóticamente, tropezando cada cuando. Se acercan a un grupo de amigos que al parecer esperan el bus. Giovani empieza a correr hacia ellos cuando los ve. Maynor sigue su ejemplo y también acelera. Al llegar a donde están parados los dos hombres y dos mujeres, todos vestidos como para ir a la discoteca, Giovani apenas disminuye su paso. Todavía corriendo, pasa por donde está uno de los hombres y la da un fuertísimo golpe en la cabeza que lo deja tirado. “¡El disco está muerto, hijos de su puta madre!”, grita Giovani cuando le da el puñetazo, y sigue corriendo. Maynor corre tras de él, sorprendido, pero carcajeándose. Los amigos del chico que ha quedado tumbado se agachan a su alrededor, acariciándole la cabeza y limpiando la sangre que escurre por un lado de su cara.

 

* * *

 

Meses después, Giovani y Gladys están parados en la acera afuera del estacionamiento del Fórum de Los Ángeles hablando en voz baja. Filas de personas pasan por donde están ellos, en camino a la entrada del concierto de Van Halen. Sin querer, las personas rozan la espalda de Giovani y le dan de empujones. Con cada codazo se tambalea poquito de un lado para otro, dificultando su conversación con Gladys, quien se apoya contra un poste y proclama su reticencia para ir al concierto, su desconfianza en Giovani desde la noche de la fiesta. Más adelante y del otro lado de la acera, Maynor los mira con impaciencia. Giovani lo voltea a ver, encogiendo los brazos a manera de disculpa. Por última vez reitera su argumento para Gladys: que solo están allí como tres buenos amigos, que hace meses que compraron los boletos, ¿entonces por qué no disfrutar del concierto, de la buena compañía? Por fin, ella se rinde y acepta el argumento. Ya compró su boleto. Ya está allí. Pues ni modo.

 

Los tres se juntan con la muchedumbre metalera en la caminata hacia la entrada. Con cada paso, a Gladys se le va bajando la ambivalencia, así como el coraje. Encantados, forman una cadena, los tres agarrados de los brazos. Relajados y radiantes, entran al estacionamiento del Fórum con todos los demás jóvenes y caminan entre ellos para esperar hasta que abran las puertas del estadio. Toman cerveza y bromean, totalmente cómodos entre los espíritus afines de los demás rockeros. La noche es suya.

 

Terminado el concierto, el gentío sale del Fórum animado, electrificado, en algunos casos bastante pasado de copas. Salen Giovani, Maynor y Gladys, todos abrazados, sudados y enrojecidos. Canturrean una rola de Van Halen y reviven los momentos más memorables del concierto. Salen del estacionamiento a la calle, donde todavía caminan entre la multitud de metaleros eufóricos. Llegan al carro que Maynor tomó prestado de sus amigos en el taller mecánico. Se suben al auto sin parar su canto a coro, sin bajar el ánimo. Giovani tímidamente le da un beso a Gladys y ella lo corresponde. Hay harmonía perfecta esta noche. Se dirigen al taller mecánico para dejar el carro y Maynor explica que ahí estarán celebrando una fiesta de cumpleaños y que pueden tomar unas cervezas antes de ir cada quien a su casa. Giovani y Gladys aceptan, deslumbrados por su renovado amor.

 

Al llegar al taller, el olor de la parrilla los recibe mientras dos parejas bailan una cumbia. La mayoría de los presentes son hombres, algunos todavía en sus uniformes de mecánico. Están sentados en sillas de plástico alrededor del asador, tomando cervezas y uno que otro whiskey. Giovani y Maynor saludan de mano a todos los hombres y éstos les dan la bienvenida. Gladys se siente incómoda, por lo que se acerca y se arrima a Giovani aún más; él la abraza. Sacan cervezas de una hielera y se sientan cerca del círculo de hombres, pero no adentro. Maynor interactúa más con sus compañeros —que ya son como hermanos mayores para él— mientras Giovani y Gladys se acurrucan y se besan.

 

La música termina y hay una pausa. Sólo se escuchan algunas risas y voces de los hombres, luego el chirrido de unos frenos. Todos voltean a ver la entrada del taller. Está bloqueada por tres carros de policía sin marcas ni identificación alguna. Los detectives bajan corriendo de los vehículos y gritan indicaciones: que nadie se mueva, que todos los hombres se enfilen con las manos en la pared. Gladys empieza a temblar y Giovani le susurra en el oído que no se asuste, pero la tiene que dejar para obedecer a los policías. Empieza otra canción de cumbia, violentamente rompiendo el silencio. Un policía apaga el reproductor. Mientras unos detectives vigilan los hombres volteados hacia la pared, otros inspeccionan a las pocas mujeres. Uno de ellos aplana con la mano cada curva del cuerpo de Gladys y ella cierra los ojos como si doliera. No sin acariciarle demasiado, el policía finalmente la suelta y le dice que se puede ir.

 

Gladys sale renuentemente del taller y cruza la calle. Desde la penumbra, bajo un árbol, mira cómo los policías registran a todos los hombres, cómo Giovani y Maynor son esposados y llevados a la acera donde los oficiales los sientan mientras catean el taller. Da unos pasos hacia la luz y Giovani la ve, pero sólo por un instante. Luego baja la cabeza, avergonzado. Ella se aleja, empezando su camino a casa, sola, en la oscuridad.

 

En la madrugada, Giovani y Maynor son llevados a la cárcel del condado de Los Ángeles. Ahí los procesan: son desvestidos, examinados, uniformados y rapados. Sus melenas negras caen al piso en un montón. Los llevan a una célula donde están otros pelones. Pelones tatuados. Pelones pandilleros de verdad. Se cierra el portón de la celda.

 

* * *

 

Meses después, Gladys camina temprano por la mañana a su trabajo en una tienda de abarrotes. Trae el delantal de una cajera. Se ve más arreglada y madura, pero también más endurecida. Afuera de la tienda, se agacha para meter la llave en la cadena de la cortina de metal; es la primera en llegar y tiene que abrir. Poco a poco logra levantar la cortina pesada, la cortina de metal con símbolos negros rayados a lo largo: MS-X3. Mara Salvatrucha Trece. Gladys entra a la tienda y comienza otro día en el barrio. El barrio que en poco tiempo se convertirá en otra zona de guerra.

 

* Este argumento fue finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado estuvo integrado por Kyzza Terrazas, Gael García, Gerardo Naranjo, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno y Andrés Ramírez.

 

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