A diferencia de lo que pudiera creerse, el origen de la muy conocida y filantrópica kermesse no es francés, ni hispano. Proviene de los Países Bajos, desde donde el vocablo y su fiestera esencia nos llegaron de rebote, como tantas otras cosas importadas del Viejo Mundo.

De tal origen dan constancia algunas de las más conocidas obras maestras de la pintura flamenca, especialmente las creadas por Pieter Brueghel, el Joven, en las que se aprecia con todo detalle el jolgorio, las comilonas y las diversiones aldeanas de su época.

En nuestros días, dentro de nuestro contexto, ese tipo de celebraciones comunitarias han quedado reducidas en la mayoría de los casos a los ámbitos escolares o religiosos, y realizadas casi siempre con la finalidad de recabar recursos monetarios para solventar determinados fines.

Quién no recuerda de sus años escolares aquel día de recreo ampliado y colmado de puestos atiborrados de platillos y golosinas, juegos y tómbolas, sin dejar de mencionar la infaltable instalación del Registro Civil adornado con flores y corazones, en donde estaba permitido casarse todas las veces que para ello fuera requerido o, en su defecto, pasar a la cárcel anexa de donde no se podía salir sin firmar un acta matrimonial y, además, pagar la multa correspondiente.

Andan por ahí algunas damiselas que todavía guardan, en su cofre de recuerdos, la ennegrecida argolla que durante toda una kermesse escolar anduvieron presumiendo junto con el acta matrimonial, toda llena de hilarantes chusqueras, que diera constancia de su enlace con algún escuincle del grupo A2, B o C; quien entre risotadas y sometido por el mecate con que lo habían capturado, pronunció el “sí acepto” y pagó el costo total del bufo enlace.

En tiempos más recientes, una de las mayores atracciones de cualquier kermesse fue, sin duda alguna, la discotheque. Espacio de acceso reservado donde al ritmo de una grabadora, o de un equipo de luz y sonido si la concurrencia era más finolis, se brincoteaba con pasitos lucidores una tanda de cinco o seis canciones de moda, todas por el mismo boleto.

Ignoro si en la kermesse escolar actual se ha sustituido tal diversión dancística por una réplica de los llamados antros, tan en boga hoy en día. De ser así, para nada dudaría que, además de cadenero a la puerta, en el gusto musical imperaran los ritmos banda, los narco corridos y el reggaeton. Serían algunos signos más de nuestros tiempos.

De lo que estoy segura es que a muchos sorprenderá saber que hace exactamente un siglo, en el entonces alejado Club Deportivo del Paradero, hubo una sensacional kermesse llamada “de los Aliados”, organizada por la crema y nata de la sociedad tapatía y donde, entre otras maravillas, se rifó entre la concurrencia un automóvil Ford último modelo, equipado con cinco plazas; y en uno de los puestos, denominado “La Carpa de los Bohemios”, José Guadalupe Zuno Hernández, Alfredo Hernández y Carlos Orozco, “por un módico costo” estuvieron realizando dibujos caricaturizados de todos quienes así lo solicitaron.

Por cierto, el ganón del auto Ford fue don Odilón Ibarra, domiciliado en Hidalgo 794 y afortunado poseedor del boleto 5283. La rifa se realizó el 15 de febrero a las 16 horas, contando con la intervención verificadora del H. Ayuntamiento, conforme informó la Casa Alat.

Dicha kermesse tuvo lugar exactamente el martes de carnaval de 1918, siendo organizada por la Cruz Roja y un Comité de Damas, todas ellas de alta alcurnia y encabezadas por Josefina A. de Schnaider y Carolina H. Newton.

Los recursos obtenidos tuvieron el propósito de coadyuvar a “calmar el sufrimiento” de soldados de los ejércitos aliados, heridos durante combate en las lejanas tierras de Francia, Bélgica, Italia y Palestina.

Tanta fue la importancia de la llamada Kermesse de los Aliados que El Club Automovilista oportunamente informó a los propietarios de autos y carruajes que el camino al Paradero estaba recién restaurado, pudiendo recorrerlo sin ningún temor a partir de la Calzada Independencia, por la calle Guadalupe Victoria hasta llegar a la garita de San Pedro y, de allí, directo hasta llegar a su destino.

Esa obra tan oportuna, fue consecuencia de la petición que en forma directa los organizadores formularon al ingeniero Guillermo de Alba, entonces funcionario municipal, quien de inmediato “accedió gustoso y desde luego puso una cuadrilla de treinta hombres para hacer un camino especial de cuatro metros que quedara paralelo a la vía de los tranvías eléctricos y que [estuvo] listo, […] pudiendo todas las familias que [desearan] ir cómodamente en sus vehículos a divertirse en la gran kermesse”.

Los tapatíos desmotorizados, por su parte, se transportaron como siempre a bordo de los tranvías, o fueron a ratos a pie, y a ratos andando.

Previamente, en los aparadores de Las Fábricas de Francia estuvieron en exhibición los regalos que se incluyeron en la tómbola, ésta a cargo de la Sra. Guadalupe Salmón de Font Reaulx. En esa misma tienda fue donde estuvieron en venta los boletos para participar en la tómbola de regalos; de forma simultánea, los escaparates de algunos establecimientos alemanes mostraban con orgullo efigies escultóricas del káiser Guillermo II.

Entre los numerosos obsequios que esa tómbola ofreció, estuvieron: el cuadro La Place de la Concorde, ganador de la 1era. Medalla del Salón de la Pintura, en París, donado por la Sra. Mariam Rocher; un tibor Sévres, un Bono del Empréstito de la Libertad con valor de 50 dólares, donado por el Casino Americano; un reloj pulsera de oro, donado por el joyero Rafael Assad; una suscripción anual al periódico francés L’Illustration, regalo del cónsul de Francia; cien boletos para la rifa de un automóvil Maxwell; además de canastos de licores, servicios para té, jabones de tocador y perfumes, mesas de mármol, lámparas eléctricas, bolsa de perlas francesas, retratos, calzado y botas de importación, cajas de cervezas de las marcas Malta y Toluca, acuarelas, suscripciones al periódico El Informador, costureros, raquetas de tenis, floreros, bolsos y carteras, estuches de manicure, peinetas, cuadros japoneses, abanicos de encaje, queseras de cristal y… ¡Uf! Muchos objetos más, hasta completar un total de 112 y los que después se acumularon.

Los tintes internacionalistas de la kermesse fueron evidentes, razón por la que dos viajeros franceses que residían temporalmente en la ciudad, accedieron a tener bajo su cargo un puesto denominado “El juego de la champaña”, que consistió en el tradicional juego de aros lanzados desde convenida distancia hacia una hilera de botellas de la pomadosa bebida; quien lograra ensartar una de ellas, de inmediato se convertía en su poseedor.

Por su parte, la Compañía Hidroeléctrica e Irrigadora de Chapala colaboró proporcionando una plataforma, desde donde la Sra. Juana A. de Nigg y su equipo de ayudantes, fueron las encargadas de provocar una verdadera lluvia de multicolorido confeti hasta tapizar con él todo el piso del Paradero.

Aunado al carácter multinacional del evento, el ambiente carnavalesco propició que muchas de las jóvenes socialités de la época atendieran sus respectivas comisiones ajuaradas con vestimentas temáticos. Así, fueron muchas las que vistieron trajes típicos de “aldeanas suizas, italianas, inglesas, alsacianas, etc.”, otras asistieron con traje español y muchas como enfermeras de la Cruz Roja.

Por supuesto que hubo una cantina, atendida entre otros por don José Rolleri, el reconocido dueño de La Fama Italiana, una tabaquería, un restaurante, salón de té, cabaret y salón de baile donde se realizó un Vaudeville, y donde mademoiselle “Margaux Legg ejecutó La Gavota de Massenet, un baile egipcio y otras danzas exóticas”, siendo ese sitio donde también los asistentes, “sentados a las mesas saboreando los delicados platillos que [sirvieron] lindas señoritas, disfrutaron representaciones artístico musicales que incluyeron una Fantasía Española, un baile escocés, tangos, cuplés y jarabes; además de fragmentos de ópera con el dúo de amor de Madame Butterfly, el prólogo de Payasos, y un cuarteto de Bohemia en el que una de las intérpretes fue, ni más ni menos, Lupe Marín, quien apenas cuatro años después, en 1922, ante Dios y ante los hombres se convertiría en la primera esposa de Diego Rivera”.

Los boletos de ingreso a la Kermesse pudieron conseguirse a manera de venta previa en las denominadas “casas comerciales de los Aliados”, su costo, por cierto nada barato para la época, fue de un peso.

El diseño de los distintos espacios fue variado. Las reseñas señalan la presencia de casuchas españolas simulando alguna hostería del siglo xv o xvi, adornada con carteles taurinos y atendida por tapatías vestidas de Manolas que lucían sendos mantones de Manila; hubo un puesto denominado El jardín alsaciano y otro semejando un pabellón japonés. Algunas damas de sociedad se distinguieron por su vestuario de aristócratas de la corte de Luis XV, otras como damas rusas, bretonas, napolitanas y, en el interior de una gruta, algunas jóvenes caracterizadas como gitanas, practicaron las artes adivinatorias.

Por supuesto que no faltaron los clásicos puestos de tamales o pozole, de flores, galletas, dulces, pasteles, nieves, café, sandwichs, y el Banco, sitio de canje obligado en cualquier kermesse, porque debemos recordar que en ellas sólo se puede pagar el consumo y las diversiones o juegos, con los controlados cupones o boletitos validados con las respectivas firmas y sellos autorizados por los organizadores.

Se desconoce el monto total de lo recaudado en esa fabulosa kermesse pro beneficio de los aliados. Por si estaban con el pendiente. Aunque, con toda seguridad, fue considerable. Al menos hasta el momento previo en que se dedujeron los correspondientes gastos por organización, representación y todos los similares que se suelen acumular en esos eventos filantrópicos.

Porque de que cualquier kermesse deja, no hay duda. Por eso nunca pasan de moda. Si lo dudan, pregunten en cualquier escuela o parroquia barrial.

Por Carmen Libertad Vera

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