Por Claudio Tapia Salinas

Foto por Victor Hugo Valdivia (Textos urbanos)


Ya hemos dicho que para que ese espacio de la vida política llamado «parlamento» funcione adecuadamente, debe estar lleno de ciudadanos y a su vez vacío de cualquier otro poder, sea: político, religioso o económico (nacional o trasnacional). El parlamento, espacio lleno pero vacío, es el lugar de la ley.

 
Supongamos que para llenar ese espacio, los ciudadanos hemos sido capaces de vaciarlo de Reyes y Dioses. Imaginemos que el parlamento no se somete ya a los caprichos del dictador, caudillo, presidente autoritario o iluminado; y que la jerarquía eclesiástica dejó de entrometerse para que las leyes que afectan la vida común de los mortales aquí en la tierra se elaboren conforme a sus dogmas y conveniencia. 


¿Bastaría con eso para vivir en un Estado de Derecho, bajo el imperio de la ley? Definitivamente, no. Porque el lugar de la ley sigue ocupado por un dictador. Los pontífices del dogma neoliberal capitalista pasaron a ocupar el espacio que Dios y el Rey dejaron vacante. La ciudadanía sigue sin poder darse sus propias leyes.


La discusión entre lo que es justo o injusto, lo que conviene o no, lo acorde a la voluntad y al interés general, lo propiamente humano, es imposible en un espacio carente de libertad e igualdad en el que el tirano en turno dicta la realidad. El espacio desposeído de dioses y reyes, se encuentra ahora dominado por el más perverso enemigo de la ley: el poder del capital. 


En ese espacio parlamentario, ninguno de los grandes temas a debatir puede abordarse con la racionalidad que pone a lo humano en primer lugar. El deshumanizado orden mundial –en el que impera el libre mercado y la privatización de todos los bienes y servicios– se impone conforme a la dinámica del capital. El deshumanizado panorama es sobrecogedor.

Las leyes actuales, inscritas en la lógica del capital, son las mismas que históricamente han servido para sostener formas de organización y dominación en la que los dueños de los esclavos, los propietarios de la tierra, y ahora los poseedores de los medios de producción y del capital, dominan a amplios conglomerados humanos para explotarlos. 

Jamás el ser humano había tenido tan poco tiempo para la vida propia, la familia y la política, como bajo el régimen capitalista. Las personas que carecen de medios de producción, para sobrevivir, tienen que pasar por el mercado de trabajo. Como lo único que tienen es su fuerza de trabajo, viven en espera de que alguien la requiera aunque mal pague. La proletarización de la humanidad fue la condición necesaria para que el capitalismo colonizara todas las esferas de la vida pública.

A partir de eso, la población mundial pasó a depender íntegramente del capitalismo y a sufrir sus consecuencias.  Humanidad y capital no coinciden en sus propósitos. Lo que para el más inmoral de los sistemas económicos es una buena solución, para los humanos es un grave problema y viceversa. No hay más que fijarse en los planes de ajuste que impone el FMI o BM a los países en vías de desarrollo. Prácticamente, todos los habitantes del mundo occidental capitalista han sufrido los daños de las terapias de shock recetadas por la escuela de Chicago, sin que las crisis económicas terminen nunca. 


Los costosos sacrificios que la población sufre con el propósito de sanear la economía (¿la de quienes?), no se compensan nunca con una vida digna y menos con el bienestar general. Tenemos claro que esa economía sana no va a distribuir mejor la riqueza que proviene de la explotación de los recursos y el trabajo. Ya nadie espera que los beneficios del crecimiento económico lleguen a la población en general. Eso no ha ocurrido nunca, ni ocurrirá. Hoy, todos sabemos que es perfectamente compatible una economía sana con una sociedad que muere de hambre y exclusión. 


Esto tiene que cambiar. ¿Tendremos que esperar a que muera el tirano? ¿Esperar a que en un siglo de estos desaparezca el inmoral régimen capitalista? ¿Sera este nuestro destino fatal? Los tiranos anteriores no se fueron por propia voluntad; tampoco pacíficamente.


La posibilidad de organizar la economía de cada pueblo o nación al servicio de la humanidad, poniendo a la vida en el planeta y a la gestión de la vida propia y tribal en el centro de las decisiones económicas y políticas, es la apuesta y la esperanza emancipadora de los que creemos que otro mundo es posible. 


Debe haber alguna forma de hacerlos entender. Deben existir mecanismos –tenemos que imaginarlos e intentarlos– para impedir que el perverso régimen económico siga devorando las esperanzas ciudadanas de la humanidad. Tenemos que frenar la insaciable colonización de todo el espacio social expropiado por el capital. Tenemos que obligarlos a hacerlo, como pide Noami Klein.


¿Suena a utopía? Creo que lo es, ¿pero acaso no lo son también la justicia, la igualdad y la libertad?

 
P.S. Los califico de utópicos, no para declarar su inviabilidad histórica o para condenarlos al fracaso, sino para señalar que en su manera de operar existen algunos elementos utópicos que vale la pena analizar críticamente.

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