¿Qué piensan los ghaneses sobre la nieve que cae sobre Polonia?

Por Ryszard Kapuściński

El fuego nos unía y a la vez nos separaba. Un muchacho echó más leña; la llama se avivó e iluminó nuestros rostros.

—¿Cómo se llama tu país?

—Polonia.

Polonia estaba lejos, más allá del Sáhara y del mar, hacia el norte y el este. El Nana repitió el nombre en voz alta.

—¿Lo digo bien? —preguntó.

—Muy bien —contesté—. Precisamente así.

—Allí hay nieve —habló Kwesi.

Kwesi trabaja en la ciudad, en Kumasi; ahora está de vacaciones. Una vez, en la pantalla de un cine, vio nevar. La chiquillería aplaudía a rabiar y, entre estallidos de risa, gritaba “¡Anko! ¡Anko!”, pidiendo que volviesen a mostrar la nieve. Era de lo más divertido ver caer aquellos ovillos blancos. Dichosos los países donde caían: no tenían que cultivar algodón, el algodón les caía del cielo. Lo llamaban “nieve”, lo pisaban e incluso lo tiraban al río.

Nos habíamos quedado empantanados en medio de ninguna parte. El conductor, un amigo mío de Accra, Kofi, y yo. Ya había anochecido cuando reventó un neumático. Sucedió en un camino secundario, en la selva, cerca de Mpango, un poblado ghanés. Demasiado oscuro para ponernos a repararlo. No se pueden imaginar lo negra que puede llegar a ser la noche. Uno extiende el brazo y no ve su propia mano. Así son sus noches. Nos dirigimos al poblado.

Fue el Nana quien nos dio la bienvenida. En todos los poblados hay un Nana, pues Nana quiere decir “jefe”. Es como un alcalde, pero con más poder. Si te quieres casar con una de las Marynas de tu aldea, el alcalde no te lo puede impedir mientras que el Nana sí puede. Lo respalda el consejo de ancianos. Los viejos celebran asambleas, gobiernan, dirimen disputas… Si un joven se rebela, tiene que huir a la ciudad. Hace tiempo, el Nana era dios. Pero ahora hay un gobierno independiente en Accra, y si el gobierno promulga una ley, el Nana está obligado a hacerla cumplir. El Nana que no obedece es destituido por insolente. El Gran Nana es jefe de su tribu, el Nana a secas lo es de su clan y el Nana Pequeño es el mandamás de su poblado. A menudo es a la vez el brujo. En tales casos, ostenta un doble poder: sobre los cuerpos y sobre las almas. El gobierno intenta que todos los Nanas sean del partido, y muchos se han convertido en secretarios de sus comités locales.

El Nana de Mpango era un hombre huesudo y calvo y tenía los labios finos como los sudaneses. Kofi se presentó, después le presentó al chófer y a mí. Le dijo de dónde venía y que debían tratarme como a un amigo.

—Lo conozco —añadió—, es un africano.

Es el mayor cumplido que se le puede echar a un europeo. Entonces se le abren todas las puertas.

El Nana me sonrió y nos dimos un apretón de manos. A un Nana hay que saludarle estrechando su mano derecha con las dos nuestras. Así le mostramos respeto. Nos indicó que nos sentásemos junto al fuego, donde los ancianos celebraban una de sus asambleas. Dijo, jactándose, que las celebraban a menudo, cosa que no me sorprendió en absoluto. Aquella hoguera ardía en medio del poblado. A izquierda y derecha, a lo largo del camino, ardían otras, tal vez unas 20; tantas, cuantas chozas había: se tenía que cocinar en alguna parte y en las chozas no había cocina. Se veían, pues, las hogueras, las siluetas de mujeres y hombres moviéndose y los contornos de las chozas de adobe, y todo eso sumergido en el fondo de una noche tan negra que incluso se la percibía como un ahogo, como una losa.

La selva tropical había desaparecido, y sin embargo estaba en todas partes: empezaba a 100 metros de donde estábamos, rodeando el pueblo, las hogueras y a nosotros mismos con su inmóvil robustez y su enmarañada y áspera espesura. La selva gritaba y lloraba, protestaba y crepitaba, estaba viva, existía, se regeneraba y se despedazaba, olía a verdor desmayado, tentaba e infundía miedo, se la podía tocar, ella le podía herir y matar a uno, pero no se dejó contemplar; aquella noche no se dejó ver.

Polonia.

No conocían tal país.

Los ancianos me lanzaban miradas inseguras, cuando no suspicaces; alguno que otro, llenas de curiosidad. Yo deseaba romper de algún modo aquella desconfianza, pero no sabía cómo y, además, estaba cansado.

—¿Dónde están tus colonias? —me preguntó el Nana.

Se me cerraban los ojos, pero me despabilé enseguida. No era la primera vez que oía esa pregunta. Un buen día me la había hecho Kofi. Le expliqué toda la historia. Para él fue todo un descubrimiento y desde entonces siempre estuvo al acecho, esperando la pregunta sobre las colonias polacas para exponer, en un breve discurso, lo absurda que era.

Kofi tomó la palabra:

—Ellos no tienen colonias, Nana. No todos los países blancos las tienen. No todos los blancos son colonialistas. Tienes que saber que los blancos a menudo han sido colonialistas respecto de otros blancos.

Sus palabras causaron gran conmoción. Los ancianos mostraron súbito interés; atónitos, chascaron la lengua, ¡chas, chas, chas! Tiempo atrás me sorprendía yo de que se sorprendieran ellos. Pero ya no. Detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Que blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta.

Kofi me lo había explicado así:

—Durante 100 años nos han estado aleccionando que el blanco es algo más, algo super, non plus ultra. Tenían sus propios clubs, piscinas y barrios. Sus pelanduscas, sus coches y su borboteante lengua. Teníamos asumido que en el mundo sólo había Inglaterra, que Dios era inglés y que sólo los ingleses recorrían la tierra. No sabíamos más que lo que ellos querían que supiéramos. Ahora nos resulta difícil desacostumbrarnos.

Kofi y yo nos entendíamos la mar de bien, ya no tocábamos el tema del color de la piel, pero allí, entre caras nuevas, el asunto tenía que volver a relucir.

Uno de los ancianos preguntó:

—¿Todas tus mujeres son blancas?

—Todas.

—¿Son bonitas?

—Muy bonitas —contesté.

—¿Sabes, Nana, qué más me ha dicho él? —intervino Kofi—. Que cuando allí tienen verano, sus mujeres se desnudan y se tumban al sol para que su piel se ponga oscura. Las más bronceadas se enorgullecen de parecer negras.

¡Estupendo, Kofi! ¡Diste en el clavo! Los viejos se animaron como colegiales, sus ojos sonreían a aquellos cuerpos bronceándose al sol, pues en realidad todos los hombres del mundo son iguales: esto les gusta. Los ancianos, envueltos en sus amplios kente al estilo de las togas romanas, se frotaban las manos, encantados de imaginarse cuerpos femeninos tostándose al sol mientras ellos, junto a la hoguera, esperaban que el fuego ahuyentase el reumatismo de los suyos.

—Mi país no tiene colonias —dije—. Es más: hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por sus sufrimientos, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios “Sólo para alemanes”. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Ustedes no saben lo que son campos de concentración, ni guerras, ni ejecuciones. Aquello se llamaba “fascismo”. Es el peor de los colonialismos.

Me escuchaban frunciendo el ceño y entornando los ojos. Habían oído cosas muy extrañas, su pensamiento debía digerirlas. Conque dos blancos no podían ir en un mismo tranvía…

—Dinos, ¿y cómo es un tranvía?

El conocimiento del objeto es importante. Sin él, ¿quién sabe si esa cosa llamada tranvía no es algo tan estrecho que no llega a dar cabida a dos personas? No, señores, no se trata de estrechez sino de desprecio. Cuando un ser humano pisotea a otro ser humano. No sólo África es una tierra maldita. Cualquier tierra puede serlo. También Europa y América, así como un sinfín de lugares en el mundo. El mundo depende de las personas. Y entre las personas, ya se sabe, existen los más diversos tipos. Como, por ejemplo, el ser humano con piel de serpiente. La serpiente no es ni negra ni blanca. Es resbaladiza. No hay nada peor que el hombre de piel resbaladiza.

—Y después fuimos libres, Nana. Volvimos a construir ciudades y la luz eléctrica fue llegando a las aldeas. Y los que no sabían, empezaron a aprender a leer.

El Nana se levantó y me estrechó la mano. Los demás ancianos hicieron otro tanto. Ahora éramos amigos, friends, druziá, Freunde. Yo tenía hambre. El aire estaba impregnado de olor a carne. No a jungla, no a palmera o a coco, sino a nuestra chuleta de cerdo rebozada como las que sirven en cualquier taberna de Mazuria por once zlotys y sesenta groszys. Y una jarra de cerveza.

En vez de la chuleta de cerdo, comíamos carne de cabra.

Polonia…

… Nieve, mujeres al sol, ninguna colonia; antes, la guerra; ahora, casas en construcción y gente aprendiendo a leer…

“Algo les he contado, a pesar de todo”, me consolé a mí mismo. “Es demasiado tarde para entrar en detalles. Tengo sueño, partimos al alba y no puedo quedarme aquí para darles una conferencia. ¡Imposible!”.

Sin embargo, de repente sentí un aguijón de vergüenza, una carencia, una sensación como después de fallar un tiro. Lo que había descrito no era mi país. ¡Un momento! Al fin y al cabo, la nieve y la falta de colonias era verdad. Pero no significaba nada, nada en absoluto, nada de lo que sabemos, de lo que, sin siquiera planteárnoslo, llevamos dentro y que es nuestro orgullo y nuestra desesperación, nuestra vida, nuestro aliento y nuestra muerte.

Así que eso de la nieve es verdad, Nana, la nieve es maravillosa y terrible a la vez; te libera cuando estás esquiando en la montaña y mata al borracho tumbado junto a una valla, nieva porque es enero, la ofensiva de enero, cenizas, todo está reducido a cenizas, Varsovia, Wrocław y Szczecin, ladrillos, las manos se congelan, el vodka calienta, el hombre coloca ladrillos, aquí pondrán una cama, allí un armario, la gente volverá a tomar el centro de la ciudad, ciudad tomada por el hielo, hielo en los cristales, hielo en el Vístula, no hay agua, nos vamos a la costa, duna, luna, calor, arena, tiendas de campaña y Mielno, duermo a tu lado, junto a ti, a ti, a ti, alguien llora, no, no es aquí, aquí no hay nadie, sólo la noche, soy yo, pues, quien llora, esas noches, esas reuniones nuestras hasta la madrugada, discusiones difíciles, todos tienen algo que decir, ¡camaradas!, resplandores y estrellas en Silesia, sus altos hornos, agosto, setenta grados junto al horno, los trópicos, nuestra África, negra e incandescente, salchichas calientes, ¿por qué las sirves frías?, un momento, ¿no quiere usted pasar, colega?, nada de jazz, ¡sí, hombre!, Sienkiewicz y Kurylewicz, sótanos, humedad, patatas pudriéndose, ¡venga, mujeres, que en el campo las esperan los patatales!, mujeres en la calle Nowolipki, caminen más deprisa, no obstaculicen el paso, los milagros no existen, ¿cómo no van a existir?, a las barricadas, a las barricadas, basta ya de guerra, queremos vivir, alegrarnos, queremos ser felices, te voy a decir algo, tú eres mi felicidad, un piso, un televisor, no, primero la moto, cuando ruge hace mucho ruido, los niños se despiertan en el parque en vez de dormir, es por el aire, no hay nubes, no hay marcha atrás si el señor Adenauer piensa, demasiadas tumbas, buenos para la batalla y para la botella, ¿por qué no para el trabajo?, ¿aprenderemos a serlo?, nuestros barcos navegan por todos los mares, éxitos en la exportación, éxitos en el deporte, jóvenes con guantes de albañil, guantes empapados sacan del barro tractores, Nowa Huta, hay que construir, Tychy y Wizów, casas de abigarrados colores, ascenso del país, ascenso de una clase social, pastor ayer, ingeniero hoy, los de la politécnica siempre viajan sin billete, ¡qué guapos son estos ingenierillos!, el tranvía estalla en risas (dime cómo es un tranvía), nada más sencillo, cuatro ruedas, un trole, pero dejémoslo ya, es una clave, meros códigos en medio de la selva, en Mpango, el descodificador yace en el fondo de mi bolsillo.

Esa clave la llevamos siempre cuando viajamos a otros países, cuando salimos al ancho mundo, al encuentro de otras personas, y la usamos para descifrar nuestro orgullo y nuestra impotencia. Conocemos la combinación, pero nos resulta imposible transmitirla a otros. Por más que nos esforcemos, la imagen nunca será fiel. Siempre quedará algo sin decir, ese algo tan importante, ese algo fundamental.

Contar un sólo año de mi país, no importa cuál, digamos 1957, o tan sólo un mes de ese año, julio por ejemplo, o un solo día, digamos el seis.

Imposible.

Y, sin embargo, ese día, mes y año existen dentro de nosotros, tienen que existir; al fin y al cabo aquel día estábamos vivos, hicimos cosas: caminar por la calle, cavar carbón, talar un bosque… Caminar por la calle: ¿cómo describir la calle de una ciudad (puede ser Cracovia) para que los oyentes perciban su tráfago, su atmósfera, su perdurable a la vez que cambiante carácter, su olor y sonoridad? ¿Cómo describirla para que la vean?

No la ven, no se ve nada, es noche cerrada, Mpango, una selva compacta, Ghana, los fuegos se van apagando, los ancianos se van a dormir, también nosotros nos retiraremos enseguida (partimos de madrugada), el Nana dormita, en un lugar está nevando, mujeres blancas quieren parecerse a las negras, piensa, enseñan a leer a la gente, él ha dicho algo así, piensa, han pasado por una guerra, ¡ufff…!, la guerra, ha dicho algo más, ah, sí, no tienen colonias, ni una sola, aquel país, Polonia, es blanco y sin embargo no tiene colonias, piensa, la selva grita, es bien extraño este mundo.

*Fragmento de La jungla polaca (1962).

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