Por Tomás Segovia

Foto Por Victor Hugo Valdivia

Hoy está claro, me parece, que la izquierda no es el otro de la derecha, situadas ambas en una relación opuesta pero simétrica respecto del poder. La izquierda es, ante todo, el otro del poder, el otro ámbito y el otro sentido de la vida social, lo que queda sepultado y olvidado en el poder constituido, la vuelta de lo reprimido, la voz de la vida en común ahogada por la vida comunitaria, la voz de los desposeídos antes que la de los pobres (y la de los pobres sólo porque son mayoritariamente, pero no exclusivamente, los desposeídos). La izquierda es la Voz de los Muertos.

Una de las ideas que más daño nos hicieron fue la de “reaccionario”. Nos dejaba pensar que la derecha se opone al progreso, que es resistencia y habla en nombre del pasado, de las raíces, de lo “superado”. Así, la izquierda se convencía de que la resistencia es el poder en la medida en que seguía siendo de derecha y en que se oponía al progresismo de la izquierda en la tentativa desesperada de conservar sus privilegios y su dominio, sin ver que el poder, lo mismo de derecha que de izquierda, sólo es resistencia en un sentido diferente y mucho más simple: en el de resistirse a ser sustituido por otro poder, lo mismo de izquierda que de derecha. Pero que ante la historia, el poder es siempre progresista.

En México, como de costumbre, eso se ve con particular nitidez dada la crudeza de sus relaciones de poder. Hoy sabemos con claridad que ningún gobierno fue más decidida y activamente progresista que el de Porfirio Díaz y que en nuestros días es el PRI el que monopoliza y explota toda la retórica del progreso, del cambio, de la modernización, de la superación de los nostálgicos, de los “emisarios del pasado” y hasta de la democracia.

(Y esto me hace pensar de pasada que también la democracia en el poder o del poder es una contradicción: la democracia no es “demoarquía” —el pueblo en el poder es una utopía o una metáfora muy peligrosa de tomar literalmente, porque “el pueblo”, suponiendo que existe, o incluso si no existe más que como entelequia, es por definición lo que no está en el poder, el otro del poder—.)

Pero mis encantadores colegas, cuando se entregan al gobierno a sabiendas de que sus promesas son falsas, ¿es que los han seducido? Imposible. La seducción es deseo en estado puro, implica la visión fulgurante de que tu goce es mi goce. No es posible una visión en la que el goce del Poder sea el goce del “pueblo”.

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