Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Ilustración de la serie: ‘Espacios Contemporáneos’ Por La Curtiduría

Pequeños destellos que se te incrustan en todas partes y que ahora simplemente extrañas y con los que no sabes cómo lidiar, o cómo ocultar, o cómo hacer que no se sigan incrustando más y más; cómo saber si volverán o se consumirán junto contigo.


O lo que es peor, chispas que, ahora que ella está lejos y quizá ya tan separada de ti, se lleve consigo todo el fuego que te infundió; que todas las esquirlas de amor metálico que te incrustó y supo soldar y que dieron una fuerza férrea a este amor, ahora se las quiera llevar y, quieras o no, hay que desclavar todo ese amor, y en ocasiones desclavar es más duró que clavar, porque dejas huecos; porque desclavar parece ser un acto antinatural, forzado, que desastilla, que duele, que quiebra, que rompe.


Puede ser que estas esquirlas, partículas de amor metálico, quieran regresar a su fuente madre, a su progenitora original, que es ella, pero que, como están tan adentro de ti, duelen.

Duele saber que ella se quiere llevar todo ese amor para depositarlo en otra parte.

Duele sacar todo ese fuego, todas esas chispas, todas las astillas, todo su amor, toda ella.

Verla y no saberla tuya hacen que todo el amor que se desclava de ti cale y lacere todo tu cuerpo y alma; saber que con cada día nuevo ella se lleva algo de lo que te dio, y lo que es peor para el pensamiento, saber a dónde se lo está llevando; y que a veces son tantas cosas las que se lleva en un solo instante que temes quedar desarticulado, quedar totalmente dislocado y desquiciado y sobre todo sin tu fuerza, sin toda tu amorosa fuerza que es ella.

 

Y es que todo este desamparo ahora está personificado. Tiene voz, rostro, hasta nombre; pero nada de eso importa, porque fue “aquel” quien ensartó con fino arte un pequeño coagulo de veneno negro en medio de tu pecho, que sofoca, y lo que es desolador, un veneno que se sabe administrar tan vil, tan sucia y maquiavélicamente que te mantiene ahogado, unas veces al punto del desorbite total, otras sólo en la amargura o la soledad.


Pero es un veneno que siempre ahoga, no con la misma punzada, pero ahoga, como cuando tienes un trago de agua mal sorbido, y sientes que por la garganta pasa una roca, o un puñado de espinas que llegan hasta el pecho.


Y es que es el pecho en donde sientes la mayor opresión, la inacabable desolación de saberla lejos y cada vez más lejos de ti. El pecho, ese lugar que recibe incluso el mayor de los dolores, dolores del alma, del corazón; verdaderos y avasalladores golpes de dolor y sufrimiento que superan hasta el mejor gancho con táctica pugilista.


Y es que justo en el pecho te dio, como si las horas de desvelo de “aquel desamparado personificado”, le hubieran dado la solución mefistofélica de atacar con toda la ponzoñosa saña a tu blando busto, el de un simple mortal, con tantos lastres demoníacos que han perforado, rasgado, manchado y podrido su telar sentimental y que ahora, con ella, encontraban la redención.


Justo en el pecho, como medalla que te señalan como un ser en decadencia, ruin, mezquino, miserable. Lo peor y lo patético es que “aquel desamparo personificado” sólo es un bufón que sabe divertir, que sabe actuar, lo que en teatro se denomina un personaje simple, sabiendo que la única arma que tiene es la empatía irónica y bofa, con un toque de falsa comprensión.

***

Pero tampoco quieres olvidar. Sabes exactamente dónde están enterradas todas las esquirlas metálicas, las partículas férreas, las chispas del incandescente amor de ella; ese amor que es capaz de fundir el mismísimo metal para incrustarlo en ti tan rápidamente que no lo sientes hasta ahora que todo ese metal, ya solidificado, quiere salir a la fuerza, quiere salir entero, con pequeñas puntas de filo decididas con todo encono a salirse. Pero aún así decides no olvidar, decides dejarlas ahí, tratar de retenerlas contra todo pronóstico o fuerza magnética, tratar de mantenerlas clavadas, que sí, unas se escaparan porque son tantas chispas y astillas que es imposible retenerlas todas; pero luchas por tratar de conservarlas, aunque duela y lastime, queme, lacere.


Quizá con un poco de suerte toda esa marea de fuego que se mezcla con millones de chispas, de partículas metálicas y trizas férreas de un amor como el que sólo ella pudo ocasionar algún día regrese. Que regrese con esa misma fuerza tan imperiosa y a la vez tan auténtica y propia, con una sinergia tan natural, imparable e inevitable que hiciesen en algún momento que su amor fuera una fuerza tan sinécdoque, sin igual, inquebrantable, tan inconmensurable entre ella y tú.


Quizá con un poco de suerte, entre esos tantos giros que da el mundo para mover la vida, toda esa marea de amor, de fuego y metal se levante de entre los cascajos, y con otro giro del mundo te vuelvan a emboscar, atrapar y nunca más dejar. Quizá toda esa marea de cosas traigan consigo misma su causa natural, a ella, y lo que sería un delirio celestial quizá traigan consigo su apasionada piromanía por ti, para consumirte nuevamente entre su fuego incandescente por y para siempre y nunca más dejarte… Quizá algún día…Quizá con un poco de suerte…Quizá…Quizá…

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