Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Ilustración de la serie: ‘Espacios Modificados’ Por Colectivo Zaguate

 

Ahora llegaban juntos a la casa de él, y que ahora era de ella también, al igual que su familia.


De repente ella se le quedó viendo a Odi, y como si el perro hubiera presentido algún llamado, alzó las orejas-cejas, movió la cola y se le trató de acercar y echársele encima. Ella, que nunca se había familiarizado del todo con estos entes llamados animales, tomó y puso como escudo el cuerpo de él, y él, asumiendo con un gran giro dramático su papel, alejó a su perrito, aprovechando que éste le obedecía de vez en cuando y que gracias a eso quedaría bien con ella. Al parecer, todo encajaba perfecto con ella y para con ella.

 

 

Cada giro de la tierra los unía más y más. Cada rotación ensamblaba mejor las cosas alrededor de ellos. Por fin, la fuerza de los ancestrales y eternos dioses astrales era benevolente con ella y él aquí en la tierra.


“A mí me gustan esos perros orejones, esos de los de la marca de zapatos. Cuando tenga [tengamos] mi [nuestra] casa, voy [vamos] a tener uno de esos y lo voy a llamar Tequila”.
Eso pensaba ella: primero lo incluía a él y eso lo hacía sentirse bien, que por fin pertenecía a algo, a alguien. Pero después de algunas cosas que fracturaron su relación, ya no era tan incluido. Lo que era seguro y firme es que él amaba verla sonreír.


“…y lo vamos a llamar Tequila”. Y como hierro que está a punto de fundirse en las brasas del fuego vivo, admiró el ensueño de ella, y sin más ni menos, la miró y abrazó, como diciéndole, sí mi amor, sí mi cielo, lo que tú quieras, pero nunca dejes de sonreír.


Nunca se imaginó que esta aseveración le daría vuelta, nunca se imaginó la verdad de esta sentencia: “Nunca dejes de sonreír”. Porque esto implicaba sonreír, estuviera o no él.


Pero en ese momento, lo único que le importaba era la sonrisa de ella. Adoraba su sonrisa, esa que sólo expresa la plenitud de la vida, esa que se recuerda a cada momento y que se quedan como instantes eternos, esos que sostienen la vida y que además contagian de su pasión. Y así la quería guardar él a ella, en su memoria y en todo su ser, guardarla como la mujer, su mujer sonriente, feliz, alegre, que la hacía perfecta junto con su mirada hermosa.

 

 

Esa luz de su sonrisa iluminaba y esfumaba todas las sombras de él, ahora que estaba enfrentando la plenitud de su juventud y lo que necesitaba no era una novia, sino una mujer, una mujer plena, madura, poderosa en su carácter, con alas de ensueño y a la vez con pisadas firmes que la hacen auténtica, sin igual, profundamente admirable y entrañable para la piel, para la sangre, pero sobre todo, para el corazón.


En un principio nada fue fácil. Él venía saliendo del fango y había una pequeña roca que aún lastimaba su zapato y que no dejaba calzar del todo bien la relación. Pero por suerte ella le dio pisadas nuevas, le otorgó la oportunidad de caminar descalzos los dos juntos, deshacerse de toda atadura para poder emprender ambos un rumbo nuevo. Hablar de ella es hablar de la virtud de la esperanza, de ese anhelo de querer vivir con esa persona a tu lado y recorrer todos los caminos de la vida y del mundo atado a su mano. Era tiempo de sacar esa roquita y caminar pausada y sanamente con ella, con su mujer. Era tiempo de crecer, tirar los zapatos viejos y atar con doble nudo los nuevos para caminar y después correr los dos juntos. Era tiempo de tomar las cosas con optimismo, de una manera inocente, como el niño que por fin ha dejado de crecer, que por fin sabe la medida de zapato que le calzara de aquí en adelante, que destruye los viejos sin pena ni gloria para aferrarse a los nuevos.


Era imposible no hacer planes para futuro con ella. La forma en que se entregaba ella hacía algo emocionante el querer evocar toda una serie de acciones, reacciones y efectos en la posteridad, tendiéndola como su compañera, como su amada, como su adorable esposa. Esbozar toda una vida con ella era reconfortante, atractivo, sugestivo, excitante; como esas cosas que sabes que son únicas en la vida y que debes hacerlas. Si algún día se iba a casar, y eso que él creía en alguna temporada que no era para eso, sería con ella. El saberla su esposa en un futuro casi asible le saturaban la cabeza de sueños; tenerla como su esposa ante todo y todos le reconfortaba el alma; su espíritu se volvía a encender como una fuerte llamarada.


A veces él recapitulaba y se daba cuenta de que tenían ya casi un año juntos, un año que parecía ser muchísimos más sin apartarse el uno del otro del todo. Y saber que podían pasar meses literalmente juntos, con sus días y sus noches, le llenaban aún más de júbilo, con una ansiedad sana de querer mostrarse cada vez más a ella como lo que era, un armado de carne y hueso, que parecieran tener sensaciones y sentimientos propios, y que se lograban despertar y fusionar mágicamente con el toque místico de ella, de su presencia, con la fuerza motora universal de su amor. Claro que el saco de huesos y carne que era él podía funcionar por sí solo, pero cada beso de ella, cada momento en sus brazos, cada instante en su cuerpo, cada dormir y amanecer con ella, todo eso, era el combustible necesario que lo hicieron recobrara el brillo en su ojos. Ella era el génesis de ese combustible que los hacía incendiar a ambos, ella era el combustible de los dos, y ella engendraba todo este amoroso combustible como un recurso natural, tan renovable como todos los encuentros que compartían juntos. Encuentros amorosos, tiernos, sinceros, y a veces tan insaciables, tan entrañablemente carnales, libidinosos; divinamente dionisiacos.

***

Fue ella quien quiso encender la mecha sin saber del todo bien a bien, o sólo calculando un poco, la magnitud de la marea de fuego que podrían producir los dos, o ella en él.

 


En ese momento ella venía saliendo de una relación de sexenio. A los amigos de ella en un inicio no les agradaba él, así que en un primer momento fue muy difícil para ella poner tanta flama suelta en su lugar. Sabía que no era sencillo, se daba cuenta muy bien de que cambiar de cartas a esta altura del partido era muy arriesgado; tanto subía la apuesta como bajaba. Aun así, apostando el todo por el todo, no dejó nada a la suerte; ella nunca ha creído en eso [tal vez sólo en el destino, o la lectura de cartas], pero tampoco tenía un as bajo la manga, ni mucho menos algún comodín que le pudiera servir como colchón de apuesta. Simplemente puso toda su fe en ella, y toda su devoción en una de las más raras y complicadas apuestas de su vida. Esta vez se apostaba toda ella por él.


Y así lo hizo, con ese carácter único que le da tanta fuerza a ella, que le dan tanta vitalidad a su delicado cuerpo, puso las cosas en su lugar, y no sólo esto; habló con cada uno de los “jugadores” para decirles cómo iba a estar la apuesta, donde ella había tomado una sola determinación y punto. Se enfrentó con sus amigos, con su familia, hasta con el perro y gente con la que jamás debió lidiar; pero ella estaba decidida a dar todo para poder obtener todo. Es cuando la ambición deja de ser un valor decadente y en vez de eso no mueve como virtud.


A él le costó acoplarse a los círculos de ella, sobre todo por el hermetismo que había formado hacia los demás. Ahora que la tenía a ella y salían de aquí para allá se sentía fuera de lugar, colapsado, verdaderamente anacrónico; pero nada de eso importaba, porque ahí estaba ella, con él, juntos. Y no es que le diera igual ir acá o allá, sólo disfrutaba de estar con ella. Quizá nunca se lo dijo, pero así siempre lo sitió él.


Ambos eran iguales y opuestos, su amor se basaba en una fuerza de sinestesia que sólo ellos comprendían; eran como un tropo del amor que trataban de inventar y reinventar para construirse como pareja seria que dormía, amanecía, comía, cogía, cenaba, estudiaba, reía, discutía, divertía… todo, siempre juntos.


A ella por su lado se le complicó, pero nunca le fastidió ganarse su lugar en la casa y en la familia de él.


Ahora, en ocasiones, casi siempre el comedor, el cuarto o a veces toda su casa, o incluso toda la familia de él, estaban tan callados sin la presencia de ella, sin su mágica sonrisa, sin sus ideas, sin sus preguntas, sin toda su belleza, sin todo eso que hicieran que fuera parte de la familia, esa que en ocasiones se deja llevar por los recuerdos que ella generó.

“Maldita sea”, se decía para él mismo, “si tan solo hubiera conservado una foto de ella”.


Pese a todo, ambos sabían que al final del día y de muchos días, cuando por fin eran libres de toda tarea o compromiso, iban a la casa de ella. Él se inmiscuía a escondidas en el cuarto de ella , y al fin, todas las noches y por todo un inconmensurable tiempo, durmieron juntos en la misma cama. Llegaron a intimar en casi todo y de una manera tan natural pero pausada que el concepto teórico y pragmático de la desnudez llegaron a manejarlo en todas las formas y matices. Ella conoció las manías de él al dormir y otras más; él supo que ella no podía dormir sin desmaquillarse, que dormía con la boca abierta hasta el punto de babear, que no descansaba sin ventilador aunque hiciera frío, sin una botella de agua a lado, sin un oso que le había regalado su papá y, lo que más le gustaba, que ya no podían dormir ambos sin sentir la presencia de sus cuerpos juntos.


Con el paso del tiempo él iba entendiendo cómo es que ella ordenaba su closet, la sucesión de colores de cada prenda, cómo cuidaba las blusas como “hijas” propias. A su vez, ella, con los libros que iba trayendo él y que se iban acumulando en su cuarto, se pudo dar una idea de las curiosidades que leía él, quien se autodenominaba como un tipo raro mezclado con una ambigua vocación por las letras; pero que, para bien o para mal, algo le trata de enseñar algo a ella. Cómo cuando le preguntaba: “¿Qué es la Maja-Barata?”.


Ambos adoraban pasar el tiempo a solas, encerrados en el cuarto de ella resolviendo sus vidas propias y sociales en una habitación que parecía entallarles, empero a la que ellos daban vida, orden y desorden. Son tantos detalles íntimos que descubrió de ella que con el paso del tiempo los hizo suyos también (como ir al súper y escoger siempre el segundo o tercer producto de atrás, nunca el que está a la vista en los anaqueles). Eran tantos detalles de ella que después fueron de ambos y que aún con todo y todo los conserva él. Son esas cosas comunes que se vuelven chispas que alimentan la hoguera.

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