Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Ilustración de la serie: ‘Mujeres de América’ Por Lapiztola Stencil

“Los viajes nos hacen bien”, y enseguida ella le plasmó un beso, tomándolo con sus dos brazos del cuello. Él inmediatamente la tomó de la cintura-cadera. Cuando eso terminó, continuaron avanzando con la esperanza de perderse y quedarse aún más solos en aquel lugar. Viajaron juntos mucha veces a distintos sitios. En aquel entonces, cada viaje tenía una razón, digamos que académica porque en realidad era así, pero estaban tan envueltos ambos en los sopores del amor que aprovechaban cada viaje, cada situación e instante para continuar la exploración un poco más allá. Mientras él exploraba los ojos de ella, ella no perdía de vista sus labios; y cuando él quiso saber más de las piernas de ella, ella se enfocó en los brazos de él. No importaba en qué punto cardinal se encontraran, ni el calor o frío que enfrentaran, siempre había oportunidad de seguir explorando.

El primer viaje que hicieron juntos, o más bien en el que coincidieron y que sucedió mucho antes que todo esto, fue uno que tenía por destino la capital del país. Fue en ese viaje que por primera vez él se fijó por un instante mínimo en ella como amiga, y después, en un segundo instante, ya no tan mínimo, como mujer. Y aunque ambos andaban en sus propios e individuales menesteres, eso no prohibió que compartieran esporádica pero amenamente juntos una comida con platillos chinos, una cena de pizza, algunas compras que tuvieron como desenlace que él la perdiera a ella en el centro comercial, algunos tragos y unas cosas menores que conformaron la hipérbola final de volcar algunas barreras de confianza entre ellos dos, y que en una de esas noches, entre un grupo de amigos, él haya podido reposar su cabeza sobre las piernas de ella sin más allá que eso.

Y es que este acto, más que tener una denotación sensual cuasi obvia, él lo convirtió posteriormente, cuando las cosas de él ya eran definitivamente distintas con ella, en una connotación simbólica. Finalmente, es poesía lo que buscaba en ella y para ella. Con este acto, él representaba un oráculo en donde posteriormente y sin darse cuenta, porque así funcionan los augurios, entregaría todo su poder intelectual, que lo trataba de conformar poco a poco como un íntegro hombre, a las piernas de ella, que significaban toda la carga sexual que como toda una mujer la definían y que son el principio y fin del espíritu de todo lo humano.

Así que la predicción que él había desentrañado iba más allá que la de unir sus cuerpos biológicamente fecundos. Se trataba de conjugar sus anhelos, deseos, temores y celos, todo eso que nos hace humanos, a una tarea de poder lidiar los problemas cotidianos y extraordinarios que otorgan toda una vida, con las únicas armas que hasta entonces les ha dado su tiempo en la historia infinita: su apasionada entrega de vivirse juntos.

Todo esto claro, se debería y se iba a dar en ciertos momentos insospechados para los dos (más para él), y es que recordemos que en este misticismo de los oráculos, cuando creemos estar entendiendo algo o que por fin estamos interpretando las señales, entre tantas figuras que parchan la realidad, es porque ya estamos más inmersos en esa realidad, y todas las ambigüedades pasan a ser meras nociones casi vanas, inocentes, a punto de obviedad.


“Era tan raro”, se repetía él, citando aquella canción de trova: “tantos mundos, tanto espacio, tantos siglos, y coincidir…”

Un rápido ir y venir a un pueblo de provincia fue el viaje que en realidad definió todo. Aquel lugar propuso el marco de lo que todo esto sería, o en el que al menos el oráculo que él creó para los dos se manifestó. Fue el lugar que cambió sus vidas para siempre. Quién diría que en este recóndito punto cardinal del mundo, la flama y la mecha generarían tan hermosa detonación de emociones para ambos.

Fue aquí, en medio de la campaña de un tal candidato para edil municipal llamado Soto [“Soto Soto, para ti es mí voto”] que ella, aparte de generar tal eslogan y de coadyuvar en la campaña de aquel candidato, maquinó la forma de seducirlo a él. Tal vez sólo se dio, o ella lo planeó todo tan bien y palmo a palmo con tanta finura que aquella madrugada en aquel frío lugar, después de un pequeño preámbulo romántico con música de Barry White, y después de haberse entregado a menesteres primero recatados de darse el primer beso, y después a menesteres exaltados de darse las primeras caricias; lo más reconfortante fue haber encontrado una hamaca donde ambos (él abrazándola a ella) se dedicaron a lo que realmente querían: estar al lado el uno del otro, así, con el tiempo suspendido y con los hilos del amor zurciéndolos para mantenerlos juntos.

A la mañana siguiente ella le hizo una confesión a él: algo referente lo raro que era todo esto; raro en el sentido de que se sentía un hormigueo por las venas, el saber que en una sola noche habían pasado tantos sucesos emotivos: bailado juntos, besándose, acariciándose y saciándose el uno del otro para rematar con el dormir juntos. Así que definitivamente los viajes eran pólvora pura y primorosa para toda esta hoguera que venía surgiendo entre ella y él.

***

Ahora fumaban, tal vez del mismo cigarrillo, pero lo que es seguro es que a ella no le gustaban sin filtro.


Una lámpara por encima de ellos que les otorgaba una luz cenit, nítida pero firme, con forma teatral, hacía que el humo que expedían de sus bocas forma una y otra vez varios dragones ascendentes, tan ligeros como el aire caliente que emanaban ambos y parecido al suspiro entrecortado y tan natural que despiden los amantes cuando conectan sus cuerpos con tanta fuerza sexual. Pero lo de ellos no era sólo sexo; más allá de lo carnal, surgían sensaciones renovadas.


Él no sabía si los dragones de humo adquirían esas formas de manera caprichosa, dejándose llevar por el aire, o si todo el movimiento que hacían era con el fin de escapar a esa fuerza natural, como quien huye en pleno campo abierto pensando que puede evitar y escapar a la lluvia. Pero, tuvieran o no conciencia propia, los humeantes dragones ascendentes se desvanecían ante la luz de una manera tan paulatina, pero con diversas velocidades naturales, que era como concebir el nacimiento y la muerte en un solo movimiento y con el simple humo de cigarrillo.


Y era como si, abrazado a ella, todo adquiriera sentido, todo, hasta el maldito humo de tabaco.


Cuando la bacha de la colilla dio el suspiro final al último de los dragones que contribuyeron a aquel desfile, él y ella se tomaron de las manos y se dieron un fuerte abrazo. Ahora, con el paso del tiempo, él no sabe bien a bien en qué momento, de los tan infinitos abrazos que se habían dado, adquirió esa manía de que cada vez que la abrazaba a ella sus manos pasaban de su espalda a la cadera para finalmente bajarlas más allá de la cintura, unas veces de manera sutil y otras tantas no. Pero siempre con amor y deseo.


El abrazo que se dieron fue conciliador para ambos. Sintieron, aunque no se lo expresaron, que la vida en realidad no es tan fría, que todas sus complicaciones que venían arrastrando (ya sea con desdén, como lastre, como trapo sucio), todas esas complicaciones de sus vidas pasadas se consumían y desaparecían en un santiamén. Cada abrazo entre ellos hacía nacer un fuego interno que trataba de carbonizar todas las páginas inservibles de sus vidas, calcinarlas como papel quemado.


En ocasiones, después de aferrarse por buen rato a la cintura y caderas de ella (eso sí, con una ternura única propia de la intimidad de ellos), el decidía volver sus manos a las demás partes del cuerpo de ella, seguir explorándola, seguir investigando y comprobando en qué otras formas podía hacer que ella se sintiera suya, con la piel enchinada, con la sensibilidad suave, tierna y pasional a flor de piel que emanan dos seres que se comenzaban a amar desesperadamente.


Pasado ya un tiempo, esa intimidad propia de ellos era ya tan encarnecida tanto en uno como en el otro que los niveles de caricias, abrazos y demás entregas sentimentales-corporales eran tan naturales en él y en ella que esa intimidad, propia de ellos y que nadie más entendería más que ellos, parecía incrementar la hoguera de su amor, hacer ascender su espíritu de felicidad, mantenerlos en una estabilidad variante con un ritmo de vida de pareja único y a la vez raro, lo que hacía que todo esto fuera extraño pero sin igual, sin ningún precedente, una simple muestra de lo que quizá es la felicidad aquí en la Tierra; tanto así que todo el fuego que nacía de su relación parecía en ocasiones un poco adelantado (tal vez incontrolable, imparable) para dos jóvenes de su edad, pero que para ellos era la mejor forma de forjar, arcillar y terminar de cocinar esa intimidad, su intimidad, propia de ellos y de nadie más.


A ella no le incomodaba que él explorara todo lo que quisiera, pero eso sí, había una regla básica en ella: nadie (pero nadie) se metía con su rostro, y lo que pretendía ella era forjar una disciplina propia en la que aunque se sentía entregada y en ocasiones vulnerable por él, el mantener esta simple pero básica regla le permitiría conservar un poco de control, al menos propio.


Pero antes de esto, ella lo hacía sólo por el hecho de que en la adolescencia había tenido que ir con un dermatólogo para combatir su problema de acné que la acomplejaba como a cualquier chicuelo, y a partir de ahí decidió guardar una cierta pulcritud higiénica con su cara. Pero como él ya la conocía en la intimidad propia de ellos, identificaba estos dos planos: el de autocontrol y el de higiene facial.


El asunto de desmaquillarse era todo un ritual para ella. “No dejes que me duerma sin desmaquillarme, me salen granitos si no lo hago”, le decía ella a él, y él, que la amaba tanto, a veces la obligaba, con trucos de amor chantajista inocente, aunque ambos estuvieran muertos de sueño, a mojar los algodones y limpiarse la cara. Era algo que nadie había hecho por ella: sostener los algodones, tirar los sucios, colocar toda la utilería en su lugar, cobijarla, decir hasta mañana y dormir juntos, plenos, satisfechos de tenerse el uno al otro.


Fue quizá por esto que ella se descuidó, que bajó la guardia, y él, en su afán de seguir explorándola, decidió hacer lo que quizá nadie había hecho: tratar de tocarle el rostro; eso sí, con un arte sutil, tal cual que ella no lo sintiera como una agresión, sino como un precepto banal derrumbado y que los acercaba y unía aún más.


Estaban acostados, acomodados como a ella le gustaba, y él ya sabía. Tal vez estaban viendo la tele, escuchando música, platicando de su día, de sus planes para mañana o en unos años, o quizá los de la otra vida; o sólo seguían indagando en el paradero del desaparecido vagabundo llamado “El Maestro”. Él notó que ella bostezaba y dijo: “Creo que es hora de desmaquillarse”. Ella, con un berrinche tierno dijo que no. “Mejor abrázame”. Era lo mejor que tenían ambos: estar abrazados en la misma cama. Algo comentaron sobre el asunto de desmaquillarse, él insistiendo y ella negándose, aplazándolo. Él empezó acariciando el cabello de su amada mujer, tratando de distraerla con una plática que parecía vana pero no aburrida. La mano de él comenzó a rondar por la oreja de ella, y vio que poco a poco ella se relajaba. Algo se dijeron sobre las cejas de ambos, el tocó las de ella para dizque explicarle algo, y cuando ella se dio cuenta, él ya andaba por su nariz, asiendo un movimiento suave con su dedo índice que iba de arriba hacia abajo, repasando una y otra vez la tierna nariz de ella. Cuando ella asimiló esto cabalmente y trató de replicar algo en cuanto a su cara y que ya sabía que no le gustaba… era demasiado tarde, él iba por la tercera ronda y ella, sin más que hacer, simplemente pensó y dijo: “Me gusta. Me gusta”.


Él no quiso ir más allá de la nariz. Por el momento, tocar parte de su rostro ya era un logro.

Lo bueno es que se había dado de manera tan natural y tierna que a ella le había agradado, sino es que complacido. Pero, carajo, ahora ella ya estaba dormida por tanta dulce caricia en la nariz, y mañana ella le replicaría a él: “¡¿Por qué no hiciste que me desmaquillara?!”.


Entre él y ella experimentaron tres formas y productos de desmaquillarse. A estas alturas, algunos convencionalismos entre las parejas comunes, y más cuando duermen juntos, ellos ya las habían roto, reinventado y asimilado como algo propio de su intimidad. Eran felices sabiendo lo que les gustaba comer a cada uno, despertarse juntos, tallarse la espalda en el baño, escoger y/o aconsejarse que ropa elegir. Eran felices: él esperando a que ella acabara de plancharse el cabello, y ella presionándolo a que dejara ese pinche control de la tele. Sabían ya tanto el uno del otro que él echaba todo lo que ella necesitaba en su bolsa con tal de que ni se le olvidaran las llaves, su celular, su cartera, su chamarra, su crema… y por fin decir, “¿Lista, mi amor?” y poder escuchar “Sí, mi cielo”.

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