Por Josué Salvador Vásquez Arellanes

Ilustración de la serie: ‘salí por el pan’ Por diferentes artistas urbanos 

La sentencia fue clara, precisa: “¿El perro o yo?”.


Sonó con una precisión tan imponente y soberbia en los dulces y suaves labios de ella, y con un ferviente sabor a ultimátum, que fueron palabras en el aire colocados en tiempo y forma precisos, antes de que él alargara un poco más el brazo que apuntaba directo a la cabeza taciturna del perro y cometiera lo que después se hubiera convertido en un acto no muy grato, primero para ella, después para ambos, y que tenía que ver con las manos de él y con el cuerpo de ella, o lo que sonaría más intrigante: las manos de él sobre el cuerpo de ella.


Él no tardó en considerar que las manos que le dan a veces de comer al canino, o más caricias que comida, se doblegarían de aquí en adelante, obedientes y absolutamente [con todos sus corolarios] a asir y asumir las consecuencias totales o parciales de aquella sentencia. Oséase, ahora las manos de él le pertenecían absolutamente a ella.


Así que él ahuyentó al canino llamado Ody [¿Odie, Odi?] para mostrarle a ella toda su ferviente obediencia en un simple acto, en un mismo instante a un solo tiempo, convirtiendo las palabras de ella en una acción concreta y real ejecutada por él. “El verbo echo carne”
Y fue quizá por el cariño que le tenía el perro a su dueño o la afabilidad para con ella que después de acercarse y amenazar con sus dos patas llena de tierra, dando un brinco hacia atrás con las patas delanteras, movió las orejas y cola para así alejarse, como quien amenaza con un revólver, apunta y luego enfunda. Alejarse entre la noche en busca de aires de soledad, tranquilidad o el misterio licántropo de la luna.


Estaban en la intemperie del patio de la casa de él, un patio descubierto casi en su totalidad que hacía que las corrientes de aire se filtraran aún más finamente en la curiosa pijama de ella que él le había improvisado.


Dio o dieron un trago a la[s] cerveza[s], y no fue hasta después de unos instantes cuando él tuvo su mano en la zona del sexo de ella que notó y reconoció [palpó] toda la carga carnal y fulminante de la anterior sentencia de ella. Nuevamente, el verbo hecho carne ejercía todo su torbellino profético sobre dos simples seres mortales ansiosos de amor.


Esa misma noche, casi no durmieron. Se besaron tanto que el ardor de los labios en ambos no era incómodo; al contrario, era la prueba fidedigna de ese primer encuentro entre ella y él, la única prueba para ambos de saciedad, de verdadera saciedad conciliadora, esa que se da con tanta pasión y con tanta entrega tan a la primera que hasta el más ingenuo en las artes [¿redes?] del amor sabría que es algo más que pasión.


Hicieron el amor de una manera tan inaudita, y por lo tanto tan memorable, tan entrañable. Lo hicieron afuera y adentro de su casa, en una silla y en una mesa, y válgame Dios, pero así es el amor, casi en frente de un pequeño altar casero que les proporcionaba el único halo de luz de una veladora, que daba los reflejos necesarios y sensuales a sus cuerpos desnudos entre tanta oscuridad.

***

Todo esto fue el acto que inició un indisoluble ciclo de ambos. Fue el acto que encendió la mecha de tan flameante círculo que los envolvería. Pero todo había comenzado desde antes, por simple paradoja o por caprichos entrecruzados del espacio y tiempo.


Se habían conocido un par de años atrás, pero sólo de vista, cuando ambos entraron el mismo año a la universidad y se reconocían como compañeros de la misma licenciatura, aunque no lo fueran en la misma aula ni tuvieran el mismo horario.


Pero conocerse conocerse sólo cuando ambos ya iban a un poco más de la mitad de la carrera y él ya le hacía sus guiones de televisión a ella [como el de aquel perfume “Amor amor”] y compartían el mismo horario, compañeros y demás, incluida la hilera de asientos en la que ella había decidido sentarse a lado de él y que él, sin darse cuenta, o tomándolo como un acto indeliberado, hiciese que tanta proximidad insinuada los llevara pausadamente a que un día la tomará del brazo para después recostar su cabeza sobre el hombro de ella.


Así que el siguiente paso que habían dado al momento de la sentencia, y que tenía como escenario el patio de él y como únicos espectadores la luna y la noche, parecía tal vez natural, un poco acelerado incluso, quizá un poco fuera del espacio-tiempo para los ortodoxos del amor, pero inherente al resultado que ocasiona la conjunción de una flama y algo que quiere arder desde lo más hondo, guiado por una fuerza que ambos no sabían si controlaban o si los envolvía con un magnetismo metafísico que los manipulaba como a una baraja o dos hojas débiles removidas hasta en lo más recóndito de sus nervaduras.


Él no quería pensar en una fuerza gnóstica o derivada de ésta que pudiera dar alguna explicación o al menos un sofisma de todo esto. Quería darle más poesía a este acontecimiento, algo que fuera capaz de ayudarlo a explicar, sacar y expresar todo este miedo que se sentía al estar frente a ella, ese miedo que tienen lo mortales de mostrarse en cuerpo y alma, renuentes a aceptar que no pueden hacer ya nada más para evitarlo si están frente a la única persona que es capaz de desnudarlos con una sola mirada, de indagar el todo o la nada, lo lleno o vacío que puede estar su corazón, capaz de identificar ese miedo y mezclarlo con el suyo. Pero no un miedo pavoroso, sino un miedo reconciliador de estar frente ante algo catártico, algo revelador, que ilumina; frente a una verdad capaz de ser asida.


Quizá todo este círculo del que comenzaban a brotar las primeras chispas sólo era la consecuencia naturalista que ejerce un sexo sobre el otro. Quizá todo era más simple que esto. Quizá era nada más el frío que los orillaba a celebrar sus cuerpos en una llama incandescente, o simplemente un paquete de cervezas sin acabar pero bien empezado.

 

 

Pero él no lo quería pensar así, y estaba un poco sospechoso de que ella tampoco reconocía del todo cuál era la verdad y la consecuencia lógica de los hechos que los habían arrastrado hasta ahí, y bajo qué orden o canon obedecían. A estas alturas, todo era posible, o mejor dicho, probable. Pero era tan único, tan envolvente, tan enriquecedor para cada centímetro de poro que no valía mancillarlo con una simple explicación carnal-mortal [¿sexual?]. Había algo hierático alrededor de todo esto, y todo esto merecía poesía. Eso quería él para ella, poesía; y eso era lo que ella representaba para él, una loable y extraordinaria poesía.


Y qué más reconfortante para el alma que poseer una poesía propia.


Aquella noche fue un poco rara, como si los dos hubieran estado enervados por algo que ya conocían pero no en estas dimensiones, no con tantas conjunciones sueltas que parecían carecer de una sintaxis clara. No con tantas rarezas únicas. Rarezas como las de entregarse plena y desesperadamente como dos fuerzas astrales que necesitan colapsar entre sí para conservar si vitalidad y su lugar en el espacio, sin importarles sobre qué silla o mesa, frente a qué santo.


Ninguno de los dos se arrepintió de aquella noche. De hecho, ese recuerdo aún sigue guardado en un archivero exclusivo de su memoria, y ahí está catalogado, como inolvidable. Adjunto a ese recuerdo, hay una nota en la memoria de él y la de ella. En la nota de él, dice: insustituible, irreemplazable, no caduco. En la de ella: único, necesario, indefectible.

 

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