¿Se puede confiar en un periodista literario?

 

Por Gail Sheehy

 

¿¡Vas a salir así!?

Eran las 10:00PM. Clay alzó la mirada desde su sillón para lectura y ojeó mi ropa: unos pantalones de terciopelo azules que enseñaban mucha pierna y desaparecían bajo unas botas de vinil blanco a go-go que enfundaban mis pantorrillas.

—Saldré para seguir a las trabajadoras.

—Van a pensar que eres una callejera.

—Ese es el punto… Quiero que se acerquen y me hablen.

Era el verano de 1971. Una crisis de prostitución asía a Nueva York y estaba ahuyentando a todos los turistas. No podía esperar para zambullirme en el tema. El reporteo de inmersión es divertido. Por lo general hace falta crearse una identidad falsa, como una actriz que interpreta un papel, y hay una cierta emoción clandestina cuando se camina por la libre.

—Ya sabía que traías ganas de escribir una historia sobre putas, pero esto ya es otro nivel —protestó Clay—. Tú misma me lo dijiste: son violentas.

Le aseguré que un policía me acompañaría durante su descanso, interpretando el papel de mi chulo. Y ya había encontrado la fuente perfecta: Bobbie, un vigilante del Waldorf Astoria, el que cuida la puerta que está en Lexington Avenue. Era un sociólogo de nacimiento que conocía a todas las chicas: las viejas, las nuevas, las picudas. Bobbie me ayudaría a entender el ciclo de vida de las callejeras.

—No me esperes, llegaré hasta las cuatro.

—Cuatro de la mañana; ¡qué locura!

—Es el horario de trabajo.

Considerando la proliferación repentina de bares para solteros y dormitorios para señoritas y todos los divorciados dispuestos y con una cama de agua, uno pensaría que la prostitución se convertiría en un arte en decadencia. Al contrario, la prostitución proliferaba gracias a nuestra susodicha liberación sexual. Los hombres estaban huyéndole a las muestras gratis. La mayoría no sabían qué hacer con ellas.

Los hombres “maduros” en particular habían aprendido el evangelio erótico según Playboy. Para que sea diversión perversa de la buena, la compañera de cama debe hacerse la difícil. Todas estas muchachitas que soltaban el sí, pero en sus propios términos, les daban miedo. Una mujer pagada renuncia a cualquier exigencia emocional y sexual. Ella nunca marcaría a la oficina ni dejaría un bochornoso mensaje de voz. Su negocio está en fomentar las fantasías sexuales de los hombres y explotarlas.

—No sorprende entonces que en Nueva York hubiera bastantitas prostitutas. Las callejeras más jóvenes y bonitas estaban migrando desde las decadentes puertas de los salones pornográficos en Times Square para trabajar en los precintos más prósperos del Upper East Side. Todas las noches, en todo momento, treinta o cuarenta chicas exhibían la mercancía caminando por Lexington Avenue entre la 44 y la 45. El Waldorf Astoria era la base.

Ahí estaban, de pie y enmarcadas por las paredes de piedra oscurecida de los edificios, como… pinturas rupestres… abanicando sus ojos rápidos y tóxicos con una capa doble de pestañas Black Spider; seduciendo, provocando, burlándose de la moral pública excitando a los hombres. Caminaban o corrían cinco millas cada noche usando botas de gladiador con un pedacito de carne que se les salía por un orificio. Vendedores que andaban de visita en la ciudad por alguna convención coqueteaban con ellas para cumplir sus locos caprichos momentos antes de que sus esposas suburbanas cubiertas de diamantes los sacaran a rastras para reclamar su noche prometida en la Gran Manzana.

Lo que me intrigó fue que estas chicas trabajadoras pertenecían a una casta nueva y violenta. Trabajaban de espaldas al colchón el menor tiempo posible. Por lo general trabajaban en carros, con compañeras, deslizándose por el distrito teatral y marchando alrededor de los grandes hoteles. La meta de sus noches laborales no era la entrega de placer a cambio de dinero en efectivo, sino maximizar sus ganancias estafando, robando, acuchillando y en ocasiones asesinando a sus clientes.

Mi fascinación por esta subcultura divergente entre las mujeres comenzó cuando estudiaba con la Dra. Mead en Columbia. Ella me dijo que había aprendido de sus estudios antropológicos que cuando las mujeres se desprenden por completo de su rol tradicional, pueden ser más agresivas y salvajes que los hombres. Los hombres y los machos de otras especies pelean por muchas razones. Pelean por juego. Pelean para presumir, para poner a prueba su poder, para impresionar a las hembras. Interiorizan reglas que por lo general inhiben su disposición para matar. Las mujeres y las hembras de otras especies, cuando llegan a pelear, son ferozmente defensivas. No hay juego. Matan para sobrevivir.

Las estadísticas respaldaban el fenómeno del incremento en violencia ejercida por mujeres, quienes se estaban convirtiendo en criminales de alto perfil a un ritmo más acelerado que los hombres. (El incremento paulatino de criminalidad femenina continuaría hasta el siguiente siglo.) Al tiempo que Estados Unidos comenzaba a notar el descontento femenino, la emergente asertividad de las mujeres podría distinguirse con mayor nitidez desde el punto más alejado de su centro convencional: el norte.

El viejo periodismo, con su rígido qué-quién-cómo-cuándo-dónde, era inadecuado para retratar el torbellino salvaje de género y política, música y drogas explosivas de aquella época. Sería como filmar Woodstock en blanco y negro.

Durante seis semanas, seguí, grabé y en ocasiones entablé amistad con las callejeras, capturando su diálogo en mi grabadora. Contraté a un hermano cristiano barbón como mi asistente de investigación. ¿Una elección rara? Los hermanos cristianos pertenecen a la orden escolástica de la Iglesia Católica Romana y están entrenados como maestros. El Hermano Bernie era un irlandés pelirrojo que estaba harto de la torre de marfil y con ganas de ver un poco de vida cruda y sin tapujos. ¿Estaba dispuesto a hacerse pasar por un “john” o el operador de un show de desnudos o incluso por un chulo? Sí, lo prometió. Logramos que unos chulos presumieran sobre cómo explotaban a las chicas y seguían a los johns hasta el interior de los hoteles; huimos de las prosti-vans de la policía, cultivamos ampollas, pronto nos sentimos tan degradados y defensivos como las prostitutas cuya vida quería retratar.

También nos reímos un montón. Una noche, el operador de un hotel que se hacía llamar Jimmy Della Bella quería lucirse. Sugirió que deslizara mi grabadora debajo de la cama en la habitación No. 3. Nos presentó a su chica más preciada, Suede, que iba a llevarse a un nuevo pichón al cuarto. Ella era alta y huesuda, fácil de reconocer en las calles por sus botas de gamuza rosa. Firmó el registro. Un letrerito en el escritorio aclaraba que la gerencia no se hacía responsable por las pertenencias de valor. Los preparativos eran siempre los mismos, tan aburridas como alistarse para la silla del dentista.

 

ELLA: Primero tienes que pagarme, ¿ok? Veinte dólares.

ÉL: ¿Tengo que pagarte ya? ¿Traes feria?

ELLA: Sin feria.

ÉL: ¿Así está bien? [Arranca uno de cincuenta de su cartera]

ELLA: Consigue feria, luego vemos.

 

A través de la ventana abierta se proyectaba la soledad frenética de Times Square… maquinaria trabajando, niños gritando, el prolongado y caluroso aullido de una sirena policiaca.

Subieron por las escaleras, trastabillando: un hombre patético, asustado, y una fría, desdeñosa y profanada mujer, listos para intercambiar 20 dólares por no más de 10 minutos de sexo animalesco, sin siquiera el más ligero toque de su compartida humanidad. Estas chicas no tenían el hábito de desvestir. Escuchando la grabación con el Hermano Bernie, sólo escuchamos un “¡zip!”.

 

ÉL: ¿Estás segura de que me devolverás la feria?

ELLA: Tranquilo. Si tanto te preocupa tu dinero, cariño, mete la cabeza en tus pantalones. ¿Qué va a ser? ¿Mita y mita?

ÉL: Sí. [Un quejido]

ELLA: Nada de besitos… Cuando tienes sexo, tienes que usar esto.

ÉL: ¡No!

ELLA: Ya, quita la mano.

ÉL: ¿Por qué?

ELLA: Cariño, no puedo tener sexo contigo a menos que uses esto.

ÉL: Quiero que me devuelvan mi dinero.

ELLA: ¿Quieres que te pegue alguna enfermedad?

ÉL: No quiero eso. Lo que quiero es a ti.

ELLA: Nooo, no, no, no. No por 20 dólares.

ÉL: Sólo quiero–

ELLA: ¡No llegamos a eso!

 

Estas eran las conversaciones más incómodas, poco románticas y baratas que haya escuchado. El Hermano Bernie se ruborizó.

También entrevisté a varios comandantes de policía y fiscales de distrito y rastreé una fraternidad de abogados de prostitución desde la corte hasta sus lugares preferidos. Pero las mejores fuentes eran los ojos en las calles: los tenderos nocturnos, cazadores de noticias y el staff de los hoteles.

 

***

 

La mayor contribución del Nuevo Periodismo fue transmitir datos mediante escenas vívidas. Aquí va una escena de mi crónica “Redpants y Sugarman”:

 

Ahora esta calle es dura”, me dice Bobbie. Es el vigilante nocturno del Waldorf Astoria; cuida la puerta de Lexington Avenue. “Estas chicas nuevas que vienen de fuera traen cuchillos y dan la vuelta en carros rentados, rompiendo madres. Por ahí de las cuatro de la mañana, si un tipo anda por la calle, cinco o seis de ellas le arrancarán la ropa y le robarán hasta la vista”.

Señala la calle Lex y su dedo me dirige hasta una Chevrolet blanca estacionada ilegalmente afuerita del garaje del Waldorf. El claxon estalla. “Dos chicas tienen a un detective retirado de Florida atrapado ahí dentro”, gruñe Bobbie. “Probablemente una lo anda prendiendo mientras la otra le mete las manos al bolsillo. Siempre le advierto a esos tontos johns, pero nunca escuchan”. Asegura que el detective está inclinado sobre el claxon por todo lo que vale.

“Aquí viene la poli”, dice Bobbie. Unas luces pasan de esquina a esquina. Antes de que la sirena responde a los aullidos del claxon, las callejeras comienzan a salir disparadas de cada rincón directo a su escondite en el garaje del Waldorf. Una de las que va en coche zumba por el lobby posterior del Waldorf. Sin perder ni un momento, lista para atravesar la puerta bronceada rumbo a Lexington, se desprende de sus zapatos Gucci con una patada y los deja caer a los pies del vigilante.

“Redpants, ¿eres tú?”, brinca la voz de Bobbie.

“¡Agarra mis zapatos!”

Una chica joven pasa volando al lado de Bobbie y deja caer algo negro. Cheques de viajero. Mientras Bobbie se agacha para recogerlos, el brazo de un hombre cubierto por malla color chocolate pasa por debajo de su nariz y agarra la chequera. Es Sugarman, el chulo de Redpants. Luego el chulo desaparece también.

Ahora la policía está escudriñando el garaje. Sacan a todas las chicas equivocadas, cualquier callejera que vean. Una prosti-van está llenándose en Lexington. Un rostro voltea y alcanza a distinguir, a través de la ventana trasera del coche, los ojos mortificados del vigilante. Redpants manda un beso.

Bobbie el guardia se inclina en busca de los zapatos lanzados por Redpants. Pasa la mano por las suelas picadas, menea la cabeza, sus ojos se ven húmedos. “Era la chica de piel oscura más bonita que jamás haya visto en la calle… Era alta como un árbol y tenía un cuerpo… y era hermosa. Compraba regalos para todos. Digo, Redpants estaba ganando tanto dinero que no sabía qué hacer con él”.

Uno de los relevos que llegaba para el turno nocturno dice que no se veía tan bien esta noche.

“¡Tú tampoco lo harías!”, estalla Bobbie. “Después de dos años en la calle, huyendo de la policía, trepando las escaleras, viviendo de hot dogs, decaen. El chulo se llevó todo el dinero de Redpants. Ahora tiene 30. No tiene dinero, no tiene belleza, no tiene cuerpo; nada más le queda la carroña. Ahí quedó”.

Bobbie enrolla los pantalones de Redpants en el Daily News y se los echa bajo el brazo. “¿Para qué te molestas en conservar sus zapatos?”, pregunta el relevo. “La encerraron”.

“Regresará”, dice Bobbie. “Siempre regresan”.

 

***

 

Bobbie el vigilante fue mi mejor fuente porque a él le importaban las chicas; en particular, le importaba Redpants. Conocía toda su historia. Observé a Redpants hasta que, finalmente, gracias a los esfuerzos de Bobbie, aceptó verme. Previo a nuestra cita, el chisme se esparció como un incendio en el bosque: las otras chicas la asesinarían si abría la boca. Después desapareció. Bobbie se enteró de que la habían desterrado del Holland Tunnel por no cumplirle a su chulo. Bobbie el vigilante sabía cómo acaban los cuentos como este y encontró a otras dos callejeras que conocían a Redpants y estaban dispuestas a hablar conmigo.

El reporteo de inmersión requiere la recreación del pasado de los personajes: ¿De dónde vinieron las chicas y por qué? ¿Qué causó la aparición de esta nueva y violenta casta? ¿Alguna de ellas cumplió la fantasía de salir de la calle con el dinero suficiente para comprar su propia casa elegante y comenzar un negocio legítimo con sus chulos? Escribí un largo reportaje que sirvió de preámbulo a la narrativa de Redpants: “La nueva casta”, publicada en julio de 1971.

Pero para la crónica de “Redpants y Sugarman”, que alcanzó las 9 mil palabras sobre el mismo tema, quería transmitir en una historia dramática el arco completo de la vida de una callejera. Para concretar mis semanas de reporteo en una narrativa unificada, tuve que utilizar el artificio literario conocido como “personaje compuesto”. Tomando cachos de transcripciones de citas textuales de otras callejeras y un chulo “retirado”, además de otros ojos en las calles que observaban el corto y brutal estilo de vida de las prostitutas, desde su cúspide adolescente hasta la acelerada mediana edad de sus treinta, armé la historia de Redpants hasta su amargo final.

La portada —un par de shorts femeninos color rojo sostenidos por una hilera de balas y, del lado opuesto, la elegante ala del sombrero de un chulo— creó sensación. Tom Wolfe me envió una notita escrita a mano: “Lograste que viéramos, nos preocupáramos y corriéramos con estas chicas: ¡bastante impresionante! Pero tu pieza no fue nada más un testimonio del oficio, nos diste siempre un análisis de las prostitutas como un grupo social con seis gradaciones distintas. ¡Gracias por ser el Boswell de las putas!”.

Montábamos la ola de publicidad creada por el texto. Mucho después —no recuerdo la fuente…. ¿Page Six del New York Post? ¿O el Washington Post?— vino el rebote. Me despedazaron por inventar el personaje de Redpants. Estaba en shock. En algún momento llamé al editor ejecutivo del Washington Post, Benjamin Bradlee. Le dije que Redpants era real. Había sido una callejera famosa, conocida por muchos de los habitantes de su mundo, a quienes entrevisté. Después de haber sido desterrada de los túneles, no pude lograr que aceptara tener más entrevistas por obvias razones: su chulo la habría matado. Así que armé la última parte del ciclo de vida de las callejeras con anécdotas de las colegas de Redpants. Expliqué mi técnica en el tercer párrafo. Cada descripción y cita textual vino de una persona real. Bradlee fue comprensivo. Me preguntó cómo había redactado el párrafo.

Ojeé la revista de nuevo, justo como la habían publicado. ¡Por Dios! ¿Dónde quedó mi explicación? ¡No estaba! Paniqueada, llamé a mi editor de la revista New York, Jack Nessel. ¿Cómo era posible que hubieran cortado la explicación? Él tampoco sabía. Fui a la oficina y le pregunté a todo mundo qué había sucedido. Nadie tomó responsabilidad. Me sentía enferma. La controversia le daría más armas a los cada vez más vocales críticos del Nuevo Periodismo.

Usando técnicas literarias como el establecimiento de una escena, diálogo y la expresión de los pensamientos internos era algo nuevo y deslumbrante en aquella época. Hoy, es algo esperado. Están en las historias principales del New York Times, por amor del cielo, y es usado liberalmente por practicantes de la biografía tan respetados como David Maraniss en su libro más reciente sobre Barack Obama. Todo comenzó con aquel famoso perfil que Gay Talese escribió para Esquire, “Sinatra tiene un resfriado”. Incapaz de hablar con Sinatra, Talese pasó semanas haciendo reporteo de inmersión —él lo llamaba “writearound”— con personas que conocían y veían frecuentemente a Sinatra. El periodista utilizó técnicas literarias para crear escenas mostrando a Sinatra en acción. La historia que salió fue el santo grial del periodismo, estudiado en colegios y universidades hasta el día de hoy.

Bajo ataque por meses, fui atormentada por una mezcla de sentimientos. Estaba orgullosa de mi trabajo, sentía que era uno de los mejores textos jamás escritas, y sabía que había dado una explicación que desapareció misteriosamente. Pero me apenaba que mi obra fuera utilizada para crear duda respecto a la veracidad del Nuevo Periodismo. Una noche, meses después, Clay me encontró llorando sobre mi máquina de escribir.

—¿Qué demonios sucedió?

Me tardé un buen rato para contestarle.

—Ya no puedo escribir.

—No seas ridícula. Eres la periodista más prolífica que conozco.

—Todo lo que escriba será despedazado. ¡Clay, no puedo escribir si tengo que extraer la vida de la historia!

—Por eso quité la explicación de tu técnica… Habría alentado la historia.

—¡Tú! ¿Tú quitaste el párrafo?

Quería aporrearlo. Balbuceó excusas, con la culpa en el cuerpo, buscando justificaciones en los rincones de la historia del periodismo.

—Demonios, el New Yorker es famoso por sus historias de escritores que utilizan personajes compuestos. Los retratos de Joseph Mitchell.

Estaba embobada. ¿Cómo pudo hacer esto sin consultarme? Sentí la traición más íntima. Estaba arrepentido. Prometió llamar al Columbia Journalism Review y otros editores para cargar la culpa. Era demasiado tarde para reparar el daño a mi reputación, y eso dejó una mancha en la revista. En defensa de Clay, los periódicos y revistas de entonces no ofrecían explicaciones sobre los métodos de sus periodistas, ni revelaban mucho acerca de sus fuentes. El uso de fuentes anónimas llegó a su cúspide en los 70, la “época dorada” del periodismo. En décadas más recientes, los periodistas casi siempre explican el por qué del anonimato y dan las razones detrás de la protección de fuentes.

Lo que desactivó la tranquilidad de nuestra relación fue el doble compromiso de continuar exponiendo el impacto de la prostitución en la ciudad. Escribí cinco artículos vívidamente detallados para el Times sobre la expansión de esta violenta subcultura sexual. La ola de crímenes a la que contribuían chulos y prostitutas estaba matando el negocio de los hoteles de lujo y el distrito teatral. Una comisión había sido nombrada para averiguar cuál era la causa. Me zambullí en los registros municipales para destapar las verdaderas identidades de los dueños de los prosti-hoteles y salones de masaje. Una noche, ya tarde, bajo la luz famélica de una lámpara, comencé a encontrar los nombres de los disque respetables magantes de bienes raíces que estaban sentaditos sobre la comisión de limpieza. La más grande controversia. “El dormitorio de los propietarios del Infierno” expuso a los hombres que estaban obteniendo ganancias sustanciales de la misma plaga que aparentemente condenaban. El artículo arrancó una operación de limpieza en Ciudad Alegría.

El alcalde John Lindsay azotó a sus perros guardianes, diciéndoles que “despegaran la cola del piso y se pusieran a trabajar”. Investigaciones y juicios tuvieron lugar a los pocos años, la Octava y la Novena quedaron virtualmente libres de prosti-hoteles. El inspector Charles Peterson, el comandante de policía del distrito de habitaciones con quien trabajé muy de cerca, me dio un cumplido paternal en Newsweek:

—Demostró lo que una chiquilla con mucho empuje puede hacer.

Yo tenía 35 y aún me veían como “una chiquilla”. Se sintió mucho mejor leer en una entrevista impresa que el alcalde Lindsay me llamó un “recurso natural”. La serie me ganó otro premio a la Reportera del Año.

La mejor defensa sería escribir otro libro —¡esto se estaba convirtiendo en un hábito! —. Hustling fue mi cuarto libro. Un contrato de Delacorte me dio seis meses para rastrear la subcultura de la prostitución desde las calles, subiendo los peldaños que pasan por las callgirls y llegan hasta las cortesanas. ABC Entertainment era la pionera de las telepelículas de “formato largo”. El presidente Brandon Stoddard compró los derechos de la historia de Redpants y Sugarman y comenzó la cacería para ver quién podía interpretar a la puta más carismática.

Cuando Lee Remick aceptó el papel de la periodista (yo), se gastó la mayor parte del presupuesto. Jill Clayburgh era una cachorrita entusiasmada en 1972 cuando obtuvo el papel de Redpants. Me despertó a las 7:00AM en el Beverly Hills Hotel para insistir que desayunáramos juntas y yo pudiera enseñarle todo acerca del mundo de las callejeras del lado noreste de Manhattan.

Jill parecía un perro con un hueso. Caminó por la 42 día tras día, practicando la técnica para atrapar pichones. No podía esperar para lucir su actuación digna del Oscar. La vi detener a un negro con un sombrero de ala ancha y cadenas. Cuando el diálogo se detuvo, me acerqué para ver qué pasaba. El tipo sonreía.

—¿Quéonda contigo, mami? ¡Soy chulo!

Jill volvió a mí.

—Bueno, cariño, creo que será mejor que me enseñes eso del reporteo de inmersión.

Al final, su actuación como una callejera deshecha fue cruda y devastadora.

*Fragmento traducido de Daring: My Passages

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