Por Agustín Jarquín Sainos

Diego Enrique Osorno es reportero y escritor de libros como Oaxaca sitiada, El Cártel de Sinaloa, Nosotros los culpables, País de muertos, Un vaquero cruza la frontera en silencio y la Guerra de los Zetas. Ha publicado en Vice, Reforma, Etiqueta NegraInternazionale, Proceso, Letras Libres, O Estado de Sao Paulo, Chilango, Courrier International, El Universal, The Huffington Post, Newsweek, Milenio, Zyzzyva, Nexos, Il Fato Quotidiano, Indymedia, entre otros.

En 2014 fue nominado al Premio Gabriel García Márquez. Ha recibido diversos reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Latinoamericano de Periodismo sobre Drogas y el Premio Internacional de Periodismo de la revista Proceso. Organizaciones de  defensa de los derechos humanos y grupos de la sociedad civil también han reconocido su trabajo periodístico. En 2014 recibió el Premio Nacional de Periodismo, el cual decidió donar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Es director del corto documental Entrevista con un zeta y co-director y guionista de El Alcalde, además de socio fundador y escritor de Bengala, agencia dedicada a la creación y desarrollo de historias para cine y televisión.

Es él quien acerca al lector de su último libro, Contra Estados Unidos. Crónicas desamparadas, a conceptos sabidos como la guerra, aquella que siempre infiere lo mismo, siempre significa lo mismo, siempre es miedo, tristeza, ausencia, indiferencia y soledad; la misma cara, la misma respuesta.

Esta guerra inició en México, en palabras del autor, durante el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional en el periodo del 2006-2012, quien de manera abierta declara la guerra al narcotráfico y saca al ejercito de su encuartelamiento y lo arroja en la lucha descarnada en contra de los grupos delincuenciales con presencia en todo el país. Esta torpe decisión es consecuencia de otra tomada por los Estados Unidos en el periodo de Richard Nixon, misma que se adoptó en nuestro país.

El resultado por todos conocido es la muerte. Muerte de niños, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, padres, madres, hijos, hermanos, amigos, humanos. Muerte en manos de inhumanos, delincuentes todos, comerciantes de droga y dolor, creadores de la zozobra que envuelve a los mexicanos.

Pensando bien el tema y tomando como punto de partida la situación experiencial de los familiares o cercanos de los que ya no están y que Osorno acercó a nosotros, se clarifica que este efecto no es causa, sino el daño directo y colateral de las decisiones arbitrarias de nuestro vecino del norte, quien ha vislumbrado la guerra como un negocio millonario que empata con sus intereses, intereses de poder, de control y de dominio. La intromisión de este país respecto a decisiones internas de otros concretiza la posibilidad de creación de grupos de élite entrenadas para la destrucción y el servicio de aquellos que los han formado, principalmente en la escuela de las Américas en Estados Unidos.

Entre el 12 de agosto y el 12 de septiembre de 2012, un centenar de personas empiezan un viaje desde Tijuana, pasando a territorio americano en San Diego, para culminar en Washington DC, cruzando un total de 26 ciudades de la unión americana; 11 mil kilómetros de fraternidad, distancia que los aleja del territorio mexicano y su realidad pero que a su vez los acerca más que nunca a ellos, los viajeros de la Caravana por la Paz y a aquellos que simplemente se unen a ella en ese país.

Diego Osorno nombra al conjunto de 30 crónicas que componen su libro “crónicas desamparadas”, las cuales dan una idea general y a la vez especifica de la crudeza de su texto a través de los relatos de otros y otras, recogidos durante el trayecto de la Caravana por la Paz de la que fue testigo y participe.

Durante un mes, Osorno convivió de cerca con cada uno y cada una de los y las participantes de esta caravana. Convive con ellos como padres, madres, esposos, hijos, amigos, y sobre todo convive con el dolor de estas personas. Convive en un espacio y un tiempo determinado con la ausencia, con la injusticia y con la muerte.

Se lee claramente que la caravana no es de líderes, como en esa visión de la dominación a la que se nos ha acostumbrado. Es de todos los que la conforman, empero, representada por el poeta Javier Sicilia, quien al igual que los otros comparte el dolor que le ha dejado la pérdida, la ausencia, la injusticia misma. Aunque no sea como tal, la pérdida de un hijo por la deshumanización de la otra sociedad, la sociedad que se ocultaba y que ha dejado ver su peor cara en los estados del centro y norte de nuestro país.

Los acercamientos de Osorno al poeta son a través de seis diálogos que va estableciendo con él en el transcurso de los días, en los cuales da cuenta al lector de la pena compartida y la convicción de dar motivos suficientes para buscar la paz en nuestro país y proponer al otro, nuestro vecino, la regulación de lo que aquí se utiliza para mutilar a las familias mexicanas, las armas.

Sin duda un referente para entender nuestro presente y para apoyar esa lucha tan anhelada por la paz, esa lucha de la cual Diego Osorno fue testigo y comunicador, esa lucha que no se contrapone en su concepto con la paz. Por el contrario, la hace más fuerte y la hace crecer como un torbellino al cual se unen, si no físicamente, sí espiritual e ideológicamente.

*Este ensayo fue elaborado como parte del Programa de Lectura y Redacción Crítica de la Sección 22 de la SNTE.

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