¿Algún día las mafias firmarán el Tratado de Ginebra?

Por Roberto Saviano

Ilustración por Cristina Guerrero

Atravesaba con mi Vespa esta capa de tensión. Cada vez que iba a Secondigliano durante el conflicto, me cacheaban por lo menos una decena de veces al día. Si hubiera llevado simplemente una de esas navajitas suizas multiusos, me la habrían hecho tragar. Me paraba la policía, luego los carabineros, a veces incluso una patrulla de la policía fiscal, y luego los vigilantes de los Di Lauro, y los de los Españoles. Todos con la misma autoridad de siempre, gestos mecánicos, palabras idénticas. Las fuerzas del orden pedían la documentación y después cacheaban; los vigilantes, en cambio, cacheaban y hacían más preguntas, intuían un matiz, radiografiaban las mentiras. Los días de máximo conflicto, los vigilantes cacheaban a todo mundo. Inspeccionaban todos los coches. Para catalogar los rostros, para averiguar si iban armados. Veías acercarse primero ciclomotores que te examinaban hasta el alma, luego motos, y por último coches que te seguían.

Los enfermeros denunciaron que, antes de entrar para socorrer a alguien, a cualquiera, no sólo a los heridos de arma de fuego sino también a una viejecita con una fractura de fémur o a un hombre que había sufrido un infarto, tenían que bajar, dejarse cachear, dejar subir a la ambulancia a un vigilante que comprobaba si era realmente un transporte sanitario o escondía armas, killers o personas que intentaban huir. En las guerras de la Camorra no se reconoce a la Cruz Roja, ningún clan ha firmado el tratado de Ginebra. Ni siquiera los coches camuflados de los carabineros se salvan. Una vez descargaron una ráfaga de tiros contra un coche en el cual iban montados un grupo de carabineros de paisano porque los confundieron con rivales, tiroteo que sólo produjo heridas. Días después se presenta en el cuartel un chaval con una bolsa de viaje donde lleva varias mudas, perfectamente al tanto de cómo hay que comportarse durante un arresto. Lo confiesa todo de inmediato, quizá porque el castigo habría sido peor que la cárcel. O más probablemente, el clan, para no suscitar especiales odios personales entre fuerzas públicas y camorristas, debió de animarlo a entregarse prometiéndole el pago de lo que le correspondía y de los gastos de defensa. El chaval declaró sin vacilar en el cuartel:

—Creí que eran los Españoles y disparé.

El 7 de diciembre me despertó una llamada en plena noche. Un amigo fotógrafo me avisaba del blitzi. No de un blitz cualquiera. Sino del blitz. El que los políticos locales y nacionales pedían como reacción contra la faida.

El barrio Tercer Mundo está rodeado por miles de hombres entre policías y carabineros. Un barrio enorme, cuyo sobrenombre, así como la pintada que hay en una pared al principio de la calle principal (“Barrio Tercer Mundo, no entréis”), ofrece una imagen clara de su situación. Se convierte en un gran despliegue mediático. Después de este blitz, Scampia, Miano, Piscinola, San Pietro a Paterno y Secondigliano serán territorios invadidos por periodistas y equipos de televisión. La Camorra vuelve a existir después de años de silencio. De repente. Pero los instrumentos de análisis son viejos, viejísimos, no ha habido una atención constante. Como si se hubiera congelado un cerebro hace veinte años y descongelado ahora. Como si nos encontráramos frente a la Camorra de Raffaele Cutolo y las dinámicas mafiosas que llevaron a hacer volar las autopistas y matar a los jueces. Actualmente todo ha cambiado, salvo los ojos de los observadores, expertos y menos expertos. Entre los detenidos está Ciro Di Lauro, uno de los hijos del boss. El contable del clan, dice alguien. Los carabineros derriban las puertas, cachean a la gente y apuntan con los fusiles a los chiquillos. La única escena que consigo ver es a un carabinero gritándole a un chiquillo que lo apunta con una navaja:

—¡Tírala al suelo! ¡Tírala al suelo! ¡Vamos, rápido! ¡Tírala al suelo!

El chiquillo la deja caer. El carabinero aparta la navaja de una patada, y al chocar el arma contra una pared, la hoja se mete en el mango. Es de plástico, una navaja de las Tortugas Ninja. Mientras tanto, los militares vigilan, fotografían, se mueven por todas partes. Decenas de fortines son abatidos. Echan abajo paredes de cemento armado levantadas en los sótanos de los edificios para hacer depósitos de droga, derriban las verjas que cerraban tramos enteros de calles para organizar los almacenes de droga.

Cientos de mujeres bajan por la calle, queman contenedores, arrojan objetos contra las patrullas de policía. Están deteniendo a sus hijos, a sus nietos, a sus vecinos. A sus empleadores. Sin embargo, no lograba ver en esos rostros, en esas palabras de rabia, en esas piernas enfundadas en pantalones tan ajustados que parecen a punto de explotar, el menor rastro de solidaridad criminal. El mercado de la droga es fuente de sustento, un sustento mínimo que para la mayoría de la gente de Secondigliano no tiene ningún valor de enriquecimiento. Los empresarios de los clanes son los únicos que obtienen un beneficio exponencial. Todos los que trabajan en la venta, el almacenamiento, la ocultación y la vigilancia reciben sólo un sueldo corriente a cambio de exponerse a arrestos, a meses y años de cárcel. Esos rostros tenían máscaras de rabia. Una rabia que sabe a jugo gástrico. Una rabia que o bien es defensa del propio territorio, o bien una acusación contra quienes siempre han considerado aquel lugar inexistente, perdido, un lugar para ser olvidado.

Ese gigantesco despliegue de fuerzas del orden que se produce de improviso después de decenas de muertos, después de que se hayan encontrado el cuerpo quemado y torturado de una chica del barrio, parece un montaje. Para las mujeres de aquí, huele a tomadura de pelo. Las detenciones, las excavadoras no parecen algo que vaya a modificar la situación, sino simplemente una operación que favorece a los que ahora tienen necesidad de efectuar detenciones y echar abajo las paredes. Como si de repente alguien cambiara las categorías de interpretación y dijera que su vida no va desencaminada. Sabían de sobra que allí todo iba desencaminado, no hacía falta que fuesen helicópteros y coches blindados para recordárselo, pero hasta ahora ese error era su principal forma de vida, su fuerza de supervivencia. Además, después de aquella irrupción que lo único que hacía era complicarla, nadie intentaría de verdad cambiarla para mejor. Por eso, aquellas mujeres querían proteger celosamente el olvido de aquel aislamiento, de aquel error de vida, y echar a los que de repente se habían percatado de la oscuridad.

Los periodistas estaban apostados en sus coches. Pero sólo después de haber dejado actuar a los carabineros sin obstaculizar su labor, empezaron a filmar el blitz. Al final de la operación esposaron a 53 personas: el más joven era de 1985. Todos habían crecido en el Nápoles del Renacimiento, en el nuevo camino que debería haber cambiado el destino de los individuos. Mientras entran en los coches celulares de la policía, mientras son esposados por los carabineros, todos saben qué deben hacer: llamar a tal o cual abogado, esperar que el día 28 llegue a casa el sueldo del clan, los paquetes de pasta para sus esposas y madres. Los más preocupados son los hombres que tienen hijos adolescentes; no saben el papel que se les asignará después de su arresto. Pero en eso no pueden intervenir.

Fragmento de Gomorra (Random House, 2006).

 

i Rápida operación militar o policial efectuada con extrema precisión y sin previo aviso.

 

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