¿Qué horror se esconde entre los surcos de fresa fresca?

Por Eric Schlosser

Justo antes del amanecer, los jornaleros comienzan a aparecer en las calles de Guadalupe, California, emergiendo de las casas pequeñas, sótanos, cobertizos y garajes donde se refugian de la noche. Los hombres llevan sombreros de paja y gorras de beisbol, un rompevientos para combatir el frío de la mañana, tenis y sus ropas de trabajo, raídas por el uso. Las mujeres visten bufandas y paliacates enroscados sobre el cabello, colgaos del cuello y amarrados sobre sus rostros, para que no se vea nada, sólo sus ojos. De lejos, parecen envueltas en velos de colores.

Pronto, una larga fila de vehículos se estaciona en doble fila sobre la Autopista 1, en espera de sus pasajeros. No es aquella espectacular Autopista 1 que abraza el Pacífico, sino una porción menos familiar del camino, que se extiende seis kilómetros hacia el interior, atravesando Santa María Valley, a medio camino entre Salinas y Los Ángeles. Aquí, la Autopista 1 se convierte en la avenida principal de Guadalupe, flanqueada por restaurantes mexicanos, bares y escaparates escondidos tras tablones. En lo que el alba llega, la procesión de viejas camionetas, buicks, vans aporreadas y autobuses escolares con inodoros portátiles avanza rumbo a los campos más cercanos. Un montón de trabajadores caminan al costado de la carretera, hechos sombra por los faros de los automóviles. Dos muchachos van en bicicletas; seguro durmieron a campo abierto.

Cuando el sol se asoma por la costa, grupos de 30 se juntan a las orillas de aquellos campos gigantescos y comienzan la pizca de fresa, abriéndose paso poco a poco a lo largo de los interminables surcos; cientos de hombres y mujeres inclinados, con el rostro apuntando al suelo, recogiendo fruta con ambas manos. A la luz de la mañana, aquello parece una escena salida de un pasado distante, el último retaso de un estilo de vida que se desvanece. Pero no podría estar más lejos de la verdad.

Hace 20 años había alrededor 800 acres [3.24 kilómetros cuadrados] de fresa en Santa María Valley; hoy, el número se ha multiplicado por siete. La fresa es una de las frutas más difíciles de cosechar. Su cultivo es caro y también riesgoso, pero rinde más ingresos que cualquier otro cultivo, excepto el de la marihuana. Ese mismo terreno a las afueras de Guadalupe en el que no hace mucho las familias criaban vacas lecheras ahora emplea miles de obreros migrantes. La mayoría de estos migrantes son indocumentados venidos de México, hecho que ayuda a explicar no sólo el boom fresero más reciente en California, sino también la transformación implacable y silenciosa que está gestándose en el terreno y las comunidades rurales.

La agricultura sigue siendo la industria más grande en el estado de California. Por más de medio siglo, California se ha mantenido al frente de la producción agrícola nacional; hoy produce más de la mitad de las frutas, nueces y vegetales que se consumen en Estados Unidos. Cientos de productos —desde los más comunes hasta los más exóticos— son cultivados en California, principalmente en el Central Valley, una extensión de terreno que contiene quizá las mejores tierras para el cultivo en todo el mundo.

De cierto modo, sin embargo, la agricultura en California va en descenso. El valor de su producción anual, ajustada a la inflación, ha caído un 14 por ciento en los últimos dos años. Durante los ’80, aproximadamente 20 mil acres [80.93 kilómetros cuadrados] de las tierras de Central Valley se perdieron cada año a manos de la urbanización del terreno. El campo abierto está cediendo paso a los centros comerciales y zonas suburbanas. El agua que solía usarse para los campos ahora está siendo desviada para su uso en pueblos y ciudades. Las mejoras en los sistemas de enfriamiento y transformación han abierto el mercado estadunidense a los productos extranjeros. La contaminación atmosférica ha comenzado a disminuir el aguante de las cosechas.

Mientras tanto, las porciones más rentables y de mayor crecimiento de la economía agrícola de California —el cultivo de cosechas especializadas y de valor alto— se han convertido también en las más dependientes en la mano de obra barata. Casi todas las frutas y verduras que se encuentran en las dietas de los comensales más educados y conscientes de su salud siguen siendo cosechadas a mano: cada cabeza de lechuga, cada racimo de uvas, cada aguacate, durazno y ciruela. El aumento en la demanda por estas frutas también ha incrementado la necesidad de obreros que las cosechen.

De los migrantes que trabajan en California, entre 30 y 60 por ciento —dependiendo de la cosecha— son indocumentados. Su disposición para trabajar jornadas largas por poco dinero ha ayudado a sustentar la producción agrícola de California, a pesar de que desde 1964 se han perdido más de 7 millones de acres de tierra para cultivo. Los cultivadores de frutas y vegetales ahora dependen del cada vez más extenso mercado negro de los trabajadores. Sin él, muchas más granjas desaparecerían. Los inmigrantes ilegales, constantemente despreciados y retratados como parásitos el Estado, subsidian el sector más importante de la economía de California.

El aumento en el número de obreros migrantes en California, aunado al incremento en la proporción de inmigrantes indocumentados, refleja una tendencia nacional que ha pasado inadvertida. En los ’60, se creía que no habría más obreros inmigrantes en Estados Unidos durante la década. Los expertos predijeron que la tecnología volvería a los inmigrantes obsoletos: si la siembra no podía ser cosechada mecánicamente para 1975, no sería cultivada en los Estados Unidos. Los censos daban credibilidad a este escenario.

Philip L. Martin es profesor de economía agrícola en la Universidad de California, en Davis, y una de las mayores autoridades a nivel nacional en el tema demográfico aplicado a la labor agrícola. De acuerdo con sus estimaciones, durante los ’20 había alrededor de 2 millones de obreros migrantes trabajando en las granjas de Estados Unidos. Durante los ’40, el número bajó a alrededor de 1 millón. Y a principios de los ’70, cuando la organización entre trabajadores, dirigida por César Chávez, se encontraba en su punto más alto, había sólo unos 200 mil. Luego, la cifra comenzó a ascender.

Hoy día es imposible calibrar con precisión el volumen de la fuerza laboral migrante, en parte porque una porción considerable del conjunto la componen migrantes indocumentados. Martin cree que entre 800 mil y 900 mil obreros están trabajando hoy en granjas estadunidenses. Y los migrantes de hoy no sólo son muchos más que antes, sino que también están recibiendo mucho menos dinero. Los salarios por hora de algunos obreros agrícolas en California, ajustado a inflación, han caído un 53 por ciento desde 1985. Los migrantes se encuentran entre los trabajadores más pobres de Estados Unidos. El obrero migrante promedio es un varón de 28 años, nacido en México, que gana 5 mil dólares al año por 25 semanas de trabajo agrícola. Su expectativa de vida es de 49 años.

La alza de la industria fresera es emblemática de los cambios que sacudieron a la agricultura en California durante los ’80. La fresa se ha convertido en el enfoque de una industria californiana cuyas ventas exceden el medio billón de dólares. Los granjeros estadunidenses ahora reciben más dinero por fresas frescas cada año que por cualquier otra fruta fresca, con excepción de la manzana. Y los pizcadores de fresa no son sólo los inmigrantes más pobres, sino los que tienen una mayor posibilidad de ser indocumentados.

Durante la última cosecha de fresa, pasé semanas viajando a través de tres regiones de California en las que la fruta se cultiva comercialmente. Conocí trabajadores, granjeros, académicos y activistas. Mi viaje me llevó a través de Santa Maria Valley, donde la pobreza rural ha encontrado una trinchera y el sistema de aparcería ha atrapado a los obreros agrícolas bajo toneladas de deuda; a lo largo de la zona que rodea Salinas y Watsonville, donde se cultiva cerca de la mitad de las fresas de California y donde los aguaceros dificultaron vidas que ya de por sí son difíciles; y también a través del norte del condado de San Diego, donde hay un choque constante entre las necesidades de los granjeros y los desarrolladores de bienes raíces, y donde los obreros migrantes viven en barrios pobres a la vuelta de suburbios con casas carísimas. Me parece que en los campos de fresa de California uno puede encontrar respuestas a varias de las preguntas que surgen de la inmigración ilegal, además de cuestiones éticas mucho más difíciles de resolver.

***

Cuando conocí a Felipe (a quien me refiero aquí bajo pseudónimo), no se veía muy bien. Su ropa estaba sucia y rajada, su rostro demacrado y sin rasurar. Su campo de fresas se veía horrible también. Las hileras estaban llenas de fresas podridas, cajas viejas y latas de soda. Había mangueras rotas; faltaban los protectores de plástico.

—Salen muy caros —me dijo—. La compañía no me paga suficiente.

Cerca, sus obreros recogían “caras de gato” —fresas pequeñas y deformes— de entre las plantas del segundo año. La lluvia había causado estragos en el campo. Felipe estaba vendiendo su fruta a 12 centavos la libra. No podía entender por qué el precio de las fresas frescas había bajado tanto, pero los términos de su aparcería lo obligaban a aceptarlo.

—Nos usan todo el año como esclavos —dijo—. Nos pagan lo que les da la gana.

Prometió enviarme documentos legales que probaban sus declaraciones. La temporada apenas comenzaba y Felipe ya debía 50 mil dólares; la mitad de la deuda se le formó el año pasado. Además, le debía otros 5 mil dólares a la IRS [Servicio de Impuestos Internos].

—Me puedo recordar ni un momento en el que me encontrara bien —dijo—. Siempre he estado en el hoyo.

Felipe era un pizcador de fresa hasta un día que el dueño del cultivo fue a buscarlo y le dijo que si quería ser un “granjero”. Ahora, después de 16 años en aparcería, Felipe es dueño de un puñado de activos y está listo para renunciar.

La aparcería ha existido en la industria fresera de California a lo largo de todo este siglo, con una popularidad que subía y bajaba según los cambios en las leyes de la producción obrera. Durante varias épocas, los freseros fueron conocidos como aparceros, granjeros de aparcería y granjeros inquilinos.

Esta estrategia de echar el mayor de los riesgos sobre los hombros del obrero se ha refinado cada vez más. En los ’80, la aparcería prosperó, y no sólo en los campos de fresa, sino también en los de frambuesa, arveja y chayote. Bajo un contrato típico, un cultivador asignaba una porción de un campo de fresa a un obrero y/o a su familia. En vez de pagarles un salario, el cultivador prometía dividir las ganancias a la mitad. El aparcero entonces se convertía en el empleador oficial, responsable de contratar pizcadores de fresa, de pagarles un salario, de retener sus impuestos y de monitorear sus documentos migratorios. El cultivador era responsable del resto de los costos de producción y por la administración general de la granja. Al establecer a los obreros como supuestos operadores independientes, los cultivadores se protegían de las leyes migratorias y laborales, y también de las pérdidas. Los aparceros asumían buena parte del riesgo. No había manera de que supieran si habrían ganancias en un año determinado o de si el cultivador les daría su parte de las ganancias.

Un puñado de aparceros emprendedores y dedicados lograron tener éxito bajo este arreglo, ganando el dinero suficiente para convertirse en cultivadores. A los obreros que ahora son granjeros se les conoce como “mexicanos”, y la familia Figueroa, de Santa María, es uno de los ejemplos más notables. Pero a muchos otros aparceros no les fue tan bien. Al final del año, era común que sus ganancias fueran menores a las que recibían como obreros en las granjas, trabajando por un salario mínimo. Y a veces no ganaban nada en lo absoluto.

La Suprema Corte del Estado de California estableció en 1989 que los contratos de aparcería en la industria del pepinillo no le permitían a los cultivadores ignorar las leyes laborales del estado. Los aparceros no eran operadores independientes, indicó la Corte, y los cultivadores no podían evadir sus responsabilidades legales inventándose un nuevo término para referirse a sus empleados. Pero después de desaparecer por un rato, la aparecería volvió a la industria fresera hace un par de años, renovándose de un modo que hace que el sistema anterior parezca un esfuerzo humanitario. Ahora los cultivadores están determinados a eliminar cualquier riesgo dentro del negocio de la producción de fresa. En vez de pagar por los costos de operación de una granja fresera, estos cultivadores —ahora llamados “comisionistas— prestan dinero a los aparceros para solventar los costos de operación, con tasas de interés de hasta 19 por ciento. Bajo el sistema anterior, si las cosas salían mal, a los aparceros no se les pagaba por su trabajo; bajo el nuevo sistema, los aparceros se endeudan por miles de dólares.

La mayoría de los aparceros que firman esta clase de contratos —algunos de ellos son de hasta 13 páginas, con espaciado simple— no pueden leerlos. Los contratos están escritos en inglés, y casi todos los aparceros son obreros agrícolas que sólo hablan español y tienen muy poca experiencia con documentos legales. Un estudio sugiere que el aparcero promedio en las afueras de Watsonville tiene un nivel educativo equivalente a quinto año de primaria. Los contratos de la empresa Kirk Produce recomiendan buscar “asesores legales y/o contables independientes” antes de firmar. Pero las oportunidades para mejorar son muy limitadas entre los obreros agrícolas, y las ganas de tener una granja propia son tales que muchos están ansiosos por firmar esos contratos. Sólo después se dan cuenta del verdadero costo.

A los comisionistas les va muy bien. Luego de prestar dinero a los aparceros, reciben el dinero de vuelta de tres maneras: como pago por sus servicios (proporcionar las plantas, el fertilizante, insecticidas y materiales de empaque), como pago de intereses y como el pago del préstamo original. Además, los comisionistas cobran una cuota por cada caja de fresa que se vende, y es común que también cobren una cuota de enfriamiento: un dólar por caja. Los aparceros deben venderle todas sus fresas al comisionista, independientemente del precio ofrecido.

Los aparceros suelen quejarse de no recibir el valor real de la fruta. Por lo general tienen razón. Todos los aparceros que conocí en Santa María recibían 5 dólares por la caja de fresa fresca, aunque el precio oficial oscila entre los 8 dólares y los 14 dólares por caja.

Los documentos que Felipe envió después me revelaron cómo suelen llevar las cuentas en el negocio. Los documentos surgieron de una investigación que hizo la Rama de Reforzamiento de Mercados del Departamento de Agricultura y Alimentos del Estado de California. A lo largo de 18 meses, se encontró que un comisionista llamado Ag-Mart Produce le había cobrado de más o pagado menos dinero a Felipe, acumulando un total de 118 mil 320 dólares con 62 centavos. En los días en los que el costo de la fresa era de 8.75 dólares por caja, Felipe recibía 7, 5 o 1.74 dólares por caja. En otras ocasiones, el comisionista vendía cientos de las cajas de fresa de Felipe, y éste no recibía nada a cambio. Para cuando el Departamento de Agricultura y Alimentos de California se enteró de todo esto, Ag-Mart Produce ya había dejado de operar en el estado.

Algunas de las peores violaciones de las leyes laborales a nivel estatal y federal han sido cometidas por aparceros desesperados por pagar sus deudas. Hasta los aparceros más compasivos se encuentran sin salida: los trabajadores tienen que recibir su sueldo al final de la semana, pero el comisionista suele pagar por las fresas del aparcero cada tres semanas. El comisionista también deduce las cuotas de servicio y los pagos de intereses, dejando muy poco dinero para los obreros. Como lo explicó Peter Gwosdof, abogado de Kirk Produce, ésta no tiene licencia como “prestamista financiera”; obtiene sus fondos a través de un banco federal, y por lo tanto se encuentra exenta de las leyes estatales contra la usura. Kirk Produce puede cobrar las cuotas de interés que desee, aunque Gwosdof me aseguró que la compañía no percibe ganancias de estos préstamos.

Bill Hoerger, un abogado de la CRLA, cree que los préstamos están diseñados para hacer que el aparcero parezca un hombre de negocios. Los comisionistas no suelen necesitar que les paguen los préstamos para percibir una ganancia. Bajo el viejo sistema, los préstamos eran los costos de operación; bajo el nuevo sistema, la mala deuda sirve como un buen siniestro al final del año.

Un cultivador de fresa bien establecido y que desprecia los nuevos arreglos de aparcería me dijo que el sistema no es nada nuevo.

—Lee El alcalde de Costerbridge de Thomas Hardy —dijo—. Ahí encontrarás la mejor descripción de cómo funciona todo el sistema.

Hace dos años, el comisionado laboral de California citó a Kirk Produce por no conseguir un seguro de compensaciones para uno de sus empleados contratado por Rodolfo Contreras, uno de sus cultivadores independientes. Kirk apeló en contra de la cita, argumentando que Contreras era un empresario independiente que usaba sus propias habilidades para completar un trabajo después de contratar obreros y conseguir sus propios materiales. El oficial de la audiencia falló en contra de Kirk, una decisión que luego sería reforzada por un juez de la Suprema Corte y una corte de apelaciones a nivel estatal. “El acuerdo [de Kirk] no le dio a Contreras oportunidad alguna para hacer ganancias”, concluyó la Corte de Apelaciones del Segundo Distrito. Independientemente de lo que estaba escrito en los contractos, Contreras era, en esencia, “un supervisor empleado”, no un empresario independiente. La deuda enorme mantuvo a contreras anclado a Kirk Produce, descubrieron los jueces, y “forzó a Contreras a hacer un acuerdo a largo plazo”.

Es posible que Kirk Produce busque una revisión de la decisión ante la Suprema Corte del estado de California. Si la Corte mantiene el fallo que establece a los aparceros de Kirk como empleados y no cultivadores independientes, las deudas podrían disiparse en el futuro. Anne Hipshman, la abogada a favor del comisionado laboral, cree que Kirk Produce ha atrapado a los trabajadores agrícolas “en una forma de esclavitud”. Gwosdof, el abogado de Kirk, niega la acusación. Dice que es del interés de todos que el cultivador independiente tenga un año productivo, y añade que la compañía siempre está buscando “cultivadores con talento, exitosos”.

Antes de firmar con Kirk Produce, Rodolfo Contreras no tenía experiencia alguna como cultivador o empresario de ningún tipo. Sus antecedentes como agricultor se limitaban a tres años en la pizca de manzana, cereza, ciruela y durazno. Pasó dos años pizcando fresa por una o dos semanas que tenía libres durante sus vacaciones. A pesar de que era un “cultivador independiente” para Kirk Produce, con una deuda de alrededor de 70 mil dólares, sus únicos activos personales eran una camioneta pick-up y un viejo tractor, ambos de valor no establecido.

Mientras esperan la decisión definitiva respecto a su futuro, los aparceros batallan para pagar lo que pueden. Cada aparcero que he conocido enfrenta dificultades financieras terribles. Es común que se vean en la necesidad de poner a sus familiares en la nómina, haciéndolos pasar por empleados falsos, para poder darles de comer. Visitando varios campos de aparcería al azar, escuché la misma historia una y otra vez. Vi la misma mirada fatigada.

Pedro fue el único aparcero que conocí que no parecía sentirse mal. Su cara era suave y redonda, adornada por un bigote. Tenía 36 años, pero daba la impresión de traer otra década encima. Había estado pizcando fresa por ocho años, y luego manejó la camioneta. Las fresas de sus últimos 34 acres fueron dañadas por las lluvias. Después de seis años como aparcero, Pedro tenía una deuda de 125 mil dólares, casi toda acumulada. Le pregunté cómo podía con tanta deuda.

—No lo sé —me dijo, encogiendo los hombros—. Sólo sé que es lo que debo.

Parece que ni una sola de estas tragedias ha afectado su buen humor. Lo que más le importaba era proporcionar trabajo a los migrantes, y el orgullo de ser su propio jefe.

—Ya no me preocupan las cosas materiales —dijo Pedro mientras miraba a sus trabajadores en el campo y un pedazo de plástico suelto ondeaba en el aire—. Soy un testigo de Jehová.

*Fragmento de “In the Strawberry Fields”, publicado en The Atlantic (1995). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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