Iowa City. Los habitantes de esta ciudad —¿iouenses? ¿ioguanos?— son en su mayoría menores de 25 años o mayores de 70. Los niños y los que, como yo, nos sentimos “en la flor de la edad” escaseamos.

Para averiguar qué clase de jóvenes hay por aquí, más que salir a la calle conviene entrar en una tienda donde vendan ropa de mezclilla. Los pantalones de 29 pulgadas de cintura por 34 de pierna son los que más se venden. Estas medias corresponden a un monstruo de dos metros de alto con cintura de avispa. De estos monstruos no puede uno poner la mirada en ningún lado sin ver tres o cuatro. Los otros monstruos, que tenemos 38 pulgadas de cintura y 29 de pierna, son tan escasos, que cuando quise comprar pantalones tuve que encargarlos a California.

En esta clase de tiendas, la división entre el departamento de hombres y el de mujeres es muy tenue. Todos se visten igual, es decir, de hombre. En el verano, las muchachas que llevaban pantalones especialmente cortados para cuerpo de mujer eran una rareza, peor las andaban de falda, que se veían afectadas. Ahora todos andan envueltos en trapos y no sabe uno quién es quién la cantidad de mezclilla que consume este pueblo es notable. La gente echa la ropa en la lavadora y se la pone sin planchar. De las cuarenta personas que trato sólo una lleva corbata. Así se usa aquí, es la gran cosa. Cuando salgamos de este pueblo vamos a tener un trauma cultural. No sólo eso, vamos a tener que comprar una plancha.

Pasando al trato, hay que decir que la gente de aquí es medio rústica. Tiene costumbres de pueblo chiquito, que ya se perdieron en la ciudad. En donde quiera que esté uno asombra la cortesía y la paciencia de los dependientes y los empleados. Las cajeras de los supermercados, por ejemplo, pesan la mercancía, hacen la cuenta, llenan la bolsa, la ponen en un carrito, toman los datos del cliente en el cheque con que éste paga y todavía le dan las gracias. Si una de estas fuera a México, la canonizarían.

La mayoría de los dependientes en las tiendas y todos los meseros o meseras son estudiantes de la universidad. Esta circunstancia levanta el nivel espiritual de estos oficios. No encuentra uno, como en otras ciudades, individuos que empujan carritos con platos sucios y dicen: “Yo vi mejores tiempos y míreme en donde he caído”.

Cuando alquilamos este departamento, mi mujer dijo en la administración que había unos muebles que le estorbaban. Eran cómodas enormes y pesadísimas, bancas con forros de plástico, tablas largas que no cabían en el elevador, etc. Al rato llegaron al departamento dos gigantes empleados de “mantenimiento” que con mucha paciencia fueron sacando lo que estorbaba y se lo llevaron a la bodega.

—¿Cuánto les damos?— preguntó mi mujer

—Cinco dólares a cada uno— dije, considerando que cualquier precio es poco comparado con una hernia.

Cuando mi mujer sacó los billetes, ellos se miraron entre si y luego la miraron a ella, como si fuera la Lockheed. No aceptaron la propina. Entonces mi mujer les ofreció una cerveza, porque estaban escurriendo sudor. Dijeron que no podían beber en horas de trabajo, pero que iban a regresar a las cinco de la tarde. No volvieron.

Pasados tres meses y medio, mi mujer llegó a la conclusión de que prefería tener aquí otra vez las bancas forradas de plástico.

—Este va a pasar a la historia como el día en que te insultaron los empleados de mantenimiento —le dije.

Ella no me hizo caso, fue a mantenimiento y dijo lo que quería. A los 20 minutos estaba tocando la puerta uno de los gigantes que venía cargando las bancas. Risueño. Hizo chistes cuando una pata se atoró en el refrigerador. Esta vez nomás le dimos las gracias. No hablamos ni de propina ni de cerveza. El se despidió rebozando buen humor. Otro canonizable.

En esta ciudad los negros, los chicanos, los chinos y otras minorías raciales son novedad y relativamente pocos. En consecuencia, la discriminación, cuando la hay, no es aparente. La víctima la soporta en silencio y no llega a producirse fricción. Sin embargo, me dicen negros que conozco que cuando pagan con cheque les piden identificaciones que a uno de blanco rara vez le piden. No hay gueto. O, mejor dicho, hay un gueto donde vivimos los que estamos de paso: blancos, negros o de cualquier color.

La abundancia de jóvenes que hay en Iowa City hace que la comida en los restaurantes sea sorprendente por abominable. En este pueblo puede uno comer pizza con leche malteada, macarrones con coca cola, hamburguesas con helado de vainilla, etc. El ioguano medio consume en cada comida más salsa de jitomate que una película de Sam Pekimpah.

Por Jorge Ibargüengoitia

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