Por Camilo Ruiz

En cada partido del Mundial circulan poco más de mil millones de dólares en apuestas de distinto tipo alrededor del mundo. El 90 o 95 por ciento de ese dinero es apostado en diversas partes de Asia, en casas de apuestas registradas en paraísos fiscales y sobre las cuales se tiene poco o ningún control.

La FIFA, por su lado, va a recibir 5 mil millones de euros en derechos de transmisión de la competencia. De todo ese dinero, ésta le da el 5 por ciento a las federaciones nacionales de futbol, dependiendo de a qué etapa de la competencia lleguen: el ganador se quedará con 26 millones de euros y cada país con 5 millones.

No existe ningún reglamento internacional respecto a cómo debe ser distribuido ese dinero, así que, contra la opinión común, los jugadores no necesariamente se quedan con sumas tan elevadas. Las federaciones tienen que pagar gastos de alojamiento, transporte, el funcionamiento de la burocracia y los salarios de los dirigentes. Fue una disputa respecto a la repartición de ese dinero lo que provocó la llegada tardía de Camerún a Brasil hace un par de semanas. En 2006, los jugadores de Togo amenazaron con no jugar su último partido porque no habían llegado a un acuerdo con su federación.

Pero la consecuencia más escandalosa (y lógica) de la cantidad de dinero que gira alrededor del futbol no son las posibles “huelgas” de jugadores, sino el enorme mercado de sobornos ligados a las apuestas. Esto no debe sorprender a nadie: es tal la cantidad de dinero apostado, y en condiciones tan oscuras, que la implacable ley del mercado provoca que jugadores o árbitros con bajos ingresos se sientan inevitablemente atraídos por los sobornos.

Hace unas semanas, el New York Times publicó una extensa investigación, basada en parte en reportes de seguridad de la propia FIFA, en donde señala que está comprobado que han habido sobornos en competencias internacionales pasadas y muy probablemente habrá intentos de hacer lo mismo esta vez.

Ralf Mutschke, jefe de seguridad de la FIFA, cuenta que son dos los tipos de apuestas que generan más incentivos para sobornar jugadores o árbitros. La más sencilla, la apuesta arriba-abajo, intenta predecir cuántos goles habrá en el partido. Quienes juegan pueden apostar a que habrá más de 2.5 o 3.5 (es decir, 3 o 4), y así sucesivamente. Este tipo de predicción se presta más a la influencia de voluntades ajenas al partido que una en la que se le intenta atinar al marcador final exacto. Puede pagársele al portero, por ejemplo, para que se deje meter goles, o al árbitro para que marque penales, en vez de a los veintidós jugadores para que lleguen a un resultado determinado.

Lo más común, como uno se puede imaginar, es que los apostadores intenten sobornar a jugadores de países pobres (léase África) en la última ronda, cuando ya estén eliminados de todos modos y dejarse meter otro par de goles no cambie demasiado las cosas (no hay futbolista tercermundista que resista un cañonazo… de un millón de pesos). Sí, quiero decir que es altamente probable que Camerún se haya dejado meter otros dos o tres goles en el partido contra Brasil y que gracias a eso ahora nos toque jugar los octavos contra Holanda. La verdad, lo anterior también hace menos probable que el árbitro del primer partido de México se haya dejado sobornar, pero siempre es saludable echarle la culpa a alguien de las injusticias del mundo.

Para las agencias de policía se ha vuelto casi imposible rastrear las redes de apuesta ilegales/sobornos porque los agentes que tratan con los jugadores y los árbitros han cambiado sus tácticas. Antes había un período más o menos largo de “seducción”, en el que intentaban convencer al jugador; se reunían con él, le ofrecían cada vez más dinero, etc. Pero al menos para las grandes competencias, los sobornadores aplican el “A ver si es chicle y pega”: simplemente se acercan al jugador, le ofrecen 100 mil dólares o más y, si éste declina la oferta, van con el siguiente.

Estos casos representan la extensión imparable de los mecanismos del mercado a la competencia deportiva y una forma degenerada del dominio del dinero sobre el futbol. El problema de fondo es que la FIFA se queda con la parte del león de los ingresos del Mundial y que a pesar de la enorme cantidad de dinero que llega a las arcas gracias a éste, un jugador puede verse tentado por unas decenas de miles de dólares. Habrá que abolir a la FIFA, la sífilis de futbol mundial… O ponerse a apostar. 

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