Por César Vidal Gil

Ilustración por Cristina Guerrero

 

Hassael y sus amigos en busca de un tesoro

Un vehículo cruza un valle de Sonora como mosca en un cristal, completamente en solitario. Se trata de un lujoso todoterreno que recorre los caminos de un escarpado cañón y alcanza, por fin y con dificultad, una vieja ermita levantada entre las paredes de una cueva. Una vez allí, el joven Hassael baja del vehículo y saca un georadar de la cajuela. Sus amigos le acompañan. Son Tomás, carnal y lugarteniente en mil andanzas, Mónica, Luis y Wanda, que son pareja, Fabiola (que Hassael ama medio en secreto) y el Güero Duarte, novio de Fabiola y niño fresa de la alta sociedad de Hermosillo, de donde son también todos los demás. El georadar pertenece al padre de Hassael y sirve nada menos que para encontrar tesoros.

Hassael piensa que adentro puede haber un tesoro escondido hace siglos por los toltecas. Fabiola cree que el lugar es peligroso, presiente algo maligno; los espíritus guardianes que aún permanecen podrían arrebatarles sus almas. El Güero es algo mayor que ellos y los desprecia a todos, sobre todo a Hassael, con quien compite todo el tiempo. Tampoco hace mucho caso al mal presentimiento de Fabiola. Wanda parece la más asustada, Luis se burla de ella. De pronto, el aparato de Hassael emite un sonido. Parece haber detectado algo. Sorpresa general. Animados, Hassael y los otros van hacia el sitio que indica el aparato. Empiezan a recorrer galerías oscuras pobladas de telarañas y quizá también por algo o alguien peor… El georadar sube la intensidad de su pitido mientras la pandilla avanza a oscuras. Recorren la cueva hasta que el sonido se amplifica junto a una pared que está al lado de una trampilla sellada. Hassael sugiere abrirla. Tomás rompe el cerrojo y abre con dificultad. Fabiola propone marcharse a toda prisa. Según ella, hay una presencia atormentada. Cierra los ojos con horror, chillando. Al abrirlos de nuevo, un espectro que ocupa la galería alargada se muestra ante sus ojos. Todos huyen, perturbados por el terror de su amiga. El que más corre es el Güero. Ya fuera, cree que todo ha sido un ardid para burlarse de él, así que sube a su todoterreno y los abandona.

Minutos después, los amigos buscan la manera de regresar a Hermosillo, pero por la carretera no se vislumbra coche alguno. Pronto oscurecerá y se verán obligados a irse andando o pasar la noche allí, hasta que mañana por la mañana pase la camioneta a Hermosillo.

Fabiola consigue tranquilizarse por fin. Explica lo que ha visto. No todos le creen. Hassael piense que eso que vio Fabiola y el hecho de que el lugar tenga un poso de malignidad demuestra que hay alguien interesado en proteger un tesoro, tal vez su propio dueño, desde el Más Allá… Independientemente de eso, todos están de acuerdo en una cosa: no volverán a la cueva. Pasarán la noche en un pueblito fantasma que se vislumbra tras una loma no muy lejana.

Esa noche, en una casa deshabitada del deshabitado pueblito, mientras los demás duermen, Hassael se mete en la cama de Fabiola. Se le insinúa, pero Fabiola le rechaza. Aunque el Güero se haya comportado como lo hizo, sigue siendo su novio. Sin embargo, antes de echar a Hassael de la cama, Fabiola le da un beso en los labios. El momento es de lo más dulce para Hassael; el viaje valió la pena.

 

 

 

El papá de Mónica es abogángster

A la mañana siguiente, Hassael y sus amigos regresan a Hermosillo. Se despiden en la terminal y cada uno vuelve a su rutina. Al llegar a su hogar, Mónica recibe una reprimenda de su padre por no haber dormido en la casa. Le prohíben salir con sus amigos hasta nuevo aviso. El padre de Mónica, don Paco, es abogado, un tipo de éxito. Se le oye comentar por teléfono con una clienta alguna manera ilegal de resolver sus problemas jurídico-financieros. Don Paco es todo un profesional de la ley, si acaso con la brújula moral algo desajustada…

 

El narco don Max quiere contratar un servicio de taxi

Por su parte, Hassael y Tomás llegan a casa del primero transportando el georadar. Ayer aprovecharon que el padre de Hassael, don Chava, estaba en el hospital cuidando de su propio padre enfermo. Esto les permitió tomar el georadar sin su permiso. Don Chava es taxista. Junto a la casa se ve el cartel de la pequeña empresa de taxis que dirige. Antes de que Hassael y Tomás entren en la casa, se les aproximan dos tipos de aire peligroso. Uno de ellos es don Max, un viejo narco con un historial plagado de delitos, algunos de sangre y la mayoría sin saldar. Lo acompaña don Benny, alias “Sombrerudo”, que asoma un pistolón en el cinto. Pretenden contratar un servicio de taxi desde Hermosillo hasta Jungapeo, en Michoacán, a dos o tres días de camino, pero no especifican en qué consiste el viaje. Hassael acuerda con ellos que se lo hará saber a su padre en cuanto llegue del hospital. La presencia de los dos narcos perturba a Hassael y a Tomás.

 

 

Se aclara para qué hace falta un taxi

Al mismo tiempo, en la prepa ocurre un incidente entre Luis y el Güero Duarte a causa de los rencores pendientes de la excursión a la cueva. Luis le abre la cabeza al Güero de un madrazo. Acaban en la comisaría: el Güero quiere poner una denuncia a Luis. Pero el abogado del padre del Güero, el mismísimo don Paco, informa al muchacho que su progenitor no quiere iniciar pleitos con compañeros de prepa. El Güero se enfurece e insulta a Luis, éste no se arredra y le responde. Los agentes, para restablecer la calma, sacan a Luis de la sala y lo llevan al piso de abajo. Ahí ve el cadáver de La Moronga, peligroso narco abatido por la policía, todo agujerado… Hay otros dos hombres viendo a La Moronga: don Benny y don Max, hermano del muerto.

Como no puede hacer que lo arresten, el Güero amenaza a Luis con darle una paliza cuando salgan de la comisaría. Hassael se trepa al taxi de su papá y va en busca de Luis. Cuando llega a la comisaría, Luis le cuenta de La Moronga. Hassael une las piezas y se da cuenta de lo que busca don Max en Jungapeo. Lo que quiere es trasladar el cuerpo de su hermano hasta el asentamiento de los narcos, la Hacienda de la Condesa Miravalle. Tomás se opone, es una aventura de mucho peligro. Hassael explica a los otros, ignorantes de eso que teme Tomás, que la Hacienda de la Condesa Miravalle perteneció a una aristócrata del siglo XVIII que enterró un famoso tesoro entre sus muros, tesoro que probablemente esté ahí, esperándolos. La advertencia de Tomás sólo apresura la decisión de Hassael: él mismo llevará a esos narcos hasta la Hacienda sin importar cuánto se opongan sus amigos, siendo Fabiola la más insistente en detenerlo.

 

El viaje

Hassael maneja el taxi. Lleva a don Max y a La Cañona, joven viuda de La Moronga; también a Morgan y Alegra, los dos hijos de la chica. El convoy se pone en marcha y no tarda en salir de la ciudad. Don Max le dice a Hassael que siga al camión de helados. Dentro de éste van don Benny y La Moronga; así se evitan los trámites del traslado.

El primer día de viaje, Hassael aprovecha cualquier momento para tratar de averiguar dónde podría estar el tesoro. Llega incluso a preguntar sutilmente a La Cañona por el sepulcro de la Condesa de Miravalle. La Cañona sabe poco y no está dispuesta a compartir eso poco con un extraño.

El taxi devora kilómetros. El interior del vehículo es un sepulcro de caras mustias y silencio. De pronto suena el celular de Hassael. Es don Chava, el padre de Hassael, que quiere saber dónde anda metido su hijo. Hassael apenas si alcanza a decir algo cuando el narco le arrebata el teléfono. Nada de celulares por el resto del viaje.

Al salir de la carretera principal y meterse por una comarcal, un enorme tráiler aparece y los separa del camión de helados. Don Max ve que el vehículo donde viaja su hermano se aleja. Con poco estilo y todavía menos educación, ordena a Hassael pasar el tráiler, a pesar del evidente peligro. Hassael duda y aduce que no hay sitio ni tiempo para rebasar, pero don Max le insiste, amenazándole de muerte. El chico maniobra, poniendo en riesgo la seguridad de todos: esquiva un coche que llega de frente y rebasa por fin al camión. Mientras Hassael sigue con el susto en el cuerpo, don Max parece haber disfrutado el momento.

El cadáver se deteriora antes de tiempo

Esa noche, en un hotel de carretera, la pequeña Alegra cree oír la voz de su padre muerto, cuyo ataúd se encuentra en la cámara frigorífica del establecimiento; tuvieron que mover el ataúd porque el sistema de refrigeración del camión de helados se averió y los restos de La Moronga iban a podrirse antes de tiempo si los dejaban ahí. La niña sale corriendo, asustada. Llega al pasillo de arriba y empieza a llamar a la puerta de su hermano. Morgan no le abre porque está dormido. Emerge de otra puerta la figura inquietante de don Benny, que invita amablemente a la niña a pasar, con oscuras intenciones. La Cañona aparece y salva a su hija de don Benny. Hassael ha sido testigo del encuentro y, escamado por las afirmaciones de la niña, baja a la zona de las cámaras frigoríficas. Al llegar, oye un ruido y se oculta. Lo único que aparece es don Max. Hassael comprende que lo que Alegra ha estado a punto de descubrir es la relación de su madre con el viejo narco, lo que debe estar detrás de la muerte de La Moronga.

 

Don Max decide quién vive y quién no

Al día siguiente, reemprenden el viaje. Ya han pasado un par de estados, y el camino prosigue con tranquilidad. De improviso, un potrillo cruza a trote la carretera. Hassael da un frenazo y todos contraen los músculos en espera del impacto. El potro termina de cruzar. El taxi casi que lo atropella; se salvó por centímetros. Hassael resopla, y don Max, furioso, se baja. Una yegua, la madre del potro, cruza ahora la carretera y se reúne con su hijo. Del camión de helados baja también don Benny. Don Max se le acerca y le arrebata el pistolón del cinto. Lo arma, apunta al potrillo y le dispara. El animal muere ante la mirada atónita de la yegua, que parece no comprender. Hassael observa espantadísimo. Todos vuelven a subirse a los vehículos y siguen adelante, sin sacarse la imagen de sus retinas. La yegua relincha llena de dolor.

 

Los humildes y sometidos vecinos de El Carrizal

Al atardecer, llegan a una aldea michoacana llamada El Carrizal. Ya se ven cerca de la Hacienda, pero prefieren hacer noche. Los aldeanos, al ver al viejo narco, se ocultan atemorizados en sus casas. Sólo unos pocos, entre quienes están Simona y Agustín, osan salir a recibirlos. Hay miedo en las caras de los carrizalenses, que obsequian bebidas a los recién llegados, no vaya a ser que no hacerlo les genere un problema mayor. Don Max se alojará en casa de Agustín y Simona y no piensa pagarles por ello. Será un diezmo que les impone como tributo por el funeral de su hermano.

 

Hassael le hace un favor a don Max

Hassael teme que el cadáver de La Moronga termine de corromperse por no viajar en las condiciones adecuadas. Pide sal a Agustín, que se la trae de inmediato. Hassael acomoda alrededor del cadáver los kilos de sal que le traen y consigue, con la ayuda de montones de hielo, que la temperatura descienda y el cuerpo no empiece a descomponerse aún.

 

Don Max asesinó a su hermano

La Cañona cena con sus hijos, pero don Max obliga a los niños a dejarlos a solas. Ahora somos testigos de las intenciones de don Max: conquistar a La Cañona y sustituir a La Moronga en su cama. La Cañona se rebela contra su destino y señala a don Max como orquestrador de la muerte de su hombre. Lo acusa de haber informado a los federales sobre el paradero de La Moronga el día que le abatieron. Don Max niega todo. Poseer a La Cañona le va a costar más esfuerzo de lo que pensaba.

 

Don Benny quiere violar a Ramirito

Esa noche, Ramiro, hijo de Agustín y Simona, baja hasta el río para refrescarse. De repente aparece alguien entre la maleza y se abalanza sobre él. Es don Benny, que agarra al chamaco y empieza a desnudarle. Lo quiere violar. Pero el niño se retuerce y logra a huir. Don Benny va tras él. Logra alcanzarlo, pero están ya en las inmediaciones de la aldea… Algunos aldeanos se asoman al escuchar los gritos del chamaco. El propio Agustín es testigo de los sucios propósitos de don Benny y pretende darle su merecido. Don Max llega a tiempo para ver cómo Agustín apalea a don Benny. Interviene soltándole un golpazo a Agustín que casi lo hace perder el sentido. “Nadie toca ni a uno solo de mis hombres”, exclama mientras atiza al aldeano, cuyo único delito es haber querido defender a su hijo Ramiro.

Luego, con Hassael como testigo, don Max golpea también a don Benny, harto de su patológica perversión.

 

La Hacienda de la Condesa de Miravalle

Al día siguiente, el convoy alcanza por fin la Hacienda de la Condesa. Hassael descubre el lugar con los ojos inyectados de ilusión. Al cruzar la entrada, los narcos que habitan la Hacienda se arremolinan en torno a los vehículos. Entre todos sacan el ataúd de La Moronga y se lo van pasando de mano en mano, en medio de gritos de alabanza y gestos de honra a su líder muerto. La fiesta arranca con disparos, el alcohol empieza a correr. Hassael aprovecha el momento para escabullirse y echar un vistazo donde pueda, buscando aunque sea una pista que le lleve hasta el tesoro. Pero un narco le intercepta y le conduce hasta don Max, que quiere agradecerle por el traslado y por haber ayudado a conservar el cuerpo de su hermano.

 

El pago del favor

Don Max le invita a beber con él y le ofrece escoger el premio que desee. Hassael reflexiona un instante. Sólo le pide quedarse al entierro de mañana. Don Max no comprende por qué pide algo tan simple en lugar de mucho dinero. Hassael comete entonces la indiscreción de hablar más de la cuenta y el viejo narco comprende que Hassael busca el tesoro… A pesar de eso, le concede el deseo de quedarse.

 

Hassael, defensor de damas en apuros

Por la noche, Hassael sale de su habitación a seguir investigando. Se cuela en la cripta donde yacen los restos de los Miravalle. Localiza el sepulcro de la Condesa, abierto pero sin nada en su interior. En ese instante, oye unos gritos que vienen de fuera. Al salir, ve que los narcos de don Max traen a La Cañona, que pretendía escapar de La Hacienda con sus hijos. Don Max llega hasta la chica y se dispone a descargar el puño contra ella. Hassael sale de entre las sombras e interviene. La aparición de Hassael hace desistir al viejo de su golpe. Don Max se aleja, no sin dedicar antes una mirada de resentimiento a Hassael.

 

El tesoro ya tiene dueño

La mañana del entierro, Hassael busca cualquier detalle que le pueda conducir al tesoro, pero no ve nada relevante. La Moronga es al fin enterrado y La Cañona prefiere cobijarse y consolarse en el hombro de Hassael en vez que en el de don Max, que observa de reojo. Al terminar la ceremonia, don Max se despide de Hassael para siempre. Aparte del pago convenido por el servicio de taxi, don Max le devuelve su celular y le da tres monedas de oro. Hassael las mira con unos ojos que casi se salen de sus órbitas. Don Max le confirma que se trata de una ínfima parte del tesoro de la Condesa y que el medio millón restante de monedas está bajo su poder. Es su manera pérfida de decirle que nunca serán suyas…

Hassael sube al taxi e inicia el camino de regreso a Sonora. El brillo de las monedas sigue presente en su mirada. Saca el celular y llama a Tomás.

Poco después, los amigos de Hassael van de camino a El Carrizal, donde Hassael los ha citado. Ahora que sabe que el tesoro existe, no va a renunciar a él, téngalo quien lo tenga, incluso si quien lo tiene es el mismísimo Satanás.

 

Agitar a los mansos

Hassael pasa un par de días en El Carrizal, aguardando a sus amigos. Durante la espera, tiene una conversación con Agustín en la que le incita a rebelarse contra sus opresores narcos. A la manera en que Cortés se hizo rodear de las tribus oprimidas por los aztecas para derrotar a Moctezuma, Hassael, en el fondo, trata de convencer a Agustín de que él y sus convecinos se levanten contra el narco (y poder así regresar con sus amigos a la Hacienda a buscar el tesoro de la Condesa). Pero Agustín y Simona prefieren vivir la vida sin tener que enfrentarse a nadie. Tienen un hijo, ¿y qué hay más importante que darle una vida tranquila?

 

Hassael ve una fila de coches bajar desde la Hacienda

La primera noche que pasa en El Carrizal, Hassael ve bajar por la carretera una hilera de todoterrenos. Vienen de la Hacienda de la Condesa. Tardará en comprender el sentido de esta imagen…

 

Don Paco carga contra su hija ausente

Esa noche, en su casa de Hermosillo, don Paco pone el grito en el cielo: Mónica no está en la casa. Trata de hablar con ella por teléfono, pero la chica prefiere no descolgar. Don Paco resopla frustrado por no poder controlar a su hija.

 

El reencuentro de los amigos

Al día siguiente, Hassael ve que don Benny llega a la aldea. Al narco le sorprende que el taxista siga allí. Hassael disimula con la primera mentira que se le ocurre.

Poco después llegan sus amigos. En un minuto, Hassael les pone al tanto de la situación: hay un tesoro, y el tesoro lo tiene el narco, no sabe si entero o sólo en parte, tampoco dónde lo guarda, pero está seguro de que lo tiene. Se produce un breve debate entre los amigos. De inmediato se nota que a la mayoría le parece una locura eso de arrebatarle un tesoro a un narco.

 

Fabiola le pide olvidarse de todo y marcharse juntos

Un poco más tarde, Fabiola y Hassael hablan a solas. Ella le dice que ya no es pareja del Güero. Propone volver a Hermosillo y empezar a salir juntos. Hassael se debate interiormente: ama a la chica, siempre ha soñado con este momento, pero ahora no puede olvidarse del tesoro. Le gustaría volver, sin embargo, una fuerza interior le empuja en dirección contraria.

 

Ramiro desaparece

Poco después de que don Benny regrese a la Hacienda, Agustín y Simona descubren que Ramirito ha desaparecido. Empiezan a buscarle, y como no aparece, cunde la desesperación. Por fin encuentran una medallita suya a la orilla del río. La deducción es rápida y sencilla, pero por si hiciera falta un empujón, Hassael les recuerda que don Benny ha estado hoy aquí y que seguramente tiene que ver con la desaparición del chavito…

 

La conquista de la Hacienda

Los hombres del Carrizal se ponen en marcha. Avanzan hacia la Hacienda de forma inexorable, como un ejército, con el propósito fijo en sus mentes de encontrar al niño de Agustín y devolverlo a sus padres, cueste lo que cueste.

Es noche cerrada cuando los carrizalenses alcanzan la Hacienda y desarman a todo narco con quien se cruzan. Además, gracias a un soplo de La Cañona, Agustín y los demás encuentran a don Benny y a don Max ocultos en un armario.

 

La cara oculta de Hassael

Mientras los de El Carrizal golpean a don Benny para obligarle a confesar dónde tiene a Ramiro, Hassael y Tomás ven la oportunidad de adentrarse en la cripta de la Hacienda y buscar una pista que les lleve al tesoro. De pronto, Fabiola aparece en la cripta y exige a Hassael que confiese si tiene que ver con la desaparición de Ramiro. Él quería volver a la Hacienda por el tesoro, y la desaparición del niño le ha venido como anillo al dedo. Hassael le responde que no ha tenido nada que ver, sólo ha sido una casualidad. Fabiola parece creerle. La presencia de los muertos que habitan la cripta perturban a la chica más y más. Según ella, ahí dentro hay una mujer que coincide con la descripción de la Condensa de Miravalle. Esa mujer pide constantemente que le devuelvan algo que le pertenece.

 

Don Max comprende

En la plaza central de la Hacienda, mientras los vecinos de El Carrizal someten a los narcos a punta de pistola, Agustín oye por fin a don Benny admitir que sí es responsable de la desaparición de Ramiro, que lo agarró y se lo llevó al bosque, donde lo tiene escondido en un sitio… Entre todos lo agarran y lo conducen al bosque para que diga dónde está. Las miradas de don Max y Hassael se cruzan. Don Max, que culpaba a don Benny de traerles la desgracia por culpa de su pedofilia, deduce al ver allí a Hassael que su secuaz es inocente y que quien está detrás de todo este desmadre es el joven taxista.

Agustín y los otros que acompañan a don Benny por el bosque ven que en un momento determinado éste trata de escapar, sin éxito. Agustín se da cuenta de que la confesión era una estrategia para detener la golpiza. Don Benny, extenuado, pierde el sentido.

Entretanto, alguien corre por el otro lado del bosque hasta un refugio de pastores. Al abrirlo, descubrimos a Ramiro atado. Saliendo del refugio, el secuestrador se quita el paliacate que oculta su rostro. Se trata de Tomás, que regresa corriendo a la Hacienda.

 

La propuesta

En la Hacienda, Hassael se acerca a don Max y le hace una propuesta: si le dice dónde está el tesoro, todo terminará bien. Hassael admite que don Benny es inocente y que quien se ha llevado al niño ha sido él. Don Max podría decir a todos que quien tiene al niño es Hassael, pero éste le hace ver que si lo acusa tendría que explicar a todos también que tiene un tesoro, y eso supondría separarse de él. Don Max medita un instante y responde que no le importa ni lo más mínimo el destino de don Benny. Hassael tuerce el gesto; no será fácil convencer al viejo narco ni encontrar lo que busca.

 

La noche es larga

Hassael se reúne con sus amigos en la cocina de la casa y allí aconseja a La Cañona que huya de don Max ahora que puede. La Cañona explica que no podrá huir, entre otras cosas porque alguien que ha sido capaz de matar a su propio hermano por tenerla a ella haría lo que fuera por alcanzar su objetivo. Morgan le grita que está mintiendo, que su tío es inocente, demostrando que el afecto por el tío es al menos tan grande como el que siente por su madre.

De madrugada, Agustín sigue buscando a su hijo infructuosamente entre los muros de la Hacienda.

Con la paz instalada provisionalmente, Hassael recibe la visita de Fabiola. La chica se disculpa por haber pensado mal de él y se mete en su cama.

Al mismo tiempo, Luis, seducido por La Cañona, se cuela en su cuarto. De lejos, una rabiosa y cornuda Wanda observa la escena.

 

Morgan quiere proteger a don Max

Al amanecer, la situación es la misma. Don Benny espera su destino fatal, madreado en el centro de la plaza. En cuanto Agustín se acerca de nuevo a él, vuelven a lloverle golpes e insultos. Pero ahora don Max pretende impedirlo. Le dice a Agustín que don Benny es inocente, sin explicar cómo lo sabe. Agustín le tira un puñetazo para que se calle. Morgan es testigo del golpe que recibe don Max. Eso lo activa: ha decido poner punto final a su cautiverio. A su vez, un grupo de voluntarios se organiza para peinar el bosque en busca de Ramiro.

 

El tesoro

En uno de los claustros de la Hacienda, Hassael se reúne con Tomás, que duda si seguir adelante. El precio del tesoro está saliéndoles muy alto.

Hassael recuerda entonces la fila de coches que vio bajar por la carretera de El Carrizal hace un par de noches. No se ven vehículos de gran cilindrada en toda la Hacienda, cosa rara si se tiene en cuenta que está llena de delincuentes y que tal vez en algún momento podría surgirles la necesidad de salir corriendo. Esa teoría les empuja a buscar un sitio donde se ven entrar profundos surcos de coches: las caballerizas de la hacienda. Allí encuentran varios todoterrenos en cuyo interior está el tesoro de la Condesa. Alguien estaba cargándolos, operación que debió ser dejada a medio terminar.

Cuando Hassael y Tomás muestran el descubrimiento a sus amigos, el debate sobre si robar a un narco es moral o no se termina. Acuerdan cargar los vehículos aparcados con el resto del tesoro y manejar uno cada uno de ellos para sacarlo de allí.

 

Morgan dispara

Todo se precipita por culpa de Morgan. El niño ha ido a por la pistola de La Moronga, que guardaba para sí, y regresa a la plaza con intención de vengar a don Max. Empuñando el arma, dispara a un aldeano, hiriéndolo. Otro viene a intentar desarmarle, pero el niño es más rápido y le dispara también. Luego ve a Agustín, que trata de escapar, y el chamaco corre tras él.

Hassael y sus amigos oyen los disparos. Salen de las caballerizas y ven la escena: Morgan está siendo rodeado por los hombres de El Carrizal. Se oculta en la cripta. El escondite es demasiado oscuro y peligroso como para ir tras el niño armado, así que los hombres deciden no hacerlo. Agustín ordena sellar la entrada. La Cañona chilla desesperada por que dejen salir a Morgan. Hassael observa el sufrimiento de La Cañona, apesadumbrado por los remordimientos.

 

La brújula moral de Hassael

Hassael conduce rumbo a El Carrizal. Lleva a un herido del tiroteo y a dos muertos para que sus viudas se hagan cargo de ellos.

Su propósito es pasar de vuelta por el refugio de pastores donde está Ramiro y llevarle comida.

 

La muerte

Mientras don Benny es golpeado de nuevo por Agustín para que hable, Hassael llega solo al refugio con comida. Pero antes de que sus ojos se acostumbren a la oscuridad, Ramiro le golpea por detrás y escapa. Hassael, aturdido, tarda unos segundos en comprender que si el niño llega a contar a alguien lo sucedido, será el fin de la aventura, y quizá algo peor. Hassael sale al exterior, pero no hay ni rastro de Ramiro.

A esa misma hora, don Benny muere como consecuencia de la paliza.

Ajeno a lo que sucede en la Hacienda, Hassael ve a los voluntarios que buscan al chico por un lado de la montaña; por el otro lado va Ramirito. Si se encuentran, será el fin. No puede permitirlo. Arranca el coche y va tras Ramiro. El niño lo ve venir e intenta escapar. Hassael alcanza al muchacho. Lo atropella. El chavo sale volando hasta una altura considerable y se estrella contra el suelo. Hassael corre hasta él. Está muerto. Los voluntarios no han visto nada, pero Hassael no sabe qué hacer. Trata de cavar un agujero en el suelo. Hay que enterrarlo.

 

Don Paco, administrador de fideicomisos

En Hermosillo, don Paco se reúne con uno de sus hombres en el exterior de una bodega. Según le dice éste, anoche llegó un convoy de coches a altas horas de la madrugada con un cargamento que ha depositado en un trastero de la bodega. Al abrir el trastero, don Paco comprueba que el cargamento está allí, acumulado junto a otras partidas que han ido llegando en las últimas semanas. Don Paco hace salir a su subordinado y empieza a contar monedas.

 

Hassael quiere claudicar

Hassael regresa a la Hacienda. En cuanto le ve, Tomás intuye que algo marcha mal. Hassael le enseña el cadáver de Ramiro en la cajuela del coche. Tomás muda el gesto, contrariado. “¿Qué quieres? ¿Que nos maten?” Hassael pensaba enterrar al niño y seguir adelante, pero ha cambiado de opinión. No puede seguir. Ahora lo que quiere es entregar el niño muerto a sus padres y asumir las consecuencias de sus acciones. Tomás no está de acuerdo. Es tarde para eso. Toda la vida deseando encontrar un tesoro y ahora que lo tienen, ¿van a renunciar? Los argumentos de Tomás no convencen a Hassael, no hasta que su amigo menciona Fabiola. ¿También está dispuesto a renunciar a Fabiola? ¿Qué cree que dirá ella cuando se entere de la verdad? Hassael no quiere perder a Fabiola y decide callar.

 

El cadáver de Ramiro

Tomás y Hassael se suben al coche e inician un periplo por la Hacienda hasta las caballerizas. Desde la ventanilla, Hassael cruza la mirada con don Max y luego la baja, como para evitar que le lea el pensamiento. Al pasar junto a la cripta, sus amigos los ven y corren hacia el coche. Tomás acelera, sorteándoles. Luis, Wanda y los demás no comprenden. Van tras ellos.

Ya en las caballerizas, Tomás y Hassael cierran el portón y ocultan el cadáver de Ramiro en la misma trampilla del tesoro. Unos golpes en el portón aceleran su ritmo cardíaco. Se trata de sus amigos. Vienen a preguntarles qué sucede y a meterles prisa para salir de allí cuanto antes.

Fabiola se opone. No pueden irse sin antes ayudar a La Cañona a recuperar a su hijo Morgan, que sigue en la cripta. Parece que la Condesa no se va a contentar con que le arrebaten lo suyo sin quedarse con algo a cambio, y a Fabiola no le parece bien que el precio sea Morgan. Tomás intenta hacerle ver que eso no es asunto suyo, pero el propio Hassael siente que debe ayudar a ese niño y apoya a Fabiola.

 

No habrá vida mientras don Max siga vivo

Hassael va a la plaza a negociar con Agustín la liberación de Morgan. Antes de llegar, se produce un nuevo encuentro y una nueva conversación con don Max. El viejo narco deduce que ya tienen el tesoro puesto que a él no le han torturado para sacarle información, como hicieron con el malogrado don Benny. Don Max amenaza con matar a Fabiola en cuanto lo suelten, luego matará también a Hassael. Enfurecido, Hassael acude a Agustín. Sugiere que maten a don Max. Nunca dejará de perseguirles, han matado a uno de sus hombres; la única forma de salvarse es matarle a él también. El deseo de Hassael choca con la indecisión de Agustín. Ese hombre no les ha hecho nada, ha sido el niño… Pero Hassael acaba por convencer a todos de la conveniencia de no dejar que don Max salga de allí con vida. Además, Hassael se llevará al niño de La Cañona. Dice que lo entregará a las familias de los hombres que ha matado, que ellas sabrán qué hacer con él. Agustín empieza a ver claro que lo que dice Hassael sobre don Max es cierto y decide preparar su muerte, lenta y agónica, al tiempo que acepta liberar al chamaco de La Cañona. Don Max observa con su mirada afilada desde la esquina donde permanece atado.

 

El rescate de Morgan

Hassael, Fabiola, Wanda y Mónica acompañan a La Cañona al interior de la cripta en busca de Morgan. Es peligroso, ya que el chavo va armado y no saben cómo va a reaccionar. Cuando por fin le encuentran, el niño no está dispuesto a salir ni a entregar su arma. Apunta a todos indiscriminadamente. Fabiola, venciendo su miedo a estar en ese lugar, se acerca para intentar convencerle. Morgan reconoce estar aterrado. Fabiola le aconseja salir de la cripta, allí dentro hay presencias malignas más peligrosas que lo que pueda estar esperándole afuera.

Además, le enseña un sortilegio tolteca para pedir ayuda a la Madre Tierra cuando sienta el peligro: tla xihuiqui… nonan tlaltecuintli… Morgan acepta salir. Por fin, se deja abrazar por su madre y su hermana. Hassael respira aliviado.

Todos acuden al encuentro de Tomás, que ya ha terminado de cargar el tesoro en los todoterrenos de las caballerizas con la idea de marcharse cuanto antes.

 

Huida a ninguna parte

Mientras los vecinos de El Carrizal abren el sepulcro de La Moronga para enterrar vivo a don Max, Hassael, Tomás, Fabiola y los demás suben a los todoterrenos y manejan hacia la salida de la Hacienda. Cuando más cerca están de atravesarla, surge de entre las sombras uno de los narcos de don Max, Velasco, que les apunta con una pistola y les obliga a bajarse de los vehículos. Se produce un breve tiroteo. Los vecinos de El Carrizal escuchan los disparos, abandonan el sepulcro y van a la salida. Curiosean los todoterrenos, tratando de entender el por qué de la prisa subrepticia de Hassael y sus amigos. Su sorpresa es grande al ver el tesoro dentro de los vehículos.

Cuando Agustín se entera de lo que los chicos pretendían hacer, su cerebro hace click. Ahora comprende por fin la manipulación a la que le ha sometido Hassael desde el principio. Primero intentó levantarlo contra el narco, y como no lo consiguió, su hijo Ramiro desapareció. Agustín empieza a sospechar que no fue don Benny quien se lo llevó, sino el propio Hassael, cuyo propósito era utilizarlo para quitar de en medio a los narcos. Pero Hassael le miente. Jura y perjura que él no se lo llevó. Les acompañó a la Hacienda a buscar al chamaco y luego surgió la idea de buscar el tesoro. Agustín y sus vecinos dudan de su versión, pero finalmente la dan por buena. Les permiten irse de la Hacienda… pero sin los todoterrenos cargados.

 

Las voces del tesoro

Esa misma noche, Hassael y Tomás vuelven a acercarse a los coches. No van a renunciar al tesoro ahora que lo han tenido tan cerca. Pero deberán encontrar la manera de hacerlo. Todos van a dormir. Wanda se siente humillada una vez más; Luis prefiere acostarse al lado de La Cañona. Hace unos días, Luis hablaba de casarse con Wanda si tuviera parte de un tesoro. Ahora parece haberlo olvidado. Wanda sufre el recuerdo.

 

Un nuevo cargamento que no llega

De madrugada, don Paco recibe una llamada telefónica en su casa de Hermosillo. Esperaban un nuevo desfile de coches cargados con el tesoro, pero esta vez no han llegado.

 

Fabiola sueña con Ramiro

Antes de que amanezca, mientras los otros duermen, Wanda le dice a Mónica que tal vez Hassael y Tomás sí estén detrás del rapto de Ramirito. Los gritos de Fabiola interrumpen sus cavilaciones. Fabiola está en medio de una pesadilla de la que despierta asegurando que ha visto a Ramiro. Dice que está allí mismo, en la Hacienda, con ellos, perdido, sin saber a dónde ir. Hassael y Tomás se miran, pero no dicen nada.

 

Wanda descubre el cadáver del niño

A la mañana siguiente, los vecinos de Agustín ponen a don Benny en la tumba de La Moronga; pretenden traer a don Max para meterlo también en el sepulcro y sellarlo. Entretanto, Wanda sigue dando vueltas a sus cavilaciones. Llega hasta las caballerizas. Penetra en su interior. Abre la trampilla. Allí, en el fondo, está el cadáver del niño Ramiro.

 

El final no es el final

Wanda informa a Agustín de su hallazgo y Agustín se reencuentra con su hijo. Cuando Hassael ve al padre cargando al hijo muerto, se deshace en llanto y, compadecido, a pesar de los intentos de Tomás por impedirlo, confiesa que lo hizo él. Luis no comprende por qué Wanda pondría en peligro a sus amigos, incluido él, de esa manera. Wanda dice que ese tesoro es lo peor que le ha pasado. Cuánto más cerca estaban de él, más lejos se sentía ella de Luis, hasta el punto de perderlo. Su controversia termina cuando ven que Agustín se dispone a disparar a Hassael.

Sin embargo, en ese instante aparece don Max, libre y acompañado por don Paco, que acaba de llegar a la Hacienda. Don Paco, que es abogado de don Max, decidió ir a la Hacienda cuando supo de la tardanza del cargamento con el tesoro. Don Max quiere matar él mismo a Hassael. Agustín baja el arma, perplejo. Don Paco empieza a negociar con los de El Carrizal. Tienen un tesoro, pero no sabrán qué hacer con él. Él, en cambio, tiene un cliente interesado que convertirá las monedas antiguas en dinero contante y sonante. Lo hará a cambio de que liberen a don Paco, por supuesto. Agustín duda. Él no quiere negociar nada. Él sólo quiere justicia. Pero ahora son sus vecinos los que, viendo la posibilidad de salir ganando si actúan como dice el abogado, arrebatan la pistola de la mano de Agustín y cierran el trato. Ahora no importa el dolor de su amigo, lo que más importa es su propio futuro. La pistola llega a manos de don Max, pero en vez de disparar sobre Hassael, al primero que abate es al propio Agustín, que cae mortalmente herido junto al cuerpo de su hijo. Es el precio por haber matado a don Benny, entre otras cosas.

El siguiente es Hassael, quien echa a correr. Se produce un instante de confusión. Fabiola, Morgan, La Cañona y Alegra van detrás de don Max y Hassael, cada uno por un motivo distinto. Velasco a su vez desarma a uno de los aldeanos y va a por Tomás, Luis, Wanda… y Mónica. Al ver allí a su hija, don Paco palidece. Los chicos huyen de Velasco, que trata de alcanzarles. Mónica se oculta, pero Velasco acaba por encontrarla. Va a disparar. Don Paco llega armado con una pistola y mata a Velasco, salvando así a su hija.

En la otra punta de la Hacienda, don Max agarra a Fabiola y apunta a su cabeza con la pistola para obligar a Hassael a salir de donde esté. Hassael, al ver a Fabiola en peligro, sale de su escondite. Don Max aparta a Fabiola y dispara a Hassael a quemarropa, hiriéndole. Después se vuelve hacia La Cañona con intención de disparar también, puesto que sabe que se ha acostado con Luis.

En ese momento, Morgan, aterrado, se acuerda del sortilegio de Fabiola y lo musita entre dientes: Tla xihuiqui… nonan tlaltecuintli… De pronto aparece la yegua cuyo potrillo asesinó don Max hace cinco días y lo embiste. Don Max sale despedido por el golpe. Morgan mira estupefacto. La yegua se yergue sobre sus patas traseras y descarga todo su peso sobre don Max. El narco muere aplastado por la furia del animal.

Hassael muere en brazos de Fabiola, bajo la esfinge de la Condesa de Miravalle, que parece observarlo todo con satisfacción.

 

Epílogo

Semanas después, don Chava, padre de Hassael, recibe un sobre que alguien le ha hecho llegar de forma anónima. El sobre contiene una llave y una dirección, la de la bodega donde se encuentra el tesoro. Cuando ve las monedas doradas que hay en la bodega, don Chava se resarce un tanto, mínimamente, de la pérdida de su hijo.

Fabiola regresa a la Hacienda. Hay que darle paz al espíritu de Hassael, que deambula por el lugar.

 

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