Testimonio de Bertín Youmssi

Ilustración por ‘Sin fronteras Colectivo’ de la serie: Personajes

 

Ésta es la historia de Bertín Youmssi, que hace dos años y medio atravesó el estrecho de Gibraltar a nado para llegar a España. Que en junio aprobó con notas brillantes el acceso a la universidad; que en septiembre comenzará a estudiar Derecho en la UNED y que esta semana contó su testimonio a dos docenas de alumnos de los cursos de verano.

Bertín salió de casa por la noche, sin despedirse de nadie. No quería ver llorar a su madre. Tampoco iba a soportar una nochevieja más sin poder dar nada de comer a su hermana y a su hermano. Su país, Camerún no le ofrecía ninguna posibilidad de prosperar.
En Camerún no hay medicinas. Si te pica un mosquito y coges el paludismo o unas fiebres tifoideas, te mueres. En las farmacias y en la calle te venden pastillas falsas. Tampoco hay posibilidad de estudiar. Muchos niños ni han ido ni irán jamás a la escuela. Y de la universidad para qué hablar, la pública cuesta unos 100 euros al mes. Ni con dos salarios íntegros consigue una familia convencional pagársela”.
Su viaje duró dos años. Anduvo con compañeros de todo tipo: unos ya habían saltado a Europa; otros nunca habían visto la luz eléctrica; los primeros les describían a los segundo los códigos de color de los semáforos.
«El camino se hace de noche, para que no te pille la policía y te obligue a volver. El objetivo: la frontera de Marruecos. Está en lo alto de una montaña. Llegas arriba, después de noches y noches de andar y de días durmiendo escondido. Abajo, en el valle, hay un tapiz de luz. Es Ceuta. Es Europa. Es el paraíso”. 

Pero entre el paraíso y la realidad hay una valla triple y electrificada. ¿Qué no se pueden poner puertas al hambre? Si. De aquí no se puede pasar. Sin papeles y sin dinero hay que andarse alerta para que no se vaya todo al garete. El momento mágico se puede repetir tantas noches como uno decida subir al monte y ver las luces desde la frontera. 
Al año de estar en Marruecos encontré a un amigo que volvía de Francia. Llevaba un móvil. Le pedí que se acercara a mi pueblo, que buscara a mi madre. Yo llamaría a su número unas semanas después, a una hora concertada. Él lo hizo por mi. Así supo mi madre que estaba vivo”.

Bertín tardo dos años y medio en juntar los 1.300 euros que le pedían por pasar la frontera. Trabajó en lo que pudo. Ahorró cada céntimo. Y conoció a unos hombres que se ofrecían para cruzar a nado el Estrecho. Los porteadores se visten con trajes de neopreno. El ilegal se sujeta a su espalda. Como un gran galápago con una carga al hombro, se echan a la mar.

Un amigo y yo nos decidimos a dar el salto. Esperamos varios días hasta que el mar estaba en calma. Era de noche, el agua estaba fría, todo era negro alrededor. Las olas inundan la boca, la nariz. Los ojos pican del salitre. Y, sí, tienes mucho miedo. Miedo a morir ahogado. Porque muchos como nosotros morimos así”.

A la fuerza de la mar hay que sumar la pericia de los vigilantes de costa. La policía patrulla el Estrecho y evita que los sin papeles entren. Un riego que se diluye cuando la alternativa es perecer ahogado. Convertirse en una cifra, en un cuerpo que se encontrará hinchado y varado en cualquier playa o que jamás se encontrará.
Desfallecía. Estaba a punto de perder el sentido. Vimos a la Policía española. Quería gritar, pero no debía. No podía poner en riesgo el paso de mi compañero. Ni descubrir a los que nos estaban llevando. Si lo haces y, por cualquier cosa has de volver a Marruecos, no lo habrán olvidado. Tendrás problemas. Pero la Policía nos pilló. En realidad, nos salvó”.
Pasó tres meses en un centro de acogida en Ceuta. Hubo un juicio contra los porteadores. Tuvo que declarar. Pidió asilo político. Se lo denegaron. Contó su historia a quien le escuchó y escuchó las historias de sus compañeros. Cada vez que en el centro alguien preguntaba a alguien dónde querían ir, sonaba un único coro de voces: “¡pe-nin-su-la!”.

A la hora de marchar me preguntaron hacia dónde quería ir. Pensé que en Navarra, que está tan al norte, se hablaría francés y allí me mandaron. Me dieron un billete y un papel en que ponía que tenía permiso de residencia durante 6 meses y me comprometía a volver a Camerún después. Cuando salí del autobús no sabía qué hacer. Me quedé el último para ver qué dirección tomaban los demás. Estaba aturdido. Todo lo que me rodeaba era nuevo. Me sentía perdido y tremendamente solo”.

Europa, la península, el paraíso, no resultó tan idílico como pensaba. Encontró compañeros de aventura que le ayudaron en sus primeros tiempos. Se fue de albergue en albergue y de casa de amigos en casa de amigos. Nadie hablaba francés en Navarra. Ni en Tafalla, ni en otros lugares que visitó. Y todos los que le recibieron le explicaron que la vida allí era muy dura.

Salimos del pueblo pensando que en Europa le dan a uno dinero cuando lo necesita, 100, 200 euros, sin esfuerzo, porque si. Que aquí todos son ricos. Que las mujeres se enamorarán de ti. Que esto es una fiesta permanente para disfrutar con los amigos. Ningún africano deja a otro tirado. Nos ayudamos en lo que podemos, que casi nunca es mucho. Pero en Navarra todos estaban decepcionados del norte. Hablaban de Madrid como el sitio de las verdaderas oportunidades”.
Entre las razones que le llevaron a Madrid, una de las más poderosas fue la existencia de albergues donde dejan estar durante 6 meses seguidos. En ese tiempo le da tiempo a uno a planificar su vida, a estabilizarse en un trabajo, a formar un grupo de amigos.
No me pongo metas. La vida te va llevando hacia lo mejor o hacia lo peor. He visto hombres fuertes e inteligentes perder la cabeza por no poder adaptarse a esta nueva sociedad. Yo tuve la suerte de superar el shock. No soy muy amigo de pensar a largo plazo. Estoy acostumbrado a improvisar y tomar la mejor de las opciones que se me presentan. Y en los dos años que llevo en Madrid he conseguido lo mejor de muchas cosas. Mucha gente me cuida. Estoy obligado a hacer lo mismo”.

Experto en música africana, tiene un grupo de amigos con los que va a conciertos y que le han permitido integrarse. Gracias a gente como ellos empezó a estudiar. De fuertes convicciones religiosas, cristiano y buena gente, dedica parte de su tiempo a ayudar a personas que, como él han llegado a Europa sin papeles. Y se siente satisfecho por ello. 
Puedo enviar cada mes 50 euros a mi madre. Se ha comprado un móvil y hablo con ella cuando quiero. Sé que mis hermanos puede comer a diario. Allí esta es una situación privilegiada. Mis vecinos creen que soy afortunado. Por eso, si ellos quieren venir yo podría decirles que esto es muy duro, pero no me creerían. Si vienen, he de ayudarles”. 
Han pasado 5 años desde que salió de Camerún. El viaje de Bertín aún no ha terminado. Aprobó con notas brillantes su acceso a la universidad para mayores de 25 años. Sus puntos fuertes son el francés, como idioma extranjero, las matemáticas y el derecho. La lengua es su “coco”, pero la va llevando cada vez mejor. El curso que viene empezará Derecho.

Los que estudian en Europa y vuelven a Camerún obtienen buenos puestos de trabajo en la Administración. Pueden hacer mucho por nuestro país. Yo voy a intentarlo”.

Cada paso de su camino, parece acercarle al éxito. Pero al pensar en el regreso, una sombra de miedo empaña su mirada: “la esperanza de vida en mi país es de 35 años. Yo tengo 32. A la vuelto, ¿cuántos de mis amigos habrán muerto?”.

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