Un recorrido fotográfico por el armamento de Los Caballeros Templarios 

Por Kaizar Cantú

 

La aparición repentina de un arma dentro del filme aumenta la tensión en su drama. La figura inconfundible del cañón, con su textura y peso que todos alguna vez imaginamos contra la piel de los dedos, usurpa la armonía de las imágenes que le preceden, desequilibra las fuerzas que se mezclan y forman el flujo del relato. Pensemos en una fábula de granja, donde la calidez e inocencia orgánica de los campos, con sus casas de madera y ladrillo, sus pastos, sus soles y sus criaturas, son mutiladas por un instante cuando asoma el metal largo de una escopeta en manos del granjero. El pulso de esa existencia cambia, y los ojos del espectador palpan temor, angustia, repudio entre las imágenes ante la presencia de lo extraño.

Por supuesto, esto sucede sólo si el arma existe como un artefacto ajeno al cuadro. Cuando ésta forma parte esencial de las imágenes que constituyen esa realidad, se vuelve tan orgánica como un cerdo en el ejemplo de los campos. Puede convertirse incluso en un objeto ornamental, algo parecido a los sombreros y la joyería utilizados en las sesiones de modelaje, o adquirir un encanto propio de su contorno, sus colores, su brillo. Hasta la muerte es bella si se le acepta como una figura natural, cercana.

¿Qué resulta de una estética en la que el arma es pieza central? Hay que recordar a los westerns, las películas de crimen, los filmes de guerra. En sus tramas, el arma es necesaria porque éstas requieren de la muerte. Sin ella no hay historia que se desenvuelva, no hay relato, no hay excusa que sostenga los acontecimientos que construyen esa realidad, es decir, no hay existencia, no hay mundo.

¿Y qué decir de un mundo enraizado en las armas? 

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