Por Carmen Libertad Vera

La paseante multitud en la que aquel pícaro se confundía era la de cualquier típico domingo familiar, justo a la hora de la comida. Por lo que desde la transitada banqueta, cualquiera podía observar que la rosticería del rumbo estaba llena hasta el tope.

A la entrada de ese local, un hombre ciego, protegido del fogoso sol bajo una endeble sombrilla playera, secaba su sudor con una mano mientras, con la otra, detenía un micrófono conectado a la sonoridad de un amplificador portátil. Él, con el ensayado entusiasmo de un locutor radiofónico anunciando música grupera, por enésima vez recitaba al aire las ofertas del día.

— ¡Aproveche nuestra promoción de pollo y medio por 100 pesos! ¡Sí, escuchó usted bien: poooollo y meeeedio por tan sólo 100 pesitos! Doraditos y jugosos. ¡Acompañados de su dotación de tortillas, salsa y sopa de arroz! También tenemos taquitos de pollo al pastor y taquitos dorados, órdenes de alitas y pescuecitos rostizados. ¡Pase, pase!

El pícaro aquel se animó a entrar. Dentro del local la fuerte resolana de las tres de la tarde pegaba de lleno, intensificada por el vehemente calor emanado del trompo donde rebanaban lascas para los tacos al pastor y del voluminoso rosticero donde ensartadas hileras de pollos, desplumados y despescuezados, giraban y giraban dorándose lento en su amarillenta grasa.

El ambiente era sofocante. Todo ahí se veía amontonado. Pollos sobre charolas. Pirámides de taquitos y vasitos con sopa de arroz puestos tras el cristal del aparador. Apilados paquetes de tortillas. Desguanzadas bolsitas de salsa. Muchos clientes entrando y saliendo en forma continua. Sin faltar el preguntar constante acerca de la mercancía exhibida, o por el contenido exacto de cada paquete anunciado en los muros mediante chillantes lonas impresas.

“¿A cómo la bolsa grande de papitas?”, “¿De cuáles refrescos tienes?”, “Deberían vender pollos estilo Sinaloa”, “¡Mamá, yo quiero alitas y sopa de arroz!”, “Me das el paquete tres”, “¡Niño, qué te esperes, no ves que estoy ocupada!” “Va a ser para llevar”.

Detrás del laminado mostrador, dos empleados con charpeado delantal despachaban como autómatas cada pedido, formulando frases de rigor.

“¿Es para aquí o para llevar?”, “No tenemos”, “Si hay”, “Lo quiere entero o partido”, “Por diez pesos más puede agregar unas papas”.

Tres o cuatro meseras atendían las mesas sin mantel colocadas justo al fondo del establecimiento. En platos de plástico con transparente cubierta acarreaban las órdenes solicitadas por los distintos comensales. Acercaban refrescos. Estaban muy al pendiente de rellenar salseras y recoger magras propinas. Atentas a escuchar las frecuentes peticiones.

“Me trais más tortillas”, “¿De cuáles refrescos tienes?”, “Nos traes un limón y servilletas”, “Nos das la cuenta”.

Quizá aquel pícaro no pudo advertir que la clientela expresaba sin límites su arraigado y notorio origen popular. Que toda ella era un compendio inequívoco de la tosca estética proletaria. Antítesis de la relamida pompa clasemediera y el espléndido boato burgués. Pieles morenas y cabelleras exentas de un cuidado fashion. Vestimentas deslucidas, carentes de marcas famosas y adquiridas en tianguis barateros o en remates de tiendas de última categoría. Zapatos guerreros, curtidos sobre calles sin asfalto en colonias incomunicadamente periféricas.

Predominaba la unidad gregaria de las familias y el arrumaco semanal de las parejas. Para ellos, la rosticería era la forma más asequible de comer fuera de casa sin desbalancear el presupuesto semanal. Lujo extraordinario dentro de sus limitantes. Alternativa humilde y decorosa para alimentar a toda una familia, o quedar bien con la novia, permutando así el rutinario menú doméstico de sopita de fideos, quesadillas o torta de huevo, con la sensación de comer en un lugar público; aunque éste no fuera sucursal de alguna célebre cadena transnacional de comida fast food, como esas con promociones televisivas para “cajitas felices” o “recetas secretas”.

En medio de aquella marabunta dominical, quizá creyendo pasar inadvertido en su abandonada presencia casi vagabunda, en algún momento el pícaro aquel formuló un pedido frente al mostrador de la rosticería. Luego, en sus manos recibió una bolsa conteniendo varios pescuecitos rostizados. Alcanzó a expresar una satisfecha sonrisa al tener asidas aquellas escuetas vértebras de pollo que mostraban a la vista unas magras adherencias cárnicas.

Pero, el gusto le duró muy poco. A tan sólo dos pasos de la salida, alguien lo detuvo. Reclamándole que no había pagado. Y dado que en esa rosticería no entregan ningún comprobante de pago, pasándose al SAT por el Arco del Triunfo, no hubo forma con la que el pícaro pudiera comprobar que sí había pagado por esa mercancía.

— ¡Ya pagué! —argumentó el pícaro ya de nuevo frente al mostrador.

— ¿A quién le pagaste?

— ¡A él! ¡O a ti! ¡No me acuerdo!

— ¿Te pagó a ti? —preguntó el empleado que llevaba la batuta a su ayudante.

— ¡A mí no me pagó!

Escuchar eso y despojar al pícaro de la comida que llevaba en la mano fue algo simultáneo.

Ninguno de los clientes ahí presentes se había percatado de nada. Ni cuando ordenó, ni cuando pagó o dejó de pagar lo ordenado. El pícaro efectivamente había pasado inadvertido en todos sus actos previos.

Él, para los demás, sólo se hizo visible después, cuando ya reprimido en su intención de salir de la rosticería llevando aquella comida en sus manos, permaneció breves minutos en una actitud vencida y dirigiendo miradas de un silente rencor hacia los empleados.

Finalmente, dio una media vuelta y se retiró de ahí, regresando a integrarse confundido entre el apretujado gentío que paseaba dominguero por las aceras.

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