Un recorrido artístico e ideológico por la educación de México

Por Carmen Libertad Vera

A José de Jesús Cornejo Santoyo

I

Afuera, el día era invernal pero soleado. Adentro, los visitantes recorrían las tres salas del Instituto Cultural Cabañas donde, bajo auspicios de la Secretaría de Educación Pública (SEP) y la Comisión Nacional de los Libros de Textos Gratuitos (Conaliteg), se exhibiera una magna exposición itinerante: “Pintando la Educación”.

Con un escrutinio cercano a la contemplación, en caminar parsimonioso sobre pisos recubiertos con duela de madera, iban observando todas y cada una de las obras distribuidas sobre los espléndidos muros centenarios.

             Desde antes de iniciar el recorrido, sabían que iban a estar frente a imágenes muy significativas para varias generaciones de mexicanos instruidas por eso que, en nuestro país, se denomina educación formal. Reafirmarían esa misma idea al ver esos originales que han tenido millones de reproducciones.

             Imágenes con las que durante decenios se intentara moldear el gusto estético nacional, en el plano de la educación informal, conjuntamente con infinidad de patrones culturales imperceptiblemente condicionantes y que iban de Linati a Posadas, pasando por los impresos de Loreto y Ancira, Vanegas y Arroyo, grabados decimonónicos o postales de época, hasta llegar a las estampas coleccionables en las antiguas cajitas de cerillos Clásicos de La Central, el Cancionero Picot, los caricaturistas post-revolucionarios, las cromadas litografías de calendarios que anualmente regalaban algunos comerciantes, los nuevos íconos publicitarios e infinidad de etcéteras.

En el primer caso, el intento educativo nunca se logró con suficiencia, a pesar de la evidente calidad e importancia de las obras ahí expuestas. Tal falla quizás explique la evidente y dominante propensión hacia lo chirle y lo kitsch de no pocas preferencias estéticas en buena parte de la población.

Esa situación no debe identificarse mecanicistamente con lo popular, lo folclórico o como tendencia exclusiva de sectores sociales no muy favorecidos económicamente. Baste ver las afectadas estramancias que ahora definen la forma de vida de algunos pudientes para, de inmediato, descartar cualquier noción de “mal gusto” como signo distintivo de un estrato en particular.

            El escaso interés en el arte, especialmente por ciertas expresiones plásticas, es sólo uno más de los incontables reflejos que emite la intrincada y compleja ineficiencia del sistema educativo mexicano, el cual, en el ejercicio docente de nuestro país, destaca una casi total ausencia pedagógica de eso que teórica y programáticamente la SEP denomina “educación artística”.

            El desinterés, si bien sería medianamente entendible en el caso de los educandos, resulta inconcebible en el caso de no pocos profesores de educación básica quienes, omisos y entronizados en la seguridad de rancios privilegios vitalicios que les concede su tradicional y desfasado perfil profesional, bastante compatible con el analfabetismo funcional y la desinformación, lejos de intentar conocer y valorar las distintas expresiones artísticas, se muestran renuentes a compenetrarse en el tema y, por lo tanto, se advierten desautorizados para fomentar su conocimiento y apreciación.

            De tal forma, en el caso específico de los libros de texto gratuito, por lo general los maestros estuvieron más preocupados porque al inicio de cada año lectivo, so pena de ser considerados poco menos que cuachalotes, cuando no disfuncionales, desde el primer día de clases los alumnos tuvieran como prioridad académica “llevar bien forrados” sus libros de texto gratuito antes de tener siquiera una información mínima acerca de las distintas obras que artísticamente ilustraban las portadas.

            Siendo justos, tampoco se conoce todavía a algún titular de la SEP que haya decretado el uso exclusivo del polietileno trasparente como forro obligatorio y único para los libros de texto gratuito, lo que permitiría la visualización de sus portadas. Aunque los ecologistas respinguen furibundos.

            Así, la opaca rusticidad del cartoncillo, las satinadas superficies de flexibles cartulinas, el chillante papel lustre, la cursi decoración de papeles para regalo, el reciclaje de periódicos o la rara pero posible eventualidad de un extravagante collage hecho con recortadas imágenes freakys o creepys extraídas de revistas tipo Mad o Alarma han sido algunos materiales destinados a cubrir íntegras las distintas reproducciones que desde 1959, e impresas en rigurosa selección de color, han venido ilustrando gráficamente las pastas de las ediciones escolares gratuitas. Libros de texto que constituyen el acervo bibliográfico primordial, no pocas veces único, de la gran familia mexicana. Esa magnífica y sublimada entelequia nacional, todavía entendida por políticos y mass media como la recipiendaria ideal de todo aquello que fueran los logros postrevolucionarios.

 

II

La creación de la Conaliteg fue decretada el 12 de febrero de 1959 por el entonces presidente Adolfo López Mateos. Surgió fundamentada en cinco considerandos al Artículo 3ero. Constitucional, argumentos que, entre otros diversos aspectos, corresponsablemente señalaron lo siguiente:

            “Que al recibir gratuitamente los educados sus textos, y estos no como una gracia, sino por mandato de la ley, se acentuará en ellos el sentimiento de sus deberes hacia la patria que  algún día serán ciudadanos”.

            Presidencialmente se reconocía así, que si bien el magnánimo cielo otorgaba a la Patria un soldado en cada uno de sus hijos, estos nacían iletrados y, por lo tanto, correspondía al Estado garantizar una instrucción mínima conforme a lo señalado en el tercero constitucional vigente; en plena concordancia con las exigencias que el modelo capitalista imponía.

            Al mando de la SEP por segunda vez se encontraba Jaime Torres Bodet, burócrata con pretensiones de poeta y quien, en más de una ocasión, Salvador Novo hiciera blanco directo del certero dardo de su feroz mordacidad. Por su parte, la tarea editorial correspondió al escritor Martín Luis Guzmán, ex revolucionario villista, diplomático y autor de El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, obras cardinales en la literatura nacional.

            Resulta conocido el hecho, no tan anecdótico, de que Adolfo López Mateos y Martín Luis Guzmán fueron socios inversionistas de Ediapsa, empresa creada por Rafael Giménez [sic] Siles, editor que publicara, vía Editorial Nuestro Pueblo, textos de gramática, aritmética, geografía e historia destinados a la enseñanza elemental, como se denominaba entonces a la hoy educación básica. Además, Guzmán era socio de Novaro Editores-Impresores.

            En 1959, el país estaba a punto de conmemorar siglo y medio del inicio de la Independencia, conjuntamente con el primer medio siglo de una aún muy reciente Revolución; ésta apenas cicatrizando enaltecidas e históricas heridas. Insurrección que de ser una fratricida guerra de bandos y de todos contra todos, finalmente devenía en un aparato gubernamental presidencialista e institucionalizado que aseguraba, a manera de carrera de relevos, una permanencia continua en el poder mediante un hegemónico y omnipresente partido oficial que a su vez, con el arbitrio de nuevos jerarcas, sexenalmente dictaminaba el destino de la nueva nación ya a todas luces corporativa, pero aún fiel creyente del milagro guadalupano y, civilmente, adherida por completo a los laicos beneficios de la Constitución y sus promesas de bienestar colectivo.

            De tal forma, las primeras portadas de los 16 millones de libros de texto gratuito inicialmente impresos por la Conaliteg fueron concebidas e ilustradas conmemorativamente por algunas de las firmas más sólidas, surgidas en torno al muralismo de la escuela plástica mexicana que Vasconcelos impulsara: Siqueiros, Anguiano, Montenegro, Leal,  Zalce y Chávez Morado.

             Símbolos y héroes patrios fueron el tricolor y alegórico leitmotiv que, aderezado con teas incendiarias y reverdecidas guirnaldas de laureles y olivos emblemáticos, intentó unificar criterios en torno a un único y uniforme concepto de nacionalismo post-revolucionario. La ocasión lo ameritaba. Aquello era algo apenas comparable con las Fiestas del Centenario de 1910. Por primera vez la nación conmemoraba dos fechas históricas, distanciadas entre sí por un siglo completo, pero que tenían una importancia similar de significado épico.

            Se proclamaba así el orgullo por el pasado indígena y mestizo mientras, a través del santoral laico, se exaltaban las gestas independentistas, juaristas y revolucionarias, estas últimas personalizadas en casi todas sus facciones. Con la notable ausencia del expropiador Lázaro Cárdenas, y la incomprensible inclusión de Plutarco Elías Calles, quien transformara el PNR en PRI.

            Al mismo tiempo, era la primera vez que por disposición federal se editaban y distribuían libros de textos en toda la República Mexicana, bajo los criterios de “únicos, obligatorios y gratuitos”, claramente estipulados por la ley.

            Hasta entonces, la gratuidad en los libros de texto primordialmente se había limitado a aisladas ediciones previas, como las promovidas por Sierra y Vasconcelos, las surgidas en el cardenismo, o las distintas cartillas de alfabetización; por lo tanto, ese aspecto no fue algo tan novedoso. En menor medida lo fue su carácter de único. El avance reformador era la obligatoriedad.

            De norte a sur y de este a oeste, todos los connacionales en edad escolar, a partir de 1960 recibirían un modelo de educación estandarizado y único. Una labor monumental que de manera directa pretendió confirmar, mediante la educación, la integración federalista del país. México era sólo uno, dejando de lado cualquier identidad o diferencia regionalista. Los mexicanos quedaban amalgamados, por decreto, en una entidad uniforme y abstracta. Era el espíritu de la época, señalado con anterioridad por pensadores como Samuel Ramos, continuado por Octavio Paz y apropiado por la retórica política predominante.

            Nada mejor para inculcar educativamente el significado de mexicanidad que haber recurrido a la exaltación de la  propia iconografía cívica. Los héroes se convertían, así, en el punto incuestionable de convergencia que consolidaba la patriótica noción de una identidad nacional unívoca. Casi monolítica.

            Años antes, en 1946, Gabriel Fernández Ledezma y la ex-amante de Diego Rivera, Angelina Bellof, ilustraron con motivos mayas la 1era. Cartilla Alfabetizadora Bilingüe. Las otras tres fueron en tarasco, otomí y náhuatl.

            También, en automático, quedaron vedadas las ediciones de tendencia catequística, estigmatizadas en la educación pública desde tiempos de Ignacio Manuel Altamirano; aunque, a pesar de que desde 1861 se había suprimido la enseñanza del catecismo, permanecían todavía con cierta vigencia, sobre todo en los colegios privados, fuertes enclaves remanentes de la educación parroquial.

            Simultáneo a eso, llegaría el declive editorial y comercial de títulos otrora considerados insustituibles, como Rosas de la Infancia, de María Enriqueta Camarillo; Método Rébsamen, Amanecer, del trastetarrado Santiago Hernández Ruiz; Lecturas de Mantilla, o Corazón, Diario de un Niño, de Edmundo de Amicis.

         Esto último ocasionó protestas por parte de los antiguos editores y libreros, la mayoría de ellos extranjeros, fundamentalmente españoles avecindados en nuestro país. Descontento que no logró una respuesta gubernamental favorable sino que, por el contrario, se vio incrementado al darse a conocer por parte de la Conaliteg, la disposición obligatoria de que únicamente los ciudadanos mexicanos por nacimiento pudieran ser aceptados para participar en la elaboración y redacción de cualquier libro de texto oficial, destinados a todos y cada uno de los seis grados de la educación primaria.

            Según los grandilocuentes discursos oficiales de la época, México en 1959 estaba trazando el derrotero exacto para que sus habitantes, incontinenti, ascendieran hasta la cúspide los peldaños de la intrincada escala social. Con la misma facilidad con que subirían a lo alto de una pirámide prehispánica.

             México, según sus gobernantes e ideólogos propagandistas, era el prototipo perfecto para una ideal Arcadia, consignataria prohijadora de la bienandanza colectiva. Nación sexenalmente remozada, siempre al borde de la modernidad y la industrialización. Asumida continentalmente, casi por derecho propio, como el Big Brother latinoamericano. Modelo de estabilidad política digno a imitar. Promesa inagotable de prosperidad y progreso a corto plazo para el total de la población. País en continuo crecimiento. Patria donde las nuevas instituciones aseguraban felicidad y armonía a todos sus habitantes.

            No resulta por lo tanto ajena a ese optimismo discursivo la dicotómica concepción mural que Alfredo Zalce plasmara en aquella obra con la cual representara al pasado histórico de México como el genésico origen de un idílico presente donde, en una atmósfera paisajista, se concentra la prosperidad del capital  natural e industrial.

            Chávez Morado, por su parte, desarrolló un discurso similar al de Zalce, pero sin el apego academicista ni la glorificación oficial de este. Recurrió así al historicismo naif mediante el cual, sin reticencias cromáticas o ideológicas, simbólicamente sintetizó a un país aún no inserto en el asfaltado proyecto del “Desarrollo estabilizador”. Territorio rural existente todavía al margen del “milagro mexicano” que aún subsistía, telúrico y al borde del colapso, pero mostrando su ya depreciada raigambre agropecuaria pre-industrial. Sitio donde un Zapata y un Villa, significativamente ecuestres, parecían mirar la inacabada miseria de una revolución inconclusa.

 

III

Ni incluyendo a los tres guardias obligadamente presentes, aquella soleada mañana invernal se completaba la decena de personas que ese día, en el Instituto Cultural Cabañas, observaban la expo “Pintando la Educación”. Circunstancia que magnificó la holgada posibilidad de un libre desplazamiento visual desde muy variados y distintos ángulos.

            Aquellos vigilantes, distribuidos en algunos visibles rincones de las amplias salas, entretenían el ocio de su jornada laboral en la mejor forma posible. En realidad era poco lo que podían hacer. Cuando mucho levantarse de su incómoda silla para, de vez en cuando, estirar las piernas evitando así el hormigueante entumecimiento. O acercarse a la puerta del espacio contiguo y, de manera discreta, charlar a media voz con el vigilante vecino, sin dejar de prestar atención a los movimientos de cada visitante. Algún guardia tenía cerca de sí un libro, como posible material de lectura. Algún otro, con sendos auriculares en sus orejas, dejaba entrever su preferencia por la música.

            La única mujer en aquel trío de guardias, casi al inicio del recorrido, al advertir que un fotógrafo enfocaba la lente de su cámara hacia los cuadros ahí exhibidos, de inmediato solicitó el comprobante de pago previo, mismo que otorgaba el derecho para efectuar tal acción.

            Mientras el fotógrafo salía de la sala para realizar el pago del permiso correspondiente, alguien preguntó a la guardia acerca del promedio diario de visitantes, en específico a esa exposición.

           —Es variable —respondió ella—. Pero en general, como pasa con la mayoría de expos, el día de la inauguración es cuando viene más gente. En esta estuvo repleto. Ya después vienen muy pocos. Casi siempre turistas. O aquellos que aprovechan el día martes cuando la entrada es gratuita. A veces vienen grupos numerosos, los traen de las escuelas, pero de allí en más, casi siempre está así. Tranquilo.

            A la pregunta de si existía en venta algún catálogo, ella informó.

           —No, esta vez no hicieron ningún catálogo. Al principio regalaron y tuvieron a la venta algunas postales. Se vendieron bien. Sobre todo la del cuadro de La Patria, que es el que más les llama la atención. Pero como fueron muy poquitas, se acabaron muy pronto. Después… Pues ya no trajeron.

            Aquella breve charla recordaba, precisamente, que la razón primordial por la que se estaba ahí no era otra sino la de tener la oportunidad de ver de cerca a La Patria, la conocida obra de Jorge González Camarena.

            No resulta exagerado ni sentimentalista afirmar que ese retrato de la mestiza que encarnara un patriótico ícono educativo forma parte de la identidad nacional. Alude a una Guadalupana laica; es nuestra propia Gioconda.

            Por lo tanto, se presentía que el momento de estar frente a esa obra, admirarla en corto, constatar que no era imaginaria, sino real, sería para muchos una experiencia sublime. Sobre todo para quienes, debido a su origen social, todo lo poco que habían podido aprender escolarmente en sus vidas lo debían agradecer a la educación pública de este país.

            Tal experiencia visual no pudo ser inmediata. Primero, tuvieron que sortear la discontinua disposición museográfica de otros cuadros, la cual no correspondía a un criterio estrictamente cronológico, en relación a los años de creación de cada obra.  

               Pero, llegado el momento, La Patria estuvo ahí. Frente a sus ojos. Sola. Detenida sobre el muro poniente de la segunda sala. Al avistarla, la emoción rebasó cualquier expectativa. La memoria se convirtió de pronto en chispazos neurotransmisores colmados de adrenalina, ante el impacto del estímulo evocativo. La acumulada represa de infinitos recuerdos escolares reventó, internamente, profundas y memoriales cargas autobiográficas. La sentían casi al alcance de sus manos.

             Porque finalmente se estaba ahí, frente a ella. Frente a La Patria. La obra que a partir de 1962 y durante una década fuera portada en más de 500 millones de ejemplares de libros de texto gratuitos.

            Utilizando las extendidas palmas se pudo corroborar sus conocidas dimensiones perimetrales. 1.20 x 1.60 metros. Se acercaban a ella lo más posible, a fin de distinguir cada detalle. Prodigiosas resultaron sus múltiples veladuras iridiscentes, en especial los plateados luminosos fulgores del plumaje en las alas de la perfilada águila. El virtuosismo de las compactas texturas. La voluminosa carnosidad lograda mediante diestras pinceladas. El acierto compositivo desprovisto de innecesarios galimatías conceptuales.

            Un detalle mínimo llamó poderosamente la atención: la banderita tricolor que se muestra al lado izquierdo de la obra, no tiene el escudo nacional.

En 1960, dos años antes de que esa pieza fuera portada de los libros de texto, la escolaridad nacional promedio era apenas de segundo año de primaria.

            Al inicio del sexenio de López Mateos, el rezago nacional en materia educativa era enorme. Si bien los índices estadísticos de analfabetismo según cifras oficiales se habían reducido de 56 por ciento a 40 por ciento, en el lapso de 1940 a 1960, la realidad educativa era todavía alarmante en relación a la deserción escolar antes de finalizar la enseñanza primara; pero también en cuanto al grado de analfabetismo funcional de la población que había aprendido a leer y escribir.  

            Tal situación no compaginaba con las exigencias requeridas para que el país contara con una mano de obra calificada, destinada a cubrir las necesidades del entonces expansivo sector industrial, dado que se apostaba por  el modelo económico denominado “desarrollo estabilizador”, tendiente a la apertura de la inversión extranjera y la producción local de bienes duraderos de consumo intermedio.

Con ello, la otrora mayoritaria población rural iniciaba la deserción del campo y sus actividades agrícolas tradicionales, dadas las mejores y modernas condiciones económicas que a manera de espejismo las grandes ciudades, especialmente el otrora Distrito Federal, ofrecían, migración que en teoría representaban la supuesta posibilidad de acceso a formas de vida con mejores salarios, prestaciones, servicios sociales y mayor confort.

            En aras de reducir el atraso educativo, y pensando fundamentalmente en lograr una capacitación masiva que garantizara a la economía una mano de obra capacitada, misma que satisficiera las exigencias impuestas por el gran capital, durante ese mismo sexenio de López Mateos se implementó el denominado Plan para el Mejoramiento y la Expansión de la Educación Primaria en México, mejor conocido como el  “Plan de Once Años”.

            La finalidad primordial de dicha estrategia queda sintéticamente expresada en las palabras dichas por Ifigenia Martínez de Navarrete, quien formara parte de la comisión que elaboró el Plan de Once Años:

“El desarrollo económico implica una elevación de la producción, lo que no se logra sólo con una mayor capitalización aislada, sino acompañada de una fuerza de trabajo más apta y competitiva.

           “Los gastos en educación aumentan la productividad, no sólo la que trabaja en la industria, sino también la campesina […] es una de las inversiones de mayor rendimiento social que puede realizar el país, ya que además sale más barato educar que tratar de elevar el nivel de vida con gastos de asistencia social.”
Dicho Plan comenzó a funcionar el 1 de enero de 1960. En aras de coadyuvar a su financiamiento se había establecido un impuesto especial, de 1 por ciento sobre el salario, destinado exclusivamente como “ayuda” al presupuesto global del sector educativo.

            A la distancia, el Plan Nacional de Once Años ha mostrado sus más significativos logros, la mayoría de ellos en relación al aspecto estructural e infraestructural, como fue la creación de nuevas instituciones educativas y culturales, la modificación de planes y programas de estudios, así como la dotación de recursos auxiliares para el ejercicio de  la tarea docente.

            Pero, en relación a las dos metas principales propuestas —el abatimiento del rezago educativo y terminar con la deserción escolar—, si bien hubo avances, estos fundamentalmente planteados en términos cuantitativos y mesurables en forma de cifras estadísticas favorables, no se pudieron traducir en una verdadera transformación cualitativa que impactara integralmente el desarrollo socio-individual de los mexicanos, más allá de las esferas comprendidas dentro de las clases medias urbanas.

            Quizás esa metáfora de la copa medio llena o medio vacía sea la mejor síntesis interpretativa del triunfo inconcluso, o fracaso parcial, que el Plan de Once Años finalmente tuviera en la historia de la educación mexicana.

            Justo es en las Memorias de Jaime Torres Bodet —de quien no se debe olvidar que en su juventud fungiera como secretario particular de José Vasconcelos, sin duda alguna otro de los más importantes reformadores de la educación mexicana— existe una frase insuperable que, de manera clara y crítica, ilustra la eterna contradicción que nuestro país enfrenta sexenalmente, en relación a la discrepancia entre la óptica oficial y la realidad nacional; incompatibilidad, por cierto, no limitada únicamente al aspecto educativo:

“Los gobiernos creían que los maestros acataban fielmente sus planes que, a menudo,  ni siquiera leían. Entre las razones de Estado, que exponen los funcionarios, y la forma en que muchos de los educadores interpretan tales razones, medía un abismo”.

        La conclusión a la que al final de su existencia llegó Bodet no podía ser otra más lapidaria. Y con ella sintetizó el problema toral de la SEP: no se puede mejorar la educación sin tener maestros capacitados y, sobre todo, lectores.

           A pesar de que el “desarrollo estabilizador” mexicano tuvo su dream is over en el cismático año de 1968, La Patria de González Camarena, pintor que por cierto y en sus inicios fuera ayudante del Dr. Atl, siguió ilustrando nacionalmente las portadas de los libros de texto gratuito hasta inicios del sexenio de Luis Echeverría.

            Después del 2 de octubre de 1968, aquella mestiza Patria-Matria de González Camarena resultó, si no obsoleta en cuanto al significado de un histórico pasado común lleno de alegóricas grecas prehispánicas escalonadas, un mítico y simbólico origen del escudo nacional, un patrimonio económico contenido en suelo, subsuelo, aire y océanos; una siempre aludida e intangible riqueza cultural o artística que como gloriosa cascada, desde lo más alto, vertía su caudal mediante la pródiga mano de un benefactor y patriarcal Estado rodeado de alegorías patrióticas; sí cuando menos resultó desfasada en referencia a la contradicción de su idílica idea de progreso y bonanza, enfrentada contra la realidad vivida por un país que recién comenzaba a dejar de creer en cuentos de hadas.

            Si se nos pidiera mencionar una obra literaria que con absoluta precisión retratara la sociedad mexicana de los años 50 y 60 del pasado siglo, sin duda alguna esa sería Las batallas en el desierto, del finado José Emilio Pacheco. Destaca en esa obra la esquizoide contraposición entre el actuar personal y la imagen pública de no pocos gobernantes; lo que en el plano social, equivaldría a la confrontada antítesis existente entre el ilusorio país contenido en los discursos oficialistas y el México real desconocido por los poderosos, pero padecido a diario por la mayoría de los gobernados.

IV

Uno de los primeros grandes cambios que el sexenio del Echeverriato trajo consigo fue una nueva y radical Reforma Educativa, la cual nacionalmente fue puesta en marcha a partir de 1972.

            Dicho cambio implicó la modificación de todos los planes y programas de estudio en la educación básica y, por ende, la elaboración de nuevos libros de texto gratuito, por completo distintos en contenido y diseño a cualquiera de sus predecesores.

            Como la investigadora Lorenza Villa Lever de Alba señala en su ensayo La Historia en los Libros de Texto Gratuitos. 50 años y cuatro concepciones: “Era necesario renovar los ejes ideológicos de la educación: el nacionalismo patriótico, la unidad nacional y la idea de la sociedad mexicana como una sociedad en armonía estaban y habían perdido su capacidad legitimadora ante las clases populares, por lo que la fórmula democrática se tradujo en el ámbito educativo en una serie de medidas que actualizaron al sistema de educación: la  Comisión Coordinadora de la Reforma Educativa buscó la renovación pedagógica para la enseñanza primaria cuyos textos y programas fueron reformados, se dinamizan y renuevan los métodos pedagógicos y se amplían y flexibilizan las oportunidades educativas, y se aprueba una nueva Ley Federal de Educación”.

          Aunque Víctor Bravo Ahuja, titular de la SEP, colocó a su esposa Gloria Ruiz de Bravo Ahuja al frente de la comisión que reformara de manera integral los nuevos libros de texto para la educación gratuita, es importante resaltar que dichos textos fueron elaborados por especialistas del más alto nivel académico, provenientes de instituciones como el Instituto Politécnico Nacional, el Colmex y el Cinvestav.

Campeaba en esos textos un espíritu tendiente al conocimiento científico interdisciplinario y el desarrollo de la capacidad crítico-analítica. Se pretendía dejar atrás el modelo de aprendizaje memorístico, y la nueva tendencia pedagógica claramente advertida en esos textos se enfocaba hacia un modelo de participación educativa de corte constructivista.

            Para ilustrar los forros de esas nuevas ediciones de los libros de texto gratuitos se optó por la serie de imágenes realizadas a partir de la obra de Juan Ramón Arana, quien utilizando juguetes tradicionales y artesanías mexicanas se dio a la tarea de confeccionar diversos collages. Fue en el área de Ciencias Sociales donde, a partir de 1979, se decidió incluir parte de la obra muralística de Alfaro Siqueiros, Clemente Orozco y Juan O’Gorman.

            Es hasta el año de 1987 cuando se toma la decisión de incluir reproducciones de obras de diversos artistas nacionales con el fin de propiciar un  acercamiento hacia el arte plástico mexicano. Así, las tendencias artísticas más diversas, hasta entonces no difundidas masivamente entre el grueso de la población, se pusieron al alcance de los niños mexicanos y de sus familias.

            Siendo precisamente esa etapa la que integra mayoritariamente la muestra que recientemente se expusiera en el mayor recinto cultural local.

             Para tener una idea mínima de la importancia de dicha muestra, cabe aquí citar, finalmente, algunos de los nombres de los artistas expuestos: Leonora Carrington, Vicente Rojo, Gunther Gerzso, Juan Soriano, Manuel Felguérez, José Luis Cuevas, Olga Costa, Gilberto Aceves Navarro, Alberto Beltrán, Rafael Cauduro, Sebastián, Alberto Gironella, Raymundo Martínez. Arnold Belkin, Arnaldo Cohen, Rafael Coronel, Xavier Esqueda, Pedro Friedeberg,  Elvira Gascón, Gunther Gerzso, Mathías Goeritz, Teodoro González de León, Roger Von Gunten, Joy Laville, Águeda Lozano,  Guillermo Meza, Francisco Moreno Capdevila,  Luis Nishizawa, Brian Nissen, Antonio Peláez y Nunik Sauret.

            Las obras de esos artistas, al igual que las portadas de los libros que ellos ilustraron, forman parte ya de la historia de la educación en México. Como tantas cosas más. Las opciones gráficas que vinieron a sustituirlos con las reformas posteriores, en su mayoría, no representaron una continuidad en aquel proyecto de la Conaliteg que intentara acercar el arte nacional de primer nivel, a la mayoría de la población.

Aunque los resultados de dicho proyecto no hayan sido los óptimos. Desafortunadamente. Como bien lo pudo constatar el escaso público que ese soleado día invernal, se diera cita en el Instituto Cultural Cabañas, sólo para admirar las obras que en su conjunto integraron la magnífica exposición plástica itinerante denominada “Pintando la Educación”.

 

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