De vuelta a casa

Por Hannah Paris

1era parte

2a parte

El encuentro

Despiertas las dos tempranísimo, esperamos en la plaza de Suchitoto a la tía de Celia, la

vieja Nicolasa, con quien Celia se cartea desde hace cuatro años. Llega en el carro de ProBúsqueda. Rompe en llanto, acompañado de gestos patéticos con sus brazos vueltos

hacia el cielo en un río de palabras entrecortadas que parecen tener a Dios como destinatario. Siento que Celia está desconcertada. El registro de las emociones que observa en su tía difiere mucho del que ha conocido en Francia.

Tomamos juntas la carretera que lleva hasta Copapayo, que domina la extensión de agua recogida en el embalse del río Lempa. En Copapayo, Celia queda atrapada desde que

baja del carro por las 40 personas que se han reunido para acogerla. La veo, endeble y menuda, desaparecer entre ocho brazos que la estrechan, cabezas de mujeres a la altura de la suya que se juntan, manos que revolotean sobre sus hombros, mientras oigo muy cerca de mí la voz de una niñita que pregunta a su madre: “Mamá, ¿ella es?”. Exceso de emociones, los diques del corazón que ceden bajo el flujo de las lágrimas, presentaciones que se intentan ordenar para que Celia sepa quién es cada uno:

—Soy Tina, hermana de tu madre. A mi marido y a mis dos hijos los mataron… Ésta es mi hija Marina…

—Soy Marina, soy tu prima y éstas son mis hijas…

—Soy Jesús, hermana de tu madre…

—Soy Daniel, tu primo, el hijo de tu tía Jesús, y esta mujer es la vecina que te guardó…

—Soy la madre de tu primo Israel…

—Ésta es tu prima Carmencita…

—Yo soy…

—Ésta es…

El orden de las presentaciones se ve desbordado por las palabras retenidas desde hace veinte años y que hoy ya no pueden esperar:

—Tu madre María Claudia había ido a Tenancingo a comprar jabón, sal y arroz. Tomó el camino que la llevaba a su casa cuando un soldado le disparó un tiro por puro gusto, como si fuera una paloma… Un muchachito me vino a avisar. Corrí para avisarle a su hermana. La encontré en la iglesia. ¡Dios santo, que vamos a hacer ahora!

Larga catarsis: los sufrimientos de 20 años de guerra allí expuestos confusamente en los cuentos de cada uno. Los recuerdos también, los de antes de la guerra, y las palabras que es bueno escuchar:

—Tu hermano Chepito había nacido 12 años antes que vos. A pesar de las ganas de tus padres, ningún otro niño llegaba. Naciste después de cuánto esperar. Tu padre y tu madre te quisieron mucho, mucho. Te desearon tanto, hijita…

Uno se imagina siempre de antemano los momentos decisivos de la existencia, pero

jamás ocurren tal como los esperábamos. Según las respuestas de las tías a las cartas de Celia, su semejanza con su madre era sorprendente. El relato de una argentina abuela de

un niño desaparecido se me había quedado grabado: después de una búsqueda larga y

obstinada, ella y su nieto de 20 años se habían encontrado por fin cara a cara. Jamás lo había visto, tenía ahora casi la edad que tenía su padre la última vez que ella lo vio antes de que lo desaparecieran. Al ver a su nieto, sintió que a quien tenía frente a ella era a su propio hijo, aun sabiendo que era imposible. Y su nieto a quien vio fue a una anciana desconocida…

Me había imaginado que, cuando las tías de Celia la vieran, no podrían ver en esta joven de veintitrés años a la criatura desaparecida hacía más de veinte años, sino que creerían ver a su hermana, tal como era cuando la mataron, tal como había quedado viviendo en su memoria. Temía que la superposición de las dos imágenes tuviese una carga emocional demasiado fuerte para todos. Pero no ocurrió nada así durante el encuentro. Ocurrió otra cosa. Otras palabras debían ser dichas.

Una vieja que fue amiga de los padres de Celia se enternece: “Eras tan hermosa, tenías unos ojos tan lindos que hubiera querido que te quedaras conmigo”. Israel interviene:

Después de la muerte de tus padres, tu hermano mayor te cuidó. Pero a los 15 años

se fue con la guerrilla. Entendelo, Celia: en aquel tiempo, aquí, un 15 de quince años

no podía hacer más que eso. Chepito la dudó un tiempo, lloraba por dejarte. Pero tuvo

que irse. Nunca más lo vimos. Lo mataron unas semanas más tarde, ni sabemos dónde”.

La tía Tina, con su cara más arrugada que una pasa, le dice a Celia: “Las bombas caían por todos lados y ningún civil podía quedarse. Yo era la única de la familia que estaba

por acá y quería cuidarte, pero tenía otros cipotes y estaba enferma. El responsable de la zona me dijo que me costaría encontrar un lugar seguro y que encargarme de un cipote más era demasiado riesgo, que la única forma de salvarte la vida era ir a dejarte a un refugio. Me costó alcanzar Colomoncagua, noches y noches caminando. Los niños lloraban de hambre. Todo el tiempo estuvimos bien cerca de la muerte….”. Las delgadas manos de Tina trituran un pañuelo. Una mujer, de unos sesenta años, con los cabellos grises recogidos en un moño y la cara radiante de bondad, está sentada frente a nosotros. La tía Jesús la señala con un gesto: “Ella fue quien te salvó. Te cuidó después de que se fue Tina. Pasó las líneas contigo y te dejó en la capital”.

Demasiado emocionada para hablar, la vecina salvadora se levanta y abraza por un buen rato a Celia. Lo que la familia de Celia necesitaba que ella oyera era eso: que jamás

habían tenido la intención deliberada de abandonarla. Esa sospecha no había pasado ni un instante ni por la mente de Celia ni por la mía. Pero ellos necesitaban liberarse de ese peso. Lo cargaban desde hacía veinte años y necesitaban decirle a Celia por qué las fatalidades de la guerra les habían impedido mantenerla junto a ellos.

Los músicos del pueblo, tres viejos con botas y sombreros de vaqueros, acompañan al cantante más joven, un alto bigotudo al que su hijita, vestida de domingo, trata de disuadir, con besitos y demostraciones de cariño, para que renuncie a la canción y se ocupe de ella. Pero él toma muy en serio su tarea: cantar el corrido que ha preparado para Celia. No bien informado, compuso una copla que rendía homenaje a los “padres españoles” que la habían acogido. Al reemplazar “españoles” por “franceses” los versos de su copla se desequilibran y, desconcertado, busca otra rima antes de lanzarse a cantar.

La música y la comida compartida contribuyen a que los corazones latan a un ritmo más soportable.

—¡Tenés la misma sonrisa de tu padre!

—¡Sos tan galana y tan dulce como tu madre!

—¡Mirala: la misma que María Claudia!

—Eso que acabás de hacer lo hacía igualito tu padre!

Del lado de Iraheta, le encuentran semejanzas con su padre, del lado de Paz se las

encuentran con su madre. Es la misma disputa en la que participa toda la familia alrededor de una cuna. Tenía que pasar Celia por eso después de una ausencia de 20 años. Saliendo de las horas de llanto en las que se sumergió desde el comienzo del reencuentro, Celia se ríe ahora francamente al escuchar todas estas observaciones y hasta pone brava a la amiga de de sus padres que celebra una y otra vez su tez y sus ojos claros: “Ah, pues, ¿entonces es porque yo era tan linda que usted quiso quedarse conmigo?”.

Para este encuentro Israel quiso acoger en su casa a toda la familia. Fue él quien ofreció la comida. Discreto, atento con todos, atento a todo. Espera hasta el fin de la comida

para sentarse entre nosotras. Celia interroga a tías y primas de más edad para reunir algunas piezas de los retratos de su padre y de su madre. Después de una pausa que nos conceden los músicos, que interpretan ahora Las mañanitas, Celia dice: “Me acuerdo que yo estaba en una casa con Chepito y el helicóptero llegó y comenzó a bombardear. Chepito me cargó sobre su espalda y salió corriendo. Así escapé del bombardeo”. Israel se estremece: “Sí, es verdad, puedo confirmar tu recuerdo. Yo estaba allí. Tenía la edad de Chepito, 14, 15 años. También me ocupaba de mi hermanita, que tenía tu misma edad. Desde la muerte de tus padres no nos separábamos nunca Chepito y yo. Ese día huimos juntos, con ustedes dos, las dos niñitas colgadas de nuestros cuellos”.

Recordé el casi autismo y la ausencia total de recuerdos que marcaron los primeros años de la vida de Celia con nosotros. Y ahora, mi niña, aparentemente amnésica, recorre un camino insólito para recordar un episodio de su vida de cuando sólo tenía unos tres años. Por poderoso que haya sido el miedo que sintió entonces, el que haya salvado aquel instante del olvido en el que quedan habitualmente inmersos los primeros años de la vida, me parece algo prodigioso.

Aquel relato a dos voces me da también la llave para una pregunta que me venía haciendo desde hacía cuatro años: ¿Por qué era Israel, y no otro miembro de la familia,

el que emprendió la búsqueda de Celia? Chepito murió poco tiempo después de aquella

huida, que quedó grabada en la memoria de Celia. Israel pudo salvar a su hermanita Catalina y se sintió responsable de reencontrar a la otra primita perdida. “Desde la firma de los Acuerdos de Paz, tan pronto como pude legalizarme, me eché a buscarte”, dice Israel. “Debía encontrarte viva o muerta. Primero te busqué solo, luego di con esta vecina que se había hecho cargo de vos. No había rastro en el refugio de Domus María, donde ella te había dejado, el refugio ya ni existía. Cuando la Asociación Probúsqueda empezó, fui a pedirles ayuda”.

Celia busca a veces las palabras en su lengua materna. Dice en castellano: “Que ustedes me hayan encontrado y que yo esté aquí entre ustedes es una revancha sobre la muerte. Sobre la muerte de mi padre, de mi madre, de mi hermano…”. No le gusta la palabra “revancha”, pero no encuentra otra. ¿Cómo decir que su presencia, con vida, borra la muerte de quienes están ya irremediablemente ausentes? Miro a Israel. La promesa que

hizo se cumple hoy. ¿Cómo describir lo que emana de este hombre? Es alguien en quien las vidas arrancadas y maltratadas por la guerra y las infancias machacadas por tanto sufrimiento, todo el dolor del pasado se ha transformado en bondad.

Una mujer mayor, de pelo rubio y ensortijado, pariente lejana de Celia, saca de su bolso una armónica y de pie, al amparo de un flamboyán, que aquí le llaman “árbol de fuego”, comienza a tocar una canción. La acompañan los tres guitarristas. En los brazos de su hermana mayor, un cipotillo trata de alcanzar una flor de la rama más baja del árbol. La

tía Jesús pasa su brazo sobre el hombro de Celia y ambas apoyan sus cabezas, una en la otra. Se quedan así largo rato. No, no hay revancha. Es sólo que la vida es más fuerte que la muerte. O tal vez que la vida es fuerte, tan fuerte como la muerte. Y que continúa, continúa siempre, cuando la muerte cree que ha acabado su obra.

La Tía Jesús

Le pedí a Carlitos, con quien nos reunimos apenas llegamos hace dos días, que estuviera

presente en el encuentro de Celia con su familia. Para mí, para ella, Carlitos es el hermano mayor y le toca estar al lado de Celia en este día. Su presencia es muy discreta, excepto en el momento en que lo presento a la familia de Celia: “Éste es Carlos, creció con Celia, vivió con nosotros en Francia y volvió a El Salvador en 1990 para participar en la lucha”. Durante el día se acerca dos o tres veces para rodearme con su brazo y asegurarse que me siento bien. El resto del tiempo lo pasa platicando con los hombres de la familia o con los músicos.

Otros hombres presentes fueron como él combatientes. En el curso de las presentaciones, un inválido de unos cuarenta años, que quedó ciego por un balazo, se acerca, guiado por dos mujeres, y pone su mano sobre la cabeza de Celia: “No puedo verte, pero te conozco, Celia. Te conocí cuando estabas chiquitita. Estoy feliz de que estés aquí. Éste es mi regalo”. Y le da a Celia una pequeña cesta que el mismo ha tejido. Vive en casa de Daniel, uno de los hijos de la tía Jesús, que cultiva un pedazo de tierra cerca de Suchitoto y, para no depender totalmente de él, teje estas cestas de mimbre.

Hacia las tres de la tarde Daniel se me acerca: “Debemos irnos, el único autobús de la tarde se va. Pasarán delante de mi casa en el camino de regreso. Si pueden regresar con

mi madre y mi hermana, las dos podrían quedarse todavía un rato más y se cansarían menos. Viven lejos y vinieron en autobús hace dos días, porque el viaje es largo y no pueden hacerlo de un solo. Y así conocen a mi mujer y a mis hijos. Sería una gran alegría para nosotros”.

Dos horas más tarde reemprendemos el viaje Celia y yo sentadas delante y Carlos atrás con la tía Jesús y su hija Carmencita, que tiene la edad de Celia. Platico con la amiga

que maneja. Sobre el camino, un rótulo señala una comunidad que lleva el nombre de Madeleine Lagadec, en homenaje a esa enfermera francesa, asesinada por el ejército salvadoreño con otros miembros del hospital de campaña donde trabajaba. Al verlo evocamos el pasado: la valentía y la abnegación de Madeleine, la fidelidad de su familia a los valores por los que esta joven mujer dio su vida.

Capto sólo retazos de la animada conversación de los otros pasajeros. Escucho esta frase en la voz alegre de Carmencita: “¿Pero entonces tú eres el Chino?”. Acaba de reconocer en Carlos al joven guerrillero de rasgos indígenas que le llevaba cuatro o cinco años y que entre 1990 y 1992 se quedaba brevemente de vez en cuando en su casa de

Cordillera del Bálsamo. Compartimos el descubrimiento con una algazara de exclamaciones: “¿Se conocen, pues?”. La tía Jesús se ríe de buena gana: “Pues sí, era uno de los muchachos que más nos gustaba, era el más joven. Pasaba de cuando en cuando, le dábamos de comer o una tabla donde dormir unas horas. Lo mismo que a los demás”. Jamás supieron su nombre, jamás lo llamaron de otro modo que El Chino.

Llegados a casa de Daniel, busco a Carlos:

—¿No las habías reconocido durante el encuentro?

—¡Sí!

—¿Y por qué no habías dicho nada? ¡Si no hubiéramos traído en carro a la tía Jesús no hubiéramos sabido!

—Porque este día era para Celia y yo no quería entorpecerlo, pues. Hoy era para ella y para su familia, para más nada…

Su discreción me deja sin palabras. Reconozco en ella el mismo pudor de los miembros de la Resistencia Francesa a quienes conocí: recuerdo mi viejo amigo Pierre, de

Dordogne, que dirigía un grupo, voló un puente bajo la patrulla nazi que lo cruzaba y jamás habló de eso. Por un amigo me enteré de algunas de sus hazañas. A Pierre le molestaba que las mencionaran. Los ex-guerrilleros salvadoreños no son más habladores que quienes los precedieron en Francia y consideran que solamente cumplieron con su deber. Al llegar la paz se integraron como pudieron a la vida civil. En El Salvador, acabada la guerra sin vencedores ni vencidos, no tuvieron siquiera el derecho al reconocimiento público que se les dio a los miembros de la Resistencia al finalizar la segunda guerra mundial con la victoria de los aliados. Tampoco las víctimas civiles del conflicto salvadoreño tuvieron derecho a que sus nombres fueran inscritos en algún monumento. La paz se compró con el olvido. Los ex-combatientes, sobre todo los más jóvenes, parecen haber interiorizado esta amnesia impuesta por la sociedad. La traición de algunos ex-dirigentes guerrilleros, supuestamente revolucionarios, puso las últimas pinceladas al cuadro: hay silencio cuando nos preguntamos sobre el sentido del sacrificio de tantas vidas y de tantos años de juventud. No encontramos respuesta. Mientras gobiernen los que mandaron a matar a Monseñor Romero y a los Padres de la UCA, no tendremos respuesta…[10]

El día del encuentro, la tía Jesús nos pidió que le diéramos la alegría de visitarla en su casa antes de irnos. Lo hizo con esa modestia de los pobres, como si dedicarle algunas horas fuera pedirle mucho a esta extranjera a la que agradecía haber salvado a Celia y a esta sobrina venida de Francia.

Una semana después del encuentro nos dimos cita delante del ayuntamiento de Santa Tecla con tres hijos de Jesús, entre ellos Carmencita, a la que ya conocíamos. Compraron en el mercado comida para celebrar nuestra visita y nos guiaron por la carretera y después por la pista que sigue la Cordillera del Bálsamo. La vista se pierde en el Océano Pacífico.

Nos acogen la anciana tía y su marido. Por la tarde, Celia regresará con los brazos

cargados de cocos y mangos. Volveremos con el pretexto de mostrarles las fotos de nuestra visita al resto de la familia, que vive en una aldea distante unos cien kilómetros y que la tía de Celia no ha visto desde que una caída la obliga a no alejarse mucho de la casa, norma que infringió para venir al encuentro con su sobrina en Copapayo. Volveremos con Carlos para que él recorra de nuevo los lugares donde combatió y vea de nuevo a quienes le ayudaron entonces. Volveremos a despedirnos de esta familia, cuya sencillez y dignidad nos encantan. A cada visita el cariño entre nosotros crece.

Después de haber dejado su lugar de origen y errado por varios campamentos de

refugiados, la tía de Celia y su marido se instalaron aquí, en un pedazo de tierra donde edificaron una casa de madera y chapa. Durante años alimentaron, escondieron, aconsejaron y ayudaron a los compas. Viven en gran indigencia, no recibieron el homenaje de nadie y tampoco lo necesitan. Están en paz con su conciencia y se sorprenderían si se percataran de que los admiramos. Pasamos horas y horas escuchándolos relatar toda una vida de honradez y de lucha, bromeando y riéndonos por la sencilla felicidad de estar reunidos.

Un día, la tía Jesús nos cuenta su participación en la lucha y acaba pausadamente su

relato: “No me arrepiento de nada, y si mis hijos hubiesen muerto en la guerra no me

arrepentiría de nada porque hemos luchado por una causa justa”. Uno de sus hijos, Santiago, es responsable del patrimonio de la ciudad de Santa Tecla. Hizo parte del grupo de heridos graves que fueron canjeados por la hija del presidente Duarte en los años 80. Estábamos en El Salvador en aquella época: temíamos que el ejército bombardeara el lugar donde la guerrilla la mantenía capturada. Fue un secuestro político con un desenlace feliz: gracias a una negociación facilitada por el arzobispado y el padre Ellacuría, la hija de Duarte fue liberada y sus declaraciones, de simpatía hacia los guerrilleros que no la habían maltratado, habían chocado a su padre hasta tal punto que la envió a continuar sus estudios en el extranjero. Los heridos más graves del canje fueron atendidos en Cuba, donde los cirujanos hicieron milagros. En la pierna de Santiago las cicatrices son aún profundas. Apenas pudo caminar, regresó a El Salvador para reintegrarse a la lucha. Entró clandestinamente por Guatemala y se escondió en la capital esperando pasar a alguno de las frentes de guerra. Una ofensiva se lo impidió y sus compañeros tuvieron que llevarlo a un lugar más seguro. Salieron de la capital de noche para llegar antes del alba al rancho en donde lo iban a acoger. No conocía la Cordillera del Bálsamo y, sin noticia de sus padres desde que había pasado a la clandestinidad, ignoraba que ellos vivían ahora en una de las crestas de aquella cordillera.

En su rancho, una pareja de campesinos esperaba al compa desconocido cuya llegada se les había anunciado y al que habían ofrecido esconder durante un tiempo. El campesino había salido del rancho a la hora prevista y a algunas decenas de metros fingía cortar leña con el fin de asegurarse que los que se acercaban eran los compas que esperaba.

Apenas tuvo tiempo de responder a la señal acordada vio surgir de la oscuridad… ¡a su propio hijo Santiago, desaparecido desde hacía tiempo! El anciano marido de la tía Jesús revive aquella escena para nosotros y mira a su mujer: “¡Linda, mi linda, vení! ¿Adivina quién es? ¡Es nuestro muchacho!”. Y se ríe con la misma risa clara que brotó en su rostro hace trece años al ver aparecer al hijo al que ya no esperaban vivo.

Nunca sale de ellos una queja o una recriminación. Sabiendo por uno de sus niños que el pozo está seco porque las lluvias tardan, en nuestra última visita le ofrecemos a la tía

Jesús dos bidones de agua filtrada. Le encanta el regalo y sólo entonces nos confía que el agua que beben allí la enferma. Celia se encariña con esta anciana pareja que acaba sus días rodeada del amor de siete hijos, la más joven de su misma edad. A través de ellos descubre la generosidad de la gente más pobre, su inquebrantable confianza en la vida y ese sentido del humor con el que enfrentan situaciones que sumergirían en la más terrible ansiedad a cualquier pareja de cualquier país rico.

Fuimos a visitar a otras tías que no habían podido venir al reencuentro de Copapayo.

Viven en Santa Cruz Michapán. Una es miembro de una iglesia evangélica y pasa su tiempo en oración en el templo, mientras sus niños chapotean entre gallinas y cerdos en un patio tan mugriento que adivino la repugnancia que provoca en Celia. Otra es una vieja soltera con el corazón marchito por demasiados duelos. Miro a Celia: sé que respeta a todos los seres humanos que encuentra y que en El Salvador, tras todo lo que observa, descubre a menudo una larga serie de desdichas o desequilibrios emocionales. Adivino que, en el mejor de los casos, mantendrá con estas tías sólo una relación epistolar. Hace la selección que todos hacemos con nuestra propia familia: cercanía con quienes nos sentimos bien y podemos expresarnos con franqueza, mientras hacemos menos caso de otros. Esta selección puede durar toda la infancia y la adolescencia y se va haciendo a medida que despierta la conciencia. Celia, que recibe a la edad adulta a toda una familia numerosa de un solo golpe, tiene que hacer esa selección de forma acelerada.

Con sus primos y primas, los hijos y las hijas de la tía Jesús, Celia siente la misma

empatía que con sus padres y la confianza entre ellos crece en cada encuentro. Con ellos, con Carlos, con nuestros amigos, Celia recorre ocho de los catorce departamentos de su patria. Es mucho más de lo que conoció siendo niña, mucho más que la zona por donde podíamos desplazarnos en tiempos de guerra. Le fascinan las líneas puras del volcán Izalco y el círculo perfecto del lago de Coatepeque. Prueba de nuevo frutas cuyos sabores no había olvidado y redescubre sus nombres: mamey, granadilla, arrayán, zapote, níspero, matasano, jocote… Saborea las frutas confitadas de las vendedoras indígenas. La chancaca, esa golosina hecha de maíz y azúcar de caña, perfumada con jengibre y envuelta en harina le deja los dedos cubiertos de fino polvo blanco. En San Rafael Cedros descubre los enredos: tortillas de maíz o de arroz más grandes que las pupusas, y se deleita con el guarapo, jugo de las caña de azúcar recién prensada.

En grandes canastos las mujeres traen de todas partes las palmas que serán llevadas en la procesión del “Día de las Flores y las Palmas” y Celia se ejerce a insertar flores en el

tallo de una de las palmas. Se sienta entre otras mujeres y se embriaga con el olor de la comida que hierve en grandes ollas y que los pobladores de Panchimalco ofrecerán a los visitantes. En este pequeño pueblo cercano a la capital, que conserva sus tradiciones indígenas y las celebra lujosamente, los bailes de hombres disfrazados de españoles y de

indios, de “cristianos y moros”, recuerdan la Conquista en un ritual repetido cada año.

Celia volvió a vincularse con su país con sus cinco sentidos. El día en que la encontré en la cocina palmeando entre sus manos la masa de maíz para dar forma a una tortilla —el alimento básico de los centroamericanos—, listo el comal para echarla allí, el día en que gritó “¡Hay zompopos!” —esas grandes hormigas capaces de destruir en una sola noche todas las hojas de un árbol—, pronunciando una palabra que no oía en su boca desde hacía diez años y que regresaba espontáneamente a su boca, supe que Celia estaba dando un nuevo paso: no sólo reencontraba a su familia, estaba reencontrando su identidad salvadoreña.

Los muertos sin tumba

Miro a Celia antes de que despierte. La leve sonrisa que tenía ayer por la noche se ha quedado en su rostro mientras dormía. Hoy, 1 de mayo de 2002, tenemos mucho que hacer.

San Salvador, seis de la mañana. Tomando en cuenta la diferencia de horas, Manuela, mi hija más joven, que se quedó en París, ya debe estar en la calle. Seguramente se reunió con sus amigos, alumnos de su liceo. Deben estar caminando hacia la Plaza de la

República. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales será en cuatro días y los

jóvenes se van a manifestar masivamente contra la extrema derecha, contra el racismo,

contra la “idiotez con su frente de toro” [11]. Manuela da sus primeros pasos en política,

decide y actúa independientemente de nosotros. Hasta ahora nos acompañaba y probablemente se interrogaba sobre nuestras opciones. Desde hace unos diez días su

generación hace sus propias experiencias y ocupa las calles para proclamar su rechazo a

la xenofobia. Al rememorar los contactos ideológicos entre el Front National y el Mayor

salvadoreño Roberto D´Aubuisson, siniestro organizador de los escuadrones de la muerte, cuyo apellido recuerda un lejano origen francés, me siento todavía más en onda con quienes en Francia se van a manifestar contra el resurgimiento del fascismo.

Ayer vi imágenes de Caracas, donde el Primero de Mayo se vislumbra agitado si se

enfrentan los partidarios del presidente Chávez y la gente rica que conspira, con el apoyo del alto clero, de los todopoderosos medios de comunicación y de los servicios secretos norteamericanos, para derrocar a este gobernante, electo legítimamente, pero cuyo proyecto bolivariano pone de cabeza el orden establecido. Lo mismo que aquel proyecto de la Unidad Popular, por el que Salvador Allende dio su vida en el Palacio de la Moneda hace casi treinta años. El pueblo no se equivoca: es el pueblo de los SIN, de los sin derechos, sin trabajo, sin vivienda, sin tierra… Lo demuestra esa inscripción sobre un muro de Caracas, publicada ayer en el principal periódico de El Salvador, que parecería absolutamente obsoleta, incluso de mal gusto, a muchos europeos: “Ricos contra pobres: clase contra clase”.

Miro a Celia, todavía dormida. En este amanecer, en el bullicio de los pájaros que no turba a mi dormilona, pienso en la lucha interminable de este continente latinoamericano, crucificado desde hace más de cinco siglos y siempre insurrecto. Pienso en todos los que hoy lucharán, desde los Sin Tierra de Brasil hasta los indígenas de México, sin rostros detrás de sus pasamontañas.

Me inclino sobre el rostro tan dulce de mi hija: “Celia, ya es hora”. Hoy, también nosotros tendremos algo importante que hacer: Israel propuso dedicar este día feriado a que Celia visite el lugar donde fue enterrado su padre Tiburcio, en la tierra, sin ataúd y sin lápida.

***

Israel ya nos está esperando en la plaza de Suchitoto. Más allá de Cinquera, tomamos una pista estrecha que sube entre árboles para después serpentear por el costado despeñado de la montaña. Israel le pide al amigo que maneja que se detenga en medio de la pendiente, a la altura de un escondrijo rodeado de arbustos. “Es aquí, Celia, aquí los soldados trajeron a tu padre después de detenerlo. Lo trajeron desde Cinquera para fusilarlo aquí. Aquí estaba el límite entre el territorio que ellos controlaban y el que controlaba el Frente. Después que lo mataron, mi padre y un amigo vinieron por la noche con una hamaca y se lo llevaron”. Ésa era la práctica en aquellos años: el ejército dejaba el cuerpo y esperaban, tendiendo una emboscada, a que los familiares vinieran a buscarlo para matarlos a todos. Enterrar a los muertos, no dejar que los zopilotes y los perros devoren sus cadáveres es una característica que distingue a los humanos de los animales. Los militares salvadoreños convirtieron ese rito humano en una trampa monstruosa.

Israel recorre con la mirada la montaña que nos resguarda y acompaña con un gesto sus palabras: “Esta montaña está llena de cuerpos”. ¿Cómo no pensar en Antígona, la

heroína de mi adolescencia? Antígona, empeñada en rendir homenaje a su hermano,

caído junto a las murallas de Tebas. Pequeña y terca Antígona, la que sabe que pagará

con su vida su tenacidad, pero no cede a ninguna amenaza y a ninguna súplica: has reaparecido en El Salvador en mujeres y hombres de toda edad que arriesgaron sus vidas para impedir que los restos de sus seres queridos se pudrieran a la intemperie. Los poderosos, que erigen su poder sobre el miedo y sobre la muerte que provocan, deben saber que en cualquier tiempo y en cualquier lugar se enfrentarán a nuevas Antígonas que los desafiarán con gestos que preservan nuestra humanidad.

Israel nos lleva después por la senda estrecha que su padre y un amigo recorrieron hace veinte años llevando el cuerpo de Tiburcio. Algunas piedras y trozos de tejas cubiertos

de hierba testimonian aquí y allá las casas que ya no están. La región está deshabitada. Los temblores, en un país siempre conmovido por sacudidas sísmicas, secaron las fuentes de agua y nadie se aventura a vivir en tanto aislamiento. Algunos campesinos vienen todavía a cultivar una parcela, pero ya no quieren vivir aquí.

Israel se detiene junto a un cercado de piñas. “Durante dos años yo vine aquí a la

escuela, estaba allá, un poco más abajo…”. Sólo él distingue algo en este laberinto vegetal: el edificio de la escuela permanece sólo en su memoria. Mira en otra dirección y nos muestra a lo lejos un pasaje entre dos lomas. No distinguimos nada entre la frondosidad del verde: “El rancho de tus padres estaba allá arriba. Allá naciste, Celia. Ya no hay camino para llegar hasta allá, pero allá arriba tenés una tierra que es tuya. Hace unos años alguien propuso venderla y yo me opuse: ‘Eso pertenece a Celia… si algún día ella regresa’”. Nos reímos pensando que Celia es propietaria de un pedacito de tierra inaccesible en un rincón del departamento de Cabañas, que es como decir que es dueña de una parcela más allá de Macondo.

Caminamos bajo los árboles. Nos brindan una sombra benéfica. Probamos frutas que se escapan de alguna vaina ya madura. La caminata es un paseo en medio de una

naturaleza majestuosa y apacible. Los mangos maduros y caídos en el suelo tapizan el camino, que huele deliciosamente a cada paso. Nos cruzamos con dos hombres ocupados en roturar un campo e intercambiamos saludos. Los dos se otorgan una pausa sentándose en unos troncos a la orilla de la parcela. Platicamos: cada uno toma tiempo para palabras parsimoniosas. Hablamos de los árboles. De cómo llevar a la ciudad el maíz y los frijoles que aquí se producirán. De las lluvias que tardan… Israel está feliz de presentarles a su prima:

—Es la hija de Don Tiburcio…

—¿Será posible?

—Y la llevo allí donde está enterrado su padre.

—¿Dónde está, pues?

—Más arriba. Todavía hay que caminar cuatro kilómetros.

Israel se detiene de nuevo, más lejos, a la orilla de un campo marcado con cercos

altísimos. “Aquí tiraron a un niño desde un helicóptero. Quedó empalado en un árbol.

Lo capturaron en el mismo tatú en donde te habíamos escondido a vos días antes, Celia”. Y añade sin prisa, con voz más baja, con una mirada cariñosa hacia su joven prima: “Mirá, Celia, no todos tuvieron la suerte que vos tuviste”.

Seguimos caminando en subida hasta perder todo rastro de la senda. Israel nos pide

esperarlo bajo un mango y se aparta. Lo vemos dar algunos pasos en una dirección, luego en otra y mover la maleza con su machete. “¡Vengan!”. Israel recuerda sus puntos de referencia: a diez pasos del árbol hacia el levante, a treinta pasos de la fuente, hoy seca, que brotaba un poco más alto. Allí el padre de Israel puso tres pequeñas piedras negras y redondas.

Frente a nosotros el valle, el árbol que da sombra y frutas, el silencio interrumpido por el canto de los pájaros, las montañas lejanas en el horizonte azulado. Todo respira paz.

Israel habla con voz serena y cálida, alejada de toda retórica. Devana los sufrimientos de

su pueblo, el exceso de dolores del pasado.»Es decisión tuya, Celia, si querés que los restos de tu padre los llevemos a un cementerio. Es posible. Hay un procedimiento legal que hay que seguir. O si querés dejarlo aquí y marcar este lugar con una piedra o con una cruz». Insiste con extrema dulzura: «Quiero que me comprendás bien. Tu padre no lo necesita. No lo hagás por él. Él descansa dondequiera que esté. No lo hagás tampoco por la familia. Haz lo que sintás, según tus creencias, según lo que sintás que necesitás hacer.» Sin que Celia hable, sé lo que piensa: le estremece la idea de encerrar en una caja al hombre cuyos restos han reposado durante tantos años en la tierra. No, no hay que turbar el descanso de Tiburcio, que duerme al amparo del mango silvestre.

***

Otro día nos reunimos con Israel en la plaza de Tenancingo. A menos de quinientos metros de allí murió María Claudia, la madre de Celia. Regresaba de comprar sal y jabón en el pueblo. Un soldado, cuyo pasatiempo favorito era disparar sobre blancos humanos, mató a esta joven campesina cuando caminaba a la orilla del camino. Avisadas, sus hermanas suplicaron a los soldados que les permitieran enterrarla. Reticentes, acabaron por ceder. Las hermanas no tenían fuerzas para cargar el cuerpo y lo enterraron de prisa, a pocos metros del camino. Después, gente que no sabía de esta historia, levantó su casita en el mismo lugar. Y ahora los restos de María Claudia están bajo el suelo de tierra de esa casa.

La señora que vive allí nos acoge con deferencia: Israel la puso al tanto. Un hombre

joven que dormitaba en la penumbra se levanta para dejarnos solos. Allí también, Israel habla largamente y su voz tranquila y pausada parece un bálsamo. Fuera, sus hijos juegan y cuando nos sentamos delante de la casa, protegidos del sol por un techo adornado de plantas, vienen a colgarse de su cuello. Intercambiamos con la señora palabras anodinas sobre los vecinos y palabras más serias sobre el futuro de los niños de unos y de otros. De quienes tuvieron la suerte de no conocer la guerra, pero son demasiado pobres para poder estudiar y aspirar a una vida realmente mejor. Palabras bañadas en una compasión que no se formula, pero que colorea el vaivén de la conversación. Ese tiempo sin límites para intercambiar palabras es, sin duda, el tesoro de los pobres. Y es un tesoro inagotable.

***

¿Quién creería que estos dos días dedicados a visitar muertos sin tumba no estuvieran marcados por la tristeza? Cumplíamos. Eran pasos indispensables, la voz de Israel nos envolvía y avanzábamos guiadas por la luz del corazón. Celia iba entendiendo que el drama que ella había vivido era una ínfima parcela de la tragedia vivida por su pueblo. Comprendía que muchos otros ni saben a dónde ir a evocar la vida de sus seres queridos desaparecidos.

Un nuevo amigo nos ayudó sin saberlo. Conocimos a Juan José Dalton y la simpatía

entre Celia y él fue inmediata. Juan José es periodista y yo estaba en contacto por carta

con él desde hacía meses porque había empezado a traducir al francés algunos escritos

de su padre, Roque Dalton, reconocido como el más grande poeta salvadoreño del siglo

xx. En los años 60, Roque y Luis habían tenido una firme amistad cimentada en la esperanza de que era posible una sociedad diferente, rompiendo con el capitalismo y

también con la parodia de socialismo edificada en los países del Este de Europa. Roque,

príncipe del humor, quien supo mejor que nadie dar gracias a la vida por la profusión de

sus dones. Roque, que había navegado entre Praga, La Habana y Pekín y volvía de cada

viaje con historias surrealistas que hacían llorar de risa a sus amigos, Roque, cuya vida

ilustraba que la tierra es redonda y no tiene ombligo, decidió un día volver a su diminuto país. Guerrillero, fue asesinado en 1975 por otros guerrilleros dirigidos por Joaquín Villalobos. La muerte del poeta es para nosotros el episodio más atroz y escandaloso de la historia de El Salvador.

Queríamos tanto a Roque que teníamos su foto en la casa de los Planes de Renderos. Un día los niños pegaron sobre el póster con su rostro un pequeño corazón plateado, sin duda por habernos escuchado hablar con tanto amor de este enigmático joven, sin duda por habernos escuchado recitar versos de su Poema de amor, el más bello homenaje dedicado al pueblo salvadoreño:

Los eternos indocumentados,

los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,

los primeros en sacar el cuchillo,

los tristes más tristes del mundo,

mis compatriotas,

mis hermanos…

Un sábado por la mañana Juan José nos llevó, con su hijita Camila, al homenaje que sus antiguos compañeros rendían a Roque en la pequeña ciudad de Nejapa. Estaba tan

conmovido al hablar de su padre en público que muchas veces las palabras se le atragantaron. Acabado el homenaje, debíamos regresar a San Salvador. Pero Juan José

se encaminó en dirección opuesta. Al timón de su carro destartalado, se puso a hablar y

sentimos que no debíamos interrumpirlo: “Cuando el grupo de Villalobos, algunos meses después de haber matado a mi padre, hizo su autocrítica reconociendo que Roque no era un traidor y que su ejecución había sido un error, le aseguraron a mi madre que los cuerpos de Roque y del amigo que eliminaron junto con él habían sido cuidadosamente enterrados y que nos llevarían allí enseguida que el lugar fuera accesible. Hasta dijeron que sería fácil reconocer al cuerpo de mi padre: había perdido un zapato en el último instante. Después de la firma de los Acuerdos de Paz, descubrimos que era mentira: no tenían ningún lugar que mostrarnos. La misión de Naciones Unidas para El Salvador, cuya ayuda solicitamos, no halló nada. Más tarde, un testigo nos contó que un policía había encontrado los cuerpos y que un juez había tomado la decisión de echarlos a una fosa común porque era imposible identificarlos…”.

Juan José estaba tan absorto en las imágenes que desfilaban por su cabeza que se perdió. No encontraba el camino que llevaba al lugar que quería mostrarnos: el sitio donde

mataron a su padre. Preferimos renunciar. Mientras él y yo intercambiábamos reflexiones sobre la embriaguez del poder que se apoderó de ciertos jefes militares, tanto en El Salvador como en Nicaragua, mientras comparábamos esa locura con la madurez y el sentido ético de los zapatistas de Chiapas que supieron sacar lecciones de esas derivas del poder, fatales para tantas luchas centroamericanas, Celia, sentada atrás, jugaba con la pequeña Camila. Ambas son tan rubias y tan parecidas, tanta gracia emana de ellas que durante el homenaje mucha gente creyó que eran hermanas. Cuando llegamos, Camila está dormida en los brazos de Celia, que sonríe encantada y no se atreve a hacer el menor movimiento para no despertar a la pequeña.

Tenancingo

Para Celia es más importante reconocerse en los rasgos de su madre que mirarse en un

espejo. Continúa afligida por no tener ninguna fotografía de ella. Es un pesar que expresa desde hace años. Hemos averiguado y ningún familiar conserva ninguna foto. A lo mejor nunca se tomó alguna. En la época en que vivían sus padres, los campesinos pobres no tenían recursos para fotografiarse, ni siquiera el día de su boda. Pero estos razonamientos no satisfacen a Celia. Ver la cara de su madre se ha convertido en una idea fija. En el momento del reencuentro confió ese deseo a su familia. Su primo Daniel se informó: antes de la guerra los registros civiles se llenaban cuidadosamente en todo el país y cada persona registrada tenía infaliblemente en su ayuntamiento una ficha de identidad con su foto. El padre de Celia había nacido en Cinquera y su madre en Tenancingo. Era en ese ayuntamiento en donde había que buscar.

Daniel también se enteró que era indispensable recurrir a un abogado juramentado.

Solicitó a un amigo, lisiado de guerra, que tiene su bufete en Perulapía, que nos ayudara. A petición de Celia, organizó un encuentro. El día de la cita, Carlitos, que tomó un día libre para llevarnos, nos trae a las seis de la mañana hasta Perulapía, en donde el abogado nos entregara cartas para los alcaldes. A las nueve, se aparece en su silla de ruedas. Nos trata con extrema gentileza: “Vayan a ver al alcalde de Tenancingo de mi parte y cuéntenle su historia. Es del FMLN, puede comprender su caso y dejarles acceder al registro. Si él no toma la iniciativa, yo me desplazaré personalmente”.

Nos encaminamos hacia Tenancingo, a sólo treinta kilómetros, pero nos demoramos

más de una hora en llegar por la polvorienta pista. El ayuntamiento, como la iglesia, da

a la plaza. Apenas nos presentamos, una empleada nos recibe en la entrada, cubierta de

grandes y coloridos paneles con todas las realizaciones de la municipalidad: alcantarillado, saneamiento, consolidación de los puentes, mejoramiento de las vías de acceso… Sin fijarnos en la decena de campesinos silenciosos que aguardan sentados en bancos a lo largo de la pared opuesta, Carlos toma la palabra:

—¿Podríamos ver al alcalde?

—Ya se fue, hay que venir antes de las nueve para verlo. Vuelvan mañana.

—Queríamos pedirle que nos dejara ver el fichero.

Entonces habla Celia:

—Soy salvadoreña, pero vivo en Francia. Mi madre murió cuando tenía dos años. No tengo ninguna foto de ella. Mi única esperanza es encontrar una en el archivo, porque mi madre fue inscrita aquí en el registro civil.

—El ejército destruyó el ayuntamiento en la guerra. Todo el archivo anterior al año 88 se quemó…

—Entonces no encontraremos nada, porque mi madre nació mucho antes…

—Pero podemos ver… Hemos reconstruido lo que pudimos de los archivos destruidos.

—Dígame cómo se llamaba su madre…

—María del Carmen Iraheta de Paz.

La interrumpo:

—No, Celia, Iraheta de Paz es tu apellido.

Y le hablo a la empleada:

—Su madre se llamaba Paz. Iraheta es el apellido de su padre. Su madre fue registrada con su nombre de soltera.

La empleada se levanta, abre algunos cajones de un gran mueble situado a unos metros y vuelve con una ficha de cartón color de arena: “Aquí está: María del Carmen Paz”. Tanta facilidad nos desconcierta. La empleada, siempre amable, nos muestra la ficha: la cara, cuadrada, es la de una mujer de piel blanca y ojos claros. Por el físico, podría ser la

madre de Celia…

—Yo la conozco —dice la empleada—, pero esta mujer no murió, está viva. Se mudó hace tiempo, ya no vive aquí. ¡Tiene tres hijos y nunca tuvo una hija!

Entonces, no puede ser ella. Sentimos que la realidad juega al escondite con nosotros. Celia esta pálida. Me pregunto dónde nos equivocamos. Seguimos escudriñando la foto. No sé cuánto dura este instante. La empleada nos saca de nuestro pasmo: recoge la

ficha, debe ocuparse de los que esperan. Recupero el sentido y le dejo un papelito con unas palabras amistosas para el alcalde.

Reemprendemos el viaje de regreso. Caminamos en silencio por la plaza, preocupados por la duda que flota en nuestras mentes: otra mujer, viva, lleva el mismo nombre… cuando de repente exclamo: “¡Celia, te equivocaste también en el nombre: tu madre se llamaba María Claudia y dijiste María del Carmen! ¡Y eso pasó porque tu nombre

completo es Celia del Carmen!”. Así, excepto el primer nombre, la identidad que Celia había enunciado ante de la empleada de la alcaldía no era la de su madre sino la suya:

Celia del Carmen Iraheta de Paz. ¡Qué jugadas puede jugarnos nuestro inconsciente!

Las risas comenzaron a borrar la tensión del momento que acabábamos de vivir:

¡Vaya, Celia, atravesamos el Atlántico, movilizamos a tu primo y al abogado lisiado, llegamos hasta este fin del mundo buscando una fotografía… para que al final dieras tu

nombre en lugar del nombre que estás buscando!”.

Habíamos recorrido ya sólo algunos kilómetros en el camino de regreso:

—Es fácil volver atrás… ¿Quieres que regresemos a la alcaldía?

—No, ya no vale la pena.

¿Temía molestar o no quería resultar caprichosa? No creo. Regresamos a Tenancingo al final de nuestra estancia en El Salvador y tampoco entonces Celia deseó consultar de nuevo el archivo municipal. Creo que su error revelaba una verdad más profunda: la identidad en busca de la cual se había lanzado desde hacía años, la que la había traído hasta aquí era la de Celia del Carmen Iraheta de Paz, una salvadoreña perdida veinte

años atrás. En estas tres semanas había reencontrado a su familia, había podido reconstruir a partir de los rostros de sus tías el rostro de su madre, había comenzado a disfrutar del aire de su país natal… había recobrado suficientemente su identidad perdida y ya no le era necesario encontrarla en la ficha de un registro civil.

***

Celia regresa a su país de adopción. En ningún momento ha pasado por su mente quedarse en El Salvador. Todo la arraiga en Francia: su oficio, su novio, su amor por este país cuya lengua y cultura adoptó. Pero piensa proponerle a su novio que la acompañe un día a El Salvador para que él también conozca a su familia.

Lilia, la mayor de nuestros “hijos”, a la que vimos de nuevo diariamente durante nuestra estancia en El Salvador, es desde hace años la encargada de acoger a los visitantes que vienen a rendir homenaje a los jesuitas asesinados en 1989 en el lugar de su martirio. Un sábado por la tarde, la vimos adornar para una boda el altar de la capilla de la Universidad Centroamericana, poniendo una rosa en el extremo de cada banco. Esta capilla es quizás el lugar más lleno de sentido para nosotros sobre todo el planeta. Luis y yo vinimos aquí antes de su construcción hace unos veinte años. Con Nacho habíamos recorrido el campus de la universidad y él nos enseñó un terraplén abandonado:

—¡Aquí edificaremos la capilla!

—¿Por qué hacerla de último?

—Porque primero hay que edificar la capilla humana.

El día de la inauguración fue una fiesta prolongada. Nuestros niños posaron para una foto con la Marichi bajo una frase de Monseñor Romero, grabada en la fachada: con este pueblo no cuesta ser buen pastor. Como el acto se alargaba, Nacho salió, se unió a un grupo de campesinos sentados afuera en la grama y agarró la guitarra de uno de ellos. Y los niños, en círculo alrededor de él, se pusieron a cantar. En esta capilla reposa hoy Nacho con sus cinco compañeros.

El lugar está sobriamente decorado, es apacible. Durante estos días en El Salvador,

Celia y yo citamos aquí a todos los que queríamos reencontrar, entre ellos a varios de los niños que pasaron por nuestra casa de los Planes de Renderos y a los que encontramos ya adultos, ya padres de otros niños. Con ellos recordamos el tiempo ya ido y hablamos del futuro a la sombra de los eucaliptos, mientras los pequeños se divertían rodando cuesta abajo por la pendiente del pequeño cerro que está a la izquierda de la entrada de la capilla. Pegaban gritos, se llamaban. Me alegró el maravilloso desorden de sus carreras salpicadas de risas en este lugar de recogimiento.

Lilia acoge con una sonrisa radiante el proyecto que le confía Celia: casarse en esta capilla. Jon Cortina, solicitado para presidir la celebración, la toma en sus brazos con una ternura inmensa. Así será: es aquí donde las familias de Celia se reunirán. Y lo harán bajo esa otra frase de Monseñor Romero que aparece grabada a la entrada de la capilla: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.

*Fragmento de L’enfant du refuge (2002). Texto en español revisado por María López Vigil.

[10] Después de escritas esas líneas, en diciembre del 2003, se inauguro en el Parque Cuscatlan en San Salvador el Monumento a la Memoria y la Verdad; en aquel entonces se grabaron 25 985 nombres de Salvadoreños y Salvadoreñas víctimas civiles de violaciones a los derechos humanos. En una segunda fase, en marzo 2008, se incorporaron 3 169 nuevos nombres. El 1 de junio de 2009, tomo posesión el gobierno de Mauricio Funes a raíz de elecciones ganadas por este candidato aliado con el FMLN: en El Salvador, después de que los asesinos de Mgr Romero hayan ejercido el poder en forma continúa, “la esperanza venció el miedo”.

[11]la bêtise à front de taureau: J.M.Le Pen, candidato del Front National, partido de ultra-derecha, se presentaba en la segunda vuelta de esas elecciones tras haber obtenido en la primera vuelta el segundo lugar detrás del candidato de derecha J.Chirac, quedando excluidos de la segunda vuelta todos los candidatos de izquierda.

Comments

comments