¿Cómo vivían las actrices de Warhol?

 

Por Barbara Goldsmith

 

En el nuevo estudio de Andy Warhol, “La Fábrica”, Viva se apoyaba en la blanca pared encalada mientras su ensortijado cabello rubio refulgía bajo los focos. Su cara angulosa y su delgado cuerpo hacían pensar en las viejas fotografías sepia, halladas en el arcón de una buhardilla, de las actrices de inicios de los 30. Llevaba una chaqueta edwardiana de terciopelo, una blusa blanca y afilados pantalones negros.

—¿Me veo bien? preguntó a Paul Morrisey, director técnico de Warhol.

—Igual que una estrella —respondió él con solemnidad.

El cine underground había surgido de los áticos del Village para afincarse en las salas elegantes de la parte alta de la ciudad; como consecuencia, las estrellas cinematográficas del underground se habían revelado también. Viva, que había actuado en Bike Boys, The Nude Restaurant y Tub Girl, era objeto de numerosas entrevistas y artículos en las revistas de actualidad, en los que aparecía descocada, hip y fascinante.

Women’s Wear Daily proclamaba: “Viva encarna la moda… Es la clase de persona que influye en la moda de hoy… Es una presencia. Los conceptos de Viva sobre la vida… los vestidos… son ante todo muy personales”. Se la comparaba con la Garbo y la Dietrich (The Village Voice), con Lucille Ball (Vogue); era una Rita Tushingham o una Lynn Redgrave americana (The New York Times).

El ascensor de La Fábrica se abrió, dando paso a un cargamento de miembros de la prensa y amigos que habían sido invitados a una proyección de la última película de Viva, The Lonesome Cowboys. Casi de pronto Viva se vio rodeada de gente. Una chica bajita de pelo negro exclamó:

—Te vi hoy en la tele, Viva. Estuviste genial.

—Gracias, gracias —contestó Viva, tirando besos como una reina del cine—. Ahora siéntense y vean la película.

La película (que duraba alrededor de 200 minutos) era una demostración de la fórmula cinematográfica de Warhol. Una mezcla de homosexualidad, conversaciones, violación, conversaciones, travestismo, conversaciones, incesto homosexual, conversaciones, masturbación, conversaciones, seducción heterosexual, palabras, palabras, palabras y una orgía. Viva, la única mujer de la película, se encargaba con toda naturalidad, del sexo heterosexual y servía de blanco a la violación.

Durante la violación, Viva tocó con el codo a un amigo y observó:

—Durante esta escena había unos cuarenta niños mirando. Todos los estudiantes de Arte de las universidades vecinas vinieron y trajeron a sus hijos. Yo grité: “Estos niños se van a escandalizar de una manera terrible”. No me hubieras oído decir nada un minuto después —Viva se arqueó en un desorientado encogimiento de hombros—. Todos eran artistas y creyeron que se trataba de arte.

Andy Warhol es un hombre de negocios que es por categoría un artista. A causa de esta etiqueta, el espectador o se siente intimidado ante lo que considera Arte, o —lo que suele ser más frecuente— da gusto al voyeur que duerme en él en nombre de la experiencia artística. El estudio Warhol es adecuadamente llamado La Fábrica, porque en él manufactura un compuesto de voyeurismo y ennui para el consumo público. El prototipo de sus productos es The Chelsea Girls, la primera película underground que se exhibió en un cine elegante. Costó unos 10 mil dólares hacerla, y la recaudación de sus proyecciones pasa ahora del medio millón, lo que hizo comentar al taciturno Andy: “El Nuevo Arte es Negocio”.

—Estoy realmente hecha polvo —gimió Viva al terminar la película mientras se metía una píldora en la boca y se la tragaba con el auxilio de un vaso de vino—. Andy y Paul me están matando con todas estas revistas. ¿Por qué no vienes a verme mañana cuando me levante, digamos, sobre la uña?

***

Al tercer timbrazo, Viva abrió la puerta de su apartamento de baldosas de piedra marrón en la calle 83 Este. La mujer se erguía en el umbral sin maquillar y sus ojos eran una mancha de color verde intenso en un rostro de cejas finísimas y pestañas inexistentes. Llevaba pantalones rojos y una blusa roja de algodón desabrochada. Tenía el pelo recogido en un moño. En cuanto entré, de su boca salió un torrente de palabras.

—Oh, por Dios, no mires cómo está la casa. No he limpiado ni he recogido nada en meses. Todas las noches pienso que moriré asfixiada con el olor del polvo y ese D.D.T. para las cucarachas. Mira lo sucias que están las ventanas. Tendría que hacer algo, pero no tengo aspiradora y no puedo comprar una. Ando sin un centavo, absolutamente sin nada. Me paga el alquiler un nombre que conozco.

Viva dio unos pasos con elegancia por entre un amasijo de ropa interior, vestidos, bolsas de tintorería, una plancha, algunos platos, revistas y periódicos. Se inclinó para extraer, de bajo de una bolsa de tintorería, la chaqueta de terciopelo que llevaba la noche anterior. Tenía grandes quemaduras.

—Fíjate en esto…Destrozada. Con todas las horas que me pasé en aviones cosiendo los forros. Alguien dejó caer encima un cerillo encendido y no me di cuenta hasta que quedó toda quemada. Estaba tan cansada que me tomé dos Midols y un tranquilizante y bebí un poco de vino que hice yo misma la Semana Santa pasada. Luego le di dos toquesitos a un porro y se me subió tanto que no me enteré de nada. Era mi favorito. El único otro vestido que me gusta es un vestido de 1920 que compró Andy, pero huele tanto a sudor que no puedo usarlo. Oh, qué más da.

Viva esquivó el relleno que se escurría fuera de una silla dorada, pasando luego ante una pared done había garrapateados muchos números de teléfono. Me guió entonces hasta el dormitorio. Contenía una cama matrimonial sin sábanas que ocupaba casi la habitación entera. Sobre ella había restos de pastel en un plato de estaño, un recipiente con zumo de naranja, unos suéteres, un espejo para maquillarse, diversos tipos de maquillaje, un ejemplar de El principito y algunas fotografías. Viva extrajo las fotografías.

—Las busqué para que las vieras. Son de mi familia.

La primera fotografía mostraba una catedral llena de flores.

—Esta es la foto de la boda de mi hermana Jeannie. Tiene 24 años… uno menos que yo. Somos nueve hermanos. Mi verdadero nombre es Susan Hoffmann. Aquí está mi padre tocando el violín. Tiene 74 violines. Tiene también cuatro barcos, dos casas, una en Siracusa y otra en Wellesley Island en la ruta de Saint Lawrence, y una granja en Goose Bay. Lo consiguió todo él solo. Es abogado en Siracusa. Mi padre tenía un genio incontrolable y acostumbraba descargarlo sobre mí. Luego estaba siempre la diferencia entre lo que parecían las cosas y lo que eran. Criaba caballos porque decía que se veían bonitos sobre la hierba de su finca de verano, pero nunca estaban domados y ninguno de sus hijos podía montarlos.

Vivi cogió otra fotografía.

—Esta es la foto de mi primera comunión. Todo el ambiente en el que fui educada era absurdo. Por una parte mis padres fueron siempre extremadamente hospitalarios, todo el verano teníamos treinta personas en casa, pero al mismo tiempo eran realmente rígidos. Mi madre era una gran defensora de Joe McCarthy. Tenía dos miradas… una que significaba “Cállate” y otra que significaba “Cruza las piernas”. Dormía con un crucifijo sobre la cama, y toda la pesca. Mi padre tenía una imagen de un metro de la Virgen María. En Navidad le ponía un halo y dos focos. Estuve con las monjas hasta los 20 años. Fui virgen hasta los 21. Luego me pasé los dos años siguientes tratando de enmendarme. Ahora no puedo soportar el clero, papas, obispos, curas y monjas, ni soporto toda esa cosa autoritaria y antisexo de la Iglesia Católica. Pero creo que es probable que Cristo fuera un tipo realmente groovy. Después de la escuela superior pasé a la Universidad de Marymount, en Tarrytown, donde las hermanas dijeron que era la mejor estudiante de la escuela de Arte. Quería ser ilustradora de modas. Luego fui a la Sorbona y la Academia Julián, en París, y todo aquel tiempo viví en un convento de Neuilly. El último trimestre en la Sorbona estaba tan deprimida que no iba a clase. Andaba paseando por ahí y me sentaba en el Deux Magots para tomar vermut caliente.

Viva se distendió, frotándose los ojos y bostezando.

—Estoy cansada por el viaje a Tucson para buscar localizaciones para la película. No dormí nada. Las dos primeras noches dormí con John Chamberlain, que es un antiguo amante mío. Dormí con él por razones de seguridad. Bueno, luego tuve uno distinto cada noche. Una noche Alien Midgette y, ¿cómo se llama ése?, Tom Hompertz, se acostaron conmigo. Andy se asomó por la ventana y me reclamó: “¿Qué estás haciendo ahí? Te dije que no lo hicieras. Tienes que reservarte para cuando rodemos”. Luego le tocó a Little Joe [Joe D’Alessandro], qu es muy dulce, y a Eric [Eric Emerson], que es siempre tan rudo.

Viva alzó la vista y me dijo:

—No me mires tan escéptico. Es la verdad. Yo siempre digo la verdad. La gente cree a veces que le estoy tomando el pelo, pero yo realmente no sé lo que es eso. Soy como cualquier otra persona. Lo único es que soy demasiado franca. Lo que pasa es que no me importa, de veras… Bueno, eso creo. Paul Morrissey opina que soy una ninfómana, pero eso no es verdad. Simplemente me gusta dormir con alguien, porque detesto dormir sola. Tengo pesadillas y me gusta tener a alguien en la cama a quien abrazarme. La mayor parte de los hombres no sabe de qué va, en cualquier caso; son tan insensibles y se concentran tan poco. Pienso que he pedido demasiado a los hombres. Los hombres ya no influyen en mí, sencillamente. Hace seis meses que no me hace perder la cabeza ningún hombre. En las películas de Andy son las mujeres las que tienen carácter, las que tienen belleza, las que controlan todo. Los hombres no son más que esos animales vacíos. Tal vez los homosexuales sean los únicos que no son realmente culpables. Me tratan mejor que todos los hombres normales que he conocido. Quise mucho a una chica y seguimos siendo amigas, pero me gustan de veras los hombres. Incluso cuando me acostaba con aquella chica, queríamos siempre tener un hombre cerca, sólo para mirar y esas cosas. Sabes, si alguien es guapo de verdad, realmente me aloca. Mi opinión acerca de los hombres es que son patéticos, son criaturas que necesitan auxilio. La única clase de hombres que me gusta ahora son los hombres que son fantásticamente ingenuos y no demasiado inteligentes, como Marco, mi amante. Preferí más bien alguien que me instruyese, pero jamás encontré a nadie que fuera capaz. De todos modos, me da igual no hacerlo mucho ya, porque siento que no tiene objeto. Como toda esta tonta filosofía-del-sexo-Play-boy-Hugh Hefner, que el sexo sin amor es mejor que la ausencia de sexo. Creo que eso es un montón de tonterías. Te arreglas mejor masturbándote. Cuando estás con alguien que no está realmente contigo, te sientes en ridículo. Cuando era joven, sin embargo, realmente podía llegar a obsesionarme un hombre. Justo al terminar la escuela tuve una pelea con mi padre. Me peleaba con él cada dos meses. Así que conseguí un trabajo en Boston y luego me largué a Nueva York. Me instalé con un fotógrafo. Fue mi primer amante. Me doblaba la edad, una situación bastante clásica. Yo buscaba un padre. Él fue la primera persona con la que pude hablar y contarle las cosas que jamás había contado a nadie. Era mi único amigo. Estaba casado, pero separado. La cuestión es que jamás me dejaba ir a ninguna parte. Era absurdamente celoso. Llegó a quemarme toda la ropa. Cenábamos y comprábamos revistas y veíamos la tele y leíamos en la cama. Me maquillaba la cara todas las noches. Lo dejé después de un año. No tenía un centavo y mi padre no me daba nada, así que conseguí trabajo como modelo. Trabajé para tres agencias, pero era demasiado desorganizada y de algún modo corrió la voz de que yo era informal. Me temo que era cierto. Volví con aquel fotógrafo y nos peleamos porque no quería que trabajase como modelo para nadie más. Un desastre. Probablemente la peor época de mi vida. No tenía energías y quedé tremendamente deprimida. No es que nadie se preocupe por ti; eso es lo de menos. Te sientes deprimida sin ninguna razón, y eso da mucho miedo. Sabía que estaba al borde del desequilibrio nervioso, así que hice que mi hermana me acompañase a Milbrook, Nueva York, para ver a Timothy Leary. Tim Leary fue quien me inició en la droga. Me dijo que tomase psilocibina, el hongo alucinógeno, y lo hice por curiosidad. Lo he probado todo excepto la heroína y el opio. He tomado LSD sólo dos veces y no creo que vuelva a probarlo otra vez por el riesgo para la salud. No sé nada acerca de esos cambios de cromosoma. La primera vez que lo tomé, me pareció una broma pesada porque creías que habías conseguido clave del universo entero, sólo que no podías recordar en qué consistía. Comprendo que haya personas que se drogan cada día buscando la clave. La última vez que tomé LSD tuve una mala experiencia. Estaba con un tipo que no quería hacer el amor conmigo, así que le di un golpe a su televisor y se lo estropeé y me pegó. Prefiero la mescalina y el peyote a las drogas sintéticas. No veo que haya nada de malo en tomar algo que brota realmente de la tierra. Pero el peyote resulta tan nauseabundo cuando lo tragas, no sé si podré hacerlo otra vez. Nunca he tomado nada con regularidad. Y no estoy lo bastante organizada como para tener un proveedor. Por lo menos la mitad de los muchachos de La Fábrica se drogan. Los hacemos salir en las películas porque resultan con frecuencia los más interesantes. Bajo las drogas creo que se obtiene una respuesta de amor y de orgasmo constante. Lo sientes continuamente. Eso te conduce al Reino de los Cielos. Imagino que la religión no es más que una completa sublimación sexual. Me meto de ello en esta cosa religiosa…Veo películas en blanco y negro de Egipto que se proyectan en las paredes. No consigo entender si esto me viene de una influencia excesiva de las monjas o de leer demasiado sobre psiquiatría o qué.

Soñó el teléfono. Viva descolgó y dijo:

—Está bien, está bien, mandé el cheque por correo. No puede cortarme la corriente. Ya le dije que estuve fuera. Está todo en orden.

Después de colgar, añadió:

—Tengo que llamar a Andy para que pague mi cuenta de la Edison. Andy me da 100 dólares por aquí y 100 dólares por allá cuando necesito dinero. Nunca pido mucho. Todos hemos de cobrar pronto un sueldo regular, pero Andy dice que la compañía es insolvente.

Luego recuperó el hilo.

—Te estaba hablando de Tim Leary. Estuve con él alrededor de una semana, pero no me dejó tomar nada fuera de oler un poco de metedrina, así que pinté un mural, paseé por los bosques y me acosté con unos cuantos tipos. Luego volví a casa con mi familia al comprender que no iba a mejorar. Le dije que quería internarme en una institución, así que me llevó un sitio en Auburn, Nueva York, pero cuando estuvimos dentro, el internista cerró la puerta detrás de nosotras y luego me ató una etiqueta con mi nombre en la muñeca. Me puse histérica e imploré a mi madre que llevara a casa, y lo hizo. La semana que siguió me la pasé en cama con escalofríos, sin dejar que mi madre se alejase de mi lado. Entonces me dije: “Estoy volviendo al útero materno. Tengo que salir de aquí”. Así que tomé un avión de vuelta a Nueva York y me fui a casa de mi hermana Jeannie. Encontré un empleo en Parsons y trabajaba como modelo de modas por la mañana y como modelo artística por la tarde. Me ahorraba así el dinero de los taxis que hubiese tenido que pagar yendo de un trabajo a otro. Después de ocho meses, la depresión pasó. Una noche fui a ver la película de Andy, I, A Man, y me pareció fabulosa. De haber visto una película así cuando era joven, no me habría sentido tan tímida y diferente. Era tan honrada. Los personajes vacilaban, una chica se cubría los pechos porque le daba vergüenza que la gente los viera. En las películas de Andy todos son honrados, y francos y abiertos. La mayor parte de la gente no es así en absoluto. Como mis padres, cuya vida se ha estructurado por completo sobre su religión, su política y sus relaciones sociales, y todo lo que no está de acuerdo con eso, creen ellos que es malo. De todas formas, todo este ambiente puritano tiene una ventaja… Cuando rompes con él, hace que todo parezca más excitante. No quiero despreciar a mis padres tampoco. Han tenido nuevos hijos, todos ellos en contra de todo lo que mis padres defendían, así que no les ha podido salir todo tan mal. Si no, los chicos no habrían sido más que una copia al carbón de ellos mismos.

Viva se levantó, tropezó con un vaso al que dio un puntapié y dijo, furiosa:

—No soporto este lugar. Crees que debería irme al campo, ¿vedad? Verdad. Pero no lo haré. ¿Con quién voy a hablar entonces? Casi todos mis amigos andan por La Fábrica. Me resulta más fácil vivir aquí y salgo mucho fuera con Andy, dando conferencias por las universidades. Hemos conocido a unos cuantos de los chicos en esas conferencias. Así es como encontramos a Tom Hompertz. Les enseñamos a los chicos una parte de nuestra película de 25 horas y hablamos con ellos. Les decimos que no creemos en metas; ni en metas, ni en objetivos. No creemos en el Arte. Todo es Arte. Lo único importante es hacer una película que divierta. Salgo desnuda porque Andy dice que por verme desnuda se venden entradas. Se me hace difícil creer. Creo que parezco una sátira, una parodia de una mujer desnuda, parezco una gallina desplumada. Desde que me puse una I.U.D. [aparato intrauterino] y dejé de tomar píldoras anticonceptivas, no tengo ni siquiera pechos. Pero últimamente me han dedicado mucha atención y publicidad. Una periodista tonta escribió: “Viva se ha retirado de la carrera de obstáculos”. Pues sí que está enterada. Acabo precisamente de entrar en la carrera de obstáculos; quiero dinero y supongo que triunfos. Tratar de hacer planes con anticipación me pone en un estado terrible. Puedo decirte lo que estoy haciendo en el momento, pero si pienso en el futuro me pongo neurótica. Ahora tengo a Andy para que haga planes y tome decisiones. Yo me limito simplemente a lo que él me dice. Andy tiene algo místico que te obliga a desear hacer algo para él.

Viva levantó la vista, con los ojos en blanco, y añadió lentamente:

—A veces, sin embargo, cuando pienso en Andy, creo que es igual que Satanás. Te aprisiona y no puedes escapar. Antes iba a todas partes yo sola. Ahora parece que no puedo ir a ninguna parte ni tomar la decisión más sencilla sin Andy. Tiene tanta influencia sobre todos nosotros. Pero me siento feliz cuando hablan de Andy y Viva.

Emparejar así los nombres me recordó otra época en la que se hablaba de Andy y Edie, así que pregunté:

—¿Qué fue de “Superstar” Edie Sedgwick?

—Oh —repuso Viva, rodeando con los labios la punta de la lengua en un nervioso amaneramiento—. Edie está estupenda. La visité en el hospital. Lleva ahí mucho tiempo. Le regalé una maceta con un cactus por su forma. Pusieron una enfermera en la habitación con nosotros todo el tiempo, porque antes de mi visita alguien le había dado una anfetamina.

Viva se levantó y se quitó los pantalones. Se arrodilló ante mí, desnuda de cintura para abajo, y empezó a hurgar en una pila de ropa que había en el suelo.

—Tengo que irme en cuanto encuentre algo que ponerme —explicó—. La revista Eye va a hacer una fotografía oficial del grupo y me necesitan.

***

En el restaurante Max de Kansas City, después de la sesión de fotografías, Viva, Warhol e Ingrid Superstar y Brigid Polk, que actúan ambas en películas de Warhol, se hallaban sentados ante una amplia mesa redonda en un ángulo. El restaurante les trata como a celebridades. Viva devolvió el pescado, luego un filete, mientras aspiraba metedrina en una cuchara.

Yo la tomo cada tres horas —explicó Brigid—. No dejes que nadie te diga que la rapidez mata. Llevo años tomándola.

—Yo acabo de salir del hospital —anunció Ingrid Superstar—, y estoy a punto para entrar en acción.

Y exhibió un paquete de condones.

—Discúlpame un momento, es hora de despertarme —dijo Brigid y se dirigió al baño de mujeres.

Viva apoyó la cabeza sobre la mesa.

—Estoy muy cansada y este lugar me deprime.

Cogió el bolso y se fue.

***

Más tarde, Viva volvió a La Fábrica, un piso alto en un edificio comercial. La puerta de abajo estaba cerrada. Viva buscó un teléfono para requerir a alguien que le abriera la puerta. Las primeras cinco cabinas habían sido deterioradas y no funcionaban. Desde la sexta rechinó:

—Escucha, cabrito, soy Viva. Baja inmediatamente y abre esa maldita puerta.

Se quedó mirando, incrédula, el teléfono.

—Me ha colgado -murmuró.

Viva marcó entonces el número privado de Warhol y le respondió el contestador telefónico. La voz le preguntó si deseaba dejar un mensaje. Ella contestó que sí, y procedió a especificarlo. El contestador cortó la comunicación.

Viva tiró el auricular y volvió a la puerta cerrada en espera de que alguien entrase o saliese.

—Yo les enseñaré —tronó—. Me han dejado encerrada fuera y yo les encerraré dentro.

Con una moneda de diez centavos y una horquilla, intentó desatornillar el tirador de la puerta.

Durante esta operación, llegó Warhol.

—¿Por qué no tengo una llave? —aulló Viva—. No se me trata con respeto.

Warhol la miró, blando como un flan, mientras ella le aventaba el bolso, que se le estrelló contra una mejilla.

—Estás loca, Viva —observó fríamente—. ¿Qué crees que estás haciendo?

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