Por Fernando Savater*

Foto por Everardo González “Primavera de 2014 en la Coyotera de Monterrey”

En tiempos recientes se da entre quienes teorizan sobre literatura algo así como una nueva ofensiva contra las obras de ficción pura. O sea, contra las novelas demasiado desvergonzadamente novelescas, por decirlo de algún modo. Incluso hay quien se ha lanzado con entusiasmo un poquito suicida a la carga nada menos que contra la imaginación…, ¡ángel mío! Este tipo de cruzadas son tan antiguas como el mismo género novelesco y se repiten cíclicamente cada cierto tiempo. Desde el primer día la novela se debate entre su vocación fantástica (Luciano, los bizantinos, Cyrano de Bergerac…) y los realistas que fingen levantar acta de lo que pasó o pasa en el mundo (Daniel Defoe, Lázaro de Tormes o Cervantes…, aunque éste con alguna reserva). Lo mismo ocurrió luego, por cierto, en el cine: los hermanos Lumiére, con sus obreros saliendo de la fábrica en su tren llegando a la estación, contra Meliés y su primer viaje a la luna; Rossellini contra Spielberg. El enfrentamiento es quimérico y por tanto irresoluble, pero sumamente entretenido para algunos tenaces. Tiene largo pasado, bastante presente y sin duda mucho futuro. Durará…como el resto de los mitos.

Los adversarios de la ficción pura (es decir, sin complejos, para hablar el lenguaje de hoy) le achacan infantilismo y la pretensión corruptora de provocar por vía falsaria emociones artificiales y sentimientos alucinatorios. En una palabra: desprecio por los hechos, ni falta hace decir que reales (en otro caso no serían tales), que deben constituir el único alimento espiritualmente sano del contemporáneo positivo. Lo demás es veneno, engañifa, que ya no está a la altura de los tiempos. Como ocurre en otras ocasiones, estos aguerridos contemporáneos mantienen planteamientos deliciosamente decimonónicos. Podrían haberse ahorrado esfuerzos de haber releído la respuesta anticipada que les dio el por otra parte realista Charles Dickens en su novela Tiempos difíciles, al retratarles en la figura de su personaje Thomas Gradgrind, denodado abogado de los Hechos, así, con mayúscula. No es por cierto la única perplejidad rabiosamente moderna que sería posible quizá aliviar un tanto leyendo a Dickens… Mr. Gradgrind abomina de la imaginación porque no se limita a constatar y verificar Hechos: pero precisamente ese hecho incontrovertible, la presencia en la mente humana de la capacidad de imaginar, junto a la de observar, la de explicar o la de calcular no parece producirle más que indignación y rechazo. Como los Hechos son por definición lo anti-imaginario, la imaginación no puede ser un hecho entre los demás, ni mucho menos, como resulta que es, un hecho especialmente patente o incontrovertible. ¡Pobre Mr. Gradgrind! No es capaz de admitir el más peligrosa y característicamente humano de los hechos, el hecho de nuestra facultad de urdir, combinar y descartar hechos…., o sea, el hecho sin el cual no habría para el hombre hechos sino reacciones genéticamente programadas, meros tropismos. Sin el hecho de la imaginación quedamos contrahechos, deshechos y humanamente desechados, es decir, incomprendidos. Gradgrind no nos entiende pero Dickens, afortunadamente, sí.

Un hecho estadístico, como intermedio cómico: según una encuesta realizada hace unos meses en Gran Bretaña, la mayoría de los jóvenes entre veinte y treinta años de ese insustituible país no se aclara de hecho en cuestión de hechos reales o imaginarios. Se les proporcionó una lista de nombres famosos para que distinguiesen en ella las personas históricas de los personajes de ficción. Y un notable porcentaje declaró ficticios a Ricardo Corazón de León o Winston S. Churchill; eso sí, casi todos declararon jubilosa, triunfal e inapelablemente histórico a Sherlock Holmes. Al leerlo, me acordé de aquella respuesta de Borges al periodista que le preguntaba por su personaje histórico favorito. Borges repuso primero cautelosamente: “Bueno, todos somos históricos, ¿no?”, y luego, acicateado sin misericordia por su inquisidor, se decidió por fin por uno de nosotros: “Don Quijote”.

Está bien, resignémonos a una cierta dosis de ficción, admiten nuestros actuales positivistas (con los años y las hecatombes, Mr. Gradgrind se ha ido haciendo precavido), pero que sea lo más leve e imperceptible que pueda conseguirse. Una venial aportación ficticia que sirva para realzar y condimentar el básico realismo de fondo, la desencantada denuncia costumbrista, el insobornable documentalismo. Todas las grandes obras literarias y cinematográficas son a fin de cuentas documentos sociales, políticos, psicológicos… Siempre observados o absorbidos de lo que sucede en el mundo, nunca investigados. Pero los adversarios de Gradgrind —se llamen Dickens, o Bradbury o Spielberg, yo qué sé— no quedan satisfechos. Quizá estén dispuestos a reconocer que el verdadero arte narrativo —en cine, en literatura… — siempre es realista, pero exigen que no se excluya ni se margine la realidad de lo imaginario, es decir, el documento impostergable de la imaginación. Realismo, desde luego, siempre que sean reales las huelgas y también los dragones; naturalismo, por qué no, pero asumiendo con naturalidad la irrupción de lo sobrenatural o de lo insólito. Es la ficción la que selecciona entre los hechos y por tanto es también un hecho la voluntad imaginativa de la ficción.

¿Cuál es la diferencia fundamental entre la narración realista o naturalista que consideran “seria” los Gradgrind de este mundo (aliados con los críticos exigentes que hablan voluntariosamente de “gran literatura” o “cine de calidad”) y los relatos de aventuras, unos más sofisticados y otros más populares, a cuya celebración se dedica este libro? Para empezar por los parecidos, establezcamos que unos y otros tratan de personas enfrentadas a lo que Vaclav Havel llamó “la dificultad de habitar el mundo”. Esta dificultad es lo específicamente humano. Los animales encuentra en el mundo dificultades para vivir como les corresponde, mientras que los humanos encontramos la dificultad esencial en determinar cómo nos corresponde vivir. De eso tratan las ficciones y por ello no pueden nunca ser sustituidas ventajosamente por ninguna serie objetiva de hechos: es imposible contar satisfactoriamente desde fuera la experiencia de dudas, desasosiegos y decisiones. Nuestra dificultad de vivir no proviene de las circunstancias de la vida, sino de nuestra perplejidad ante cómo afrontarlas sin saber previamente en qué consiste vivir como humanos.

La narración considerada “seria” o “realista” cuenta la experiencia de esa dificultad a partir del individuo aplastado por la inercia fatal o maligna del universo, sea el conjunto de la naturaleza, de la sociedad o de nuestras determinaciones psicológicas. El individuo se debate contra lo abrumador, trata de afirmar y sostener ciertos valores, otras veces debe renunciar a ellos: en cualquier caso, acaba tronchado por la inmensidad que le supera. Ante tan desigual batalla, el sujeto se refugia en la intimidad del yo que padece, protesta y fracasa. En el relato de aventuras, en cambio, el individuo es capaz de protagonizar una acción que desafía a la necesidad y logra con mayor o menor pérdida rescatarse de ella. Toda aventura es la crónica de un desacato a lo irremediable. La inmensidad hostil se concreta simbólicamente en adversarios puntuales, lo mismo que el genio de colosal tamaño acaba encerrado por medio de cualquier ardid en la pequeñez manejable de una botella. Así consensado, el universo inhumano es puntualmente desafiable y hasta puede ser vencido: cae Goliat ante David, el niño sin miedo derriba al ogro y hereda sus posesiones. Victoria siempre efímera, desde luego, episódica: no hay aventura que selle para siempre un destino favorable. Pero se consigue al menos el aplazamiento durante el cual los protagonistas creerán poder ser felices y comer perdices. No es una simple ilusión ingenua, sino el resultado de una sabiduría que conoce la importancia insuperable de conquistar mediante el coraje terreno y alivio. Como dijo el viejo político inglés: “The delay is life”.

Otros ingleses mucho más modernos, los científicos del University College de Londres, parece que han determinado la zona cerebral donde se sitúa el afán de aventura de los humanos: se trata de la stratum venial, una de las regiones más arcaicas de nuestro instrumento mental. Según los experimentos de esos neurólogos, el stratum venial nos recompensa con gratificantes dosis de dopamina cuando optamos por lo desconocido, abandonamos lo rutinario y preferimos riquezas desconocidas. El stratum venial prima el misterio, las emociones que nos aceleran y congestionan, la tentación del riesgo. Cautos y positivistas, los sabios del University College avisan que esas incitaciones neuronales pueden llevarnos a caer en las redes de peligrosas adicciones (drogas, juego, sexo arriesgado…) en lugar de alzarnos al pedestal del heroísmo. Pero…, ¿acaso la tentación del heroísmo aventurero no es la adicción más peligrosa y necesariamente humana de todas? Nuestros parientes genéticos, los primates, no han llegado más lejos porque por lo visto a ellos el stratum venial les funciona con más moderación. La única alternativa de la evolución al proyecto Gran Simio es el proyecto Gran Hombre. Porque la aventura — misterio, emoción, riesgo… — nos hizo humanos. Y lo demás son cuentos.

A tales cuentos, ficciones literarias o cinematográficas, he dedicado las horas más gozosas de mi vida. Y de ellos trata este libro, en el que se incluye aquello de cuanto he escrito que palpita más cerca de lo que quisiera ser.

*Prólogo de Misterio, emoción y riesgo. Sobre libros y películas de aventuras (Ariel, 2008).

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