Por Neal Stephenson

Foto por Victor Hugo Valdivia «Prácticas modernas» 

Hace unos años entré a una tienda como cualquier otra y me topé con la siguiente escena: cerca de la entrada había una pareja joven frente a un enorme mostrador de cosméticos. El hombre sostenía estólidamente una cesta de compras mientras su compañera barría con los productos de maquillaje del mostrador y los apilaba en la cesta. Desde entonces he pensado en ese hombre como la personificación de una interesante tendencia humana: no es sólo que no nos ofenda ser deslumbrados por imágenes manufacturadas, sino que nos gusta. Prácticamente insistimos en ello. Estamos ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño: por pagar dinero para entrar a un parque temático, por dar nuestro voto a un tipo que obviamente nos está mintiendo o por permanecer de pie sosteniendo una cesta que se llena de cosméticos.

Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la parte llamada Magic Kindgdom, caminando por Main Street USA. Esta es la perfecta ciudad victoriana, pequeña y cuca, que culmina en el castillo de Disney. Había mucha gente; más que caminar, nos abríamos paso. Justo frente a mí estaba un hombre con una videocámara. Era una de esas nuevas videocámaras en las que, en vez de mirar por un visor, contemplas una pantalla plana a color del tamaño de un naipe que televisa en directo lo que la cámara esté grabando. El hombre sostenía el aparato cerca de su cara, de tal modo que le tapaba la vista. En vez de ir a ver una pequeña ciudad de verdad gratis, había pagado dinero por ver una falsa, y en vez de verla en directo con sus propios ojos estaba contemplándola por televisión.

Y en vez de quedarme en casa y leer un libro, yo lo estaba mirando a él.

La preferencia de los estadounidenses por las experiencias mediadas es lo bastante obvia, y no voy a exprimirla hasta la sequedad. Ni siquiera voy a hacer comentarios desdeñosos acerca de ella —después de todo, yo pagué por estar en Disney World—. Pero está claramente relacionada con el colosal éxito de las GUI [Graphical User Interface, o Interfaz Gráfica de Usuario], así que tengo que decir algo al respecto. Disney elabora experiencias mediadas mejor que nadie. Si entendieran qué son los sistemas operativos y por qué los usa la gente, aplastarían a Microsoft en uno o dos años.

En la sección de Disney World llamada Animal Kingdom hay una nueva atracción, que se supone abrirá en marzo de 1999, llamada el Viaje por la jungla del Maharajá. Lo abrieron para un vistazo preliminar cuando yo estuve allí. Es una reproducción completa, piedra por piedra, de una hipotética ruina en las junglas de la India. Según decían, fue construida por un rajá local en el siglo XVI como reserva de caza. El rajá iba allí con sus principescos huéspedes a cazar tigres de Bengala. Con el paso del tiempo, quedó abandonada y la ocuparon los tigres y los monos; finalmente, en torno a la época de la independencia de la India, se convirtió en una reserva natural del gobierno, ahora abierta a los visitantes.

El lugar se parece más a lo que he descrito que ningún otro edificio real que se pueda encontrar en la India. Cada piedra en los muros derrumbados tiene el aspecto de la roca desgastada por siglos de lluvia, la pintura sobre los magníficos murales se ve curtida y apagada y los tigres de Bengala reposan entre las columnas rotas. Las partes de la estructura que parecen necesitar ajustes o reparaciones han recibido su manita de gato, pero no como la llevarían a cabo los ingenieros de Disney, sino al modo típico de algún conserje indio: con trozos de bambú y barras de refuerzo oxidadas. El óxido no es más que pintura, claro, protegida del óxido auténtico por una capa de plástico transparente, pero uno ni lo nota a menos que se agache.

Hay un lugar en el que caminas junto a un muro de piedra con una serie de antiguos frisos esculpidos. Un extremo del muro se ha derrumbado y ahora yace sobre la tierra, tal vez a causa de algún terremoto olvidado desde hace mucho, y uno o dos de los paneles son recorridos por anchas fisuras, pero la historia permanece legible: primero, el caos primordial lleva a la creación de muchas especies animales. Luego, vemos el Árbol de la Vida rodeado de diversos animales. Esta es una alusión obvia al enorme Árbol de la Vida que domina el centro del Animal Kindgom, igual que el Castillo domina el Magic Kingdom o la Esfera domina Epcot. Pero el friso está hecho en un estilo históricamente acertado, y probablemente engañaría a cualquiera que no tuviera un doctorado en historia del arte indio.

El siguiente panel muestra a un homo sapiens bigotudo derribando el Árbol de la Vida con una cimitarra y a animales huyendo en todas direcciones. En el que le sigue aparece el errado humano siendo azotado por un tsunami, parte de un Diluvio probablemente provocado por su estupidez.

El último panel muestra al Brote de la Vida que vuelve a crecer, pero ahora el Hombre ha abandonado su afilada arma y se ha unido a los demás animales que rodean el Brote para alabarlo y adorarlo.

Es, en otras palabras, una profecía del cuello de botella: la situación, planteada habitualmente por los ecologistas modernos, en la que el mundo enfrenta un inminente periodo de graves adversidades ecológicas que durarán un par de décadas o siglos y acabarán cuando encontremos un nuevo y armonioso modus vivendi con la Naturaleza.

En conjunto, el friso es una obra bastante brillante. Por supuesto, no es una antigua ruina india, y alguna persona o personas aún vivientes merecen unos aplausos. Pero no hay firmas en la reserva de caza del Maharajá en Disney World. No hay firmas en nada, porque el efecto quedaría arruinado si una larga lista de créditos colgara de cada ladrillo desgastado a la medida, como sucede en las películas de Hollywood.

Entre los guionistas de Hollywood, Disney tiene una reputación de madrastra verdaderamente malvada. No resulta difícil ver por qué. Disney está en el negocio de producir ilusiones sin fisura —un espejo mágico que refleja un mundo mejor de lo que realmente es—. Un escritor, en cambio, literalmente está hablándole a sus lectores, no sólo creando un ambiente u ofreciéndoles algo que mirar; y así como la interfaz de línea de comandos abre un canal mucho más directo y explícito entre usuario y máquina que las GUI, lo mismo sucede con las palabras, el escritor y el lector.

La palabra, a fin de cuentas, es el único sistema para codificar los pensamientos —el único medio— que no es reemplazable, que se niega a disolverse en el torrente devorador de los medios electrónicos (los turistas más ricos en Disney World traen camisetas con los nombres de diseñadores famosos impresos porque los diseños en sí mismos pueden piratearse con facilidad e impunidad. El único modo de fabricar ropa que no pueda clonarse legalmente es imprimir palabras con copyright y marca registrada; una vez dado ese paso, la ropa en sí ya no importa realmente, así que una camiseta es tan buena como cualquier otra cosa. Las camisetas con palabras caras son ahora la insignia de la clase alta. Las camisetas con palabras baratas, o sin palabras, son para el común de los mortales).

Pero esta cualidad especial de las palabras y de la comunicación escrita tendría el mismo efecto sobre el producto de Disney que un graffiti sobre un espejo mágico. Así que Disney lleva a cabo la mayor parte de su comunicación sin recurrir a las palabras, y a éstas rara vez se les echa de menos. Algunas de las propiedades más antiguas de la Disney, como Peter Pan, Winnie Pooh, y Alicia en el País de las Maravillas, provienen de libros. Pero el nombre de sus autores rara vez es mencionado, si es que acaso, y no se pueden comprar los libros originales en las tiendas de Disney. Si esto fuera posible, las obras parecerían viejas y extrañas, como clones pésimos de las versiones más puras y auténticas de Disney. Comparadas con producciones más recientes, como La Bella y la Bestia y Mulan, las películas de Disney basadas en estos libros (particularmente Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan) parecen rarísimas y no del todo apropiadas para niños. Lo cual es razonable, porque Lewis Carroll y J.M. Barrie eran hombres muy raros, y la naturaleza de la palabra escrita es tal que la rareza propia de ambos se filtra a través de todas esas capas de disneyficación como rayos X que atraviesan una pared. Probablemente, por esta misma razón, Disney parece haber dejado de comprar libros y ahora encuentra sus temáticas y personajes en el folklore tradicional, que tiene esa cualidad lapidaria y gastada por el tiempo de los antiguos bloques de piedra de las ruinas del Maharajá.

Si puedo permitirme el riesgo de semejante generalización, a una porción considerable de las personas que visitan Disney World no les interesa adquirir ideas nuevas de los libros. Eso sonó desdeñoso, pero permítanme: ellos no tienen problema alguno con que les ofrezcan ideas bajo formas distintas. Disney World está a reventar de mensajes ecológicos, y los guías de Animal Kingdom pueden hablarte de biología hasta que se te caigan las orejas.

Si siguiéramos a esos turistas a sus casas, podríamos encontrar arte en ellas, pero sería el tipo de arte folclórico sin firma que venden en las tiendas de la Disney con temática africana y asiática. En general, sólo parecen estar cómodos con medios que han sido ratificados por su antigüedad, por su aceptación popular masiva o por ambas cosas.

En este mundo, los artistas son como los obreros anónimos y analfabetos que construyeron las grandes catedrales en Europa y luego desaparecieron en las tumbas sin marca del cementerio. La catedral es apabullante y conmovedora a pesar de, y posiblemente debido a, el hecho de que no tenemos idea de quién la construyó. Cuando caminamos por ella comulgamos no con obreros individuales, sino con toda una cultura.

Disney World funciona del mismo modo. Si se es un intelectual, un lector o un escritor de libros, lo más amable que se puede decir al respecto es que la ejecución es soberbia. Pero es fácil percibir un aire siniestro en el ambiente, porque algo falta: la traducción de todo su contenido a palabras escritas, claras y explícitas, la atribución de las ideas a personas específicas. No se puede discutir con ello. Da la impresión de que un montón de cosas están siendo endulzadas, como si Disney pudiera estar tomándonos el pelo y posiblemente colando todo tipo de suposiciones veladas y pensamientos confusos.

Esto es precisamente lo que se pierde en la transición de la interfaz de línea de comandos a las GUI.

Disney y Apple/Microsoft están en el mismo negocio: cortocircuitar la comunicación verbal laboriosa y explícita con diseños de interface muy costosos. Disney es una especie de interfaz de usuario en sí misma —y más que meramente gráfica—. Llamémosla interfaz sensorial. Puede aplicarse a cualquier cosa en el mundo, real o imaginada, aunque a un precio apabullante.

¿Por qué rechazamos las interfaces basadas en la palabra y preferimos las gráficas o sensoriales —una tendencia que explica el éxito tanto de Microsoft como de la Disney—?

Parte de ello se debe simplemente a que el mundo ahora es muy complicado —mucho más que el mundo de los cazadores-recolectores al que se acostumbraron nuestros cerebros— y sencillamente no podemos manejar todos los detalles. Tenemos que delegar. No nos queda más opción que confiar en algún artista anónimo de Disney o un programador de Apple o Microsoft para que elija por nosotros, tache un par de opciones y nos dé un resumen ejecutivo convenientemente empaquetado.

Pero aún más importante es notar que esto emerge de un hecho: el intelectualismo falló, y todo mundo lo sabe. En lugares como Rusia y Alemania, la gente común acordó aflojar su apego a los modos de vida tradicionales, a las costumbres y la religión; permitieron que los intelectuales tomaran control, y los intelectuales lo estropearon todo y convirtieron el siglo en un matadero. A aquellos intelectuales parlanchines solía percibírseles apenas como una fuente de tedio; ahora también parecen un tanto peligrosos.

Los estadounidenses somos los únicos que no salimos malparados en ningún momento de todo esto. Somos libres y prósperos porque heredamos sistemas políticos y de valores fabricados por un conjunto dado de intelectuales del siglo XVIII que por casualidad acertaron. Pero hemos perdido contacto con esos intelectuales y con cualquier cosa parecida al intelectualismo, hasta el punto de no leer libros ya, aunque sepamos leer. Nos sentimos mucho más cómodos transmitiéndoles esos valores a las generaciones futuras de forma no-verbal, mediante el proceso de inmersión mediática. Parece que esto funciona hasta cierto punto, porque la policía en muchos países ahora se queja de que los arrestados insisten en que les lean sus derechos, como en las series policíacas estadounidenses. Cuando se les explica que están en un país diferente, se indignan. Puede que las reposiciones de Starsky y Hutch, dobladas a diversas lenguas, resulten ser, a largo plazo, una fuerza más potente en favor de los derechos humanos que la Declaración de Independencia.

Una cultura enorme, rica y de ojiva nuclear que propaga sus valores elementales mediante la inmersión mediática parece una mala idea. Es evidente el riesgo de un desvío. Las palabras son el único medio inmutable que tenemos, motivo por el cual son el vehículo de preferencia para conceptos extremadamente importantes como los Diez Mandamientos, el Corán y la Declaración de Derechos. A menos que los mensajes transmitidos por nuestros medios vayan ligados a algún conjunto fijo de preceptos, pueden desperdigarse por doquier y posiblemente despachar montones de basura en la mente de las personas.

Orlando tenía una base militar llamada McCoy Air Force Base, con largas pistas desde las cuales los B-52 podían despegar y llegar hasta Cuba o a cualquier otro lugar, cargados de bombas nucleares. Pero ahora McCoy ha sido desmantelada y sus instalaciones fueron destinadas a otros fines. El aeropuerto civil de Orlando las ha absorbido. Sobre las largas pistas ahora aterrizan aviones 747 llenos de turistas traídos de Brasil, Italia, Rusia y Japón para que vengan a Disney World y se empapen en nuestros medios por un rato.

Para las culturas tradicionales, especialmente las que tienen su raíz en la palabra, como el Islam, esto es mucho más amenazador de lo que los B-52 llegaron a ser. Resulta obvio para todo aquel que viva fuera de los Estados Unidos que nuestras coros, el multiculturalismo y la diversidad, son fachadas que encubren (involuntariamente en muchos casos) una tendencia global por erradicar las diferencias culturales. El pilar básico del multiculturalismo (o de “honrar la diversidad” o como quiera llamársele) es que las personas tienen que dejar de juzgarse unas a otras, dejar de aseverar (y, gradualmente, dejar de creer) que esto está bien y esto está mal, que una cosa es fea y otra hermosa, que Dios existe y tiene este o aquel conjunto de cualidades.

La lección que la mayor parte de la gente ha extraído del siglo XX es que para que un gran número de diferentes culturas coexistan pacíficamente en el globo (o incluso en el barrio) es necesario que las personas suspendan el juicio de este modo. De ahí (yo argumentaría) nuestra sospecha, u hostilidad, respecto de todas las figuras de autoridad en la cultura moderna. Como explicó David Foster Wallace en su ensayo “E Unibus Pluram”, este es el mensaje fundamental de la televisión; es el mensaje que la gente se lleva a su casa, sea como sea, tras haberse sumergido en los medios por tiempo suficiente. No está expresado en esos términos altisonantes, claro. Se transmite a través de la presunción de que todas las figuras de autoridad —maestros, generales, policías, sacerdotes, políticos— son bufones hipócritas y que el cinismo descreído es el único modo de ser.

El problema es que una vez que nos hemos librado de la capacidad de juzgar lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, etc., no hay cultura que quede. Sólo nos restan los bailes folclóricos y el macramé. La capacidad de juicio, de creencia, es el fin mismo de tener una cultura. Creo que por eso aparecen de vez en cuando tipos con metralletas en lugares como Luxor y empiezan a disparar a los occidentales. Entienden perfectamente la lección de la base aérea McCoy. Cuando sus hijos llegan con gorras ladeadas de los Chicago Bulls, los padres enloquecen.

La anticultura global transmitida a todos los rincones del mundo por la televisión es una cultura en sí misma, y según los estándares de culturas grandes y antiguas como el Islam o Francia, se antoja inmensamente inferior, al menos en un principio. Los único bueno que puede decirse de ella es que disminuye la posibilidad de holocaustos y guerras mundiales —¡y de hecho eso es algo bastante bueno!—.

El único y verdadero problema es que quien no tenga otra cultura más que esta monocultura global está soberanamente jodido. Cualquiera que crezca viendo la televisión, que nunca conozca nada de religión o filosofía, se críe en una atmósfera de relativismo moral, aprenda ética viendo escándalos sexuales en el telediario y vaya a una universidad donde los posmodernos se desviven por demoler las nociones tradicionales de verdad y cualidad, va a salir al mundo como un ser humano bastante incapaz. Y —de nuevo— tal vez la intención de todo esto es volvernos incapaces para que no nos bombardeemos mutuamente con armas nucleares.

Por otro lado, si te crías en el ámbito de una cultura dada, adquieres un conjunto básico de herramientas que se pueden usar para pensar y comprender el mundo. Puedes usarlas para rechazar la cultura en la que te criaste, pero al menos cuentas con un par de herramientas.

En este país, la gente que sostiene el volante—los que llenan los bufetes de abogados y las juntas directivas— comprende todo esto a cierto nivel. Apoyan el multiculturalismo y la diversidad y la suspensión del juicio de boquilla, pero no educan a sus propios hijos así. Tengo amigos altamente educados y técnicamente sofisticados que se han mudado a pequeñas ciudades de Iowa para vivir y criar a sus hijos, y hay enclaves de judíos hasidim en Nueva York donde muchos niños se crían según creencias tradicionales. Cualquier comunidad suburbana puede considerarse un lugar al que personas que tienen ciertas creencias (básicamente implícitas) van para vivir entre otros que piensan igual.

Y esta gente no sólo siente responsabilidad por sus propios hijos, sino que también por el país en general. Algunos miembros de la clase alta son viles y cínicos, por supuesto, pero muchos pasan al menos parte de su tiempo mortificándose por la dirección que está tomando país y por qué responsabilidades les corresponden. Y de ese modo cuestiones de importancia para los intelectuales lectores de libros, como el colapso ecológico global, terminan permeando la cultura de masas y aparecen en forma de antiguas ruinas hindúes en Orlando.

Puede que se estén preguntando: ¿qué narices tiene que ver todo esto con los sistemas operativos? Como ya he dicho, no hay modo de explicar el dominio que Apple/Microsoft ejerce sobre el mercado de sistemas operativos sin explicaciones culturales, así que no puedo llegar a ninguna parte en este ensayo sin hacerles saber antes de dónde vengo en lo que concierne a la cultura contemporánea.

La cultura contemporánea es un sistema de dos niveles, como el de los morlocks y los eloi de La máquina del tiempo, de H.G. Wells, salvo que está al revés. En La máquina del tiempo, los eloi eran la amanerada clase alta, mantenida por montones de morlocks subterráneos que preservaban el engranaje tecnológico en movimiento. Pero en nuestro mundo sucede lo contrario. Los morlocks son minoría y hacen que las cosas se muevan porque comprenden cómo funciona todo. Los mucho más numerosos eloi aprenden lo que saben por estar inmersos desde su nacimiento en medios electrónicos dirigidos y controlados por los morlocks lectores de libros. Así que muchas personas ignorantes serían peligrosas si uno las apuntara en la dirección equivocada, por lo tanto hemos desarrollado una cultura popular que a) es increíblemente infecciosa y b) neutraliza a toda persona infectada, volviéndola reticente a emitir juicios e incapaz de tomar posiciones.

Los morlocks, que tienen la suficiente energía e inteligencia como para aprehender los detalles, van y dominan temas complejos y producen interfaces sensoriales tipo Disney, de tal modo que los eloi puedan entender el meollo sin tener que forzar la mente o soportar el aburrimiento. Esos morlocks van a la India y exploran tediosamente cientos de ruinas, luego vuelven a casa y construyen versiones higiénicas y sin bichos: un Moby Dick de 60 páginas, por así decirlo. Esto cuesta un montón porque los morlocks insisten en ofrecer buen café y boletos de avión en primera, pero no hay problema, a los eloi les gusta que los deslumbren y con gusto pagarán.

Me doy cuenta de que la mayor parte de esto probablemente suena desdeñoso y amargado hasta el absurdo: el típico snob que suelta su berrinche sobre esos filisteos iletrados. Como si yo fuera una especie de Moisés bajando a solas de la montaña, cargando los Diez Mandamientos grabados en tablas de piedra inmutable —la interfaz de línea de comandos original— y encabronándose con los débiles hebreos no-iluminados y adoradores de imágenes. Y no es todo, hasta parece que estoy bombeando una especie de teoría de la conspiración.

Pero eso no es lo que quiero decir con todo esto. La situación que describo aquí podría ser mala, pero no tiene por qué ser mala, y no es necesariamente mala ahora.

La cuestión es que, sencillamente, estamos demasiado ocupados hoy en día como para comprenderlo todo a detalle. Y es mejor comprenderlo por una interfaz, oscuramente, que no comprenderlo en absoluto. Es preferible que 10 millones de eloi vayan a un safari por el Kilimanjaro en Disney World a que mil cirujanos cardiovasculares y directivos de aseguradoras vayan de safari “auténtico” por Kenia.

La frontera entre ambas clases es más porosa de lo que he dado a entender. Me topo seguido con personas normales —albañiles, mecánicos, taxistas, gente boba en general— que prácticamente no leían hasta que algo los obligó a convertirse en lectores y a pensar en serio acerca de las cosas. Tal vez tuvieron que vérselas con el alcoholismo, tal vez fueron a la cárcel, o enfermaron, o sufrieron una crisis de fe, o de plano se aburrieron. Tales personas pueden aprender sobre temas particulares a toda prisa. A veces su falta de una educación amplia les lleva a acometer empresas intelectuales desquiciadas, pero bueno, al menos la empresa intelectual desquiciada es un buen ejercicio.

El fantasma de una política controlada por los caprichos y veleidades de los votantes que creen que existen diferencias significativas entre Bud Lite y Miller Lite, que piensan que la lucha libre es real, es por demás alarmante para aquellos que no lo creen. Pero los países controlados mediante la interfaz de la línea de comandos, por así decirlo, por sesudos intelectuales, ya sean religiosos o seculares, son por lo general lugares miserables para vivir.

La gente sofisticada se burla de los entretenimientos disneyesco por facilones y acaramelados, pero si el resultado es provocar reflejos básicamente cálidos y simpáticos a nivel pre-verbal en cientos de millones de iletrados inmersos en los medios, ¿qué tan malo puede ser? Anoche matamos una langosta en nuestra cocina y mi hija lloró durante una hora. Los japoneses, que solían ser el pueblo más feroz del mundo, están obsesionados con adorables personajes de dibujos animados.

Mi propia familia —la gente que mejor conozco— está dividida de modo más o menos equitativo entre personas que probablemente lean este ensayo y personas que casi con toda certeza no lo harán, y no puedo decir a ciencia cierta que un grupo sea necesariamente más cálido, feliz o mejor adaptado que el otro.

 

*Fragmento de En el principio…fue la línea de comandos (1999).

 

(In the Beginning…):

http://biblioweb.sindominio.net/telematica/command_es/

(En el principio…): http://artlung.com/smorgasborg/C_R_Y_P_T_O_N_O_M_I_C_O_N.shtml

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