Por Georg Simmel

Foto por Victor Hugo Valdivia (Fernando del Paso en la entrega del premio «Alfonso Reyes 2013»)

 

La importancia y valor que atribuimos a la posesión o no posesión de un objeto no depende solamente de que este objeto nos agrade; puede también suceder que si, por una u otra causa se destacan con insistencia e importancia para nosotros la posesión o no posesión de tal o cual objeto, este objeto entonces nos produzca por eso mismo agrado. Así el precio que pagamos por una mercancía no está determinado solamente por el atractivo que la cosa ejerce sobre nosotros; también ocurre en muchísimos casos que el precio exigido, la imposibilidad de obtener la cosa gratis, la necesidad de adquirirla mediante sacrificio y esfuerzo, la hacen atractiva y deseable. Esta desviación psicológica es la que da a las relaciones entre el hombre y la mujer la forma típica de la coquetería.

La coqueta “quiere agradar”. Pero, en sí mismo, este afán de agradar no imprime a la conducta de la coqueta su sello característico. Identificar la coquetería con el “afán de agradar” sería confundir el medio adecuado para cierto fin con el deseo de conseguir ese fin. Una mujer puede, para agradar, emplear cuantos recursos se le ocurran, desde los más sutiles estímulos espirituales hasta las más insistentes exhibiciones: no por esto, sin embargo, habremos de clasificarla entre las coquetas. Porque lo propio y peculiar de la coquetería consiste en producir el agrado y el deseo de por medio de una antítesis y síntesis típicas, ofreciéndose y negándose simultáneamente o sucesivamente, diciendo sí y no “como desde lejos”, por símbolos e insinuaciones, dándose sin darse, o, para expresarnos en términos platónicos, manteniendo contrapuesta la posesión y la no posesión, aunque haciéndolas sentir ambas en un solo acto. En la actitud de la coqueta percibe el hombre yuxtapuestas y compenetradas dos posibilidades: la de ganar y la de no ganar. Esta es, empero, la esencia misma del “precio” y esto es lo que —merced a esa desviación psicológica que convierte el aprecio en un epígono del precio— hace que sea ganancia aparezca como valiosa y deseable. La esencia de la coquetería, expresándose con paradójica brevedad, es la siguiente: donde el amor existe, existe también, bien en su fundamento, bien en su superficie, la posesión y la no posesión; por lo tanto, donde exista la posesión y la no posesión —aunque no sea en la forma de la realidad, sino en la del juego— existirá también el amor o al menos algo que ocupa el lugar de éste.

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