Por Kaizar Cantú

Apenas me entero de que existe un Mundial de robótica, una RoboCup. En ésta también hay futbol. Bastante menos dinámico y espectacular, pero futbol. Los jugadores son autómatas de formato variado, desde los tiernos humanoides, con sus extremidades curvas de plástico blanco —que, si nos improvisamos una genética muy superficial del robot, los emparentan más con los electrodomésticos que con las fantasías del siglo—, hasta criaturas que asemejan un cruce de tanque y cajón; me parece que, al menos en un inicio, participaban esos perros automáticos que vendían en las jugueterías, los del ojo único y rectangular. Pero no todas las máquinas están hechas para el futbol. También hay robots de rescate, hogareños, danzarines, de transporte y hasta plenamente virtuales. La RoboCup es una fiesta, una celebración como la de la FIFA, mas su felicidad es otra y su objetivo distinto: la promoción de la robótica, de su práctica y estudio, tanto en su rama mecánica como informática.

La RoboCup es una tradición anual fundada en 1997. La sede de este año es João Pessoa, capital de Paraíba, al extremo noreste de Brasil. Comparte tierra con el macro-evento de la FIFA, y esto se presta para una imagen interesante: por un lado (y un tiempo) está el juego de los hombres, dueño de una gracia, hasta de una mítica. Es difícil no imprimir cierto aire de batalla sobre el deporte, y en el futbol se pelea por el dominio y ejecución de una esfera, que bien puede ser mundo o incluso bala; el juego es cerebral, pura técnica cuando se observa desde lo alto, pero a ras de la cancha es carne nada más, tan físico y animalesco como la batalla misma, igual de apasionado y exigente al dominio del cuerpo. Por otro lado está el juego de la máquina (o con la máquina, debería precisar), menos grácil respecto a la visual, sí, mas eso no indica que carezca de una elegancia y un mito propios. Con la máquina se juega a recrear diseños todavía milagrosos de la mecánica, la percepción y el procesamiento de datos, es decir, en la RoboCup jugamos a ver qué tan cerca está la humanidad de recrearse, o al menos simularse, a sí misma.

Los autómatas humanoides que competirán en la cancha son de baja estatura, brazos alargados y piernas anchas. Su cabeza es casi ovalada, con dos placas planas a ambos extremos. El rostro se lo dibujan tres orificios: dos para los ojos, tan comprimidos que evocan los de una orca o un coala, y uno bastante más chico para la boca. Son como niños eternamente perplejos, apenas convencidos de que tienen un cuerpo parecido al de sus padres. Su andar es una marcha como de pingüino, verdadera batalla contra un suelo que se rehúsa a darles todo el impulso que necesitan para asemejar sus pasos a los de sus contrapartes de hueso y músculo; pero, eso sí, se levantan del suelo con una elegancia que está bien cerca de la coreografía.

Supongo que no es coincidencia que esas máquinas tengan un aura como de niños. La fantasía del autómata (androide o no) como hijo pródigo y hasta único de la especie no le es nada ajena a nuestra imaginación, o al menos no lo es para las fiebres de estos últimos dos siglos. William Gibson habló en una entrevista de uno de tantos futuros posibles, ese en el que ya no hay personas de carne, sólo máquinas que recuerdan con cariño a sus creadores y hablan de ellos a los visitantes, como un hijo que ve morir a sus padres y extiende el luto a los muros del hogar que dejaron vacío. Clifford Simak imaginó máquinas igual de benévolas y melancólicas. También imaginó que cuando ya no hubiera gente, los robots servirían a los perros, pero ese es tema para otra ocasión.

Claro, ese no tiene por qué ser el futuro de la especie. Las revistas de los años 30 hasta los 60 ilustraban un futuro definido por máquinas que nos llevarían muy lejos y muy rápido. Pocos pensaron que los inventos que marcarían al fin de siglo y el nuevo milenio serían otro libro y otra biblioteca. Hay fantasías que nos cubren antes de que podamos colocarlas en la esfera de lo primigenio o lo post-humano. Uno que otro mito se nos adelanta. En lo que se desarrolla el mito de la robótica, creo que no estaría de más aplaudir los logros y esfuerzos de la RoboCup. 

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