Por Indira Kempis

Foto por Victor Hugo Valdivia

Las condiciones de infraestructura de la ciudad son causa de gran frustración y desesperación. Siendo honesta, la primera vez que lloré en Monterrey fue en mi camino a un puente peatonal. Habiendo vivido en diferentes ciudades en el país y en el extranjero, estaba angustiadamente sorprendida por la inhumanidad del lugar que ahora era parte de mi espacio cotidiano.

Tiempo después, cuando se desató la guerra contra el narcotráfico y comencé a defender casos de violaciones a derechos humanos, aprendí la importancia de la relación entre la infraestructura de una ciudad y el comportamiento de sus habitantes. Siendo ciclista urbana, me percaté de que la primera agresión del día no viene del tráfico, sino de la mala planeación en el tránsito de nuestros cuerpos, que mucho tiene que ver tanto con los planeadores como con nuestra propia cultura.

Alguna vez leí un libro llamado Criminología ambiental, escrito por unos españoles. Sus argumentos detonaron en mí infinitas reflexiones respecto al tema de infraestructura urbana. En el libro, los investigadores afirman que el diseño ambiental de una ciudad está directamente relacionado con los actos delictivos y la consumación de la violencia.

Aunque en México algunos han diagnosticado que este tipo de comportamientos se concentran en la intimidad familiar, donde sucede casi el 50 por ciento de la actividad delictiva, el otro porcentaje pertenece a las calles. Es decir, son las calles, el espacio público inmediato de encuentro, conexiones y relaciones, las que pueden ser un “caldo de cultivo” para esos comportamientos.

A pesar de que la violencia no puede ser combatida frontalmente —ya hemos visto los resultados en el sexenio de Felipe Calderón— ésta debe integrarse a diagnósticos para políticas públicas integrales. También hay que gestar pruebas desde lo público, lo privado y la sociedad civil que incidan en entornos pacíficos o seguiremos instalados en la costumbre de vivir cada día en violencia y con nuestros derechos violentados… más la lista interminable de consecuencias psicológicas.

La tarea es titánica si nos colocamos de frente al desafío que implica comprobar tales premisas, porque, para variar, dirían los más pesimistas, “vivimos en México”. Eso significa que mientras las injusticias, la pobreza y la falta de oportunidades no queden resueltas, tales pruebas de infraestructura darán resultados pobres o nulos.

Sin embargo, en una ciudad como Monterrey, un equipo de especialistas (no me gusta decir que se es experto o especialista en algo, pero no encuentro otra palabra) encontramos que es posible realizar prototipos que al menos nos permitan tener esbozos del “qué pasaría si…”. Porque entre más camino Monterrey, entiendo que una ciudad que no es humana en su infraestructura dista mucho de ser segura. Incluso hay quienes se han atrevido a hacer estudios de la relación de ésta con el narcotráfico.

Las muestras en los espacios abiertos son “pixeles” que forman imágenes urbanas distintas, eso lo he entendido conforme las creamos y observamos. Hay desde quienes insinúan que son “basura” en la calle hasta los que comparan este trabajo con lo que se está haciendo en Nueva York o el Distrito Federal. Otros más se burlan diciéndonos “europeos wannabe”. Más que enfadarnos, hay que reconocer que detrás de esas percepciones estamos generando reflexión, discusiones y debates que sólo los prototipos —y no tanto los discursos verbosos— podrían generar.

El objetivo principal, entonces, se convierte explorar las posibilidades que tienen nuestras urbes de crear otras dinámicas sociales que mermen estos actos cuyos efectos resultan nocivos para las comunidades.

Aunque nuestros gobiernos —no sólo mexicanos, sino latinoamericanos— están enfrascados en estrategias tradicionales de prevención del delito, la creatividad colectiva estimula a que estos prototipos sean diseñados desde otro enfoque. No confrontan el problema del crimen, más bien crean entornos que estén instalados en lo que mi amigo colombiano Sergio Fajardo llama “la puerta de entrada a la delincuencia”, ahí donde podemos dejar una especie de huella urbana que reinvente los espacios trastocados no sólo por estos actos, sino hasta por el terror.

Lógicamente, el resultado depende de muchos factores que no sólo estriban en el diseño o la implementación, sino en la adopción ciudadana de los mismos. No obstante, son esas pequeñas victorias las que humanizan esta ciudad e incluso otras donde sea posible re-crear novedosas formas urbanas para la convivencia en seguridad. Como le aprendí a Jorge Melguizo, lo contrario a la inseguridad no es la seguridad, sino la convivencia.

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