1. Cada fin de semana, orgullosa de su extraña elegancia y de la vitalidad conservada tras el paso de las décadas, la música colombiana descendía por la ladera norte de la Loma Larga y se instalaba en el lecho seco del río Santa Catarina. Por un par de días la sencillez de su instrumentación y sus composiciones retumbaban en los potentes equipos de audio de los ex sonideros convertidos en comerciantes de discos piratas en la pulga del Puente del Papa. Sin guardar ningún rencor por los años de indiferencia, o incluso franca exclusión, la colombia instalaba su epicentro justo en la histórica frontera que separa a los locales de los recién llegados a Monterrey de San Luisito, a la Macroplaza de la colonia Independencia. Todos eran bienvenidos en la esfera sonora que ahí se generaba. Todos eran inmersos por igual en sus ritmos cadenciosos.

Llegué tardíamente a ese ritual semanal y a la escucha de esta música. A finales de los 90 rechacé sin interés invitaciones al bar de Max, entonces en apogeo y menos inseguro. Las pocas referencias que tenía del mundo colombiano me sonaban lejanas. No tengo ningún pasado en la Indepe ni en la Nuevo Repueblo; tampoco frecuentaba el Puente. Pasaría casi una década desde mi llegada a la ciudad antes que comenzara a ir en busca de discos de vinil. Eran, sin embargo, otros sonidos los que me interesaban; el Nashville Skyline de Dylan y el debut de The Stooges fueron de mis primeras compras. Pero la cumbia, ahí, me resultó fascinante. Recuerdo con toda claridad cómo al cruzar el tramo del puente que, sobre Morones Prieto, une el mercado Díaz Ordaz con el río; era invadido por un bajeo monótono, profundo; por el flujo sonoro de la respiración irregular del acordeón, que se distiende y luego se contrae un momento, sólo para volver a distenderse, una y otra vez, imprevisiblemente. Todo ello salpicado por el rasgueo sin pretensiones, cumplidor y metálico de la guacharaca.

2. Para 1960, y en tan sólo 20 años, la ciudad había triplicado su población. Casi un 30 por ciento venía de otros estados del país buscando un trabajo en la pujante industria. Un sector de estos migrantes iba a elegir las grabaciones comerciales del folclor de la costa atlántica de Colombia, antes que las adaptaciones que ofrecía la radio y el mercado formal, como la banda sonora de su arraigo en una urbe segregadora. Éstas habrían de permitirles, al tiempo que recibían la revista Trabajo y ahorro en las empresas para las que laboraban, cantarle a la parranda y al ocio y, haciendo eco a la voz de Lisandro Meza, llamar “hijoeputa” al patrón. Años después, ahora junto a las interpretaciones locales de este género, acompañarían a muchos de sus hijos -en casetes grabados y en recuerdos sonoros- en una nueva migración hacia el norte en busca de los empleos que aquí ya comenzaban a escasear.

3. Las colecciones que los sonideros habían reunido años atrás en discos de vinil obtenidos trabajosamente (gestionando su envío desde Houston o Miami; viajando a esas ciudades, al DF o a Colombia) convertidas en repertorios digitales, se ofertaban en el Puente y en el mercado Díaz Ordaz en discos compactos quemados caseramente. Para indicar su contenido bastaba pegar sobre la funda de papel una fotocopia con la lista de las canciones, acaso decorada con la imagen de una palmera de trazos poco refinados.

Uno de los herederos del sonido Murillo, que tomaba cerveza camuflada con un vaso de plástico mientras atendía su puesto, me orientaba entre los nombres y los títulos para mí poco conocidos.

Pronto pudo descifrar mi gusto y hacerme recomendaciones atinadas. También llegó a ofrecerme en venta algunos LP’s, algo extrañado por el interés en el antiguo formato.

4. Un buen día falla la tornamesa. El plato gira más lento y se altera profundamente la sonoridad de una cumbia. La guacharaca así raspa más rico. Las percusiones se vuelven cavernosas. El bajo tiene ahora ecos hipnóticos y la voz de Landero, aunque sigue inconfundible, pierde todo resto criollo al tornarse tan grave como la de un patriarca negro. Cualquier soplo alegre salido del fuelle del acordeón se disuelve en una resonancia melancólica. Todo se prolonga y se hace denso. La melodía se simplifica y evoca un baile de esclavos.

Estirar la cinta de los casetes o usar pilas con poca energía en las grabadoras puede hacer surgir otra vez ese hermoso sonido. Son los 80 y en el panorama, para algunos, sólo hay crisis. Pero en Monterrey se ha develado un secreto que parecía estarle destinado. Ha nacido la rebajada.

5. Hace tres años que ya no hay pulga del Puente. Tras el paso del último fuerte huracán no se permitió a los puesteros reinstalarse. Pero la colombia es hoy parte cotidiana del paisaje sonoro regiomontano. Ha penetrando todos los sectores sociales, se ha expandido en la región y es reconocida internacionalmente. CONARTE y García Márquez, hace ya más de un decenio, le dieron su aprobación.

La cumbia rebajada, su producto más original y característico, conserva sin embargo un lugar ambivalente en este proceso de legitimación. Basta ver, por ejemplo, los comentarios que reciben en Youtube los videos que la incluyen. Apreciada intensamente por algunos, es desdeñada y denigrada por otros (colombias y nocolombias, dentro y fuera de la ciudad). Una cosa es segura: no la escucharás en la radio a pesar de la ya normalizada presencia del género en varias emisoras locales. Quizás, además de la clara discriminación hacia los jóvenes más identificados con su escucha, no se le perdone optar abiertamente por lo lento a contrapelo del discurso industrioso y progresista oficial. Tal vez la intensificación de la negritud de su sonido resulte inaceptable en esta sociedad.

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