¿Qué signos de vida se leen entre el ruido?

Por Alan Aviña

La Ciudad de México es una rumba que se baila despacito. Si existiera una banda sonora para describir al país, la ciudad chilanga bien sería una de ellas. Además de que la música existe en todas sus facetas, la ciudad misma es una melodía que va marcando el ritmo frenético de la urbe.

Nomás falta caminar unos pasos por alguna de sus calles que recuerdan a héroes caídos para escuchar el play de la grabadora urbana. ¡Pásele, pásele, qué le damos!

Fri, fri, fri, fri, suena el silbato del policía de tránsito. Un conductor sobre la avenida Juárez vocifera su ímpetu de consanguinidad, ¡tírame con tu hermana!

Sobre Bolívar y República de El Salvador, el rechinido de las llantas contra el asfalto sirve de sinfonía al desconcierto. Una marejada de peatones marca con sus pasos un corrido del taconeo que narra lo peliagudo que es ser un godínez: una hora para comer.

Sobre el asfalto, la prisa intempestiva trae su melodía entonada por anacrónicos soldados villistas. Gire y gire, la manivela del organillo que interpreta “La Marcha de Zacatecas” por las calles donde alguna vez los ejércitos zapatistas cubrieron de exaltación revolucionaria.

La que hace girar el cilindro, por las tardes con una libreta morada con los bordes de las hojas enrolladas al interior, pasa por las casas de sus vecinas para ofertar el catálogo que ya comienza a dejar ver la moda de invierno. ¡Llévese las zapatillas rositas pa’l baile, comadre!. Aplica la mercadotecnia de banqueta; Angélica ha dejado atrás el uniforme caqui y su boina de Dorado villista para jugar al microempresario.

Con su catálogo recorre la colonia, ya sea cobrando o vendiendo. Antes, desde las seis de la mañana, se apoderó del tiempo y lavó trastes de la cena, preparó el desayuno para sus hijos y emitió una plegaria a la Virgen de Guadalupe pidiendo que todo resulte bien. ¡Primero Dios!, finaliza ante un impertérrito Juan Diego ante el manto de la Morena del Tepeyac.

Después de cambiar a sus hijos, sale rumbo al Centro Histórico, junto a su esposo y su hermano, a quien le dejaron por herencia una tienda de nostalgia móvil: el organillo. En Niños Héroes recoge el cilindro de 50 kilos y, mientras su espalda carga el símbolo de la aristocracia porfiriana, recuerda el pasado 10 de mayo, cuando bailó esa canción que tanto le gusta. “¡Carmen, se me perdió la cadenita / de Jesús de Nazareno / que tú me regalaste / Carmen!”. Su hijo fue el chambelán que rodeaba entre sus brazos a su madre mientras ella se enroscaba en su regazo para saltar nuevamente a la pista.

También recuerda esa que dice: “Ti-ti-ti-ri ti-ti ¡No te asombres si te digo lo que fuiste / un ingrato con mi pobre corazón / porque el fuego de tus lindos ojos negros / alumbraron el camino de otro amor!”.

Vuelve la vista a la calle y, llegando al Zócalo, activa la manivela que por 12 años, mañana a mañana, la transporta al pasado. Angélica ahora exorciza el presente con su organillo que, como diría Monsiváis, hace las veces de época abolida por el poderío eléctrico.

***

¡Run, run!, los autos desbordan las avenidas serpenteando en el tráfico ingente. Es media mañana por la calle de Bolívar y unas decenas de tiendas de música abren sus puertas. Las bocinas fuera de los establecimientos se enfrascan en un juego donde el que logre más tímpanos reventados en los clientes es el que gana.

Por allá, en Electrónica Chitos, se escucha “La ciudad de la furia” de Cerati. “¡Entre tus piernas!”, retumba el coro en la bocina Penvey que sirve de exhibición. Por otro lado, en Music City, un reggaetonero ameniza la penumbra que para los habitantes de pelos parados es la mejor estrategia de mercado.

El guateque apenas se interrumpe por el desafino de un camión al meter la segunda. Es la canción que hace agonizante un viaje rumbo al desconcierto: Tepito. El freno es el sonsonete que resume el trajín de cada avenida infestada de caminantes.

Más allá, en un pequeño local discreto, un acordeón Hohnner dorado Anacleto reposa con un 15 por ciento de descuento. David, que estudió una carrera técnica y tiene su pequeño puesto de instrumentos musicales, se ríe con un chiste que le contaron. En Sonora, por un acordeón como ese te dan levantón y aquí está en descuento. Ay si no, contesta mostrando sus dientes. El trasunto de comediante que vino del norte se retira, no sin despedirse. Ahora eres David el del acordeón, le dijo, y chocaron las palmas y volvieron los puños en señal de camaradería.

Más allá está Verkaamp, la tienda de música con 106 años en el mercado musical que tiene la licencia de vender desde una ocarina Jaguar de 115e pesos hasta una guitarra Evo autografiada por Steve Vai de G3 que vale 144 mil. Contrabajos, bandolinas, guitarras, gongs, marimbas, trompetas, huehuetl, coyoleras, banjos y todo lo inimaginable que produzca sonido se encuentra apertrechado entre sus vitrinas y estantes.

La tienda fue fundada por el alemán Federico Veerkamp, quien llegó a México a vender el instrumento que Bob Dylan combinaba con su inseparable guitarra: la armónica. Los precios van desde una corneta Honhner de 5 mil 445 pesos a un trombón de 12 mil 918, una marimba de 47 mil, un amplificador de Orange inglés de bulbos de 18 mil o una guitarra Petrucci de 61 mil 267 pesos. Los precios de los instrumentos musicales responden a esa vanguardia de diversidad del Distrito Federal. Tubas, trombones, stradivarius, acordeones, tornamesas y tarolas son parte de esa fauna musical que delata el estrépito que la avenida Bolívar encierra.

Alejandro, ataviado con una camisa negra moteada por algunos vivos azules, se refleja entre los cristales de las vitrinas. Sabe todo del trepidante arte de la venta de instrumentos de alientos. La planta baja de Verkaamp es su refugio, y las marimbas el guardián que ampara las notas que serán el futuro de los instrumentos.

Rememora la imagen que se le viene a la cabeza: Una vez una comunidad alejada de Guerrero, donde no hay siquiera una carretera para llegar, sus habitantes trabajaron dos años en un proyecto con las autoridades de cultura estatal para formar a la orquesta del pueblo.

Los campesinos viajaron horas y horas en camión hasta el Distrito Federal en busca de los mejores instrumentos. Llegaron con huaraches, acompañados de sus esposas, hijos y el presidente municipal. Se llevaron todo lo necesario, desde trombones, trompetas y tubas. Ahora tocan en su pueblo ante su gente.

Luego llegaron cinco jóvenes sinaloenses acompañados de un señor con traje que llevaba tres guaruras a su lado. Llegan a la tienda donde también pisaron esos campesinos de Guerrero. Ellos se arman de tarolas, tubas, bajos y acordeones.

—El más fornido, de barba, se paró frente al aparador donde estaba la tuba, bien recuerdo, y pidió la Júpiter; cuesta 105 mil pesos. Cantamos puros corridos pesados, me dijeron.

Más tarde entró a la tienda un señor como de 45 años, de modos suaves y mirar pausado. Traía un suéter gris. Era un músico profesional que tocaba en alguna orquesta sinfónica. Él también compró una tuba de 78 mil pesos.

En realidad este es como el instrumento más diverso de la tienda.

***

¡Grr, Grr! rechinan los metales de algunos desvencijados vagones del metro. Un silbido agudo acompaña su viaje a la próxima estación. El torbellino de gente se arremolina en las entradas, provocando el chasquido del roce de las carnes.

Ahora la sinfonía posmoderna del capitalismo salvaje. ¡Llévese los mejores éxitos de Juan Gabriel, toditos, y a un precio módico de 10 pesitos! Sobre su pecho, una mochila con una bocina retumba una canción ranchera. El performance del centaveo comienza. Una señora revisa su bolsa para llevarse el “ejemplar de colección”.

Ahora otro. ¡Manual de fórmulas que contiene equivalencias y conversiones, la tabla periódica, aritmética, la ley de los signos, física y geometría!, termina elevando el tono del discurso.

Llegando al destino, fuera de metro Allende, una vez rebasados los obstáculos de la carrera del (no) lugar, se escucha el grito callejero producto del cambalache:¡Lleve sus lentes, bara, bara!

A lo lejos se escucha el pregón de la miseria vuelta libre mercado: ¡Se compran, colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que veeendan!

En Motolinia y Tacuba, desde hace 10 años la música del grupo de invidentes Merinos Musical es un paisaje que adorna el trajinar de los flaneurs de la urbe.

Ahora tocan Juana la Cubana y tres parejas de baile le sacan brillo a los adoquines. Tres turistas argentinas piden más y más cumbias. Les anima el baile. El gobierno dice que aquí no se puede bailar, respinga doña Betty, quien desde hace dos años visita cada martes al grupo. ¡Como si pudiéramos evitarlo!, remata al momento en que un señor la invita a la improvisada pista. Gracias a las visitantes de Las Pampas se permitió el bailongo.

Dos canciones más y nos vamos, dice pegado al micrófono José Luis. Su pelo alborotado le cae sobre la frente y otro juega en sus costados. Van a terminar con esa de: ¡Pues ayer te vi la cara sucia / ahora que te la veo limpiecita / es que tu marido te la limpia / para que te veas más bonita!

José Luis toca las congas y es el vocalista principal de la banda. Empezó cargando el equipo musical de otro grupo, hasta que aprendió a tocar y hoy vive de eso. Así mantiene a un par de hijos y a su esposa, débiles visuales como él.

Cada día recorre un tour interminable por estaciones del metro que se vuelven como un cuarto oscuro al que ya está habituado. Primero se levanta, se baña y sale de su hogar aun con el estómago vacío, como a las diez de la mañana. Sin café siquiera. Desde el kilómetro 27 del Canal de Chalco hasta la esquina de Motolinia se suceden un microbús y cinco estaciones del metro. Camina una cuadra a la combi que lo llevará al metro La Paz, transborda a Pantitlán, sigue a la Línea Nueve hasta Chabacano y baja en Allende. En ese ir y venir se le van dos horas de su tiempo.

Además de José Luis, el grupo lo integran David Gallaga (quien toca la batería y es vocalista), Francisco García (teclado y también vocal) y el dueño de los instrumentos y de la ilusión de crear un grupo de música para ser autosuficientes: Alejandro Merino, que toca el bajo. Todos ellos son ciegos.

Después de dos canciones, es hora de desmontar. Seis y media y ya cuando la música se terminó, el niño que se arrullaba con “Cómo te voy a olvidar” de Los Ángeles Azules sobre el cajón de las bocinas despierta. La hija de José Luis, de 14 años, se asoma entre el teclado ya por a punto de guardarse y le dice que en su casa le enseña lo que su mamá le compró. El otro hijo de 10 no suelta a su madre y ella lo rodea sobre sus hombros. Es la familia de José Luis, que la música les ha permitido “sacar para la papa”.

Ahora el interrogatorio al artista. José Luis responde al reto de palabras:

—¿Música? —inicia el cuestionario.

—Todo.

—¿Ciudad de México?

—Desastre.

—¿Dinero?

—Necesario.

—¿Luz?

—Cuando la haya.

—¿Oscuridad?

—Es mi vida.

***

Saliendo del bullicio del Centro Histórico ya no se escucha a los organilleros; de repente el chirriar de llantas se vuelve menos denso, los cláxones dan tregua. El ¡Taxi! o el ¡Viene, viene, viene! ya no son sino zumbidos lejanos.

Después del concierto de la ciudad, que entona las baladas del esfuerzo, la vida y el trabajo, llega la calma.

Todas estas voces, situaciones, trajines, ir y venir, de repente muestran la ciudad. Esta ciudad, la urbe de hierro. Viene al recuerdo Juan Preciado, el hijo de Pedro Páramo al llegar a Comala.

¿Dónde vive doña Eduvyges?, le preguntó a una señora que vio con un rebozo sobre la cabeza al cruzar una bocacalle. Ella le señaló con el dedo y le contestó: Allá. La casa está junto al puente. Su voz estaba hecha de hebras humanas, su boca tenía dientes y una lengua que se trataba y destrababa al hablar. Le dio las buenas noches. Él sentía que el pueblo vivía, pero allí no había nadie. Seguía escuchando ruidos y voces porque no se acostumbraba. Aún no aprendía a escuchar el silencio.

*Este texto es resultado del Mashup de Periodismo Balas y Baladas 2014 organizado por Agencia Bengala y Arca.

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