Sobria, con el cabello rojo recogido en alto y el micrófono en mano, la imponente Shirley Manson parecía estar a punto de echarse a llorar frente a unas 10 mil personas.

“Nunca hemos temido por nuestra vida. Nos han tratado como a nadie. Siempre seremos embajadores de Monterrey”, dijo, conmovida. Pasmado ante el lado vulnerable de la vocalista de Garbage, el público no pudo sino más que levantar los brazos y gritar.

Tomo la confesión de Shirley en el concierto de abril de este año como parte de la reconstrucción del, llamemos, “tejido musical” de la ciudad, después de los efectos de la violencia en el espacio público de los últimos años.

De haber perdido cerca más de 30 espacios en unos pocos años —entre ellos, el Café Iguana, el Ibex, el Garage, el Wayé y una lista personal que hice y que es imposible acabar—, el entretenimiento y la música parecieran regresar.

Una lista rápida: la actividad constante de la Arena Santa Lucía, el festival Irreverente y el Pa’l Norte, los tres espacios de Nrmal y su festival que se mantiene, el estreno del RockNRolla y el Noise de este año, y el siempre vivo Main Entrance en Plaza Fiesta San Agustín, éste último un corredor semiabierto de bares y restaurantes, versión refinada y más comercial de El Barrio Antiguo. Inclusive podríamos contar el regreso de la Expo Guadalupe y su renovado “Domo”, antes conocido como Palenque y no olvidemos el nuevo Café Iguana en San Pedro.

Salir de noche ya no requiere ponerse casco y chaleco antibalas. Pero ha tenido un costo, claro está: con los cambios de administraciones municipales del área metropolitana, una parte importante de la vida nocturna de Monterrey tuvo que mudarse a San Pedro.

La línea imaginaria entre las dos ciudades, calcada por los cerros, hace una gran diferencia cuando se trata de horarios y seguridad.

Cuando Monterrey duerme, San Pedro sigue despierto. La alcaldesa regia Margarita Arellanes puso el ejemplo cuando la grabaron bailando y celebrando en un karaoke sampetrino pasadas las 2 de la mañana. Del otro lado del cerro a esas horas las puertas ya están selladas.

La situación me recuerda a una película. En Footloose, los líderes conservadores de un pueblo pequeño deciden prohibir “la fiesta” y “el baile” luego de un trágico accidente. Por supuesto, el personaje que interpreta Kevin Bacon alborota a sus amigos para cruzar la frontera estatal e ir a divertirse a un bar, como él acostumbraba en la gran ciudad, Chicago, donde vivía.

Tanto en Footloose como en Nuevo León, se mezcla la coexistencia con la causa: los bares, los restaurantes y las galerías, los antros en Monterrey no provocaron por sí mismos la inseguridad. Si bien la inseguridad persiste en menor grado, los espacios y parte del ritmo cultural se perdieron durante varios años.

Antes nos preocupamos por reubicar a los puesteros de Reforma y los de Colegio Civil que preguntarnos qué iba a pasar con los jóvenes y jóvenes adultos luego de la pérdida de El Barrio Antiguo.

Todas las preguntas que están al aire parecieran necias. Pero empiezan con una: ¿Por qué la vida nocturna de Monterrey no puede crecer y sostenerse como la de San Pedro, que se ha conservado más o menos intacta?

Es difícil ver las imágenes de las dos ciudades cuando son vasos comunicantes, una siempre en contraste con la otra. No como en Footloose, donde recorren kilómetros para toparse con la diferencia. Aquí es un vector. Una migración. Cualquier incomodidad se resuelve con 30 pesos de taxi.

Para mí, vivir en Monterrey es fiestear en San Pedro. Cada que cruzo la línea me pregunto por qué. Sí, que Shirley Manson sea nuestra embajadora con el mundo. Aunque para eso, tendríamos que no marcharnos primero.

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