¿La madre define la relación de los hombres con las mujeres?

Por James Ellroy

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La cifra no importa. No es un recuento de cadáveres, ni una lista en un bloc, ni una balandronada. Las estadísticas enturbian la intención y el sentido. La cantidad es, por lo tanto, ambigua. Novias, esposas, ligues de una noche, acompañantes de pago. Cifras modestas al principio. Un frenesí incomparable después. En mi caso, la cantidad no significa un carajo. El contacto culminado significa todavía menos. Al principio, yo era un mirón. El acceso visual significaba captura. La Maldición había incubado mis dotes narrativas. Previamente, mi ojo de voyeur las había aguzado. Vivía una versión juvenil de mis retorcidos héroes de treinta años después.

Estamos mirando. Los ojos se nos salen de las órbitas. Estamos observando a mujeres. Queremos algo enorme. Mis héroes todavía no lo saben. Su virginal creador no tiene la más remota idea. No sabemos que estamos leyendo personajes. Estamos mirando para poder dejar de mirar. Anhelamos el valor moral de una mujer. La reconoceremos cuando la veamos. Mientras tanto, miraremos.

Un documento revela mi temprana fijación. Lleva la fecha 17/2/55. Precede en tres años a la Maldición. Es una instantánea en un parque infantil, en Kodak blanco y negro.

Unas barras para trepar y jugar, dos toboganes y un foso de arena se amontonan en primer término. Yo estoy al pie, solo, a la izquierda de la escena. Soy grande y torpón y voy desaseado. Mi agitación es evidente. Un desconocido me tomaría por un chico jodido por las dificultades de la vida cotidiana. Tengo los ojos vidriosos, fijos en cuatro niñas apiñadas a la derecha de la imagen. La foto está llena de objetos y de críos que se mueven despreocupadamente. Yo estoy tenso, en pose de puro estudio. Mi mirada escrutadora resulta asombrosamente intensa.

Ahora, releeré mi mente de hace cincuenta y cinco años.

Esas cuatro niñas son presagio de La Otra. Yo soy un niño luterano piadoso. Solo puede haber una. ¿Es ella, ella, ella o Ella?

Creo que la foto la tomó mi madre. Un progenitor cualquiera habría dejado fuera del plano al chiquillo raro. Jean Hilliker a los treinta y nueve años: la piel pálida y pelirroja, con raya en medio y el cabello recogido detrás; tiene mis facciones y mis ojos ardientes y un garbo enérgico que yo nunca he poseído.

La foto es un elemento decorativo en un alféizar. Yo todavía era demasiado joven para vagar a mi aire y pegar la cara al cristal. Mis padres partieron peras poco después, aquel mismo año. A Jean Hilliker le otorgaron la custodia principal. Le dio una patada en el culo a mi padre y lo mandó a un piso barato situado a unas manzanas de distancia. Yo me escabullía para hacerle visitas fugaces. De camino, los setos altos y las cortinas corridas me tapaban la vista. Mi madre dijo que mi padre la espiaba. Lo notaba. Dijo que veía marcas de suciedad en la ventana de su dormitorio. Años después leí el expediente de divorcio. Mi padre se declaró culpable de acoso. Dijo que la espiaba para demostrar el relajo moral innato de mi madre.

Él la había visto en la cama con un hombre. Eso no justificaba legalmente su presencia en la ventana. Las ventanas eran faros. Lo supe en mi alocada carrera infantil hacia la Maldición. Una década después, yo entraba en casas por las ventanas. Nunca dejé marcas. Mis padres me lo habían enseñado.

Los huevos los tenía ella. Él tenía el palique y la sonrisa de un artista de timo. Ella había trabajado siempre. Él se escaqueaba del trabajo y urdía planes como el sargento Bilko, o como el personaje Kingfish de la serie Amos & Andy. El pastor de la iglesia lo llamaba “el blanco más holgazán del mundo”. Tenía una polla de cuarenta centímetros. Le asomaba por la pierna de los pantalones cortos. Todos sus amigos lo comentaban. Esto no es la reconstrucción de un niño chiflado.

Jean Hilliker le daba al bourbon y ponía los conciertos de Brahms a todo volumen. Armand Ellroy estaba suscrito a revistas de escándalos y de chicas. Yo pasaba dos días a la semana con él. Me dejaba mirar por su ventana delantera y trastear con los prismáticos. Llegó mi noveno cumpleaños. Mi madre me regaló un traje nuevo para ir a la iglesia. Mi padre me preguntó qué quería. Le dije que unas gafas de rayos X. Las había visto anunciadas en un tebeo.

Si rió y dijo que muy bien. Mandó un dólar por correo. Alivié trabajosamente la espera haciendo listas de todas las chicas de la escuela y de la iglesia que vería desnudas. Discurrí maneras de fijar las gafas a mi periscopio de juguete con cinta adhesiva. Aquello me proporcionaría acceso instantáneo a ventas.

Esperé. Marzo, abril, mayo del 57. Final de primavera hasta el verano. No supe nada del pedido. Tuve que confiar en el honor y el buen hacer del fabricante.

La espera descarriló mi vida de fantasía. Salí despedido en nuevas direcciones. Me colaba en el armario de la ropa de mi madre. Me encantaba el olor de su ropa interior y de sus uniformes de enfermera. Birlaba los prismáticos de mi papá y espiaba a una vecina. La vi llevarse la mano debajo de la blusa y subirse la tira del sujetador.

Otoño del 57. La Larga Espera. Mickey Spillane escribió un libro con ese título. Spillane era el rey del thriller anticomunista. Mi padre tenía una estantería especial para sus libros. Me dijo que podría leerlos cuando cumpliera diez años.

Es la Época de mi Perturbación. Está entrando el Inminente Invierno de mi Descontento Demencial. Yo estaba agitado. Las noticias de la tele me asustaban. Los rusos habían lanzado el Sputnik. Los chicos de color habían causado el caos en el instituto de Los Ángeles Central. Yo temía las Navidades. Mi madre había planeado un viaje a Madison, Wisconsin. Íbamos a ver a su hermana. La tía Leoda estaba casada con un católico. Mi padre pensaba que era roja.

Llegaron las gafas de rayos X.

Mi padre me las trajo. Desenvolví el paquete y me las puse. Entorné los ojos para mirar a través del celofán de colores. Eché una ojeada al salón. Estaba teñido de turquesa.

Las paredes no se derritieron. No vi las vigas entrecruzándose debajo del yeso. Mi padre se rió de mí. La casa de Sandra Danner quedaba a tres manzanas. Salí zumbando hacia allí.

Sandy y su madre estaban colgando las luces de Navidad. Me puse las gafas y las miré. Ellas se rieron de mí. Sandy se llevó un dedo a la sien y lo hizo girar. Era el gesto de los años cincuenta para decir “Está loooco”.

Las gafas eran un timo. Yo conocía las estafas por la revista Whisper. Los timadores vendían minas de plutonio en los Alpes a viejos borrachos. Desplumaban a abuelos gilipollas y los mandaban al asilo. Rompí las gafas en jirones de cartón y celofán. Sandy Danner volvió a hacer el gesto de “Está loooco”. Su mamá me ofreció una galleta.

Corrí de vuelta a casa. Mi padre aún se reía. Me dio mi premio de consolación: una pelota de beisbol nueva. La arrojé por la ventana. Mi padre soltó una carcajada y dijo que me apresurarse. Íbamos a Hollywood a ver una película. Mi vuelo al este era aquella noche.

La película se titulaba Plunder Road. Unos perdedores psicópatas asaltaban un ten cargado de lingotes de oro. Dos de los tipos tenían novias rubias de curvas generosas. Llevaban blusas ajustadas y estrechos pantalones hasta media pierna. El cine estaba casi vacío. Me senté cerca de la pantalla para contemplar mejor a las chicas. Mi padre me arrojó almendra tostada a la cabeza y cloqueó.

El golpe salía mal. El psicópata protagonista y la rubia protagonista soldaban los lingotes al parachoques delantero del coche de la chica y los cubrían con una capa de cromado. Se dirigían a Tijuana por la autovía de Hollywood. Un destino maligno se cruzaba en su camino. El psicópata protagonista y la rubia protagonista tenían una colisión leve con otro coche. Un policía avispado se fijaba en el oro que asomaba bajo el cromado y le buscaba la ruina al tipo. A la rubia le daba la llorera. Las grandes tetas le temblaban.

La película me espantó. Perdí la chaveta. Ya no quería volar a Quinto Pino, Wisconsin. Mi padre me llevó de paseo por calles secundarias de Hollywood y tomó al norte por Cherokee. Me sentó en los peldaños de entrada de un edificio. Dijo que estaría una hora dentro, más o menos. Me dio un reveo y me dijo que no me moviera de allí.

Yo era un niño de mente sucia con vena religiosa. En consecuencia, mi detector de mentiras se disparó. Mi madre le había contado a una amiga que mi padre era un mujeriego empedernido. Yo había oído a mi padre emplear el término “picadero”. Llegué a una conclusión: estaba liado con la rubia protagonista de la película.

Encontré una botella de vinacho medio llena junto a un buzón. La apuré y me puse tonto y eufórico. A mi edad, estoy mareado. Me pongo a mirar por las ventanas.

Cherokee Avenue, al norte del Boulevard. Casas de apartamentos y patios de bungalows de estilo español. Ventanas orladas de luces de Navidad. Alféizares bajos en la planta baja. Atalayas para un niño alto ansioso de mirar.

Estaba bebido. Fue hace cincuenta y tres años. Sé que no vi a la rubia protagonista ni a mi padre montándola. Sé que vi a un tipo gordo que daba la vuelta a unas hamburguesas. Sé que vi a una mujer flaca que veía la tele.

Entonces, todo se volvió borroso. Amnesia de priva: a los nueve años.

Recuerdo un viaje en taxi, mareado. Vuelvo a estar en casa de mi madre, en Santa Mónica. Llevo el traje nuevo de los domingos. Estamos en un avión. Jean Hilliker lleva un vestido de sarga azul y un gabán en la mano. Un pasador de carey le sujeta el cabello pelirrojo. Bebe un bourbon con soda y fuma un cigarrillo.

Me incliné hacia ella. Malinterpretó mi intención y me alborotó el pelo. Yo quería acurrucarme y probar el bourbon. Eso, ella no lo sabía.

Me dormí. Jean Hilliker se durmió. Desperté y la vi dormida. Tenía cuarenta y dos años. Le daba más a la bebida y eso se le notaba en la cara. Desde la resolución del divorcio, volvía a usar el apellido Hilliker. Aquello me estigmatizaba. Su orgullo, su identidad bifurcada. Apuré los restos de su copa y me comí la cereza. Me propinó un pelotazo residual. Vi que una mujer entraba en un lavabo de la parte de cola del avión.

Caminé hasta allí y me aposté cerca de la puerta. Los adultos que pasaban no me prestaron atención. Otras mujeres utilizaron el lavabo. Rondé la puerta y escuché el chasquido del cerrojo. Las mujeres salían y me miraban con severidad. Leí censuras bíblicas en sus rostros. Una mujer se olvidó de pasar el cerrojo. Irrumpí en el lavabo accidentalmente a propósito. La mujer chilló. Vi unas medias claras de nailon y un poco de piel.

Madison, Wisconsin, estaba junto a un lago y era frío como la mierda de pingüino. Un campo cubierto de nieve flanqueaba la casa de la tía Leoda. El primer día me enzarcé en una guerra de bolas de nieve. Una bola con la corteza helada me reventó en la cara y me aflojó varios dientes. Me encerré en un dormitorio trasero a cavilar.

Mis primos salieron a hacer de niños felices en Navidad. Jean Hilliker salió con la tía Leoda, una mujer de lo más convencional, y el gordinflón del tío Ed. El tío Ed vendía Buicks. Mi madre le había comprado un sedán rojo y blanco. El plan: volver a Los Ángeles con el coche después de Año Nuevo.

Mientras tanto, yo cavilaba. La práctica entrañaba pasar largos períodos a solas en la oscuridad. Pensaba en chicas. Repasaba mentalmente a las chicas que había visto en la escuela y en la iglesia. Era una pura panoplia visual. No imponía ninguna línea narrativa. He cavilado formalmente desde entonces hasta hoy. Me tumbo en la oscuridad, cierro los ojos y pienso. Pienso en mujeres, principalmente. Muchas veces tiemblo y sollozo. El corazón me late en sincronía con los rostros femeninos combinados con guiones improvisados. La historia interviene. Los grandes acontecimientos públicos ponen el contrapunto al amor humano profundo. Mujeres a las que he visto fugazmente durante medio segundo tienen un peso espiritual parejo al de mis amantes más duraderas.

Culo del Mundo, Wisconsin, era un muermo. Me dolía la boca. La puñetera bola de nieve me había cortado los labios. No podría besar a Christine Nelson, de la escuela. Mi padre decía que conocía a una chica de la tele que se llamaba Chris Nelson. Estaba casada con un tal Louie Quinn, judío. Chris era ninfómana. Le había enseñado el coño en una fiesta del mundo del cine.

Los adultos volvieron a casa. Mi madre me trajo un libro de la biblioteca. Era literatura infantil, llena de rollo fantástico. Trataba de brujería, hechizos y maldiciones. Mi madre encendió la luz de la habitación. Tuve que leer en lugar de cavilar.

El libro me sedujo. Lo devoré sin descanso. Era como si lo hubieran escrito para mí. El rollo fantástico provenía de mi hogar ancestral de Villamierda, Gran Bretaña. Abundaban las pociones mágicas. Los brujos engullían brebajes secretos y tenían visiones. Aquello atrajo al bebedor y drogadicto incipiente que había en mí. El texto en general cimentaba la tradición religiosa en la que creía entonces y sigo creyendo hoy.

Existe un mundo que no podemos ver. Existe separadamente del mundo real y en consecuencia con él. Entras en ese mundo mediante el ofrecimiento de plegarias y encantamientos. Vives en él completamente dentro de tu mente. Ahuyentas el mundo real mediante la disciplina de la mente. Rechazas el mundo real forzando tu voluntad mental. Tu mundo interior te proporcionará lo que desees y lo que necesites para sobrevivir.

Lo creía entonces. Lo creo ahora. Los muchos años que he pasado en la oscuridad lo han confirmado como artículos de fe primordial. Entonces tenía nueve años. Ahora tengo sesenta y dos. El mundo real se ha entrometido con mi frecuencia en mis periodos a oscuras. Aquel libro me autorizaba formalmente para tumbarme a conjurar mujeres. Lo hice entonces. Todavía lo hago. Aquel libro describía el poder destructivo de la invectiva formal. A finales de 1957, el concepto de la Maldición no me resultó profético. Fue una simple nota a pie de página en mi licencia para fantasear.

Tengo una memoria extraordinaria. El tiempo que he pasado a oscuras ha intensificado mi proceso de recordar con minucioso detalle. Mi crueldad mental se afirmó temprano.

Unos meses después necesité una Maldición. Estaba insolentemente bien preparado.

El nuevo Buick era un cochazo de lujo. Llevaba neumáticos anchos de bandas laterales blancas y más cromados que el coche de la muerte de la película Plunder Road. Yo quería volver zumbando a Los Ángeles y ver a mi padre. Quería reanudar mi vida de fantasía en mi propio territorio.

Por Nochevieja, los mayores salieron a los locales nocturnos. Una joven inmigrante alemana nos hizo de canguro a mis primos y a mí. Tenía diecisiete o dieciocho años, era gorda y estaba cubierta de acné. Llevaba una blusa de renos y una falda de franela con un caniche rosa bordado. Emitía una vibración a Juventudes Hitlerianas.

A mí me acostó el último. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Su presencia revoloteando me pareció impura. Se sentó al borde de la cama y me dio unas palmadas. La vibración empeoró. Bajó la colcha y me chupó la polla.

Me gustó y me repelió en igual medida. Aguanté treinta segundos y la aparté. Soltó unos cuantos tacos en alemán y salió de la habitación. Apagué la luz y ahuyenté el mal yuyu a base de cavilar.

Más que agredido, me sentí sobrepasado. Recordé el libro de conjuros. Imaginé que preparaba un brebaje para borrar la memoria. Al mismo tiempo creaba polvo de rayos X en los ojos. Lo de las gafas había sido un timo. Mi pócima secreta para los ojos arreglaría el fiasco.

Me dormí en 1957 y desperté en 1958. Joan Hilliker y yo nos largamos de Madison bajo una incipiente tormenta de nieve. Al cabo de unas horas, empeoró. Cruzamos la frontera de Iowa. La carretera se congeló. La nieve se convirtió en hielo. Mi madre se detuvo y me arropó con mantas en el asiento trasero.

Los coches perdían tracción y patinaban en la autovía. Las ruedas resbalaban en el liso asfalto. Las colisiones a poca velocidad se multiplicaban. Los conductores imprudentes quemaban los neumáticos hasta la llanta y se deslizaban a los sembrados de maíz.

Jean Hilliker me guiñó un ojo. Estaba actuando. Vi toda la secuencia, fotograma a fotograma. Llevaba un pañuelo de cuadros escocés en la cabeza y un gabán marrón. Volvió a la carretera.

Miré. Mientras conducía, encadenaba cigarrillos. Pisaba los pedales con sus pies enfundados en medias finas y avanzaba metro a metro con marchas cortas. A nuestro alrededor, los coches se golpeaban, rebotaban y daban trompos. Jean condujo por el arcén y pisó barro con los neumáticos traseros. Cristales de hielo bombardeaban el parabrisas. Jean puso el desempañador y el hielo se fundió al contacto. El coche estaba caldeado como una sauna. Jean se quitó el gabán. Debajo llevaba una blusa azul de manga corta. Me fijé en lo pálidos y bonitos que eran sus brazos.

Nos metimos en baches de barro y salimos de ellos dando patinazos. Rozamos vallas de fincas y nos dejamos el retrovisor de la derecha en un poste. Jean buscaba tramos de carretera libres de hielo. Se mantenía a distancia de los coches que patinaban sin control por delante y estaba muy atenta a la aparición de otros. Asía el volante suavemente y se ayudaba con la rodilla izquierda. Con los nudillos blancos, fumaba cigarrillos.

El tiempo cambió. El hielo se fundió y dejó transitable la carretera. Entramos en un motel y pedimos una habitación para pasar la noche. Tenía paredes de contrachapado con molduras de yeso. Mi madre encontró un cuarteto de cuerda en la radio. Estábamos empapados de sudor por su maravillosa actuación con el desempañador. Me duché el primero y me puse pijama.

Aquella noche, ella me pareció distinta y durante un momento superó a mi padre en mi corazón. Había algo nuevo en sus ojos tensos y moteados de gris. Cada vez que rozábamos un buzón de correos, sonreía y decía “¡Ups!”.

Fingí dormir. Ella salió de una nube de vapor y, desnuda, se secó con una toalla. Entorné los ojos y memoricé su cuerpo por enésima vez. No ocultaba nunca su desnudez. No alardeaba de ella. Era enfermera titulada. Era una mujer de ciencias y, sin lugar a dudas, equiparaba el sexo con la función celular. Quería que le hiciera preguntas sobre las verdades de la vida. Quería reafirmar su actitud de madre ilustrada, la primera Hilliker que había estudiado en una universidad. Yo no quería respuestas abstractas. Quería saber de Ella y del sexo de una forma seductora y con una tendencia mística. Quería a Dios, y a Ella y su mundo aparte en proporciones perfectas.

Yo la había visto in fraganti. Aquel tipo, Hank Hart, era su primer lío después del divorcio. Yo había entendido parte de la mecánica y me había retirado del umbral de la puerta. Hank Hart había perdido un pulgar en un accidente con una perforadora hidráulica. Mi madre había perdido la punta de uno de sus pezones a causa de una infección posparto. Hojeé la Biblia y las revistas de escándalos de mi padre en busca de algo sensacionalista sobre el sexo con partes del cuerpo mutiladas. Vi que se condenaba el adulterio y también insinuaciones obscenas. Volví a mirar mujeres en busca de mis respuestas.

Al día siguiente, dejamos atrás a la zona de la tormenta y llegamos a Texas. Observé a las chicas de los coches que pasaban y me rasqué los huevos a escondidas. Mi padre dijo que quizá “nos mudaríamos” en febrero. Se había emperrado en vivir en el valle de San Gabriel. La pasta se nos terminaba. Estábamos despilfarrándola en hamburguesas con queso y moteles rústicos. Con sus cuatro gruesos carburadores, el Buick tragaba gasolina de alto octanaje. Hicimos noche en Albuquerque y fuimos al cine. Vimos un melodrama de aventuras en el mar llamado Fuego escondido, interpretado por Robert Mitchum, Jack Lemmon y Rita Hayworth.

Señalé el nombre de Hayworth en la pantalla. Mi madre lo miró con rabia. En los años treinta, mi padre había tenido líos con Rita la Roja. Eso había sido antes de enrollarse con Jean en los cuarenta. Rita era medio anglo, medio aristócrata mexicana. Mi padre trabajaba de croupier en Tijuana. El padre de Rita lo contrató para que fuera el perro guardián de la chica y disuadiera a los pretendientes plastas. Mi padre me dijo que se tiraba a Rita Hayworth. No puedo corroborar su afirmación. Mi padre disfrutó de una larga temporada como matón de Rita. En los cincuenta, Rita lo echó a patadas por perezoso.

Mis padres desafiaban cualquier intento de clasificación. Jean Hilliker llegó a Los Ángeles a finales de 1938. Ganó un concurso de belleza, no superó una prueba de pantalla y regresó a Chicago. Una lesbiana marimacho dirigía el cotarro. Jean se quedó embarazada, intentó hacerse ella misma un raspado y sufrió una hemorragia. Un médico amigo le arregló el desaguisado. Luego tuvo un lio con él, lo dejó y se casó con un tipo rico. El matrimonio número uno fracasó pronto. Jean se acordó de lo bien que pintaba Los Ángeles y cogió un autobús. Un amigo conocía a un chochito llamado Jean Feese. Jean F. estaba casada con una bala perdida muy guapo llamado Ellroy.

Se conocieron, se enamoraron, se arrejuntaron. Mi padre dejó a la Jean número uno. La Jean número dos se quedó embarazada en el 47. En agosto de ese año se casaron. Un embarazo complicado aseguraba mi vida arrebatadamente turbulenta y cartografiada en la memoria.

Nunca fantaseé con Rita Hayworth. Iba maqueada, lacada, barnizada, depilada, inyectada y emperifollalda. Despidió a mi padre antes de que el matrimonio Hilliker-Ellroy implosionara. Rita era el deus ex machina por defecto de mi padre. Mi padre tenía una relación relajada con Rita. Era ella quien la había terminado, no él. Había más relaciones relajadas por delante. Había otras Ritas por ahí. Ya se buscaría una.

Era un palique de perdedor para un niño gilipollas como yo, predispuesto a creerlo. Yo oía que lo expresaba quejosa, lamentable y falsamente. Jean Hilliker lo oía a gritos, a sollozos, a aullidos, detrás de la puerta del dormitorio, cerrada para mí. Mi madre subestimaba mi capacidad de escuchar a escondidas y sacar conclusiones. No me atribuía la capacidad de descifrar suspiros. Atacaba a mi padre con menos volumen y patetismo. Yo veía su tristeza y su rabia crecer y acumularse desde dentro hacia fuera. Nunca la oía expresarlo. La veía pensarlo y reprimirlo desde fuera hacia dentro.

Eres débil. Vives de las mujeres. No dejaré que me exprimas mucho más.

En aquel momento, supe que era cierto.

En aquel momento, me puse de parte de él.

A ella la odié, en aquel momento, porque él era yo y, cuando él se marchara, me quedaría solo con la amplitud de mi vergüenza. La odiaba porque la deseaba de maneras inconfesables.

En aquel momento, yo era un Ellroy. Ahora, soy un Hilliker. Nuestro orgullo, mi identidad bifurcada.

Mi padre me convirtió en su cómplice insultador. Su manera era “Es una borracha y una puta”. Yo acepté cobardemente su dictado. Me contaba que había contratado investigadores privados para que siguieran a mi madre. En aquel momento lo creí. Ahora sé que era una fanfarronada. En aquel momento no me importó. Cherchez la femme. Los detectives imaginarios me llevaban a las mujeres.

Todos los hombres solitarios eran detectives. Todos los hombres que paseaban a pie eran detectives. Todos los hombres que se escondían detrás de un periódico me seguían concretamente a mí. Mi padre había contratado a toda una agencia de detectives por lo menos. Un número igual de detectives que seguía a mi madre.

Mi padre había salido en busca de la nueva Rita Hayworth. La descripción de su oficio era “esclavo del negocio del cine” y “proveedor de los sumideros de Hollywood”. Se había inventado un golpe de suerte. Se había apropiado de un gran botín que el sargento Bilko y Kingfish habían dejado escapar por torpeza y avaricia. Los investigadores privados eran caros. Hasta ese punto me quería mi padre. Una brigada de sabuesos me salvaguardaba. La brigada número dos seguía a la pelirroja promiscua a gritos con gramolas y moteles de sábanas calientes. El libertinaje moral era difícil de vender. Los jueves que decidían la custodia de los hijos solían ponerse de parte de las mamás. Mi padre tenía influencia de los tiempos en que había estado en el negocio del cine. Sabía quiénes eran los jueces judíos sobornables. Le había pagado a Perry Mason en cuantioso adelanto.

Aquello me dejó pasmado. Cada semana veía el capítulo de Perry Mason. Mi caso podía acabar en televisión.

Mi escuela estaba en Wilshire con Yale. Mi casa estaba junto a Broadway con Princeton. Santa Monica tenía un tráfico peatonal bastante vivo. Iba caminando a la escuela y volvía a casa dando un rodeo. Mi zona de merodeo abarcaba un radio de tres kilómetros. Wilshire estaba plagado de coctelerías y moteles. Espié The Broken Drum, The Fox and the Hounds y el Ivanhoe. Rondé por las inmediaciones y vi entrar y salir a los detectives. Les dirigí miradas superficiales y volví los ojos hacia todas y cada una de las mujeres cercanas. Confirmé que los matones de mi padre cumplían con su deber y me volví loco con el ambiente que allí se respiraba.

Es un recuerdo nebuloso de hace cincuenta años en una película en color de los cincuenta. Está grabada en Pecadovisión y Cinerama. Hay fotos fijas y cortes con saltos que señalan nuevos estímulos y reflejan mi atención dispersa.

Algunos detalles permanecen claros. Los chicos y las chicas del instituto mixto se apean del autobús de Wilshire. Una muchacha lleva los libros de texto colgando, atados con un cinturón oscuro. Sigo de lejos a una gordita. Lleva los brazos al aire. Se le cae constantemente una tira del vestido y se la sube. Tiene una sombra de pelos en la axila, toda espolvoreada de talco. Miro a las mujeres que entran en las habitaciones del Ivanhoe. Una mujer tiene aire italiano y se toca las carreras de las medias. Las paradas de autobús eran buenos lugares para ver siempre a las mismas personas. En la de Santa Monica con Franklin vi al mismo detective varias veces. Siempre hablaba con una vecina. Un día, la señora llevaba un vestido verde oscuro con mucha espalda al aire. La cremallera se le había enganchado en la tira del sujetador. Le contó al hombre que trabajaba en Beverly Hills. En vez de bolso, llevaba un portafolios. Calculé que tendría la misma edad que Jean. Siempre encendía un último cigarrillo y lo tiraba ante la rueda delantera del autobús.

Una noche la esperé. Yo tenía nueve años y ya estaba obsesionado hasta ese punto. El autobús que iba hacia el oeste la dejó en la parada del otro lado de la calle. La seguí hasta un piso en Arizona Avenue. Abrió la puerta y me vio. Me miró con ojos esquizoides y cerró. No volví a verla.

Era vigilancia dentro de una vigilancia. Yo entraba zumbando en los cafés, utilizaba el retrete y salía zumbando. Entraba en antros verboten a los niños y observaba el bar.

Veía mujeres reflejadas en los espejos de encima de la barra. Veía mujeres que hacían girar los ceniceros y parecían pensativas. Veía mujeres con un zapato de tacó bajo colgándoles del pie.

Los institutos de enseñanza superior Samo y Lincoln quedaban cerca de casa. Los días lectivos, hacia las cuatro de la tarde, aparecían chicos por mi calle. Chicos y chicas juntos. Chicos mayores. Las chicas abrazaban los libros de texto y las tetas se les aplastaban hacia los lados. Una chica iba con la barbilla apoyada en los libros y caminaba contoneándose. Siempre se quedaba rezagada de los demás. Tenía la piel pálida, el pelo largo y oscuro y llevaba gafas. Vivía en el patio contiguo al mío. Desconocía su nombre. Decidí llamarla “Joan”.

Espié su bungalow. La vi leyendo unas cuantas veces. Se sentaba de través en un sillón y retorcía los dedos de los pies. Estudié su vida familiar. El padre llevaba una kipá judía y se le caía la baba por su niña. La madre prefería al hermano, grandulón y estúpido. He pensado en Joan y he rezado por ella durante cincuenta y tres años ininterrumpidamente. En aquella época, la consideré una profetisa. Y estaba en lo cierto. La mujer que de verdad se llamaba Joan apareció cuarenta y seis años después. Físicamente, era idéntica a la chica cuyo nombre era un deseo.

Ahora, las dos Joan se han ido. La que se llamaba Joan de verdad tenía una asombrosa melena negra con mechones grises. Han pasado cuatro años desde la última vez que la vi. Me han dicho que ha tenido un hijo. Me pregunto cuánto más gris se habrá añadido a esa melena negra.

Regresamos a Los Ángeles entre vapores de gasolina y con un dólar noventa y ocho en el bolsillo. El Buick tenía desperfectos en la pintura y le faltaba el retrovisor derecho. Volví a mis cavilaciones y merodeos. Jean Hilliker volvió al bourbon y a Brahms y a su trabajo de enfermera en Airtek Dynamics.

No pensé en el libro de magia ni en la chica nazi ni su mamada malograda. No preparé porciones. Una fría mañana, después de ir a la iglesia, me enfadé con mi madre. Le dije que se anduviera con cuidado, que mi padre había contratado a Perry Mason para conseguir mi custodia. A Jean Hilliker aquello se le antojó desternillante. Me explicó que Perry Mason era un personaje de ficción de la tele. Además, el actor con cejas de escarabajo es sarasa.

El viejo seguía pinchándome para que espiara a mi madre. Venía por mi casa y la sacaba de sus casillas. Ella seguía hablándome de mudarnos a las afueras.

Ella persistió, insistió, dijo disparates y recurrió a las zalamedrías y mintió. Las “afueras”: eufemismo/propaganda/galimatías de lengua bífida. El valle de San Gabriel era un destierro en unos altos hornos. Blancos incultos y espaldas mojadas empapados. Un paraíso de pacotilla.

Naturalmente, nos mudamos allí.

Naturalmente, ella murió allí.

Naturalmente, ya causé su muerte.

Me entrego a las mujeres y hablo con ellas a solas en la oscuridad. Ellas me responden. Ellas me responden. Me han convencido de mi culpa.

Nos mudamos poco antes del día de los enamorados. Yo colé una tarjeta con un gran corazón rojo por debajo de la puerta de Joan. Cuarenta y ocho años después, compré una tarjeta de San Valentín y una blusa a la mujer que se llamaba Joan de verdad. Hicimos el amor en una suite de hotel y planeamos nuestra boda.

La relación terminó poco después. Ahora, estoy solo con las imágenes de Joan. Mentalmente, la veo envejecer y volverse más fuerte. Está dentro de mí con las demás, todas y cada una de ellas distintas.

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