Por Kaizer Cantú

La casa es mucho más alta de lo que uno espera. O es uno el que siempre es más pequeño.

A lo mejor es por los barrotes de las ventanas, paralizados en su intento por acuchillar las nubes y tocar el corazón magnético del planeta. A lo mejor es porque uno imagina que entre épocas cambia el tamaño de las cosas, por eso los escalones son un poco más elevados, el techo más alto, las rocas más intimidantes, para que lo estirado por la superficie del ojo viva más a gusto.

Los automóviles apaciguan el paso en su tránsito por aquel trozo de la calle Aramberri. Con suerte el semáforo los detendrá lo suficiente para que puedan girar el rostro a la derecha y ver. Si vienen acompañados, el conductor deformará la boca con A’s y con R’s, con una B y una I; el otro subirá y bajará la cabeza despacio. Los que andan a solas nada más dejan la quijada colgar y los ojos inflarse. Jovencitos se acercan despistados, como quien ignora a propósito que ronda lo que busca, y se sientan sobre uno de los escalones de concreto. Después de zapatear un rato, voltean: ahí están los rombos amarillos, atrás la puerta roja; del orificio que fue la perilla cuelga una cadena gruesa, también un par de candados robustos. No faltan los fotógrafos, siempre al otro lado de la acera o arriesgándose a media calle, como si no fuera suficiente la adrenalina de retratar a los muertos.

Era 5 de abril del año 1933. La ciudad de Monterrey supo que Delfino Montemayor había encontrado a su esposa y su hija muertas en su domicilio, el 1026 de la calle Aramberri. Los pormenores del crimen son pocos y simples de imaginar: tres hombres mutilan a dos mujeres con una precisión reservada para las reses. La sangre es lo de menos, sus dedos buscaban un cofre lleno de oro en monedas. El terror vibró en la escritura borrosa de los diarios, entró en los hogares pegados a los balbuceos solemnes de los noticieros radiofónicos. Los murmullos apuntaban hacia los bajados de la sierra, los que llegaron agarrados de la barriga del tren, los que apestaban la calle con los olores de otro suelo. Al final, los monstruos venían del mismo barrio, uno hasta del mismo árbol. El plomo los ancló al piso mientras intentaban huir por Zuazua.

Dicen que aquel fue el año en el que renació Monterrey, no se precisa si por segunda, cuarta o vigésima ocasión. Lo que sí queda claro es que vio otra luz el monte regio y que en su bautizo le resbaló sangre por las nuevas líneas del rostro. La ciudad entró en paralelo con la tradición de los callejones londinenses del siglo XIX; el pandillerismo neoyorkino de los 70, las ráfagas y el fuego en su porvenir. Monterrey se volvió fuente de nota roja, escenario de novela negra.

La casa también murió, sin embargo, su muerte fue otra. El filo de la cuchilla apagó la fachada, le vació de la vida que le llenaba y la reemplazó con una máscara funeraria de ojos congelados que aún conserva. Las paredes transpiran polvo desde la roca, profanadas por rayones inexpertos y burlones, más que nada firmas y pentagramas torpemente esbozados. Una muralla de tabique desvaneció las dos ventanas. El tiempo ha difuminado los adornos que enmarcaban el umbral de la puerta y cubrió con óxido los barrotes, doblando sus puntas de flecha medieval. Hay basura acumulándose al pie de los escalones, taponeando sus fracturas con bolsas de plástico, escombro y uno que otro brote marchito. Un rejón amarillo dibuja diamantes frente a la puerta de metal rojo. A través de su patrón, en el metal, se ve un agujero, y a través del agujero se ven montículos y sombras verdes; al otro lado parece comenzar la selva. Dentro hay más escombro y grafiti. La ilusión del agujero hace creer que los árboles atraviesan los parches vacíos del techo, coronando el cadáver con ramos verdes.

Parece extraño decirlo, pero la casa de la calle Aramberri nació en la muerte. Precisando más, la muerte inauguró la vida del edificio. La sangre de sus fantasmas le dio un rostro y un aliento, la inauguró como amuleto de otro nuevo Monterrey, uno que guardamos como el casquillo que quedó al pie del muro de nuestra casa. Vive la existencia de los muertos famosos, atrapada en el recuerdo reciclado de su mutilación; vive para el espectáculo de los relatos de fogata y las excursiones espiritistas; vive porque esta ciudad necesita espanto y el espanto necesita un rostro. 

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