A Andrés Lecuanda Miloslavich

Contra esquina de la parte posterior del templo de San Agustín, Pedro Moreno y Degollado, alguna vez estuvo La Casa Colorada: una tienda de telas, ropa y mercería que tuvo su auge y esplendor desde los años 30 del siglo pasado, hasta alrededor de la década de los 70.

En su época final, esa tienda coexistió con otros negocios de enorme importancia en la vida comercial de Guadalajara, y que ahora son también mero recuerdo. Tal fue el caso de Maxi y Hemuda, o las mueblerías Dubín y Mayco, famosa esta última porque un solo peso era el enganche para la compra en abonos de cualquier mueble o electrodómestico.

Tiendas similares a La Casa Colorada fueron El Famoso 33, a una cuadra de distancia una de otra, y El Vapor, éste más retirado, en los nuevos portales frente a Catedral.

La publicidad más distintiva que La Casa Colorada utilizaba era mediante un personaje bastante singular: El Diablo. No podría ser de otra forma, tomando en consideración lo colorado de todo ese asunto.

Ahora, cualquiera que por simple curiosidad revise los periódicos de esa época encontrará la figura de El Diablo publicista de La Casa Colorada, por cierto, con enorme parecido al rostro que identifica al grupo internacional de cibernautas denominado Anonymous. ¿No me cree? Bueno, pues vaya a la hemeroteca más cercana y salga de dudas.

Integrante de Sucres. Casa Gas y Compañía, consorcio comercial muy importante que integraba tiendas de primer orden como La Ciudad de México, El Centro Peletero, París-Nueva York y La Casa Colorada; esta última fue motivo de la atención noticiosa debido al supuesto fraude financiero cometido en su contra por Eugenio Pellat, ciudadano de origen francés que alternaba en los más refinados círculos de la sociedad tapatía y a quien, en el año de 1941 se le acusó, con ejecutada orden de aprehensión posterior, por un faltante de 120 mil pesos en las finanzas de la empresa a su cargo. Todavía un año después, los diarios locales informaban de la resolución del juicio de amparo interpuesto en su defensa por Pellat.

No fue el único conflicto legal que en su historia vivió La Casa Colorada y los demás integrantes del consorcio comercial Sucres. Casa Gas y Compañía, en 1937 enfrentaron una demanda laboral interpuesta por la Liga de Empleados de Comercio e Industria en defensa de los derechos contractuales de los trabajadores de esa empresa, lo que condujo a una huelga que durante el transcurso de su desarrollo, estratégicamente fue vinculada a las demandas del gremio electricista, llegando conjuntamente a convocar a un mitin de protesta con teas encendida, dado que en solidaridad con los huelguistas se anunciaba una suspensión del servicio de energía eléctrica de las 15 a las 23 horas del viernes 9 de abril.

Finalmente, el conflicto fue resuelto medianamente a favor de los empleados y, pasado el tiempo, La Ciudad de México cerró sus puertas, no así La Casa Colorada, que durante las décadas de los años 40, 50 y 60 prosiguió siendo en Guadalajara un importante referente comercial de la vieja escuela.

En el año de 1969, esa céntrica tienda tuvo una reinauguración muy promocionada; quiso adaptarse a la modernización comercial que se había implantado ya a partir del surgimiento de las plazas comerciales, un intento final de supervivencia que no logró.

Lejanos quedaban ya los tiempos cuando para ser tapatío se requería de ir a la esquina de La Casa Colorada y ver, aparte del amplio surtido de huaraches y zapatos de baile de las tiendas cercanas, las dos atracciones principales que la tienda ofrecía en esos rumbos.

Una eran los pequeños maniquíes miniatura que figuraban muñecas en aparador y que galanas lucían ajuares muy a la moda y a la temporada, todos confeccionados con las telas que se vendían en ese establecimiento. Los tapatíos las veían ahí luciendo sus enaguas amponas y floreadas en tiempos de calor, o sus gruesos abrigos de lana en el invierno.

La otra atracción definitivamente era ver a El Diablo en persona. Porque justo en esa esquina de Pedro Moreno y Degollado era el lugar donde el chamuco se aparecía con su indumentaria roja, su larga capa, unos cuernos sobre su cabeza y un tridente en la mano.

Cuentan los que saben que en fechas muy especiales en ese sitio llegó a haber hasta un pandemónium, pues no era sólo uno, sino muchos los diablos que afuera de La Casa Colorada se juntaban a hacer publicidad bailando al ritmo retumbante de la orquesta. Porque sí, las tiendas de aquellas épocas contrataban música en vivo, para amenizar sus promocionadas baratas.

Todo un jolgorio era el que se armaba entonces, mismo que disfrutaba toda la chiquillería a quien, por cierto, se le repartía sendos y gratuitos globos, éstos naturalmente de un color muy encarnado. Globos que repartían las manos de aquellos personificados demonios, a los que primero los veían con cierto resquemor y a los que luego, ya con la confianza de advertirlos por completo inofensivos, hacían sonreír al verlos dar vueltas y vueltas al ritmo de un guapachoso y movido mambo.

En los periódicos, los slogans de La Casa Colorada quedaron como parte de la historia de la publicidad tapatía:

Yo soy el diablo más competidor, y a todo mundo más barato doy, en La Casa Colorada, la mercancía casi dada, estoy vendiendo y rematando de a montón”.

Aunque quizás el más divertido de todos fue el de:

Con El Diablo nadie puede, visítenos y vea que precios. Venga a ver al Diablo, bailando mambo”.

Esa publicidad probablemente ahora resulte ingenua, como tantas otras cosas que han quedado ya en desuso. Sobre todo hoy en día, cuando los diablos de verdad andan sueltos, y no precisamente para bailar el mambo como aquel de La Casa Colorada, sino para aterrorizándonos a veces con algunos incendiados narco-bloqueos.

Por Carmen Libertad Vera

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