Cantan y marchan los bonaerenses

Por Enrique Raab

 

El conductor del remise se manejaba con términos cortesanos, casi versallescos. Camino a la Boca, haciendo avanzar su Falcon por los primeros tramos de la avenida Almirante Brown, definió con formulación exquisita su propia relación con el fútbol: “No sé cómo decirle… La verdad es que de joven yo sentía inclinación por este deporte… Pero en cierto modo, me espanta la grosería, el atropello, la prepotencia… Hay cosas, ahora, que resultan más de mi agrado…”.


Inclinación, grosería, agrado: vocabulario heredado de algún libro de máximas de La Rochefoucauld. Nada que ver con los compactos grupos que desfilan por Almirante Brown hacia el Sur, doblan por Wenceslao Villafañe, llegan exaltados hasta Enrique del Valle Iberlucea y se enfrentan con la Bombonera. En el camino, por donde uno mire, se venden cosas: vinchas de Boca Juniors, gorros tejidos con los colores azules y amarillos — “Mejor un gorrito que una vincha, pibe… Mira que la noche viene fresca…”— o si no los churros, los sándwiches de matambre, la empanada fatta per la mamma, como anuncia en italiano impecable un carrito instalado en Pinzón e Iberlucea.


A las 21:30, Boca Juniors se enfrentaba con River Plate en un torneo cuya fascinación no se desgasta a pesar de haberse dirimido ya cien veces exactas a partir de 1931, o sea en la época que los tecnócratas definen como “dentro del profesionalismo”. Pero no importa: poco después de las 18:00, ya están las dos tribunas semi-llenas, enfrentadas. Del lado de Aristóbulo del Valle, los hinchas de Boca; del lado de Brandsen, los de River. Agresividad de las consignas que sin embargo, como en un juego de precisas reglas caballerescas, no se superponen: cada bando espera a que el adversario termine la suya antes de entonar la propia.


Mientras la calle Iberlucea registra un desfile entrecruzado de grupos que corren, sin mucha lógica, de un lado para otro, en las tribunas se entonan los cánticos guerreros: desde Brandsen, la popular de River ataca: “Vamos, vamos River / vamos a ganar / que este año no paramos / hasta ser campeón mundial…”. Silencio embarazoso del lado de Aristóbulo del Valle. El triunfalismo de River desarma a la hinchada boquense. Después de un silencio que parece extenderse durante siglos, los muchachos de Aristóbulo del Valle contestan con la Marcha Peronista y luego, ya recuperado el fervor, con el grito ritmado de “Ar-gen-ti-na… Ar-gen-ti-na…”. La consternación de los hinchas de River es palpable: de repente, la tácita acusación de extranjerizantes contenida en ese grito crea, en la cancha, una vaga sensación de malestar.


Y entretanto, por Iberlucea, el Cuerpo de Policía Montada hace galopar los caballos por la cuadra. Los pingos cabriolean sobre la acera, los vecinos de la cuadra se meten en sus casas, las muchachas fingen unos exagerados chillidos de terror. “¡Ay, qué brutos…!”, se queja una, hasta que en la casa de al lado, en Iberlucea #864, justo frente a la cancha, una mujer joven, de anteojos, arriesga una definición inesperada:


“Vamos, vamos, River, vamos a ganar…”, corea, junto con los muchachos de la tribuna de Brandsen mientras su madre, su padre y sus hermanitos la paran, pretenden hacerla callar, le dicen: “Porota, estás loca… Metete adentro de la casa…”, y la arrastran desde el portal hacia un patio interno, explicando:


“No sabemos qué le pasó… Siempre creímos que era de Boca… Como vivimos enfrente… Y justo hoy se sale con esto…”. Los vecinos menean la cabeza, compadecen a la madre y al padre, no entienden nada de esa brusca rebelión contra el medio condicionante por parte de una reprimida hincha de River que tiene la desgracia de vivir a veinte metros de la Bombonera.


Y luego, ya pasadas las 20, las calles del centro se vacían, Lavalle parece un emporio, la cual, una o dos veces por año, los mercachifles le están fallando.


Todos los cines han desalojado las pizarras de sus boleterías, reemplazando las localidades numeradas por el cartel de continuado. Sólo El pibe Cabeza, de Torre Nilsson, en su día de estreno, mantiene la pizarra tradicional: “Hoy el cine no es negocio”, sostiene uno de los boleteros del cine Trocadero. “Entre los 65 mil que están en la cancha y los 3 millones que lo van a ver por televisión, lo mismo podríamos no hacer la función…”.


La presidente de la Nación, se sabe, solicitó personalmente que ese partido fuera televisado. Más tarde, después del segundo gol de River, la hinchada de River —los muchachos de la calle Brandsen— contestaba con un estribillo la temprana acusación de gorilismo que los boquenses les habían enrostrado. Cantaron, ante el silencio hostil del sector de Aristóbulo del Valle: “Ya lo ve, ya lo ve / la Boca está bailando a pedido de Isabel…”.


A las 21:00, la población de Buenos Aires estaba en sus casas: los diales de los aparatos se clavaban en canal 7; por centésima vez, “dentro del profesionalismo”. Boca Juniors se enfrentaba con River Plate. Sólo el teatro Maipo, en la calle Esmeralda, no mermó sensiblemente su caudal de concurrentes. En la boletería, un caballero que copiaba su imagen de viejo verde de la que creó Enrique Serrano sostenía: “Sí, ya sé que hay partido… Pero, ¿qué le voy a hacer…? Entre las gambas de Perfumo y las de Violeta Montenegro, ¡me quedo con las de Violeta…!”.

* Texto publicado en La Opinión (1975).

 

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