Por Guffo

De niño vivía en la esquina donde cruza la calle que da al parque.

Las personas que buscaban una dirección cometían siempre el mismo error: subían por esa calle, topaban con el parque y bajaban desubicados, volteando para todos lados a ver si encontraban algún señalamiento con el nombre de la arteria, rótulo de metal que todavía no ponía el ayuntamiento de la ciudad. Era entonces cuando los conductores se aventuraban a preguntar por el domicilio que buscaban a la bola de niños que jugábamos entre la maleza de los lotes baldíos y las construcciones en obra negra de futuras residencias.

Que me preguntaran una dirección me hacía sentir grande. Me parecía que un adulto por fin depositaba su confianza en un niño. Era como estar al “tú por tú” con ellos. Los mayores casi nunca creen en nada de lo que dicen los niños, y a quienes preguntaban por un domicilio no les quedaba de otra más que confiar en nuestra palabra. Recuerdo que salíamos del monte a toda velocidad, amontonándonos en la puerta del coche del conductor preguntón. Nos peleábamos por dar santo y seña de cómo llegar al lugar. Algunas veces guiábamos a los coches hasta el domicilio que buscaban montados en nuestras bicicletas marca Vagabundo, bicis que nunca más volvieron a producirse.

-¡Aquí es, señor!

-Muchas gracias, mijo -y agitaban la mano fuera del coche.

No esperábamos dinero, ni juguetes ni nada, al menos yo no, pues el agradecimiento me hacía sentir como el superhéroe que ya había cumplido con su misión del día.

El parque sigue estando ahí, abarcando las mismas cuatro calles que topan con él y forman rotondas que muchas veces nos sirvieron como canchas de futbeis. “Calles privadas” les dicen ahora, tal vez para que los residentes de Nuño de Guzmán -nombre de la arteria según el señalamiento de lámina que puso el ayuntamiento hace ya algunos años- se sientan seguros o adinerados. Lo mejor es que los árboles del parque ahora tienen troncos más gruesos y proyectan sombra fresca por todos lados. También se escuchan más aves y zumbidos de insectos. Las bancas de metal son las mismas de hace veintitantos años, casi treinta, cuando el parque era sólo un proyecto y un estorbo para los automovilistas que buscaban orientarse.

Ya no pasa la granadera como antes; ahora hay postes de luz mercurial que aseguran la noche. Tampoco quedan niños a quienes puedan impresionar con la sirena y su torreta multicolor y sus policías montados en la defensa trasera. Tampoco pasan eloteros, ni paleteros ni vendedores de algodones de azúcar o manzanas acarameladas. Ya la gente sólo utiliza el parque para ponerse en forma. Ya nadie juega en él.

Un hombre de barriga prominente entra al parque por la privada Hernán Cortés -la última calle- casi al mismo tiempo que el primer destello del alba. Luego llega otro que tal vez se puso de acuerdo con el primero.

Cuando mejor está este lugar -uno de los pocos que han conservado y respetado en el barrio- me es imposible disfrutarlo porque cada que lo intento me remonta a un pasado que fue mejor para mí pero con un futuro más prometedor para el parque. Eso me da gusto, aunque me es imposible aceptarlo por culpa de la nostalgia.

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