Por Subteniente Hernández

Adán era su nombre. No tenía mucho tiempo de haber entrado a trabajar a ese Taller de Herrería donde yo laboraba. Se distinguía de los demás por su seriedad y silencio. Casi nunca lo oí hablar o discutir por algo. Salvo por los trabajos que realizaba, no se notaba que estuviera ahí. Siempre callado, de repente detenía su labor con el marro , desenvolvía su pañuelo rojo para limpiarse el exceso de sudor y ver una fotografía. Nosotros ya nos habíamos acostumbrado a su extraño ritual que repetía a cada momento, hasta que terminaban las labores. Antes de irse, tomaba un vaso de agua y salía del lugar en silencio, tal y como llegaba. Nunca lo vi participar en los juegos de azar a los cuales nos entregábamos cuando el jefe no estaba. Tampoco hablaba con nadie. Ni siquiera nos acompañaba los viernes a tomar una cerveza y a piropear a la muchachas en la tiendita de Don Polo, después de las labores. Todo era así, hasta que una vez lo vi sollozando. Creo que pensó que nadie se daría cuenta, pero al descubrirme volteó y se secó sus lagrimas con ese pañuelo casi sepia, cayéndose la foto a la que tanto se aferraba. La imagen que aparecía ahí era la foto en blanco y negro de una mujer, casi niña, cabello oscuro y facciones finas. Fue todo lo que pude apreciar por que Adán, furioso, me la arrebató. Al día siguiente no se presentó a trabajar y no le dimos mucha importancia, pensamos que a lo mejor no volvería. Al segundo día llegó, nos miró a todos, tomó su marro y se fue al yunque. Vimos que el jefe se acercó a el e intercambiaron palabras. Después todo ocurrió demasiado rápido: llegó un carro con agentes, se bajaron y a punta de pistola se llevaron a Adán. Iba serio, como sabiendo que esto sucedería. Uno de los policías le dio un citatorio al patrón, quien inmediatamente se quitó sus gogles y chaparreras de soldar, se puso su saco y sombrero y se fue detrás de ellos. Al día siguiente, mientras desayunábamos, pregunté al jefe cómo le había ido y que había pasado. Sin dejar de masticar su torta de jamón con aguacate, el patrón me dijo que Adán amaba en silencio a una chica que vivía en su colonia, pero que era mal correspondido. La niña ni siquiera sabia de la existencia de Adán, pero él la observaba en el balcón todos las tardes cuando salía a tomar el sol. La niña estaba enferma, tenía una extraña enfermedad incurable. La foto que Adán poseía de ella, la había comprado al señor de la tienda fotográfica donde la niña se había tomado unas fotos para su certificado de secundaria.

Un día Adán no la encontró en el balcón donde solía estar. En su lugar halló un gran moño blanco en el portón de la casa. Ese día no durmió pensando que todo se había derrumbado para él, pero se le ocurrió una idea macabra. A la mañana siguiente decidió no ir a trabajar, en lugar de eso se hizo un buen corte de cabello, se rasuró y se cortó las uñas de los pies. Fue a la tienda de alquiler y se rentó un buen traje. Al salir, ya cambiado y acicalado, se dirigió a donde su amada era velada. Observó desde la puerta sin entrar, esperó pacientemente y salió atrás del cortejo fúnebre, donde observó en silencio el ultimo adiós de quien le había robado suspiros. Esperó hasta la noche para llevar a cabo su macabro plan. El día que lo detuvieron, hizo que llevara a los policías a la casa que habitaba solo, donde hallaron a la muchacha acostada en la cama de él con un vestido de novia, sosteniendo un ramo de flores. En los dedos de su mano portaba un anillo que hacía juego con el que llevaba Adán.

El no alegó nada. En su defensa dejó en forma dócil que lo esposara.

Comments

comments