¿A dónde van los libros cuando mueren?

Por Kaizar Cantú

—De la biblioteca no quedó nada, nada, nada —me reiteró la bibliotecaria—. ¿No te digo que rescaté una foto nada más?

—A ver…

I

Se llamó Álex. Apareció encima del Caribe, al norte de la costa hondureña. Una bestia nacida del aire, como un fantasma, cientos de veces más furiosa que cualquier criatura de carne que Dios haya puesto sobre la tierra o bajo el océano. Fue viento, fue lluvia y, finalmente, fue huracán.

Era 26 de junio de 2010. Álex se arrastró por encima del agua hasta tocar tierra en el norte de la Ciudad de Belice. Llegó soplando y resoplando, anunciándose con un rugido que le salía de todo el cuerpo, o que era todo su cuerpo. Luego entró a México por Quintana Roo, en el sureste, y perdió vigor, sin dejar de ser monstruo, sin dejar de ser furia. Corrió hacia el noroeste, sediento, y cruzó Campeche hasta alcanzar la costa. Buscaba el mar: su fuerza, su origen. De ahí siguió rumbo al norte, hinchándose cada vez más y más, como si quisiera comerse al mundo.

Volvió a tierra la noche del 30 de junio. Esta vez entró por Tamaulipas, en el noreste de México. De Tamaulipas corrió a San Luis Potosí, y de ahí a Zacatecas, al suroeste, donde fue desvaneciéndose un día 2 de julio entre los aires del altiplano. Llegó a morir, pero no sin asegurarse de que su nombre y su marca quedarían en la memoria de tantos. Recordamos a Álex no por lo que nos trajo, si no por todo lo que se llevó.

Las lluvias no pararon. El agua bajó de las montañas en una embestida hambrienta, fugaz, una explosión densa y pintada con el color del fango. Los ríos se salieron de sí mismos y engulleron las calles en Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León.

En el municipio de Apodaca, un pueblopequeño nuevoleonés espera la llegada de Álex, de su eco moribundo. Saben que habrá mucha agua, sí, pero no saben cuánta. No tienen ni la menor idea.

***

Santa Rosa es un pueblito. Lo es del modo más puro posible, ese que se acerca tanto a lo irreal que de un tropiezo podría caer de lleno en los territorios de la ficción. Tiene casas pequeñas y de paredes brillantes —rosa, verde, beige—, gente que se reconoce y se saluda en las calles y una plaza que florece en medio del poblado.

Borges escribió alguna vez que viajar al sur en Argentina es como atravesar el tiempo o la memoria y emerger en un pasado. Llegar a Santa Rosa provoca un pensamiento parecido, sobre todo cuando se entra a la plaza: el suelo está compuesto por mosaicos que reflejan el tono rojo de los ladrillos, hay bancas de un metal negro y helado, los árboles abundan, con todo y pájaros, y hay un quiosco octagonal al que los niños suben para corretear un rato. A la plaza la rodean casas grandes, una iglesia, un par de tienditas de la esquina y un kínder envuelto en un mural de Winnie Pooh.

Una de las esquinas de la plaza apunta hacia una subida que se convierte en puente. El puente es una calle de dos sentidos, con banquetas estrechas a los flancos y cilindros rojos que sirven de barandal. Hay telarañas entre los cilindros, llenas de moscas, mosquitos y arañas muy pequeñas; algunas todavía patalean. Bajo el puente pasa el Río Pesquería, una corriente de aguas verdosas, hogar de tortugas y uno que otro neumático. El río divide al pueblo en dos, y no es raro que los lugareños hablen de “el otro Santa Rosa”, sin especificar cuál es el verdadero otro. El agua corre tranquila, casi como si soñara y se dejara arrastrar por una fuerza que no es la propia. Por hoy, el río duerme.

Sobre uno de las orillas de la plaza hay un edificio pequeño. Es un rectángulo aplanado y extendido, como un bloque de plastilina que apachurró la manita de un niño enorme. Los muros son color beige, coronados por un techo amarillo y grueso, con líneas que se hunden y extienden hacia todo lo ancho de la estructura. El sol los ilumina a medias, filtrado por el ramaje de los árboles, que mecen su sombra sobre la piedra de las paredes y el suelo. La puerta es metálica, café; las ventanas son dos, abarrotadas, del mismo tono y material que la puerta. De frente parece un dibujo. Un dibujo inocente y pacífico.

Es la biblioteca municipal de Santa Rosa.

***

La biblioteca, según los dictámenes de la imaginación, es un edificio en el que las paredes se pierden detrás de los libros. Por eso al entrar a la de Santa Rosa me sorprende ver que ahí están las paredes, claras como una mancha. Hay mil 556 libros, que esperan recibir la compañía de otros cientos más. Entre ellos figura una versión ilustrada y ultra-corta de La divina comedia, redacciones filosóficas de Nietzsche, una novela policíaca escrita por Antonio Helú y una copia del Código civil del estado de Querétaro. También hay cajones con juegos de mesa, estantes atiborrados de peluches suavizados por el uso y, colgada del techo, una bruja que ríe y patalea cuando siente el aire de un aplauso bajo sus faldas.

Frente a la puerta queda un escritorio, y sobre el escritorio hay una libreta de hojas grandes, abierta. Es para el registro. Veo columnas con nombres, fechas, números, nombres más largos. La mayoría de los visitantes son niños menores de 10 años y adultos mayores de 30; también hay uno que otro adolescente.

Detrás del escritorio está Verónica Mireles. La bibliotecaria. Le dicen “Güera” por el tono castaño dorado de su cabello. Creo que en todas mis visitas a la biblioteca no he escuchado a nadie referirse a ella con otro nombre. Es Güera para los niños, para las vecinas de la plaza, para su madre.

Güera es bastante alta. Sé que mi memoria exagera, pero no puedo evitar recordarla desde un ángulo bajo y con la cabeza cercana al techo. Tiene unos ojos grandes, oscuros y alegres; sonríen por sí solos, independientemente de los gestos que haga su boca. Me cuenta que prácticamente vivió en un colegio, el Ignacio Guajardo, que queda a unas cuantas cuadras de la plaza. Su madre trabajaba como auxiliar de la directora, y Güera aprovechaba el tiempo para leer en la biblioteca del colegio.

—Mientras mamá hacía lo que tenía que hacer, yo estaba escondida leyendo El nuevo tesoro de la juventud. Decía mamá “Vámonos, ya nos vamos”, y casi siempre que a rastras me tenían que sacar de la biblioteca de ahí.

Güera le tiene un cariño maternal a sus libros. Recuerda que precisamente así le describió su trabajo a un grupo de niños que visitaban la biblioteca: “Yo soy la mamá de los libros”. Los limpia, los acomoda, habla maravillas de ellos y seguido los saca de paseo al kínder que está en uno de los extremos de la plaza. Ahí lee con una voz suave, casi siempre acompañada de ilustraciones y figuras que a veces superan en tamaño a los mismos niños.

Me explica que la biblioteca municipal de Santa Rosa no tiene nombre. Pudo haberlo tenido, pero el dueño del nombre vino y se lo llevó. Jesús Rafael García Garza, contador público y entonces candidato a la alcaldía de Apodaca en 1988, pasaba frente a la plaza principal de Santa Rosa cuando notó, inscrita sobre el metal de una placa, una combinación de letras muy familiar: era, en efecto, su nombre. “Hasta que yo me muera pueden usar mi nombre”, dijo, y arrancó la pieza. El título de Biblioteca Jesús Rafael García Garza lo ganaría otro edificio en febrero de 2014, casi tres décadas después, en la colonia Álamos del Parque.

Lo que sí tiene la biblioteca es un número, el 3712, que la identifica entre las 324 bibliotecas distribuidas por el estado de Nuevo León y las más de 7 mil que hay en todo México. También tiene una afluencia de entre 300 y 400 usuarios al mes, la mayoría niños de primaria y preescolar que buscan las figuras exageradas y los colores brillantes de los libros infantiles.

Y lo que tuvo, lo que perdió, fueron 4 mil libros. Sucedió de madrugada, cuando vino el agua, cuando vino Álex. Se los llevó, todos y cada uno. Mas no de golpe, sino lento, como una infección que se come los recuerdos, pudriéndolos uno a uno. Fue un sábado, y la noche antes no se veían las nubes.

II

Según María Guadalupe Ontiveros —Doña Lupina para los conocidos—, en las maquinitas del casino no se gana con suerte, sino con maña. Ella es una mujer curtida por el tiempo, de cabello corto y arremolinado, con ojos que se ven pequeños pero que en verdad sólo están bien refugiados detrás de cada párpado. También es madre de Güera.

Explica que la máquina concede premios cada 17 jugadas; poco más, poco menos. Es en ese instante en el que uno tiene que aprovechar para doblar la apuesta. Y así es como se gana. Lo dice con una voz potente, un poco rasposa, perfecta para que la escuchen fuerte y claro hasta los que están allá, al otro lado de la plaza.

Era noche de viernes cuando madre e hija jugaron en el casino La Cima, ubicado en la Avenida Concordia, que cruza con la carretera que lleva directo hasta Santa Rosa. Ese día Güera cerró la puerta de la biblioteca y corrió el cerrojo. Había escuchado los pronósticos del agua, pero no se preocupó demasiado. Ya estaba acostumbrada a que el río se hinchara más allá de su cauce, comiéndose pedazos de uno que otro patio y encharcando el suelo de las casas. Sabía que tenía que hacer bastante mandado, por si hacía falta, pero nada más. Era noche de viernes. Necesitaba descansar.

Güera partió de la biblioteca rumbo a Soriana con su esposo. Allá se reunieron con Doña Lupina y el menor de los hermanos de Güera. Ella y su madre se pusieron a juntar despensa. Compraron huevo, leche, enlatados, pan. Mucho de todo, pero no demasiado; esperaban una emergencia, no un cataclismo. Ya empacado lo necesario, las dos se metieron al casino a jugar.

Pero el recreo no les duró mucho. Veinte minutos a lo mucho.

Sonó el celular de Doña Lupina. Era Ramiro, un hombre gigantesco que, me dice Doña Lupina, de tan grande “parece King Kong”.

Oye, está creciendo el río, vente.

Al comienzo, Doña Lupina optó por no creerle a Ramiro, haciéndole bulla por ser tan grandote y tan temeroso d lo que ella imaginaba era poca agua, pero finalmente cedió ante la curiosidad y el miedo que vienen con la duda.

Güera la vio partir rumbo a Santa Rosa, no sin antes recibir una despedida y una petición de que tuviera cuidado con el agua que se congrega frente a los panteones.

***

Doña Lupina y su hijo menor surcaron la carretera Mezquital-Santa Rosa en una camioneta Explorer. El agua era poca, o al menos la que caía del cielo. No tardaron en aparecer los charcos que se volvieron lagunillas que se volvieron ríos. Cosa rara, pues el Río Pesquería quedaba aún lejos, y por más agua que llevara, no tenía nada que hacer tan lejos del pueblo. Al parecer, dice Doña Lupina, unos canales de riego —“acequias, que les llaman aquí”— que están al costado de la carretera se desbordaron de tanta agua que se les vino encima. A Santa Rosa le tocó quedar en medio de la creciente del Río Pesquería y la lluvia que no pudieron contener los canales. Mientras ilustra el paso y origen de las corrientes, Doña Lupina separa ambas manos y las acerca, acelerando poco a poco, hasta que ambas chocan en un aplauso sonoro y húmedo.

Unos soldados detuvieron la camioneta a menos de 500 metros de la entrada al pueblo. No había paso. Si Doña Lupina y su hijo planeaban entrar, tendrían que tomar otra ruta. Buscaron una salida a la carretera que conecta Santa Rosa con el centro de Apodaca y, una vez que la encontraron, siguieron su camino. Detuvieron la camioneta frente a un OXXO al otro lado del pueblo, el que toca la orilla opuesta del Río Pesquería; ahí casi no había agua.

Doña Lupina y su hijo bajaron de la camioneta. Ella le ordenó a su hijo que fuera al otro lado a buscar quién necesitaba ayuda. Había gena trepada en el techo de la escuela Ignacio Guajardo. Doña Lupina les había dejado el portón abierto por si necesitaban refugio, como hacía siempre que se avecinaban lluvias o una inundación, pero el agua arremetió contra las puertas y penetró los salones, arrastrando pupitres, computadoras y demás muebles hacia el centro del patio. La escuela fue convertida en laguna, y los refugiados tuvieron que buscar terreno elevado para no perecer. Durante el rescate fue necesario echar mano de un montón de cuerdas y una máquina excavadora.

Mientras su hijo se concentraba en el rescate de la escuela, Doña Lupina ayudaba a los soldados a sacar gente de las casas. Atravesaron el pueblo en un camión al que le dicen “El Oso” por su tamaño y solidez. Ella iba en la cabina, orientándolos en su camino. Seguía lloviendo poco, pero el agua todavía era mucha. Corría medio metro por encima del pavimento; no demasiado, pero sí suficiente. Ya no había luz, sólo las dos ráfagas que salían de los faros al frente del Oso.

Doña Lupina bajó y se metió con todo y zapatos a la corriente. Caminaba junto a los soldados al costado del Oso. La trompa afilada del camión iba cortando el agua, aligerándoles la carga de avanzar. Al principio el agua les llegaba hasta las rodillas, pero fue elevándose progresivamente, hasta alcanzarles el pecho.

Doña Lupina tocaba puertas, gritando para que saliera la gente. “Soy Lupina. Vámonos”. Más de uno se rehusaba a salir, ya fuera por miedo a la catástrofe o por amor a la casa. Ya que subían al Oso, los soldados les regalaban cobertores y camisetas secas, todas de una carrera que hubo el día 10 de mayo. Doña Lupina ríe un poco al recordar aquella monstruosidad de camión cargado de lotes y lotes de gente uniformada con la misma camiseta del Día de las Madres.

Doña Lupina y su hijo se la pasaron yendo y viniendo de Santa Rosa al centro de Apodaca, llevando gente a que se refugiara en el Gimnasio de Apodaca y el DIF municipal. Esa fue su madrugada.

***

Güera contesta una llamada a su celular. Está en su casa. Afuera la lluvia sigue, y sigue, y sigue. Escucha la voz de su hermano desde el otro lado de la línea.

—¿Sabes qué? Ya no tienes ni biblioteca.

III

Güera habla del lodo. Es inevitable mencionarlo cada vez que cuenta lo que vio el día después del desastre. Lodo en las calles, lodo en las casas, como una capa delgada o formando montesitos. Era sábado. El agua ya se estaba yendo, espantada por el sol. Pronto quedaría nada más que el cieno, y después la tierra.

Era imposible cruzar en coche hasta la plaza. Tanto lodo. Güera tuvo que dejar su camioneta a la altura de la escuela, la que por un tiempo fue su hogar; los pupitres se acumulaban bajo el patio, formando una montaña deforme bajo el cielo. Caminó, y así pudo ver con más calma el desastre. Bardas tiradas, casas desbordándose de escombro, automóviles arrastrados por el agua, algunos medio trepados en los muros o colgados de los árboles. Había basura, ramaje, animalejos y lodo. Lodo por todas partes.

—Un pantano, no sé dónde andaría caminando. Haz de cuenta que ese día fue muy marcado porque no esperabas ver lo que estabas viendo.

Los pies de Güera patinaban sobre el lodo, se estancaban en el cieno. Tan solo caminar fue toda una batalla. Al otro día, sus piernas resintieron ese esfuerzo.

Lo primero que hizo fue ir a casa de su madre. Cuando llegó, los soldados ya estaban limpiando el lugar. Había un montón de muebles afuera, todos destrozados, podridos. A la casa le tocó estar en medio de las dos corrientes, dice Doña Lupina: la que venía del río y la que salió de la carretera. No fue la primera vez que irrumpía el agua. Como la casa queda cerca del puente por donde pasa el río, ya se habían acostumbrado a que se les mojara el piso. Doña Lupina hace memoria de cuando llegó el huracán Gilberto, en septiembre de 1988. Aquella vez entró el río gracias a una chiva que tenían amarrada en el patio —su esposo cumplía años y planeaban hacerle una barbacoa—.

—Donde empezó a ver el agua, me imagino, empezó a pararse y así y quebró un vidrio, y por ahí por ese vidrio se empezó a filtrar el agua.

Pero Álex fue distinto. Álex fue peor. Rompió una ventana e inundó casi todo el nivel subterráneo de la estructura; estuvo a diez centímetros de tocar el foco. La puerta no podía ni abrirse, los soldados tuvieron que aflojarla con el agua presión de una pipa. Adentro había puro zoquete y cieno. “Mugrero”, dice Doña Lupina, ni pudo asomarse a ver qué había sido de su hogar. Tuvo que esperar a que los soldados escarbaran con las manos y los chorros de la pipa. Luego cayó en cuenta de que no había nada que ver, nada que hacer. Se fue a ver a quién podía echarle la mano.

A las plantas superiores de la casa no les pasó mucho, la mayor parte del daño se concentró en el semi-sótano, tan cerca del río. Pero faltaban cosas. Televisores, cámaras, muebles. Alguien se los había llevado, y no fue Álex. El municipio había contratado gente para que ayudaran a limpiar el desastre, ciudadanos comunes y corrientes, sin cargos públicos, a los que se les pagó por sus horas de trabajo. Al parecer, algunos se tomaron unas cuantas libertades. Dice Doña Lupina que seguro fue gente de fuera; en Santa Rosa no se dan ese tipo de traiciones.

Entre el agua y los saqueos, no quedó casi nada. Sólo las mesas y las sillas de un comedor, la nevera y un cajón de bolero. “Era de papá”, explica Doña Lupina con orgullo. Lo demás, deja claro, le valió madre.

—A mí me valió madre mi casa. Me valió madre porque mis hijos estaban en buen resguardo. Estaban sanos, estaban vivos. No les había pasado nada.

***

Después de ver a su madre, Güera fue a la biblioteca. El edificio estaba cubierto de jarillas, unas ramas muy delgadas y de hojas verdes que abundan en el río. Alrededor había botellas de plástico, troncos, tablas y una tortuga de tamaño mediano. Güera sacó su llave y quitó el cerrojo. Abrió la puerta: más lodo, casi 40 centímetros por encima del suelo. Extiende el brazo y señala la pared salpicada de unos manchones casi negros mientras me platica. La marca es imborrable, una cicatriz.

Los libros, para sorpresa de Güera, no habían sufrido tantas pérdidas. Sólo se mojaron los que estaban en los dos estantes inferiores; los demás parecían estar intactos. Llamó a las oficinas de la Red Estatal de Bibliotecas, el organismo que coordina todas las bibliotecas municipales en Nuevo León, reportó la catástrofe y esperó.

Volvió al tercer día. Dentro se movían figuras con trajes protectores y máscaras. Eran elementos de Protección Civil, habían llegado para limpiar la biblioteca. Cuando vieron a Güera, le bloquearon el paso de inmediato. Dijeron que la biblioteca era zona insalubre, peligrosa, que no podía pasar. El tufo de lo húmedo, de lo encerrado y de algo más emanaba desde dentro a través de la puerta abierta. Sólo el río mismo sabe qué cosas iban mezclándose entre sus aguas. Era necesario clausurar la biblioteca hasta que estuviera libre de contaminantes.

¿Y los libros? Algunos de los que no fueron dañados por el agua estaban infectados de hongos, y cabía la posibilidad de que la infección se hubiera tragado el acervo entero. Ante este posible escenario, alguien decidió que lo mejor sería descartarlos todos, los casi 4 mil volúmenes de la biblioteca de Santa Rosa, entre los cuales figuraban una colección de cuentos de Leo Tolstoi, varias compilaciones de relatos de Anthony Browne, una Enciclopedia Hispánica cuyos lomos formaban la imagen de una serpiente y toda una colección de las obras de García Márquez. Pregunto a Güera si sabe quién propuso la sentencia.

—No —responde.

Güera no pudo entrar a su biblioteca, y no lo haría por casi tres años. Sintió el peso de aquella sentencia; pasó de la incredulidad instantánea y fugaz a una melancolía prolongada. Fue transferida a otras tres como maniobra para que conservara su trabajo: la Biblioteca Pública Misión, en Huinalá, la Biblioteca Nova Apodaca y, finalmente, la Biblioteca Central de Apodaca. Ahí esperó y esperó y esperó, en duelo, recordando los libros que se llevaron Álex y una voz que para ella aún no tiene nombre. Mientras, la biblioteca de Santa Rosa se quedó vacía, llenándose de vez en cuando con colecciones ajenas; cualquier edificio vacío es bodega para las administraciones municipales.

Un día antes de que se llevaran todos los libros, Protección Civil permitió que Güera entrara a la biblioteca a recoger sus pertenencias personales. Fue directo a un escaparate azul atiborrado de libros largos y delgados, todos regalos, adquisiciones propias y uno que otro libro de su madre. Lo cuenta con una sonrisa demasiado triste como para dibujarse bien: ni uno solo de esos libros, que también estuvieron adentro por varios días, tenía hongos. Hoy siguen ahí, sobre el mismo escaparate azul, tan limpios y sanos como antes.

Güera confiesa que consideró por un instante llevarse más que sus libros. Se le ocurrió que tal vez, aunque la idea fuera remota y poco posible, podría llevar consigo un par de volúmenes; quizá los mejores, los favoritos, los que parecieran menos enfermos. La memoria es imprecisa, así que Güera quizá no recuerde las palabras justas, el momento exacto, pero sí sabe que decidió no hacerlo, decidió que no podía.

—No lo hice por ética, porque no es correcto, porque no es mío; es mi trabajo, yo lo custodio nada más, o sea, yo no puedo hacerlo, no soy quién para salvarlos. Me dolió tanto.

Al día siguiente, los libros ya no estaban.

IV

Dice Sir Thomas Browne en su Hydriotaphia que no podemos ofrecer más que lástima al fundador de las pirámides. A veces —o más veces que a veces—, las cosas lo sobreviven a uno. De los griegos nos quedaron jarrones, de los mayas edificios, del antiguo Japón aún se conservan un par de máscaras; los dinosaurios, caso excepcional, nos dejaron los restos de sus cuerpos para soñarlos una y otra vez. Pero a veces no queda nada, ni un rastro que seguir hasta los indicios de lo que en su momento tuvo vida.

Mario Pérez Delgado va de un lado al otro en una sala atiborrada máscaras, esculturas prehispánicas, cráneos de azúcar y otros objetos que apuntan a la muerte. Está en el segundo piso de la Biblioteca Fray Servando Teresa de Mier, la madre de todas las bibliotecas municipales en Nuevo León. Se mueve aprisa, con el cuerpo medio inclinado y la mirada rebotando ente los montones de cosas que cubren las mesas y el piso. Él es el coordinador de la Red Estatal de Bibliotecas. Me explicará en un instante que tiene mucho por hacer: la biblioteca se ocupa bastante en noviembre y diciembre por las fiestas patrias y navideñas. Hay visitas escolares, eventos, premiaciones, etc.

Verlo así me hace pensar en lo mucho que dista de los bibliotecarios que he conocido a través de la ficción: figuras pasivas, un tanto ajenas al mundo, prácticamente inexistentes más allá de los libros. Recuerdo a Güera en Santa Rosa, entrando por la puerta de la biblioteca con un hombre de papel recortado bajo el brazo. Viene del kínder. “Es que fue a leerles ‘El hombre de papel’”, dice Doña Lupina. Los bibliotecarios municipales son como pescadores, sólo que ellos no pueden esperar a que el anzuelo pique, tienen que meterse de lleno al agua y sacar los peces.

Mario Pérez Delgado me invita a pasar a la sala. Se ve mucho más llena desde dentro que desde fuera. La pared está tapizada con clavos negros de un grosor bíblico, y uno que otro sostiene lo que todavía imagino son réplicas de mariposas. Mario Pérez Delgado me da la mano y aprieta con firmeza, como supongo lo harían las estatuas. Es alto, con ojos cansados, de lector exhaustivo; su cabello es negro, bien peinado, la tez morena; trae unos anteojos delgados, y el detalle lo hace verse como un hombre que pertenece a los libros.

La red de bibliotecas a nivel nacional, comienza a explicarme, funciona gracias a la coordinación de la Dirección General de Bibliotecas (DGB) y el CONACULTA —cuyo rango abarca todo el país— con la Red Estatal de Bibliotecas de cada entidad federativa y los gobiernos municipales. Los libros, revistas y otros materiales son enviados desde la Ciudad de México a las bibliotecas centrales de cada estado, y de ahí son distribuidas entre los municipios. La DGB determina desde el comienzo cuál será el destino de cada libro, así que no hay razón para que un volumen acabe en un estante que no le corresponde. O al menos así está contemplado.

Mario Pérez Delgado llegó a la coordinación el 1 de octubre de 2013, aunque ya había estado allí antes, del 2003 al 2006. Me comenta que la coordinación que estuvo a cargo durante ese intervalo de siete años hizo muy poco. Habla de material abandonado en bodegas, poquísimas inspecciones y reportes sin atender.

—Yo me entero tres o cuatro meses después que hay tres bibliotecas desaparecidas en Zuazua, y eso por comentarios de un bibliotecario de allá.

También se las llevó el río. A las tres. Lo cuenta con indignación y un dejo de tristeza.

***

Pregunto por lo que le sucede a los libros que tienen que ser descartados. Mario Pérez Delgado contesta que pasan por el “proceso final”. Primero, el bibliotecario tiene que evaluar a detalle la condición de éste y decidir si es absolutamente necesario el descarte. Si el libro ya no puede salvarse, el bibliotecario lo coloca dentro de una caja de cartón —ataúd poco glamuroso— que sella con cinta canela y escribe sobre ésta la razón del descarte. Una vez hecho esto, las cajas son entregadas a unos camiones de carga que llegan de la Ciudad de México. Los camiones reciben la carga y se pierden de vista en el horizonte.

Al menos así solía ser antes. A la DGB ya no le alcanza el dinero para mandar camiones, por lo tanto la coordinación tiene que deshacerse de los libros en centros de reciclaje de desechos.

—¿Qué les hacen? No sé. Los cortan, los pegan, los queman, los hacen producto químico, no sé.

A veces no queda nada. Ni un rastro.

V

Llegué un viernes a la biblioteca con esperanzas de conseguir mi segunda entrevista con Güera. Apenas me acerqué a la acera de la plaza, distinguí un candado cubierto de óxido sobre el enrejado que cerca el edificio. Caminé hasta quedar de frente al patrón de rombos metálicos, a la altura de un papel que estaba pegado sobre la reja: “Estoy en junta. Vuelvo hasta la tarde”.

Desesperado, di un par de vueltas sobre el mismo lugar. Pensé en entrevistar a los vecinos, explorar el área para familiarizarme con el pueblo, ver de cerca el río que tanto se llevó y se seguirá llevando, sin saberlo.

Vi a un hombre acercarse. Era bajito, de piel morena, con ojos entrecerrados por el sol. Vestía pantalones gruesos, camisa de manga larga y un gorro; todo color café. Un jardinero. Le pregunté por Güera, explicando de paso lo que yo, un extraño, andaba buscando en Santa Rosa. Me dijo que había salido y que a lo mejor ni alcanzaba a volver.

Conversamos un rato. Recuerdo que me habló del agua, de lo chico y tranquilo que es el pueblo. Aproveché para mencionarle la Biblioteca Epifanio Sánchez García, aquella que se fundó en septiembre de 1962 y de la que Güera me habló en una ocasión. Señaló con el dedo a un edificio pequeño, apenas un cuarto, que yo no había notado hasta entonces. Estaba pegado a la biblioteca, justo atrás, como un siamés que no se alcanzó a formar. El hombre me dijo que todavía quedaban libros dentro, también unos cuantos periódicos, todos muy viejos, dañados por el agua, por los años.

—¿Puedo ver?

—Sí, cómo no.

Chirriaron el candado y las bisagras de la puerta. Sentí un golpe de aire fresco y húmedo, como si en ese pequeño cobertizo guardaran el mar. La luz se deslizó hacia interior de la biblioteca, sin llegar muy lejos. Se distinguían una mesa de madera podrida y una bicicleta. A los costados, pegados a la pared, quedaban unos estantes bajitos, atiborrados de libros viejos, hojas sueltas y polvo, muchísimo polvo. Sobre uno de los estantes brillaba un león de peluche. Era de pelo celeste y ojos amarillos, con una flor bordada sobre el pecho.

Nos acercamos a los libros, despacio, con pasos cuidadosos que se reservan para unas ruinas o un mausoleo. Tomé un par de volúmenes y los miré bien para reconocerlos. Todos me eran ajenos, extraños. El jardinero me mostró un periódico, no supe si recortado o roto. Distinguí una foto de Pancho Villa, sin sombrero; lo demás se me perdió en la poca luz y el deterioro.

Devolví el trozo de periódico a las manos del jardinero y seguí husmeando entre los libros y utensilios de jardinería. De un instante para otro, noté que el jardinero ya no estaba conmigo. Asomé el rostro a la puerta y discerní su figura allá, a lo lejos. Dejé los libros en su lugar y salí, no sin antes echar una última ojeada al interior, a su oscuridad y su polvo. El jardinero llegó a cerrar la puerta y atorar el candado. Le di las gracias y las buenas tardes.

***

—¿Qué tan bien conocía la colección?

—¿La anterior? Como la palma de la mano. Bueno, no, me faltan unas rayitas; no puedo decir que la palma de la mano. Pero realmente sí lo conocía el acervo anterior. Con este todavía no me familiarizo. Tengo que estar así — dice Güera y apunta el índice hacia el frente mientras escanea el aire con ojos entreabiertos.

—¿Y con estos libros nuevos se siente a gusto o…?

—¿O si extraño a los otros libros? Yo sigo extrañando los otros libros. Había una enciclopedia de México que era una serpiente completa. Si juntabas los lomos de libros, era una serpiente así, de los aztecas. Bien bonita que estaba esa colección.

—¿Cree que va a agarrarle cariño el mismo cariño a estos libros?

—Pues nada más tengo cinco años para enamorarme de ellos.

—¿Y si usted no hubiera dicho “Quiero volver….?

—¿Qué hubiese pasado? No lo sé.

—Prácticamente la daban por cerrada.

—Sí. Y ahora me temo lo siguiente: yo en cinco años me jubilo, y como estas es una biblioteca de poca afluencia, pienso que la van a cerrar. Porque así hicieron lo mismo con Aguafría: esperaron a que se jubilara mi compañera, y esa biblioteca ya se cerró.

—¿Pero no le han dicho nada a usted?

—No, sólo lo sospecho, lo imagino.

 

***

Güera coloca una fotografía sobre la mesa. Lo hace con el cuidado de quien sujeta una flor marchita o un pájaro malherido.

—Fue lo único que vivió del huracán. Y no la he querido tocar porque luego se desaparece.

La foto es de formato grande, de esas que uno cuelga en la pared para que irradien orgullo y solemnidad. Las esquinas están un poco dobladas, cubiertas de un polvo que oscila entre lo verdoso y lo café. Lo demás, sin embargo, parece impecable, como si nada hubiera tocado esa foto. Ni el agua, ni el tiempo.

En la foto hay un hombre. De apariencia pequeña, con bigote abundante y concentrado bajo la nariz. Trae uniforme y gorro militar; sobre el pecho le brillan el metal y los colores de unas cuantas medallas. La ropa es café, de un tono que me hace pensar —creo que ya es imposible evitarlo— en el agua enlodada de los ríos.

—Mira, él es Félix Lozano. Y no hay dinero para restaurar la pobre foto. Bueno, este personaje fue un general.

Su pose es recta. Tiene la mirada fija en algo que queda detrás de la cámara, más allá del fotógrafo. Tal vez algo que se avecina. Los ojos son severos a pesar de su tamaño de piedrecillas oscuras. Está parado junto a un papel grande sostenido por unos maderos delgados, casi como una pintura. No alcanzo a leer las palabras impresas sobre el papel; Vero tampoco. La pared del fondo es azul marino. Lo foto conserva unos colores muy vivos a pesar de los años. No obstante, si uno observa con cuidado, nota que los tonos de la imagen ya no parecen corresponder a esta época.

—Él escribía cartas a México, al presidente; le mandaba correspondencia. Él hizo la primer biblioteca aquí en Apodaca, que es la que está atrás, que de biblioteca ya no es nada.

—¿Ahora qué es?

—Es el cuarto donde guarda el jardinero sus cosas.

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