Presentación por Xardiel Padilla, periodista y rockero.
Foto por Victor Hugo Valdivia

(Murales de los ‘Libres y Locos’)

Hay muchas maneras de hacer canciones: puedes escribir primero la letra y luego la música, o viceversa, o trabajar ambos ingredientes a la vez. O no escribes canciones: se te ocurren, llegan, salen. Álex Lora dice que las inventa. Se sabe también que hay travesuras de musa: los autores tardan semanas, incluso años para terminar una particular canción, y luego la siguiente les sale completita en 15 minutos. Keith Richards afirma que escribió el riff de “Satisfaction” mientras dormía. Y hay rarezas geniales: Lennon y McCartney firmaban en coautoría lo que escribía solo uno de ellos.

Valdivia Esparandrapo, cantautor de méritos propios, eligió un recurso poco usual para concebir las canciones que dan forma a este disco: tomó poemas de autores de Nuevo León, contemporáneos, varios de ellos con amplia trayectoria, y los dotó de una estructura musical definida con guitarras, bajo y batería. Ideó líneas melódicas, armonías, ritmos. Arreglos de por medio, los poemas de sus amigos transmutaron en canciones. Conocido como un juglar rupestre-urbano de esos que con solo su guitarra acústica arman una buena tocada, sea en un foro callejero o un bar, Valdivia Esparandrapo ahora se revela (o rebela, diría el Bob Dylan de 1965) como cantante de rock electrificado.

El contenido lírico es la flaqueza de infinidad de canciones de bandas de rock que cantan en nuestro idioma. Cuando los letristas escriben sin leer, el desastre aletea sobre las melodías; la pobreza literaria suele carcomer el trabajo musical. Por eso compositores del calibre de Andrés Calamaro, Jaime López o Joaquín Sabina adquieren estatus de deidad rocanrolera: son poetas y cantan rock, no solo lo tocan con sus guitarras. Las canciones que hoy presenta Valdivia Esparandrapo –él mismo un compositor esmerado en el empleo de las palabras– pertenecen a la categoría de obras musicales en las cuales lo que se dice pesa tanto como lo que se baila.

La banda de los querubines laicos se llama un libro de Arnulfo Vigil, miembro destacado de la cofradía de poetas que hacen de Monterrey su casa. Con él obtuvo un premio nacional hace varios años. Mejor nombre no pudo haber elegido Valdivia Esparandrapo para bautizar el disco: el poemario de Vigil exuda rock, además resulta que el autor posee timbre y tono naturalmente rocanroleros. Ah, porque un acierto de la grabación es incluir de viva voz a los poetas con algunas de sus líneas que terminaron convertidas en canciones.

Pero decíamos que el nombre del libro va muy bien con el disco. Antes que alguna banda hipster en formación quisiera apropiárselo, Valdivia Esparandrapo lo aplicó a un proyecto artístico muy interesante y que sobrepasa el obvio valor documental de un CD. Sabemos cuán difícil es promover con éxito la literatura, más cuando se trata del trabajo de poetas de la ciudad; y si bien aquí nadie pretende una evangelización poética (recordemos que estos querubines son laicos), no se debe desdeñar el potencial efecto difusor que tiene el rock. La primera vez que vino Joaquín Sabina a Monterrey, a principios de los años 90 del siglo pasado, en rueda de prensa dijo algo como “los poetas de hoy se encuentran en las bandas de rock”, premisa que se cumple al pie de la letra en este caso.

Los querubines invocados por Valdivia Esparandrapo son, por orden alfabético: Adriana Esthela Flores, Armando Alanís, Arnulfo Vigil, Diego Enrique Osorno, Francisco J. Serrano y Romualdo Gallegos. Cada quien aportó uno o más poemas, o porciones de ellos, con la diversidad temática natural de un conglomerado de poetas que viven circunstancias muy distintas entre sí. Con tino, Valdivia Esparandrapo seleccionó material de sus acervos y otorgó a cada texto el ritmo y las armonías adecuadas. Seguramente una labor ardua, complicada e incluso ingrata ya que en estos casos la perfección rara vez aparece. Pero el resultado ha sido satisfactorio.

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