Por Diego Legrand

El taxista que me trajo esta mañana estaba bastante orgulloso de haber ayudado a unos malandros a escapar del ejército cuando le intentaron robar su taxi. Aunque empezó su día con una diatriba en contra de los malitos que habían clausurado la mitad del Barrio Antiguo, lo que redujo considerablemente el trabajo de los taxistas de la zona centro, reconoció después de unos momentos que hacía algunos meses, cuando habían intentado despojarlo de su taxi, forcejeó con unos delincuentes que subieron a su vehículo y trataron de moverlo del asiento principal. Mientras agarra la curva que une a Garza Sada con Constitución con freno de mano, cuenta que en cuanto le dijeron -muévete pinche vato que traemos prisa, arrancó a toda velocidad, sorprendiendo a sus asaltantes. Agarró la mayor velocidad que pudo en la persecución y empleando el mismo método de manejo con el que frenó en la curva anterior, los llevó hasta una colina de Contry en la que pudieron evadir a sus perseguidores. Recuerda alegremente que en una bajada tuvo que pisar todo el freno para no impactarse contra el muro que se encontraba al final de la avenida y cómo se culearon los malandros que venían con él: – Estás bien loco pinche vato, pensé que nos íbamos a morir en la bajada, pero manejas con madres, le dijeron, antes de gratificarlo con 3500 pesos. También le propusieron jalar con ellos de vez en cuando pero el gentilmente declinó la oferta. ¿Qué haría con unos huercos que le tienen miedo a unas cuantas curvas a plena velocidad?

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