Rimbaud, en su famosa carta a Paul Demeny, formuló algo así como una teoría de la audacia verbal. Cosas tales como definiciones de diccionario y reglas fijas de sintaxis y gramática son sólo para los muertos, proclamaba, para los fósiles, en una palabra, para los académicos. Toda palabra es una idea, con lo que quería decir, supongo, que cuando se la aísla de otras palabras en relación con las cuales comunica el significado ordinario y aceptado, una palabra adquiere una nueva significación problemática y misteriosamente mágica. Se convierte en algo más que una idea; se convierte en una idee fixe, un enigma que vuelve una y otra vez.

Es posible, como lo descubrió Tennyson, perder la propia identidad familiar, sencillamente por la repetición de las sílabas del nombre de uno. Y algo semejante ocurre cuando se aísla una palabra, se la escudriña, se medita sobre ella, se la trata, no como un elemento operativo en alguna oración corriente, sino como una cosa de por sí, como una estructura autónoma de sonidos y significaciones. Con las palabras-ideas se forjará el futuro lenguaje universal de la poesía, un lenguaje “que lo resume todo, perfumes, sonidos, colores, un pensamiento que enlaza el pensamiento y lo arrastra”. El poeta debe adiestrarse a sí mismo para convertirse en un vidente, y la función del poeta-vidente consiste en “determinar la proporción de lo desconocido que despierta durante su tiempo en el alma universal”.

La audacia verbal abre puertas insospechadas a lo desconocido. Mediante la utilización audaz de palabras-ideas liberadas, el poeta puede expresar, puede evocar, puede aun crear posibilidades de experiencia desconocidas o tal vez inexistentes, puede descubrir aspectos del misterio esencial de la existencia que, de otro modo, no hubieran nunca emergido de ese

multitudinous abyss

Where secrecy remains in bliss,

And wisdom hides her skill.[1]

Los padres del Dadá fueron promotores de una audacia verbal definitiva y total. En un ensayo publicado en 1920, André Gide resumió con lucidez la filosofía dadaísta: “Todas las formas se han convertido en fórmulas y destilan un aburrimiento indecible. Toda sintaxis común es desagradablemente insípida. La mejor actitud para con el arte de ayer y frente a acabadas obras maestras, es no tratar de imitarlas […] El edificio de nuestra lengua está ya demasiado carcomido por dentro para que nadie recomiende que el pensamiento continúe refugiándose en él. Y antes de reconstruirlo es necesario derribar lo que todavía parece sólido, lo que tiene la apariencia de mantenerse firmemente en pie. Las palabras que el artificio de la lógica mantiene todavía unidas deben separarse, aislarse […] Cada palabra-isla debe presentar en la página contornos empinados. Se ubicará aquí (o allí, lo mismo da) como un puro tono; y no muy lejos vibrarán otros puros tonos, pero sin relación ninguna para que no quede autorizada la asociación de pensamientos. De este modo la palabra se liberará de toda su significación precedente, al menos, y de toda evocación del pasado”.

No es necesario decir que a los dadaístas les fue psicológica y aun fisiológicamente imposible practicar consecuentemente lo que predicaban. Hicieran lo que hicieren, un cierto sentido, una cierta coherencia lógica o sintáctica seguía irrumpiendo en su obra. Por el mero hecho de ser animales biológicamente obligados a la supervivencia, de ser seres humanos que habitaban en un cierto lugar, en un momento determinado de la historia, estaban obligados a ser más coherentes en pensamiento y sentimiento, más gramaticales y aun más racionales que lo que tendrían que haber sido de acuerdo con sus principios. Como movimiento literario, el Dadá fracasó. Pero, al llevar a su conclusión lógica, o más bien ilógica, la noción de audacia verbal, aun en su fracaso prestó un servicio a la poesía y a la crítica.

En el científico, la precaución verbal se sitúa entre las más altas virtudes. Sus palabras deben tener una relación coherente con cierta clase de datos o secuencia de ideas específicas. Las reglas del juego científico le prohíben decir más de una cosa a la vez, de darle a una palabra más de una significación, de ignorar los límites del discurso lógico o de hablar de sus experiencias privadas en relación con su obra en los dominios de la observación y el razonamiento públicos. A los poetas y, en general, a los hombres de letras, las reglas de su juego les permiten, les obligan, en realidad, a hacer todas las cosas que no pueden los científicos. Evidentemente, hay ocasiones en que les está bien ser verbalmente prudentes; pero hay otras en que la imprudencia verbal, llevada, si es necesario, al límite de la más extravagante temeridad, se convierte en un deber artístico, en una especie de imperativo categórico.

Por Aldous Huxley

*Texto publicado en Literatura y ciencia (1963).

[1] Abismo plural / donde el secreto permanece en beatitud, / y la sabiduría oculta sus armas.

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