Por Óscar Hernández

Texto e Ilustración 

Tuve la dicha o la desventura, según sea el caso, de crecer en uno de los 125 municipios que comprenden el Estado de México y que colindan con el Distrito Federa; por esto es que se considera área metropolitana. La pobreza nunca estuvo lejos. La miseria todos los días mostraba su bello rostro manchado de sangre o de muerte. Las peleas entre pandillas eran constantes, lejos de las ejecuciones y los levantones de hoy en día; se peleaba a puño limpio. A veces había tabiques como proyectiles y a veces se usaban polines para batear cabezas o torsos. Las peleas eran territoriales, pero no eran por control de zonas de distribución de droga. La cocaína era un mito en los barrios pobres, se percibía de manera general como dulce de judiciales y ricos. A lo más que se podía aspirar era al chemo, al thinner y al limpiador de PVC. Por lo tanto, se peleaba para saber quién era el más gallo, el más rifado, el más verga. Recuerdo que los bailes callejeros se hacían cada sábado. A veces eran unos XV años, a veces una boda, casi siempre cerraban la calle. Se contrataba sonido y era una invitación abierta a que cualquier persona pudiera llegarle al toquín. Los salones de fiestas y las invitaciones en papel elegante eran objetos inalcanzables, lejanos a las aspiraciones; había que conformarse con cerrar la calle y que en toda la colonia se supiera que se estaba de fiesta. A veces, en medio del éxtasis de la pachanga, la música y el baile se paraban, luego sonaban gritos y botellas quebrándose. Los proyectiles pasaban zumbando por encima de los asistentes, y momentos después la música se reanudaba y volvía la alegría; nada que lamentar, pues los rijosos ya se habían retirado entre los coches y banquetas. Las pandillas se llevaban sus luchas a las calles oscuras, y hasta el día siguiente se sabía si hubo algún muerto o sólo heridos.

Recuerdo que lo que me llamaba mucho la atención era ver a esos sujetos vestidos de negro, con botas militares, pantalones entubados llenos de parches, vistiendo chamarras de cuero con consignas escritas sobre la espalda, pero más que nada con esos peinados estrafalarios, esos pelos pintados de amarillo o rojo. Tiempo después supe que se trataba de los punks. Los punks se juntaban siempre detrás de las bocinas en la fiesta. Cuando uno pasaba por ahí, olía a thinner o a mota y ahí los encontraba tomando caguamas en bolsa. Veía cómo destilaban de la bolsa la espuma para después beber su contenido lo más rápido posible. Recuerdo que en una ocasión un punk llevaba celosamente bajo su chaqueta un LP. Esperó el momento oportuno para pedirle al disc jockey que lo pusiera y entonces salió de las bocinas una música rápida. En ese momento se abrió una rueda. La gente se hizo a un lado, atemorizada; los punks iniciaron su baile aventándose entre ellos. Miradas extraviadas, pelos parados, botas rozando entre los cuerpos, punk rock sonando por las bafles. El punk eran en ese entonces un personaje intimidante, una representación del ícono gandaya de la vida en la colonia , siempre parte de la pandilla más agresiva.

Una de las pandillas más temidas por el rumbo eran los Vicious Rotten, nombrados así en honor a los Sex Pistols, tomando el “Vicious” de Sid y el “Rotten” de Johnny. Las correrías eran secreto a voces. Se dejaban escuchar los robos y golpizas que propinaban a quien se dejara o se descuidara. También se sabía que uno de sus integrantes era una especie de asesino en serie. Cuando este fue capturado por la policía estatal, en pleno interrogatorio le preguntaron si él había asesinado a 6 personas. Negó todo rotundamente, alegando que no habían sido 6 sino 14 y que no sintió ningún tipo de remordimiento. La pandilla se hizo de una fama instantánea. Todos los días, al salir de la primaria, era obligatorio tomar el tour donde en un tubo de drenaje aún se veían manchas de sangre y restos de algo que siempre decíamos que eran sesos, y en la cara interna del tubo se leía Vicuous Rotten y la A de la anarquía escritos con aerosol rojo. Una cruz daba cuenta de un fallecido ahí dentro, entre las dunas de los campos de futbol y los perros famélicos mordiendo pañales usados.

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