Por Carmen Libertad Vera

A Carlos Monsiváis.
In memoriam.

Do you want to know a secret?

Lennon & McCartney.

Fade in. Ahora, cuando todo resulta como hilada edición de flashbacks… Ella continúa siendo la film star. Él se imagina a sí mismo como el supporting actor. Como en el momento aquel cuando… Al recibir aquella invitación para conocer una elevada alberca, Lázaro Mateo aceptó con un simple guiño silencioso. Guardando dentro de sí lo que se convertiría en su gran secreto. Lo decidió así. Sin malicia. Comprendiendo que el silencio sería, como siempre, su mejor aliado. Tal vez porque así fue, en silencio, como él la había descubierto. Mirándola pasar todas las mañanas, casi a la misma hora, en una cercanía lejana. Siempre frente a la achaflanada esquina azul donde, en la actualidad, aún se encuentra la surtida tienda de abarrotes en que entonces él trabajaba como dependiente de medio tiempo. Y desde donde él, al distinguirla, la seguía con persistente mirada. En una especie de paneo zoom lens. Hasta que ella se alejaba y quedaba out of focus.

Static shotVerla pasar por la acera frontal a aquella tienda, ubicada en la juntura de las calles San Felipe y Venustiano Carranza,  lo convertía a él, con su actitud atenta tras el sólido mostrador de madera, en una especie de oficiante de rituálica ceremonia. Era momento que inusitadamente transfiguraba en placentera la ordinaria jornada de trabajo. La condición de film frame que desde aquel sitio su visión conformaba bien podría haber resultado tediosa freeze location de no haber sido porque ella aparecía in scene.

Film timing. Así, con el paso de los días él aprendió a calcular con exactitud cronométrica el horario justo en que ella, la que después supo se llamaba María Elena, transitaba por su cotidiano recorrido. Justo frente al extasiado long shot de la mirada de un Lázaro Mateo, por demás atento al femenino contoneo de tan apremiado caminar. 

Sound effects. Caminar presuroso remarcado por rítmicas pisadas. Como las de Sarita Montiel interpretando a María Teresa, “La Taconcitos”, aquella altiva mujer que Pedro Infante prendadamente espiaba desde un soterrado taller mecánico en la película Necesito dinero. El trayecto diario de María Elena era visible para Lázaro Mateo apenas una o dos cuadras. Aderezado con el cuidadoso cruzar femenino sobre la bocacalle de la contraesquina. Esa escena representaría escasos cuadros fílmicos. De esos que en el cine se proyectan a velocidad de veinticuatro por segundo. Pero era el momento único en que podía admirarla. Sí. Porque admiración era para ella la palabra exacta. Sólo así se podía observar una belleza femenina semejante. La hermosura natural de María Elena. Exenta por completo de make up. Magnificencia anunciada por su casi musical taconeo.

Blow out. Porque María Elena era, definitivamente, una joven mujer bella. Muy joven y muy bella. Abrumadoramente llena de esa especial lozanía que las flores poseen justo en la etapa intermedia cuando, habiendo dejado de ser botones, decantadamente y en actitud enhiesta muestran suavidad de iridiscencias. Perfección juvenil atrayente. Cautivante. Retadora. Absoluta y total provocación al ineluctable rigor del tiempo. Como predestinada a ser imperecedera. Semejante a algún preciosista film d´art de los que él ya apreciaba.

Cross cutting to. Aquel entonces. Cuando Lázaro Mateo era ya un gran amante del séptimo arte. Y lo anterior significaba exactamente eso: un apasionado amante del arte cinematográfico. Es decir, del cine denominado de autor. Un cinéfilo. A silver screen lover. No había duda en ello.

First cut to. Sólo dos cuadras del antiguo trabajo de Lázaro Mateo. En una de las aceras ponientes de la calle Pino Suárez. Planta baja de un edificio de apartamientos construido por los 50s donde, en abandono, aún se asienta una sala destinada a la proyección cinematográfica. Conserva justo el nombre de la hierática figura de una mujer que encarnó, plenamente, el simbólico mito del antiguo star system: surgir de la nada. Si la nada pudieran llamarse sus inicios laborales como asistente de barbería, aplicando espuma de afeitar a la clientela. Luego fue vendedora en tienda departamental y modelo fotográfica en periódicos de Estocolmo para, de ahí, saltar clásicamente a la fama universal llegando a ser toda una legendaria leading lady en cintas como Joyless Street, Flesh and The DevilLove, The Kiss, The Mysterious Lady, As You Desire Me, Grand Hotel y Two-Faced Woman, su último film y gran fracaso. Su nombre: Greta Lovissa Gustafsson. Reconocida sólo como Greta Garbo. Aquella sala, antes de llevar el nombre de esa diva, se llamaba Microcine. Quizá por sus dimensiones reducidas en comparación a la inmensidad de otros cines. O quizá porque antes de ser Sala de Arte, su programación y público eran prioritariamente infantil. Las maitines dominicales del Microcine eran gloriosos recuerdos con caravanas de infantes llevando entre sus golosas manos listados empaques de cartón semi-rígido rebosantes de popcorn. Chiquillería colmada de curiosidad que anhelosa esperaba, además de ver la función, dar un vistazo al interior de Las Ondas de la Alegría porque, entonces, esas radiodifusoras transmitían desde unas cabinas transparentes colocadas justo a ambos lados del pasillo de ingreso. Se miraban provistas de extraños artefactos, a manera de tableros, que para aquellos pueriles ojos debieron tener la extra-galáctica apariencia de los aparatos usados en la escenografía de alguna película de El Santo. ¿Quién iba entonces a pensar que décadas ulteriores el Microcine sería una sala de películas porno? Su única forma de supervivencia, al igual que para muchos otros cines otrora famosos. ¡Nadie lo hubiera adivinado! La vida, a diferencia de las cintas fílmicas, carece del recurso de flash forward.

Second cut to. A tres o cuatro cuadras hacia el lado oriente de la tienda donde Lázaro Mateo trabajaba. Lugar donde aquel cine Las Américas también se destartala. Después de haber sido moderna sala de proyecciones que, al igual que la gran mayoría de sus congéneres, ahora luce la dejadez y el deterioro menos imaginables en su otrora esplendor. Y es que no sólo a Italia, sino también a Guadalajara llegó el tiempo donde los viejos cinemas fueron expulsados del paradiso.

Conected montage. A cada cambio de cartelera, Lázaro Mateo acudía dominical y puntualmente a la primera función vespertina en alguno de los dos cines cercanos. A la salida de su trabajo. Entre semana era imposible. Aún cuando sus patrones, afortunadamente y como reconocimiento a su eficiencia y honradez, así como para facilitar la continuación de sus estudios, concedían a Lázaro Mateo un horario de salida privilegiado: treinta minutos antes de la una de la tarde. Situación que le permitía acudir, holgada y tranquilamente, a su primer semestre de bachillerato. Lo que también  permitía, todos los domingos por la tarde, ir a presenciar la función que daba inicio con el Noticiero Continental justo a las cuatro de la tarde. Según lo señalaban los letreros de blancas letras móviles, insertas en  las acanaladas ranuras del pizarrón de fieltro negro que se acostumbraba colocar en el sitio más visible, dentro de una taquilla provista con ventanilla de suajado vidrio. Sitio que resguardaba la mecanizado venta de boletos de unas, no siempre amables, taquilleras.

Parallel montage. Pero los verdaderos y fílmicos bocattis di cardinale de Lázaro Mateo ocurrían esos otros días cuando él, invariablemente y aún en los otrora tiempos de los proverbiales aguaceros, llegaba hasta el Museo Regional del Estado. Escenario donde un grupo local de rara avis denominados Cine y Crítica A. C., organizaba ciclos con películas por géneros, épocas, temáticas o realizadores. De allí que Antonioni, Fellini, Buñuel, Kazan, Méliès, Griffith, Lang, Bergman o Truffaut, especialmente Truffaut, eran nombres bastante conocidos y admirados por él.

Split screen. Y si bien Jane Rusell, Marilyn Monroe, Claudia Cardinale, Brigitte Bardot, Mónica Vitti,  Kim Novak, Jayne Mansfield, Anita Ekberg, Marisa Berenson, Liv Ullman, Ann Margaret, Raquel Welch, Jean Seberg, Ángela Molina, Jane Fonda, Mia Farrow, Katherine Deneuve, Maria Schneider, entre otras, eran el génesis de no pocos masculinos y eróticos alucines; y ellas lucían no sólo bellas sino perfectísimas, majestuosas, férvidas, adorables, encantadoras, exuberantes, provocativas y muy sexis en aquellas enormes y modernas pantallas, Lázaro Mateo prefería admirar la belleza en vivo de María Elena. Con esa cabellera que por su extensión, de no hospedar tan oscurísimo tono, podría haber sido digna de Lady Godiva. Cabellos peinados invariablemente en una inigualable y larga, larguísima trenza que desbordaba calidez de abenuz. Justo hasta el inicio de unos firmes, redondeados y amplios glúteos.

Sequence shot. Un mediodía de cross lighting, en la tienda de abarrotes donde Lázaro Mateo trabajaba, María Elena ingresó inesperadamente. Como sobresaliente figura remarcada a contraluz en medio de las jambas del vano de la puerta. ¡Él apenas podía creerlo! Era justo la hora cuando su corazón la presentía y comenzaba a sentir por ella aceleradas palpitaciones. Como si por dentro de las cuatro cámaras de su corazón anduviera un niñito dando entusiastas brinquitos en fast motion. Pero, esa tarde, cuando ella estuvo ahí, acercándose a él, su corazón se olvidó de aquella especie de taquicardia y se concretó a dar un vuelco único. Ejecutando una sola vuelta de campana en reverse motion.

Storyboard. Todavía ahora Lázaro Mateo recuerda aquel momento. Casi como una toma cinematográfica. Quiet on the set! Lights! Camera! Action! El pizarrazo indica: Scene: One. Take: Unique. Long shot de la conocida figura de María Elena. Ella recorriendo frontal desde la contra esquina a la tienda de abarrotes. Lázaro Mateo, por vez primera, la observa desviar sus pasos para cruzar ambas calles y acercarse, inequívocamente, a la entrada misma de la tienda. Luego, progresivamente y hasta llegar a un medium long shot, ella camina directo para detenerse justo del lado opuesto al mostrador donde él, de pie, quedó estupefacto, pero sin dejar de mirarla. Sintiéndose al mismo tiempo al margen de esa toma, pero sabiendo que imprescindiblemente estaba incluido en el centro mismo de aquella mise-en-scène. Experimentando internamente una alegría que no encontraba cómo manifestar. Toda esa vorágine fue tan sólo perceptible para la maderada superficie del mostrador. Área donde él había colocado, extendidas las palmas de sus largas manos. Conforme ella se iba acercando, fue el grueso filo del mostrador lo que automáticamente accedió a una irrepetible visión en medium shot de ella, de María Elena. ¡Cooooorte! ¡Se imprime! Esa toma ha quedado fija, inalterada, en la memoria de Lázaro Mateo. Como el recuerdo principal de un imprevisto, pero infinitamente deseado, primer y real encuentro con ella. Fue tal su asombrado júbilo al sentirla cerca que la doncella voz femenina tuvo efecto en off cuando él la escuchó decir:

Disculpa… ¿tienes aspirinas? Dame dos. Traigo un terrible dolor de cabeza.

Background. Ante los masculinos ojos de Lázaro Mateo, la flexible y juvenil silueta de María Elena quedó inserta en una fulgurante diáspora de multicoloridas tonalidades caleidoscópicas, que en lograda dissolve difuminada se revolvían y mezclaban entre sí. Lo que hacía destacar, en forma nítida, el contraste de la distinguida imagen de aquella mujer, vestida completamente de blanco, con la negrísima madeja de su largo pelo trenzado. Entonces, a Lázaro Mateo le pareció escuchar su propia voz, también en off, responder con una pregunta:

¿Cómo te llamas?  —única frase que Lázaro Mateo pudo articular de manera audible.

Silent movie. Ella, quien seguramente esperaba escuchar otro tipo de respuesta menos imprevisible y no una pregunta semejante, levantó su rostro hacia el de él, mirándolo escrupulosa, en silencio, con sus ya de por sí grandes ojos todavía más abiertos debido a la sorpresa. Parpadeando repetidamente, en un instintivo pestañeo que a Lázaro Mateo pareció equiparable a una ingenua versión de la estereotipada coquetería flapper.

Dubbing. María Elena hubiera quedado más sorprendida si Lázaro Mateo hubiera pronunciado entonces, en voz alta y por respuesta, la única palabra que verdaderamente tenía destinada para ella. Palabra que sostenía estrangulada en la punta de su lengua. Porque él sólo ansiaba decir a ella, aún sin saber su nombre, un vocablo universal de contenido infinito: amor. O como ella lo prefiriera: amourbлюбленность,  liefdeαγάπηloveamoreliebe. La había elegido a ella como recipiendaria ideal de ese, su tan recién estrenado sentimiento. Pero, en ese momento, él sabía que no podía volcar ahí todo el significado de ese término aparentemente tan conciso. E imaginaba mil y un nombres para aquella mujer. Todos distintos, pero de los cuales sólo uno le podía pertenecer.

María Elena. Me llamo María Elena —dijo ella con un tono de voz delicadamente profundo.

Debí suponerlo —respondió Lázaro Mateo lacónicamente.

¿Suponer qué?… —prosiguió diciendo entonces ella, sin entender aquella situación, pero agregando de inmediato —. Oye… eres muy extraño… ¿sabes? ¿Acaso para vender dos simples aspirinas, que por cierto no me has dicho si tienes o no, debes preguntar el nombre de quien las va a comprar?

Overhead shot. Lázaro Mateo, sin decir algo más, dio media vuelta y abrió un cajoncito del adosado anaquel de entrepaños que cubría, íntegro, el muro detrás del mostrador. Permaneciendo en un mutismo absoluto, del interior de una cajita de cartón con el logotipo de los laboratorios Bayer extrajo dos tabletas, cada una con 500mg de níveo ácido acetilsalicílico. Después, parsimonioso, tomó un transparente vaso de vidrio, en el que fue vertiendo agua purificada del balanceante garrafón aposentado en un columpio metálico.

Aquí tienes lo que necesitas —dijo a María Elena al mismo tiempo que depositaba sobre el mostrador las dos aspirinas y el agua

Gracias, pero prefiero tomarlas un poco más tarde —respondió María Elena tomando las aspirinas y guardándolas en su bolso del cual, consecutivamente, procedió a extraer un billete y preguntar en forma concreta—. ¿Cuánto es?

Nada. Para ti no es nada —señaló Lázaro Mateo sin dejar de mirarla.

Oye… Pero… No sería justo que no te pague las aspirinas  —replicó María Elena mientras continuaba extendiendo a Lázaro Mateo aquel billete.

Con haber conocido tu nombre me doy por bien pagado —dijo entonces Lázaro Mateo, exteriorizando en esa inesperada frase una intensa sensación de dicha.

Después de haber dejado transcurrir unos segundos, María Elena preguntó:

Y tú, ¿cómo te llamas? 

Lázaro Mateo. 

¡Mucho gusto Lázaro Mateo! Ya te había dicho que yo soy María Elena —ella extendió hacia él su mano derecha en un gesto a todas luces cordial.

¡El gusto es mío!  —aseveró él a su vez, alargando su diestra hasta alcanzar a ceñir la mano de ella, formalizando así la mutua presentación.

Bueno, Lázaro Mateo… pues… muchas gracias por tus atenciones —exteriorizó María Elena a manera de despedida y, cerrando su bolso, se dispuso a salir de la tienda de abarrotes.

¡María Elena!…

¿Sí? Dime… Lázaro Mateo —respondió María Elena deteniendo el momento de su salida.

Me gustaría invitarte a salir. Este es el inicio de una bonita amistad. Digo… si es que tú no tienes algún inconveniente. Al cine, o a tomar un café, o a… ¡a donde tú digas! ¿Qué es lo que a ti te gusta hacer?
De manera irrefrenable pero serena, Lázaro Mateo planteó aquella posibilidad, para él gloriosa de llegar a realizarse.

A mí me gusta ver la ciudad desde las alturas  —fue la sorprendente respuesta que se escuchó decir desde los labios de María Elena.

¿Qué? —exclamó atónito Lázaro Mateo ante el enigma de aquella respuesta.

Sí  —prosiguió diciendo una María Elena completamente segura de sí misma. —A mí me gusta ver la ciudad desde las alturas. Pero… como no soy ave, ni tengo helicóptero propio, me conformo con subir a las azoteas que puedo, especialmente las de los edificios altos. Y ahí me pongo a ver el panorama. Completamente distinto a como lo observamos desde aquí. Allá cambia por completo la perspectiva diaria de las casas, las calles, la gente. Es más… para que puedas comprobar por ti mismo lo que estoy diciendo, la que te va a invitar soy yo. Digo… si no se te hace algo así como muy extravagante. Mira, cerca de aquí, a dos cuadras y media, por esta calle de Venustiano Carranza, están dos edificios interesantes: Santa María de Gracia, que fue la primera catedral de Guadalajara, y la terraza del Hotel de Mendoza. No son muy altos. Pero el hotel tiene una terraza con vista hechicera. Desde ahí se distingue parte del Degollado, el arbóreo vacío añilado de la Plaza de la Liberación, el propio templo y su cúpula, las torres de catedral. Sobre todo al anochecer, las siluetas y los contornos de esos sitios se vuelven un prodigioso contraste de luces y sombras. Además, en esa terraza, rodeada de macetas y asoleaderos está una alberca. ¡Imagínate! ¡Una terraza con alberca en pleno centro de la ciudad! ¿Quieres venir a conocer ese sitio? Te invito el día que tú quieras. Es más, podría ser mañana mismo. Es sábado. Pasaría por ti aquí, despuesito de las seis de la tarde. Como a las seis y cuarto de la tarde. ¿Qué te parece?

Close up. El rostro de Lázaro Mateo permanecía inmutable, escuchando al borde del éxtasis. Transportado imaginativamente a un lugar carente de referencia terrenal. A manera de aceptación indefectible, en forma simple pero seductora, haciendo aquel irrepetible guiño de su mirada, dio a entender a María Elena la respuesta de un sí. De que al día siguiente, a las seis de la tarde con quince minutos, él estaría en la puerta de la tienda, esperando sólo por ella.

Wide angle shot. Al día siguiente, cinco minutos después de las seis de la tarde, desde la contraesquina frontal de la tienda donde él trabajaba, Lázaro Mateo llegaba sosegadamente hasta la puerta del expendio de abarrotes. Los sábados, circunstancias del destino, eran sus días de descanso, ya que los domingos él trabajaba, pero sólo hasta las tres de la tarde. Por apenas dos o tres minutos se le vio desembocar al interior del comercio, saludó a sus patrones y salió luego de ahí para permanecer, de pie, sobre el primer y único escalón de ingreso, en actitud moderadamente expectante. Sin dudar de la inminente llegada de ella. De María Elena. ¡Y ella apareció! La divisó caminando por la acera oriente de Venustiano Carranza. El encuentro fue puntual. Luego se les miró a ambos reconociéndose, sonriéndose, saludándose. E iniciando juntos, uno al lado del otro, el mutuo caminar del corto trayecto que a partir de ese momento recorrerían hasta llegar al Hotel de Mendoza. Siguiendo estrictos el sentido inverso de la misma ruta por la que ella había llegado.

Crane shot. Al unísono, se fueron apartando del lugar. Aunque los ligeros pasos de María Elena doblaban en velocidad a los de Lázaro Mateo, quien poseía un andar de temperamento soñoliento, acorde a su afición por atisbar nimiedades arquitectónicas que llamaran su atención. Elementos por él diseccionados con la mayor rigurosidad sensorial posible, ya fueran frontispicios, balaustradas, arcos, capiteles, torres, pilastras, adoquines, herrerías, escalinatas, o cualquier paramento urbano en materiales absurdos o verosímiles que hicieran desviar la mirada. Por ventura, él coincidía con ella en algo insospechado: el apasionado afán de atisbar y escudriñar la ciudad en que vivían. Aunque los avistes de Lázaro Mateo eran diferentes a los de ella y tenían proporción más telúrica, menos aérea. De allí que percibiendo un tanto irritante aparejar sus pasos a los de María Elena, quien deambulaba presta como queriendo levitar, antes de llegar a la acera de la primer cuadra de las dos y media que recorrerían, hubo de detenerse para pedir a ella que aminorara el paso.

— María Elena… ¿podrías ir un poco más despacio? —indicó un desenfadado Lázaro Mateo—. Ese paso portantillo con el que pretendes llevarme resulta incómodo para mí.

 —¡Ay! Sí, claro. Disculpa —respondió María Elena al instante mientras, visiblemente, disminuía la velocidad de su andar.

Fish eye shot. Concluido  el corto trayecto en forma más sosegada, ambos llegaron al acceso del Hotel de Mendoza. Una doble y amplia puerta de filos metalizados y abatibles hojas de gruesos vidrios, entornada parecía esperar por su arribo. Afuera circulaba la supuesta y diaria normalidad citadina. Transeúntes y vehículos con propios e independientes destinos, despreciativos y distanciados de lo que en derredor de ellos sucedía, estableciendo sus intransferibles trayectorias de rumbos no compartidos. En expreso gesto de caballerosidad, Lázaro Mateo procedió a adelantarse un poco para abrir la puerta, cediendo el paso a María Elena. Tras ella, seguidamente, ingresó él. Después de haber cerrado a sus espaldas aquel acceso, la vida visible de la ciudad permaneció igual de indiferente, anudando microscópica sus acostumbradas hechuras menestralas.

Mirror shot. El pequeño lobby del Hotel de Mendoza se reflejó sobre vasto espejo suspendido en una pared lateral. La fulgente y rectangular luna registró entonces las efigies de ambos llegando a la puerta del elevador, en medio de una aparente catalepsia del diario flujo y reflujo de huéspedes y empleados. Aquel salón, decorado en estilo mexicanista, hizo ostentación de una inusitada y momentánea pasividad. Y ellos dos allí. Aparentemente solos. Parangonados íconos del cintrado y mirífico espejo de los Arnolfini, capturados en Flandes el cuarenta y tres del quattrocento por un Jan Van Eyck quien, ocurrente, dejó constancia de que él también estuvo ahí, observando a los desposados tomarse de las manos. La puerta del elevador se despejó ante ellos. Sin ningún titubeo ellos lo abordaron. Al cerrarse la grisácea puerta metálica, las actividades del hotel parecieron continuar su trajín habitual. Sobre el dintel del ascensor una lucecita rojiza fue iluminando los números de una ahuecada pantalla hasta llegar hasta la terraza del edificio, lugar desde donde Santa María de Gracia, la construcción vecina, se apreciaba perfectamente. Porque aquella terraza tenía mayor altura que la de esa iglesia.

Aerial take. Un invernal atardecer, coloreado en sanguíneos tonos, se balanceaba desde aquel conspicuo cielo anclado en índigos impalpables. Las campanas de diversos templos aledaños, en intervalos similares tañían sus distintos compases. Gregarias parvadas de pichones multiplicaban sus habituales vuelos hacia cualesquier albergue. Vehículos de diversa estampa rodaban ofuscados sobre pavimentos y losetas. Disímbolos transeúntes, con o sin derroteros propios pero confundidos entre sí, semejaban maniquíes en inconstante movimiento. La proceridad de las versátiles nubes empequeñecía los presuntuosos alcances de acartonadas edificaciones circundantes. Las contiguas azoteas unificaban sus parajes de despoblamiento entre tinacos y conexiones y antenas y tubos de desagües, perfilando sus limítrofes bordes mediante desequilibradas alturas y formas. Lázaro Mateo y María Elena descendieron del elevador. Encaminaron sus huellas por el solitario contorno de una alberca llena de calladas aguas. Después enfilaron, directamente, hacia el pretil de piedra labrada que servía de mirador. El lugar estaba ya indefiniblemente iluminado por la tímida opacidad de algunos faroles eléctricos. En aquella ambientación circundante se recalcaba el aire de total ausencia de otro ser humano además de ellos. Pronto advirtieron en esa situación un inequívoco origen, un letrero indicaba un claro mensaje: Hasta nuevo aviso, debido a obras de remodelación, sólo se podrán utilizar los servicios de la alberca en el horario diurno. Disculpen las molestias”. Situación que de súbito otorgó a sus presencias una profana categoría de involuntaria clandestinidad. Revistiéndolos de una irrenunciable complicidad furtiva.

Location. En un compartido e infantil arrebato, iniciaron un juguetón y exploratorio registro de los semi-iluminados recovecos de aquel territorio, momentáneamente suyo a toda plenitud. Después, tendidos sobre ahuladas cubiertas de unas sillas para bronceado dispuestas alrededor de la alberca, llenaron la vista de cielo hasta saturar con estrellas sus pupilas. Con ojos cerrados jugaron a adivinar el origen de los sonidos ambientales. Con los ojos nuevamente abiertos siguieron el inaccesible deambular atmosférico de un globo extraviado. Lázaro Mateo murmuró versos de Neruda, Machado, Benedetti y Octavio Paz. Musitó canciones de Joan Manuel Serrat, Alfredo Zitarrosa, Amparo Montes, Carlos Gardel y Violeta Parra. Descubrieron un nido de golondrinas en el rincón de un muro enmarañadamente cubierto de aceitunado follaje y pálidas flores blancas provenientes de una fuerte enredadera que servía para cancelar el alcance de contemplaciones indiscretas al interior de los vestidores. De un impulso, Lázaro Mateo se puso de pie. Fue hasta la enredadera y, dulcemente, con sus manos comenzó a despegar del tronco unas ramas floridas. Principiando a construir con ellas una ligera aureola

Ven —pidió a María Elena, quien permanecía recostada sobre un asoleadero—. Te voy a regalar una corona digna de tu belleza. Sólo quiero pedir que deshagas la trenza de tu pelo. ¿Me podrías conceder ese deseo?

 — Sí. Pero con una condición  —dijo María Elena, quien sorpresivamente también se había puesto de pie y se encontraba junto de él—. Que tú también me concedas un deseo.

¿Cuál? 

Quiero verme a mí misma en el momento en que me esa corona la asientes sobre mi cabeza.  

Pero… ¿Cómo puede ser eso posible?  —inquirió Lázaro Mateo sosteniendo la casi concluida láurea que elaboraba.

Aquí junto están los vestidores que utilizan los huéspedes para cambiarse de ropa cuando vienen a nadar —precisó María Elena denotando seguro conocimiento del funcionamiento de aquel sitio—. Adentro hay un gran espejo. Voy a entrar primero para deshacer mi trenza y peinar mi cabello. Cuando observes que en ese resquicio cercano al techo se apaga la luz, entras para ceñirme la corona. Así cumpliremos los dos nuestros respectivos deseos.

Slow motion. Realizada la convenida señal, Lázaro Mateo entró al vestidor. A la altura de su pecho llevaba una bien conformada aureola de natural y exuberante frescor florido. Sostenida con ambas manos. A manera de liviana ofrenda. Miró a María Elena allí. De espaldas. Hincada de hinojos delante de un vertical espejo. Su otrora larga trenza estaba deshecha en una abundante cascada de renegrido cabello que a manera de velo, desde la cúspide de su cabeza y por su espalda, descendía hasta casi tocar el suelo. Él avanzó para quedar justo detrás de la impactante figura. Las miradas de ambos convergieron en la imagen que el espejo, a pesar de la semi-penumbra, capturó nítidamente. Imagen que no era otra sino la propia María Elena arrodillada, con la espalda erguidísima, flexionando unida y descansadamente la parte posterior de los muslos sobre sus pantorrillas, haciendo tocar el inicio del derrière con los talones, de tal forma que sus manos pudieron quedar enlazadas a la altura de las rodillas. Tenía en su rostro una incomparable expresión de pureza soberana. Estaba completamente desnuda. Lázaro Mateo, sin dejar de mirarla en aquel espejo desde donde ella también, recíprocamente, lo observaba, fue bajando reverencialmente la florida corona hasta colocarla sobre la cabeza de ella. María Elena se contempló por instantes y sonrió complacida. Se incorporó lentamente hasta quedar de pie. Después giró su cuerpo quedando de espaldas frente al espejo. Evidenciadas por el cristalino reflejo, Lázaro Mateo distinguió claramente las estéticas nalgas y los perfectos muslos de María Elena. A partir de ese momento él supo que allí sólo era posible compartir aquella fascinante excitación. Ella desabrochó los botones de la camisa de él. Acomedida y pausada lo fue despojando de todas y cada una de las prendas de su varonil ropa. Ambos quedaron en desnudez igualitaria. Estrujantes se transformaron en torbellino de pieles y caricias, en remolino de gemidos y sollozos, en apasionada turbulencia que hormigueante abarcaba aquellas carnes apuntaladas por ellas mismas. Sin establecer frontera alguna para el placer, la boca de él succionaba mordisqueando los sensibles pezones de ella mientras, en respuesta a ese mismo goce, las manos de ella recorrían arañantes el recio espaldar. Parsimoniosamente, haciendo a un lado la fluctuante cabellera femenina, un enervado Lázaro Mateo posó insaciable sus labios y su lengua sobre la nuca, hombros y orejas de María Elena. Mientras sus animosas manos transitaban la globosidad dura de sus pechos, sus acariciantes palmas registraban la pulidez del vientre y las traviesas caderas convulsionadas para, después, resbalar ardorosas y sapientes hasta el húmido escondrijo palpitante de la femínea entrepierna. Ella se arqueó hacia él, como silvestre potranca que ofreciera su grupa al incontradecible llamado de la naturaleza. Él, transmutado internamente en el más vigoroso de todos los corceles, se adentró en el cuerpo ella de forma compulsiva e irrefrenable. Una recíproca y prolongada convulsión crispada y sostenida los condujo, plenamente y al unísono, hasta un aletargado silencio fatigado. Poco después, en medio de una ligera solombría y un subsiguiente reposo necesario, ahí se escucharía un bosquejo de confesión vuelto finalmente deseo inconcluso.

Quiero decirte un secreto —dijo Lázaro Mateo al mismo tiempo que las volutas del humo de su encendido cigarrillo ascendían libremente hacia el techo.

Después  —acotó María Elena para, inmediata, engarzar unas frases finales y definitivas—.  Debemos vestirnos y salir de aquí. Yo bajaré primero. Sola. Afuera no podré esperarte. No me digas nada ahora. Después… Después…

Point of view shot. Lázaro Mateo jamás volvió a ver a María Elena. Un periodo de melancolía subsecuente trajo a él una sensación de continua oquedad. Durante un tiempo, su mirada reiteradamente se enfocaba hacia las alturas. Queriendo encontrar el rostro de ella asomándose por algún alero, especialmente el de la terraza del Hotel de Mendoza, lugar a donde Lázaro Mateo regresó en innumerables anocheceres sabatinos, buscando a Maria Elena, pero sin ningún resultado favorable. Muchas ocasiones él permaneció allí. Observando contemplativamente las blancas flores de aquella inolvidable enredadera. Y las azoteas aledañas. En especial la de Santa María de Gracia, espacio que le atraía en forma particular y al que de tanto mirar creía conocer con minuciosidad rayante en la perfección. Sólo el tiempo pudo después aminorar en él, nunca del todo, el sabor agridulce del recuerdo de algo trascendente. Algo sublime que nunca más volvería a ser. María Elena, como evaporado éter, simplemente desapareció de la vida de Lázaro Mateo. Muchas fueron las tardes de sábado en que él se dedicó a volver a recorrer, con aquel su mismo paso soñoliento, la calle Venustiano Carranza hasta la esquina con avenida Hidalgo, para luego enfilar rumbo a los cines de la Calzada Independencia. Nunca llegó él a imaginar durante esos recorridos que entre los arrebañados escuincles con los que frecuentemente se entrecruzaba en su camino y que iban a o venían de la sabatina doctrina de las cinco de la tarde en Santa María de Gracia se encontraban los catecúmenos que la propia María Elena adoctrinaba. Sí. María Elena. La misma que él había conocido. Con su negra cabellera peinada invariablemente en una larguísima trenza única. Tampoco nunca pudo saber que ella, en el interior de aquel templo y sosteniendo en sus manos un ejemplar del Catecismo que allá por el siglo XVII escribiera el padre Jerónimo Martínez de Ripalda, S. J., al momento de instar por la machacante y coreada respuesta infantil para el precepto estipulado en el sexto mandamiento de la Ley de Dios, aquel que tajante se pronuncia por el No fornicarás”, siempre, de manera incontrolable, dirigía su femenina mirada hacia una ventanita de la linternilla del sagrado recinto, por la que claramente se dejaba entrever el acanterado y recto perfil de la alta terraza del Hotel de Mendoza. Entonces ella, memoriosa y sin querer evitarlo, indeleblemente sentía un placentero escozor trotando con montaraz jubileo por el fuero interno de todo su cuerpo. Y, desde lo más hondo de su pecho, dejaba trascender una doliente añoranza vuelta espiritual suspiro. Fade out.

Epilogue. Solitario, años después y desde una butaca en la Sala Greta Garbo, Lázaro Mateo miraba en la pantalla la proyección de Casablanca. Hacía tiempo que había llegado finalmente a la dolorosa conclusión de que nunca volvería a ver a María Elena. Ella jamás volvería a cumplir aquella promesa de aquel Después…” A diferencia de Humphrey Bogart en su papel del propietario del Rick’s Cafe Americain, a él estaba negada la repetición de un recuerdo. No, él no podía ordenar una vez más “Play it!”, “Just must remember this”. Quizá debió comprenderlo aquella misma noche. Desde el momento aquel cuando, dentro del bolsillo de su camisa descubrió  un envoltorio vacío de analgésicos, inserto furtivamente y cubierto por un pequeño mensaje escrito sobre un doblado papel: Gracias por las aspirinas, pero mucho más por tus miradas. Siempre me hicieron sentir una estrella cinematográfica”. En la pantalla, Rick Blaine daba a Ilsa Lund Laszlo, personaje que para los espectadores ojos de Lázaro Mateo tenía mayor parecido con María Elena que con la propia Ingrid Bergman, esa inolvidable despedida marroquí inmortalizada en blanco y negro. Lázaro Mateo no quiso evitar el pensar en aquel inconfesado secreto nunca dicho a María Elena. El cual parecía no tener ya “la menor importancia”. Sí. El inocente secreto de que él ya conocía, mucho antes que ella, la alberca del Hotel de Mendoza. Sobre la pantalla apareció entonces, al unísono de las conocidas notas de La Marseillaise, una frase para él doblemente significativa: The end.

Texto perteneciente a la obra De los Cuentos de la Casa de Lázaro Mateo.
Actualmente en preparación. 

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