A la Profesora Yolanda Hernández Gómez por sus 40 años al servicio de la educación y toda una vida siendo mi madre.

No recuerdo la fecha ni el año exacto pero guardo en la memoria este recuerdo de mi niñez: tenía 10 u 11 años y me seguían en la escala de hermanos, César, de siete años, y Diego, de cinco. La familia Torres Hernández (mi familia), comandada por dos maestros de secundaria, pasaba por los años más difíciles de su historia: la devaluación, el pago de la hipoteca, las letras de la antes pequeña casa de campo y los carros del año que habían decidido comprar, aunado todo a la colegiatura escolar mía y de mis hermanos, hacían que se redujeran los gastos para diversión.

Por esos días se estrenaba la película Karate Kid. Mi madre, con esfuerzo había conseguido entradas para llevar a dos de sus tres hijos a la premier más esperada del año, todo un blockbuster de verano. Con boleto en mano llegamos a la sala de cine, nos topamos a vecinos y amigos pues la película se proyectaba en el cine más grande de  Monterrey. Antes de sentarnos a ver la película pasamos por la dulcería. Mi madre no escatimó en gastos, ella quería que tuviéramos un domingo perfecto de cine-familia, con todo y las palomitas, refrescos, chocolates y helados, así que cargamos las charolas con lo que se nos antojó. Ya sentados, vimos la película que recuerdo como algo genial: Karate Kid aprendiendo del maestro Miyagui, ese uniforme de karateka blanco con una cinta negra,y aquel sueño de la juventud. Ralph Macchio era nuestro héroe, así que todos los niños de la ciudad, ese verano, serían alumnos de alguna escuela de arte marcial.

La película terminó y la banda que usó Daniel San en la cabeza, se convirtió en el souvenir más preciado. Al salir del cine, los vendedores ofrecían posters, fotos, calcomanías y desde luego el pedazo de tela serigrafiado con el logotipo japonés. Con sólo usar esa banda, sentías que te daba valor, fuerza y orgullo. Con la banda de Karate Kid pertenecías al selecto grupo de niños cool… sin la banda eras un niño más de Monterrey. Por supuesto que mi hermano y yo caímos en la tentación: le pedimos a nuestra madre el codiciado objeto, pero ella, siendo clara y directa, dijo no tener más dinero pues habíamos gastado en comida, entradas y dulces. Callados y tristes caminamos hacia el coche rumbo a nuestra casa.

La función fue una matinée así que por la tarde, a eso de las cuatro, los niños de la cuadra que también habían ido a la función jugaban a ser Karate Kid. Mi madre notó nuestra apatía por salir a jugar pues al no contar con la chingada banda en la cabeza, no teníamos cabida en el juego de moda.

Yolanda, mi madre, sin tener un conocimiento de costura, buscó un pedazo de tela blanco y marcadores negros y rojos. Con eso nos hizo una banda igual, idéntica a la de nuestros vecinos. Entonces salimos a jugar y a las dos horas de estar dando patadas y golpes, regresamos a la casa entre burlas de los demás niños, pues teníamos la cara manchada de rojo y negro. El plumón con el sudor de la frente había hecho lo suyo. De karatekas pasamos a ser los payasos de la cuadra: nuestra banda no era original como la de los demás.

El sol de Monterrey, el mismo sol de Alfonso Reyes, había hecho su gracia. Mi madre nos abrazó fuerte y comenzó a llorar con un gran sentimiento. Nos pidió disculpas por no tener dinero para comprarnos algo “bueno”, como decía ella. Pero de cierta forma nosotros no estábamos tristes. No sé que pasó por nuestra mente, pero a esa edad nos dimos cuenta de que nuestra madre, entre estudios de maestría y dos trabajos para pagar deudas, siempre quería darnos todo.

Hace poco mi madre, toda una exitosa profesionista con más de 40 años en la docencia, investigación y licenciatura, nos confesó que ella a su manera recuerda esa historia y que cuando tiene oportunidad y anda por las pulgas siempre pregunta si de casualidad no tienen la bandita original de Karate Kid.

Mi hermano, quien es uno de los mejores publicistas de México, tiene enmarcada en su oficina del DF esa bandita despintada; yo también la tengo en la sala de mi casa. Esa bandita es lo primero que veo al llegar. Puede ser un chiste local pero también es el recuerdo de una madre amorosa y trabajadora que hace todo por la felicidad de sus hijos.

Ese pedazo de tela es mi tesoro más preciado.

Comments

comments