¿Hay historias que no deben ser contadas?

 

Por Gerson Gómez

Ilustración por Haydeé Villarreal

Se detiene el cronometro interior. Languidecen los sueños inducidos. Trasciende el plano físico. Unido al cosmos.

Los deudos desatan las alabanzas del ausente. Inician la ceremonia de canonización con metodología impecable.

Doblan el dolor en el borde de la incertidumbre. Es predecible el alivio ufano. Asistir a un sepelio-funeral es convertirse en psicólogo, psiquiatra, oncólogo y humorista.

Reconstruir el rompecabezas de las paranoias y los pasajes secretos.

En las salas donde se custodian los restos mortales se velan tradiciones. La educación sentimental en expresión transformadora: siempre fue tan bueno, no le hacía daño a nadie, una pérdida irreparable, nos vamos quedando más solos, son ejemplos de la falta de memoria generalizada.

Aún tibio el alejamiento de la familia, la disputa postergada mancilla la hora fatal. Con la muerte se expía la culpa.

Quedan cubiertas las fianzas de la vecina chismosa, del mariguano sin oficio, del aprendiz de sicario, del hijo desobediente aplastado por un camión de volteo sin frenos o del padrote del barrio.

En el en paz descanse o en su gloria esté, los venenos se convierten en antídotos. Se perdona la penosa trayectoria de lo indecente o podrido.

De las calumniosas y perversas sombras. Para ello, las acciones decorativas de la bondad multiplican los haberes.

Los virtuales escenógrafos montan el escenario. En el último aliento del cuadro, muere un hombre y nace una leyenda.

Just like a Paradise

Para cuando me invitó y me decidí a acompañarlo a su apartamento, ya habíamos bebido dos botellas de vino en el lobby de un hotel después de una rueda de prensa. De otra manera jamás habría pensado seguirlo. Sospechaba de sus perversas inclinaciones por Alejandra Guzmán, la cantante de rock, a tal grado de cantar y mover las caderas como ella. Incluso en la fiesta de día de brujas llegó vestido como ella. No se necesita ser mago para descubrir la homosexualidad.

En casa no me habrían abierto la puerta. Mis padres son tan conservadores que preferirían verme muerto a llegar borracho. Ni modo. A la casa de Rafael, para descansar.

Antes de llegar nos agenciamos en el OXXO en contra esquina, un six de cerveza. Para rematar como dios manda, dijimos.

Rafael vive en la parte alta de una funeraria a media cuadra de Venustiano Carranza, en el centro de Monterrey.

Subimos las escaleras tratando de encontrar los contactos de la luz. En la planta baja velaban un anciano.

Rafael descorrió las cortinas de los ventanales. En el sopor de la canícula, las lenguas de fuego se fueron disipando con el aire tibio de la madrugada.

Me pasó una cerveza. En el centro del cuarto, la cama matrimonial colmada de ropa a medio acomodar y un sofá en el extremo repleto de casetes y discos de cortesía. Me puse a buscar si alguno de ellos me interesaba, pero no, estaba lleno de conjuntos norteños y tex mex. Rafael despejó la cama.

—Pido el sillón —dije.

—No mames güey, no te voy a morder. Te puedes dormir en la cama conmigo.

Encendió el monitor del televisor. Puso a correr una película porno de Traci Lords. —Esa chica me pone muy caliente —me dijo. Quise hacerle segunda. No pude.

Traci Lords practicaba felatio a su acompañante ocasional. Luego intercambiaron posiciones. Ella comenzó a gemir.

—Bájale al volumen de la tele cabrón, en el otro piso hay un muerto tendido. A sus familiares no les va hacer gracia. Ellos llorando y la Traci gimiendo.

—A coger y a mamar, el mundo se va a acabar —gritó.

En ese instante decidí emplear la mejor rutina de escape: cuando pisteo, me dan ganas de fumar.

—Voy por unos cigarros, ahorita regreso.

—Aquí tengo unos mentolados —atajó Rafael.

—De esos no, gracias; dicen que producen esterilidad en los testículos —le contesté.

—¿Te acompaño?

—Voy al OXXO, no me tardo. Sigue viendo la película y me la cuentas.

Caminé haciendo tiempo en la plazoleta de Venustiano Carranza. Al fondo, las criptas, mausoleos y tumbas de los panteones hermanos: Dolores y El Carmen.

La primera carrera del transporte público sale de la central a las cinco de la mañana.

Metamorfosis de lo marginal

La forma sutil y magnifica de medir correctamente una ciudad o un estado es usar el termómetro de calidad moral e intelectual de sus muertos ingresados en los cementerios. En esa dimensión , el aspecto biológico se acurruca inmutable en lo sobrepoblado.

Por ello Dolores y El Carmen, los camposantos acoplados al centro de Monterrey, construyen la buena sociedad del siglo pasado.

Los antiguos industriales, empresarios memorizados en la repetición de sus nombres en las calles de la urbe, fueron la conciencia tradicional a largo plazo. Incluso sus restos son sinónimos de leyendas venidas a menos con la globalización, en la venta de sus activos a las megas corporaciones.

Parte de la innovación y del desafío social: el abandono de la artesanía popular del mausoleo.

Paulatinamente el gusto por los memoriales, copias afrancesados del cementerio del Père-Lachaise y el de Montmartre, modificados a los discretos camposantos de ciudades texanas: amplios pastizales y lápidas incrustadas en el césped, siempre bien podado.

Las incesantes inmigraciones causadas por el clima de inseguridad sorprendió con casos de defunciones en geografías distantes. Repatriar los restos sin demasiado trámite burocrático.

A cada acontecer y desenlace se le llega su urna.

La valía de las acciones y las palabras de los difuntos se miden por el material del contenedor: maderas preciosas, realzadas en tercera dimensión, con motivos religiosos, fundidas durastone, metalizado en tonos oro, plata y bronce. Incluso biodegradables, para aquellos interesados en cuidar el medio ambiente.

Las casas-museos de San Pedro Garza García, además de sus cajas fuertes y cuartos de pánico, incorporaron nichos, pódiums y tapas especiales.

Los CEO y los empresarios dinámicos de los corporativos, en su espacio de resguardo, el sagrario de lo propositivo, se enseñorean socialmente del puente elevadizo a ultratumba.

Para el foso de nuestra admiración: Nuevo León carece de rotonda de hombres ilustres.

La serena indolencia de los antepasados, al magnificar el heroísmo de domar el semidesierto norestense, restringió el carácter humanista y emprendedor: con promesas místicas de oscuridad capitalista: el anticlímax del aura celestial perdida, en el postrer juicio ultraterreno.

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