Por Jaime Guerrero

Uno de los epígrafes que Guillermo Cabrera Infante escogió para Un oficio del siglo XX, su antología de críticas de cine (firmadas como G. Caín), es de François Truffaut: “Un niño jamás responde cuando le preguntan qué vas a ser cuando mayor: Voy a ser crítico de cine.” Esto es evidente, pero una de las lecciones de los cineastas de la nouvelle vague française y específicamente del grupo que escribió para Cahiers du cinéma (Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette y Éric Rohmer) es que la labor del crítico cinematográfico cumple una función didáctica considerable para quienes piensan realizar sus propias películas. Truffaut, tal vez más que cualquier otro director, ha guiado a generaciones de adolescentes hacia la cinefilia –ligada siempre, al menos tangencialmente, a la crítica– y estos jóvenes se dan cuenta, años después, que el primer acercamiento fue una segunda infancia.

La edición de dos discos de Jules y Jim (1962) de Truffaut (número 281 de la venerable colección Criterion) fue de los primeros DVD que compré, hace casi diez años, en mi primer o segundo año de preparatoria. No recuerdo cómo ahorré el dinero (actualmente siguen costando casi el doble que un Blu-ray promedio), pero lo que sí está grabado en mi memoria es el tiempo que pasé viendo la película continuamente y el instante que pensé, con toda certeza, que Jules y Jim era una obra de Arte con mayúscula: de lo contrario, ¿por qué se habrían esforzado en presentarla de una manera tan ostentosa y en recopilar toda esa información acerca de sus influencias y su producción? Por supuesto que la película misma me convenció de esto –por su energía aparentemente inagotable, comenzando con las frases recitadas lacónicamente por Jeanne Moreau (“Me dijiste: te quiero / Te dije: espera / Iba a decirte: tómame / Respondiste: vete”) antes de las primeras imágenes– pero sería ingenuo restarle importancia a las circunstancias del momento.

Hace dos semanas Criterion lanzó Jules y Jim en formato Blu-ray, justo antes de que se celebrara el nacimiento de Truffaut el día 6 de febrero, por lo que resulta una ocasión propicia para reevaluar los logros de esta película, sin duda de las más representativas de toda la nouvelle vague y del cine de los sesenta en general. Por las razones resumidas en el párrafo anterior, también es una obra que imposiblemente podré separar del papel central que ocupó en mi infancia como cinéfilo.

La historia de Jules y Jim, basada en una novela de Henri-Pierre Roché, se puede contar brevemente: Jules (Oskar Werner), austriaco, conoce a Jim (Henri Serre), francés, en París un par de años antes del inicio de la Primera Guerra Mundial; la amistad entre los dos, íntima pero siempre cordial, cambia radicalmente cuando conocen a Catherine (Jeanne Moreau), ya que ahora es ella quien dictará los términos bajo los cuales convivirán. ¿Por qué acceden a esto Jules y Jim? Siendo artistas, están acostumbrados a prestarle atención a cualquier llamado de la Necesidad o del Destino: cuando ven a Catherine por primera vez, instantáneamente reconocen su sonrisa como idéntica a la de una estatua que ambos admiran.

Jules, más dócil que Jim, es el primero en enamorarse de ella; sin saber que está hablando proféticamente, le dice a su amigo que Catherine no es como las demás y que no la compartirán. Poco después Catherine decide que los tres irán a la playa. Si Jules y Jim fuera una película de Terrence Malick, esta sección correspondería exactamente al estado metafísico de inocencia o a los días celestiales o al paraíso perdido que los personajes nunca podrán recuperar. Lo que seguirá es la incompatibilidad irrevocable entre los deseos de los tres, aunque a través de la visión de Truffaut –quien todavía no cumplía treinta años al momento de la filmación de Jules y Jim y seguía deslumbrado por todas las posibilidades del cine, después de haber pasado años analizándolo en las páginas de Cahiers du cinéma– ninguna imagen carecerá de belleza.

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