El 23 de Agosto de 1957 dudar hubiera parecido ocioso. Con el triunfo de los pequeños gigantes en la Serie Mundial, en La Mesa, California, los regiomontanos se declararon en franco tránsito hacia el progreso. Al día siguiente, crudos casi todos, los pobladores de Monterrey se levantaron lanzando bola y corrieron desde casi todos los puntos para barrerse y llegar puntuales a sus centros de trabajo. Esa mañana de sábado, como un golpe de doble suerte, Raymundo, padre de uno de los pequeños campeones que estrecharían la mano del Presidente Eisenhower, recibiría de manos de don Eugenio las llaves de su primera casa en la colonia Cuauhtémoc. Pero el obrero, que trabajaba en los hornos de cebada, se quedó dormido. De no haber sido porque el camino del supervisor de línea se topaba con el suyo, Raymundo no hubiera llegado a ocupar el lugar vacío en la fila ni hubiera recibido tantas palmadas de felicitación por el triunfo de su hijo. Quién imaginaría bajo aquel sol prometedor de verano, mientras la voz de don Eugenio retumbaba en los altoparlantes del patio, que las venas de Monterrey comenzaban a secarse.

Los animales de pastoreo del cañón de la Huasteca fueron los primeros en percibirlo. El agua de las pozas se consumía. En cuestión de días se redujeron a charcas, y de charcas a cementerio de roedores. Como si un espíritu maligno se estuviera bebiendo su humedad, las tierras quedaban chupadas y secas. La lluvia no mejoraba la situación. El agua simplemente desaparecía. Luego murieron los encinos, primero los que surcaban los arroyos, luego el resto del bosque. Las aves migratorias fueron sorprendidas por la traición de un paisaje inhóspito, sin ramas en donde construir sus nidos. Los pobladores, sin embargo, aplaudieron y estuvieron presentes el día en el que se inauguraron los trabajos de encauzamiento, mediante tuberías, de las aguas superficiales y subterráneas de la Huasteca. No les preguntaron su opinión. Natalio estuvo ahí. Trabajó en las excavaciones y las obras de entubamiento. Nadie mejor que él conocía su territorio de infancia, como un mapa en donde los tesoros eran veneros y pozas. Por eso el día en que encendieron las bombas, Natalio no pudo evitar sentirse inquieto. Juzgó poco oportuno plantear todas las preguntas que revoloteaban en su cabeza hasta producirle mareo, pero antes de que el evento concluyera se acercó al fotógrafo oficial para preguntarle si sabía cuál era el destino final de aquellos tubos. Escuchó entonces un discurso cautivador sobre el progreso, el crecimiento de la industria, la creación de empleos, la competitividad. Natalio no sabía a qué se refería con todo esto pero juzgó prudente confiar.

Raymundo recibió en la central a su hijo que traía puesta una gorra de los Dodgers de Brooklyn que al día siguiente llevó a presumir al trabajo. Eran tiempos de bonanza, le dijo su supervisor, tomando entre sus manos la gorra firmada por el pitcher Danny McDevitt. La próxima semana se anunciará una restructuración de la compañía, le dijo confiando información privilegiada. Vamos a producir diez veces más cerveza. Se trabajará de día y de noche. Avísale a tu gente que va a haber trabajo. Raymundo se preguntó para qué hacer tanta cerveza pero luego pensó en su primo Natalio, quien después de haber trabajado en unas obras en la Huasteca se había quedado desocupado. Todo parecía engarzar de forma cristalina y perfecta. Las puntas de los lazos se unían, los rezos eran escuchados, el dinero apagaba las dudas. La compañía crecía sin límites. En 1957 habría sido ocioso dudar.

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