Por Zeiashtar

Ilustración por Fernando Ayala Cuellar, de la serie ‘Muros voladores’

Esta semana tuvimos la primera visita de Judith Butler aMéxico. (Si no saben quién es Judith Butler, pueden checar este video. No es el más entretenido de YouTube pero les puede dar una idea de por qué es importante.) Judith Butler participó en dos eventos: una conferencia sobre resistencia y vulnerabilidad que tuvo lugar el lunes en la Sala Nezahualcoyotl de la UNAM, y un diálogo con Leticia Sabsay que ocurrió en la Biblioteca Vasconcelos. La visita me deja con un mal sabor de boca que se debe no a ella misma ni a las ideas que manifestó, sino a cómo el fenómeno de su visita expone el lado desagradable de la política del pensamiento en el país. Con esto me refiero, por una parte, a la organización y administración del acceso al conocimiento, las cuales quedaron expuestas en el misterioso proceso de selección a partir del curriculum vitae para el evento del martes. También me refiero, por otro lado, a la forma en la cual nuestras comunidades abordan tanto el pensamiento y la figura misma de Butler. Me parece curioso —por decirlo de manera amable— que en la mesa del martes se haya hablado de colonialismo y mestizaje sin tratar el cortejo de veneración que ha rodeado a la filósofa durante su visita. Durante los eventos con Butler, parecíamos ávidxs de encontrar, tanto en la autora como en su pensamiento, la validación de nuestras propias prácticas e ideas.

Este segundo punto se hizo más evidente con algunos de los textos que comienzan a aparecer a partir de su visita. Encuentro con alegría que diferentes personas recuperan diferentes puntos de sus discursos en la medida en que trastocan sus intereses; esto nos habla de la riqueza del pensamiento de Butler. También encuentro que, en este afán de conseguir validación, las ideas de la autora son transformadas para ajustarse a nuestros intereses y concepciones particulares. Esto es más bien triste, pues la reflexión y la crítica son más fructíferas cuando conducen a un cuestionamiento sobre cómo entendemos el mundo y a nosotrxs mismxs. Aquí es indispensable hablar de instancias particulares, para lo cual me voy a referir a dos textos: el de @GenaroLozano y el de@CatalinaPorDios.

En el texto de Genaro encontramos una vinculación entre los conceptos de vulnerabilidad y resistencia abordados por Butler con eventos políticos nacionales como el problema MVS-Aristegui, el nombramiento de Medina Mora en la Suprema Corte y la violencia del Estado en las protestas por Ayotzinapa. Estos eventos son presentados como ejemplos que nos hacen vulnerables en el contexto nacional actual. Genaro retoma a Butler únicamente al arrojar preguntas sobre el proceder de la resistencia colectiva ante este panorama y al citar: “la filosofía no es un lujo, es nuestro derecho a pensar”. Procede a responder, ejerciendo su derecho a pensar, que la respuesta es organizar la vigilancia e incidencia en las instituciones para prevenir que alguien como Medina Mora pueda llegar a la Corte la próxima vez. El gran problema en la lectura de Butler que Genaro hace es que, de hecho, su lectura se opone a lo que ella dijo. Al hablar de la relación entre agencia (la capacidad de actuar, digamos) y vulnerabilidad, Butler señaló que la idea de superar la vulnerabilidad para lograr la agencia corresponde con la construcción masculinista de la soberanía y que hay otras formas de lograr la agencia sin hablar de superación o dominación de la vulnerabilidad. Genaro, en cambio, cierra su texto así: “Lo que sigue es colectivamente pensar en formas de resistencia cada vez más efectivas. En, parafraseando de nuevo a Butler, cómo podemos juntos superar nuestra vulnerabilidad”. Más aún, proponer la vía institucional como forma colectiva de resistencia ante el panorama que Genaro dibuja, implica omitir las formas en que las instituciones nos han hecho vulnerables. ¿De qué sirve vigilar el siguiente proceso de selección de magistrado si 54 mil firmas no sirvieron de nada para detener la instalación de Medina Mora en la Corte? Como Butler preguntó: ¿Cómo exigir justicia si los encargados de impartirla son los injustos?

Butler misma reconoció que es imposible venir a México y no participar en un proceso de duelo colectivo por los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Gran parte, si no es que toda su conferencia en la Sala Nezahualcóyotl se relaciona con ello. En su texto, Catalina aborda con más detalle y minuciosidad las ideas que Butler manifestó durante la conferencia. Retoma las definiciones de vulnerabilidad y precariedad, esta última entendida como la falta de infraestructura que nos deja expuestos al daño. Señala, sobre todo, que los cuerpos están inscritos en un contexto de vulnerabilidad, algo que Butler planteó al principio de su charla al sugerir que la vulnerabilidad antecede la resistencia y que retomó más adelante al hablar de apodos y actos de habla. El problema que yo percibo se encuentra cuando Catalina habla del movimiento social por Ayotzinapa como el ejemplo de esa resistencia que no busca superar —o volver a vulnerar— la vulnerabilidad. Catalina afirma lo siguiente:  “Al decir “Yo soy Ayotzinapa” se está reconociendo una vulnerabilidad y empatizando con ella, desde ahí se construye comunidad […] Así la protesta necesita de la vulnerabilidad, una que no sea avergonzante, y es desde la vulnerabilidad desde donde se pueden resistir a las estructuras patriarcales”. El movimiento #TodosSomosAyotzinapa representa, para ella, un ejemplo de esa resistencia ideal antipatriarcal que Butler, optimista autoproclamada, se atreve a imaginar. ¿Es esto todo lo que obtenemos de la visita de Butler? ¿La satisfacción de que nuestra movilización es válida y correcta a partir del pensamiento de “la profesor gringa”?

Yo quiero pensar que Butler nos aportó algo más. Para mí, su charla nos brinda herramientas teóricas para sustentar una (auto)crítica que ya se había presentado localmente: #TodosSomosAyotzinapa no muestra empatía con la vulnerabilidad, la invisibiliza. La tuitera @dahliabat articuló esta crítica en un post publicado hace cinco meses y fue severamente atacada por ello. Cuando Butler dice que la vulnerabilidad antecede la resistencia (y cuando menciona que no por nada a los 43 estudiantes los atacaron mientras conseguían medios de movilización), nos está invitando a pensar en cómo estos 43 estudiantes ya eran vulnerables de antemano. El llamado a entender la vulnerabilidad como producto de una falla infraestructural por parte de las instituciones, como consecuencia de la precariedad, nos debería conducir al reconocimiento de la profunda desigualdad sistémica a la que están sujetas las comunidades rurales. Este es un elemento que apenas aparece ocasionalmente bajo el hashtag #TodosSomosAyotzinapa.Una búsqueda en Google de “normales rurales Ayotzinapa” arroja tan sólo una decena de artículos que abordan las condiciones de estas escuelas y comunidades (contra la enorme cantidad de artículos que abordan otras aristas del tema). El tema se ha mencionado, pero no se le ha dado un carácter central.

Al contrario, al exclamar “Yo soy Ayotzinapa”, yo como hombre de la clase media urbana de la Ciudad de México, con acceso a educación privada, a la educación superior y al internet, estoy borrando ese contexto específico de los 43 estudiantes que los coloca como sujetos desaparecibles. Al arrojar esta crítica a la tuitósfera, hubo quien reclamó que #TodosSomosAyotzinapa pone en evidencia que todos podríamos ser víctimas de la violencia del Estado (“los próximos podrían ser tus hijos, tus alumnos, tú estudiante”). Lo cierto es que Ayotzinapa no nos pasó a todxs, no nos pasó a nosotrxs, les pasó a ellos. Y les pasó a ellos porque la violencia del Estado ya había producido y continua produciendo una condición de precariedad en los contextos rurales que hace vulnerables a sus comunidades. La invisibilización de esta vulnerabilidad va de la mano con la apropiación, como quedó demostrado cuando el mismo Peña Nieto declaró que “Todos somos Ayotzinapa”. El hashtag borra —vuelve a vulnerar— la vulnerabilidad que hace a las comunidades rurales susceptibles a la violencia.

La solidaridad de la que habla Butler sólo se encontrará en la movilización por Ayotzinapa en la medida en que la vulnerabilidad de las comunidades rurales no sea borrada, sino reconocida e incorporada en la movilización y el reclamo de justicia. Si el movimiento va a ser antipatriarcal, necesita abordar la precariedad que producen y sustentan los modos de producción. Necesita también cuestionarse las condiciones que llevaron a que los 43 fueran hombres, no mujeres, y preguntarse qué nos dice esto acerca del género y la desigualdad en estos contextos. ¿Qué tan conscientes estamos de todo esto cuando rechazamos la caracterización que el gobierno hace de Ayotzinapa como un “hecho aislado”? Si las demandas se limitan a la justicia sólo para los 43, si lo que nos mueve es la posibilidad de que algo así nos pase a nosotros, perdemos la oportunidad de denunciar y atender las fallas infraestructurales que exponen a las comunidades rurales a más violencia.

La intención de todo mi texto es, pues, señalar que utilizar la filosofía y la teoría para validarnos a nosotrxs mismxs es una práctica más bien limitante. La teoría es más productiva cuando la usamos para explicar y develar fenómenos. Conviene utilizar las herramientas de análisis a las que tenemos acceso para tratar de entender y ser críticos de nostrxs mismxs, del mundo y de nuestra visión de éste. Conviene preguntarnos para qué nos sirve y para qué usamos el pensamiento de figuras como Judith Butler. Hay mucho más qué decir.

Publicado originalmente en: Tumblr de aquí y de allá 

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