La actividad apenas inicia su habitual jaleo. Por pasillos y rampas es continuo el desfilar de hombres, con ruda y panzona apariencia, que empujan diablitos donde acarrean mercancía perecedera.

Es posible observar que ellos llevan algo de fruta de temporada y, sobre todo, harta verdura: lechugas, coles, rábanos, cebollas, chiles de todos tamaños y colores, gruesos manojos de verde cilantro, tomates colorados y tomatillos descascarados. También transportan enormes paquetes con quién sabe cuántos kilos de carne de res y cerdo, o desplumados pollos sin cabeza.

Una voz, en principio tímida, comienza a imponerse por encima de todo el bullicio del mercado. Se le escucha interpretando una canción popular muy conocida, tanto que la mayoría la identifica de inmediato.

“Hoy me he despertado, con mucha tristeza…”.

Vencido el pánico escénico inicial, en el área de fondas de ese mercado, uno de los más grandes de Latinoamérica, según se dice y se presume, aquella voz cantante aumenta su volumen, opacando los ruidosos rrrrrrrrrrrs con que muchas licuadoras expresan sus inducidos procesos de molienda; signo inequívoco de que los locatarios alistan salsas y recaudos para los platillos que ese día degustarán sus comensales.

Mientras tanto, la voz continúa cantando. “Sabiendo que mañana, ya te vas de mí, ¡ay!”.

Aunque todos escuchan, nadie detiene su trajín personal. Un repartidor transporta apiladas javas de botellas de vidrio, las que luego, en forma experta, acomoda en el interior de amplios refrigeradores decorados con la distintiva y rojiblanca marca refresquera de mayor venta a nivel nacional.

La voz aquella prosigue entonando ensayadas rimas. “Te juro mi vida, que pensando en lo nuestro…”.

De puesto en puesto, se ve a un abarrotero mayorista que anda en chinga tomando los pedidos de sus clientes. “¿Qué te voy a traer? Servilleta, vaso térmico pa’l café, pa’l agua, ¿de medio o de a litro?, contenedor desechable grande, palillos, popotes. ¿Algo más?”.

Mientras tanto, aquella voz no interrumpe su canto. “Me pasé la noche, casi sin dormir…”.

En uno de los puestos donde venden menudo con tortillas recién hechas, una de las empleadas se dedica a ablandar con agua y enjundia gran parte de los 30 kilos de masa que ella torteara en esa jornada; como es su primer día de trabajo, su patrona le da instrucciones para que las tortillas no se “hagan viejas y sí inflen en el comal”; la empleada, una joven de marcados rasgos indígenas, presta poca atención a la cantada estrofa que ahora pausada se escucha, proseguida luego por un incrementado y sostenido volumen de voz, que retumba al máximo en aquel espacio.

Ya lo sé… que túúúúú… te vaaaas… que quizás no volverááááás…”.

Las voces rutinarias de ese ámbito también se alcanzan a percibir indistintas, logrando un coro polifónico, totalmente contrapunteado.

“Pásele, hay birria de chivo”. “No le busque, aquí están los mejores tacos de barbacoa”. “Tenemos pozole, carne asada, sopes, flautas, quesadillas”. “¡Huevos al gusto!”. “¿Qué les vamos a servir?”.

Mientras, aquella voz sigue cantando. “Que muy tristes hoy serán, mis mañanas si te vas…”.

Por entre aquellos pasillos flanqueados por puestos donde las estufas y las enormes ollas conjuntan su propio campo semántico, en compañía de incontables alteros de vasos, platos, sartenes, cucharas y tenedores; la figura de un hombre joven se perfila caminando. Da uno, dos, tres pasos y se detiene. Es él quien interpreta ahí la famosa composición del fallecido divo de Juárez.

“Hasta cuando volverás, a mis brazos no lo sé…”. 

Él, a diferencia de otros que se acompañan con pistas grabadas, canta a capela; o más bien dicho, a puro pulmón. ¡Y qué pulmones tiene! Porque su voz se escucha, aguardentosa pero potente, en todo esa amplia área, haciendo mix con los flotantes aromas a fritanga y a aceite requemado.

Será un eternidad, creo que te voy a perder…”.

Apenas alguno de los desayunadores parroquianos le dirige una breve mirada. Ellos están mejor ocupados en convertir en taquito la porción de carne con chile que ahora llevan a la boca, o en endulzar el café de olla con canela que a sorbos beberán frente a su plato de chilaquiles.

El cantor prosigue su interpretación, pero ahora con mayor sentimiento, cierra los ojos, extiende los brazos, y su voz es ya una imitación total de la de Juanga. Se escucha aquel su mismo fraseo y su quebranto.

Ya lo sé mi amor, que te vas, te vaaaaas, que ha llegado la hora, de decirnos adióóóós…”.

Al verlo, de inmediato cualquiera se puede percatar que su actuación musical no es un evento programado por alguna dependencia gubernamental. Él nada tiene que ver con las teatralizadas representaciones que algunos cantantes profesionales realizan en espacios como ese mercado, o en otros concurridos sitios públicos. Detrás de él no existe la oportuna labor de algún gestor cultural, ni alguna derrama presupuestaria, ni nada por el estilo. Detrás de él sólo parece haber hambre y desempleo. Quizá por eso ahí él canta, como si en ello le fuera la vida.

Te deseo buena suerte, hasta nunca mi amor…”.

Él no desentona con algunos de los otros habituales que ahí hacen ronda. “Te pareces tanto a mí”, le diría él, al igual que Juanga, al flacucho vendedor de mini masajeadores portátiles y piojitos para el stress, o al desmañanado dibujante que block en mano pasa ofreciendo retratos al carbón, o al que en plena cruda promociona chips para celulares, lapiceras con lámpara integrada o, ya de plano, a cada uno del ejército de migrantes que con la mano extendida se acercan a suplicar una limosna para continuar su viaje.

Quizá él sólo tenga su voz como único recurso para la supervivencia. Y por eso canta ahí, en forma anónima, aguantando el ayuno, haciendo a un lado la vergüenza; esperando que al final de su actuación musical alguien tenga la generosidad de depositar, aunque sea por piedad, alguna moneda en la palma de su mano.

Entonces él, con intensificada energía, termina de cantar esa canción de Juan Gabriel, como lo haría el propio Juanga. En forma desaforada, intensa y repetitiva.

Adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor, adiós amor. ¡Adiooooooos, aaaamooooor!”.

Al final, nadie aplaude. Escasas son las monedas que recolecta. La vida del mercado prosigue con el mismo bullicio de todos los días.

Por Carmen Libertad Vera

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